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El reinado de Cristo ante la sana laicidad y el laicismo

La proclamación de Cristo como rey fue el 11 de junio de 1899 con la consagración del mundo al Sagrado Corazón de Jesús por el papa León XIII. Consagró a todo el género humano al Sagrado Corazón. Incluidos los que no creen en Jesucristo y los que no son miembros de la Iglesia, ni aceptan la autoridad pontificia. La fundamentación teológica de que se consagrase también a estas personas es, como enseñan san Agustín y santo Tomás, que la doctrina de la Iglesia es que aunque los que no católicos no están bajo la autoridad de Jesucristo y de su Vicario en cuanto al ejercicio de su autoridad (quantum ad executionem potestatis), todos los hombres les están sometidos en cuanto a su autoridad en sí (quantum ad potestatem), porque según recuerdan san Agustín y santo Tomás, Jesucristo murió para redimir a todos, como revela el Espíritu Santo por medio de san Pablo: «el Cristo se ha entregado para la redención de todos».

Esta doctrina nos da también el significado de la proclamación de la realeza universal de Jesucristo mostrando su Sagrado Corazón. Y es que la autoridad de Jesucristo es universal sobre todos los hombres y el Papa, su Vicario en la tierra, tiene esta autoridad sobre todos los hombres en materia de fe y de moral, incluidos los aspectos éticos de la política; pero no la ejerce sobre los que no acatan aún la autoridad del Papa y de la Iglesia.

Cristo es rey, pero su reinado no ha llegado aún a su plenitud y consumación.

Esta doctrina de san Agustín y santo Tomás es también la clave para entender la diferenciación, que data del siglo XIX, entre tesis e hipótesis. La tesis católica es que los pueblos, los Estados con sus gobernantes a la cabeza tienen el deber para con Dios y necesitan para su buen funcionamiento acatar la autoridad de Jesucristo ejercida por el Papa, su Vicario en la tierra. Pero esto es posible si toda o casi toda la población es católica. En el siglo XIX, cuando el liberalismo se fue apoderando de los Estados y a consecuencia de ello comenzó la descristianización de los pueblos, se formuló por los teólogos católicos que en la hipótesis de que la población no sea católica, entonces la Iglesia no debe reivindicar la confesionalidad del Estado y debe limitarse a reivindicar la libertad de poder realizar su misión básica de evangelizar.

Esta distinción entre la realeza universal de Jesucristo y la plenitud aún no realizada del ejercicio de su reinado, o lo que es lo mismo, la distinción entre la universalidad de la autoridad del Papa y de la Iglesia sobre la fe y la moralidad de los actos, incluso políticos y sociales, y la posibilidad de su ejercicio y acatamiento, es la clave para explicar que las autoridades eclesiásticas se limiten a reivindivar hoy en día, la sana laicidad, mientras que el Concilio Vaticano II lo que enseña en realidad es:
"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro"
(Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

La esperanza abre ya ahora la puerta del futuro, de la cristiandad futura: "La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva" (Spe salvi, 2).

Porque la confesionalidad consiste en proclamar el principio del Estado católico y obrar en consecuencia. No como los regímenes liberales del XIX y del XX en España, que eran confesionales, pero inconsecuentes. Las Constituciones que impusieron los liberales en España, cuando se adueñaron del poder y de la riqueza por la fuerza, todavía eran confesionales; como la Constitución de Cádiz de 1812, y la de 1876, que mantuvo la confesionalidad hasta 1931, cuando fue suprimida por los golpistas que impusieron la II República. En esas constituciones ellos proclamaban que el Estado era católico, pero el poder supremo incluso en los aspectos morales de las leyes lo ponían en el parlamento, es decir en ellos mismos, en nombre del pueblo al que decían representar, y ejerciendo ellos un poder mucho más absoluto que la monarquía del despotismo ilustrado, al sustraerse a la autoridad de la Iglesia y del Papa, la máxima autoridad en materia de fe y moral sobre la tierra, "la santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que en nombre de Dios preside al género humano y es vindicadora y defensora de todo poder legítimo" (Inscrutabili, León XIII, 1878).

Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. Ya sería mucho. Porque algo es más que nada. Pero, cuando se permite que se presenten las propuestas católicas y luego se imponen normas anticristianas y antihumanas como las que legalizan la muerte de niños en el vientre manterno, ¿acaso alguien puede pretender que nos sea lícito a los católicos acatar normas anticristianas y antihumanas? La respuesta establecida por Dios es el non possumus. Ni se obedecen, ni se cumplen. Como decía Canals, no se puede aceptar deportivamente el resultado.

Pío XI dice en su Encíclica Miserentissimus: "Al hacer esto (la institución de la fiesta de Jesucristo Rey), no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey."

El ideal cristiano, la tesis católica:

La esperanza de una realización del Reinado de Cristo sobre la tierra con una perfección mayor que la que ha alcanzado hasta ahora. La aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo. Conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho, que todas las naciones acepten y acaten el magisterio de la Iglesia, admitan la buena nueva de que la Iglesia es mensajera y disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen. La tesis católica es que los pueblos, los Estados con sus gobernantes a la cabeza tienen el deber para con Dios y necesitan para su buen funcionamiento acatar la autoridad de Jesucristo ejercida por el Papa, su Vicario en la tierra. Pero esto es posible si toda o casi toda la población es católica.

La hipótesis:

En ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor. Las autoridades eclesiásticas se limiten a reivindivar hoy en día, la sana laicidad. Reivindicar la sana laicidad es pedir que las propuestas y aportaciones de los católicos sean tenidas en cuenta. Frente al laicismo, que excluye toda presencia de lo católico en la vida pública. La diferenciación, que data del siglo XIX, entre tesis e hipótesis. En el siglo XIX, cuando el liberalismo se fue apoderando de los Estados y a consecuencia de ello comenzó la descristianización de los pueblos, se formuló por los teólogos católicos que en la hipótesis de que la población no sea católica entonces la Iglesia no debe reivindicar la confesionalidad del Estado y debe limitarse a reivindicar la libertad de poder realizar su misión básica de evangelizar.

Los catolicos liberales:

Hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aun hoy en día osan hablar del ideal.

Los católicos en la situación de hipótesis y laicismo persecutorio como enseña el Concilio Vaticano II:

La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro" (Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

Cuanto más dista el mundo de la plena realización del ideal católico, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente.

El Concilio Vaticano II lo que enseña en realidad es:

La Iglesia no defiende el Estado aconfesional como un ideal cristiano (Cfr. DH,1).

Hay que «rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36).


"La Iglesia, juntamente con los profetas y con el mismo Apóstol, espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con voz unánime y le servirán hombro con hombro"
(Nostra aetate, 4).
Lo que es proclamar con toda seguridad la confesionalidad de todos los pueblos y que obrarán en consecuencia en el futuro.

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Benedicto XVI (Discurso al congreso de la Unión de Juristas Católicos italianos 9-XII-2006):
«Los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión –como afirma el concilio Vaticano II– que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente”» (GS 36). «Esta afirmación conciliar [GS 36]constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral».

"Que el Estado debe ser laico, aunque no laicista es un principio falso, que extingue la actividad política de los católicos, y lleva al pueblo cristiano a una apostasía cada vez más profunda, a través de la secularización progresiva de la sociedad, cada vez más cerrada a Dios" (Iraburu).

«El deber de rendir un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Ésa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (Vat. II, DH 1c). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única religión verdadera, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos están llamados a ser luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas [se cita aquí: León XIII, enc. Immortale Dei; Pío XI, enc. Quas primas]» (Catecismo 2105).

Sobre el «Estado confesional» católico, lo que dijo la Comisión redactora de la declaración Dignitatis humanæ sobre la libertad religiosa en la «Relatio de textu emmendatu», precisando a los Padres conciliares el sentido del texto que habían de votar, fue meridianamente claro para los Padres del Vaticano II que votaron el texto conciliar:
«Si la cuestión se entiende rectamente, la doctrina sobre la libertad religiosa no contradice el concepto histórico de lo que se llama Estado confesional… Y tampoco prohibe que la religión católica sea reconocida por el derecho humano público como religión de Estado» (Relatio de textu emmendatu, en Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis Polyglotis Vaticanis, v. III, pars VIII, pg. 463).
«Si res bene intelligitur, doctrina de libertate religiosa non contradicit conceptui historico sic dicti status confessionalis. (…) Non tamen prohibet, quin religio catholica iure humano publico agnoscatur tamquam communis religione, seu quin religio catholica iure publico stabiliatur tamquam religio status.» (Acta Synodalia Sacrosanti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis Polyglittis Vatcicanis, vol. III, pars VIII, p. 463)

Otra cosa es el
juicio prudencial sobre la posibilidad y conveniencia del «Estado católico».

La Iglesia ni se pronuncia en contra de la confesionalidad -en países cuya trayectoria historia y mayoría católica es patente- , ni tampoco exige o demanda la confesionalidad en el Estado con pluralidad de religiones conviviendo (el 99% de los Estados actuales occidentales).

De ahí los discursos de Benedicto XVI ante la Conferencia Episcopal Italiana, en Roma 2006, sobre la sana laicidad Estatal vs. laicismo militante.

La Iglesia especifica: "El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo..."

Catecismo de la Iglesia Católica n 2105.

El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, Carta enc. Immortale Dei; Pío XI, Carta enc. Quas primas).

Catecismo de la Iglesia Católica n 2109

El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve Quod aliquantum), ni limitado solamente por un “orden público” concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, Carta enc. Quanta cura"). Los “justos límites” que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según “normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral” (DH 7).

Benedicto XVI ante la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos en el Palacio Apostólico del Vaticano (21/5/2010):

“La misión (de la Iglesia) es dar su juicio moral incluso sobre cosas que corresponden al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona y la salvación de las almas, utilizando sólo aquellos medios que son conformes al evangelio y al bien de todos”, dijo.
Compete a los fieles laicos –agregó- participar activamente en política, siempre coherentes con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática, en la búsqueda de amplios consensos”.

JUAN PABLO II
ECCLESIA IN EUROPA


"En las relaciones con los poderes públicos, la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional.

Al mismo tiempo, deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.
Por su parte, en la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder dar una contribución singular al proyecto de unificación europeo"

"La Iglesia católica, una y universal, aunque presente en la multiplicidad de las Iglesias particulares, puede ofrecer una contribución única a la edificación de una Europa abierta al mundo".

DISTINCIÓN SIN CONFUSIÓN EN IMMORTALE DEI, LA "CARTA MAGNA" DEL ESTADO CRISTIANO.

«Dios ha repartido, por tanto,
el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. (...) Si así no fuese, sobrevendrían frecuentes motivos de lamentables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber qué camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer. (...) Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenad
a relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo.» (Inmortale Dei, 6)

«...Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza.» (Inmortale Dei, 9)

León XIII: «en un régimen cuya forma sea quizás la más excelente de todas, la legislación puede ser detestable, y, por el contrario, dentro de un régimen cuya forma sea la más imperfecta puede hallarse a veces una legislación excelente» (1892, enc. Au milieu des sollicitudes 26).

San Pío X señalaba que «hay un error y un peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo en una forma de gobierno» (1910, cta. Notre charge apostolique 31).

«El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes» (Vat. II, GS 75e).

Expresa A. Desqueyrat:

«La Iglesia nunca ha condenado las formas jurídicas del Estado: nunca ha condenado la monarquía –absoluta o moderada–, nunca ha condenado la aristocracia –estricta o amplia–, nunca ha condenado la democracia –monárquica o republicana–. Sin embargo, ha condenado todos los regímenes que se fundamentan en una filosofía errónea» (L’enseignement politique de l’Église, Spes 1960, Inst. Cath. de Paris, I,191).

Vaticano II: «es necesario estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza el modo de obrar de aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública» (GS 31c). «Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política» (73c).

Juan Pablo II: «La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica–. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado» (1991, enc. Centesimus annus 46).

«Si hoy se advierte un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo “signo de los tiempos”, como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces (cf. … Pío XII, Radiomensaje 24-XII-1944). Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve… En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles “mayorías” de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto “ley natural” inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil». Por eso, cuando «el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos… En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (1995, enc. Evangelium vitæ 70).

Benedicto XVI ha advertido con frecuencia que una democracia sin valores conduce rectamente al totalitarismo. «Cuando la ley natural y la responsabilidad que ésta implica se niegan, se abre dramáticamente el camino al relativismo ético en el plano individual y al totalitarismo del Estado en el plano político» (16-VI-2010).

Afirmemos, en fin, sencillamente que una democracia liberal y relativista no es propiamente una democracia, sino una falsificación, una corrupción de la democracia. No pocas veces ha sido denunciada esta realidad por el reciente Magisterio apostólico de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Sus advertencias actuales para que se dé una democracia verdadera vienen a ser las mismas exigencias que indicaba hace años Pío XII (1944, radiom. Benignitas et humanitas).

Como lo formula Iraburu:

1º.–La autoridad política de los gobernantes viene de Dios
2º.–Las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo, instaurado por Dios
3º.–Hay que desobedecer las leyes injustas y combatirlas
4º.–El principio de la tolerancia y del mal menor
. No siempre es posible lograr una coincidencia entre el orden moral y el orden legal de la ciudad secular, sobre todo en aquellas naciones en las que la mayoría de los ciudadanos, al menos en cuestiones políticas, son culturalmente liberales, y se rigen sin referencia alguna a Dios y al orden natural.
5º. Neutralidad de la Iglesia respecto a losregímenes políticos
6º.–El principio de subsidiariedad contra el totalitarismo de Estado en cualquiera de sus variadas formas, también, por supuesto, en la democracia liberal. En todas ellas la participación real de los ciudadanos en la procuración del bien común es mínima. Está secuestrada por el Estado totalitario, gestionado abusivamente por los partidos que están en el poder, por el partido único o por el jefe popular carismático.
7º.– Cristo es «el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,5), el Rey de la humanidad. Lo dice el ángel: «su Reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Y lo afirma Él mismo: «me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); «yo soy Rey» (Jn 18,37). Es la fe de la Iglesia, que confiesa que Jesucristo «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

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Tesis, hipótesis, esperanza
Política y ética
¿Pueden los políticos llevar los asuntos al margen de la ética?
Todos debemos obrar en todo según las normas morales objetivas, que es obrar conforme a nuestra naturaleza humana, obrar como personas. Lo inmoral es inhumano.
También en política rigen las normas de no robar, no matar, no mentir, no permitir la explotación económica ni la utilización sexual de las demás personas, etc.

Hay normas objetivas de moralidad y a ellas debemos atenernos todos en todo nuestro comportamiento para que sea conforme a la naturaleza racional que tenemos.
El propio acto de elegir gobernantes, como todo acto humano, para no ser inhumano, debe ser realizado según la ética.

¿Son los políticos los que tienen autoridad para dar o imponer normas morales cuando están en el poder?
Los políticos deben cumplir las normas éticas objetivas, no los elegimos para que manden lo que quieran con un poder absoluto (que quiere decir desligado de las normas objetivas de moralidad).
Y menos, para que se pongan ellos a dar normas de comportamiento diferentes de la moral racional, para que impongan sus normas inmorales diciendo encima que eso es lo "decente".

¿Quién tiene autoridad para enseñar las normas morales con seguridad?
Aunque la moral se puede conocer por la luz natural de la razón, nuestro conocimiento humano de esas normas morales objetivas y racionales es falible, son las autoridades de la Iglesia, el Papa y el conjunto de los obispos, quienes tienen autoridad para enseñar las normas morales infaliblemente cuando la ejercen como tal, no cuando no la ejercen.

El Concilio Vaticano II enseña que forma parte de la misión de la Iglesia "declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana" (Dignitatis humanae, 14).

Las autoridades de la Iglesia, para cumplir la misión de la Iglesia, deben ejercer esa autoridad de enseñar las normas morales con seguridad a gobernantes y gobernados, no imponiéndoselas, sino proponiéndoselas con autoridad segura e infalible como ley de la naturaleza dada por el autor de la naturaleza, de quien procede esa misión que el Papa y los Obispos tienen irrenunciablemente. LEER MÁS

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Decía el padre Orlandis:

"Conseguir la adecuación del Reino de Cristo de hecho con el de derecho o lo que es lo mismo, la aceptación plena del encargo de Jesucristo docete omnes gentes: haced que todas las naciones acepten y acaten vuestro magisterio [el magisterio de la Iglesia], admitan la buena nueva de que sois mensajeros [de que la Iglesia es mensajera], disfruten de los bienes que en esta buena nueva se les ofrecen.

"Todos los números de CRISTIANDAD son una profesión de fe y de esperanza en este ideal y si en ellos a las veces transpira la indignación contra los malminoristas, por ejemplo, contra los católicos liberales, no es porque CRISTIANDAD ignore u olvide que en ciertas ocasiones, en sobradas ocasiones, por desgracia, es necesario y lícito contentarse y aun acogerse al mal menor, sino porque los católicos liberales de ayer y no menos los de hoy, prácticamente por lo menos, hacen de la hipótesis tesis, alaban y encarecen el bienestar de la Iglesia en las naciones en que se vive en la hipótesis, menosprecian como visionarios a los que aun hoy en día osan hablar del ideal. ¿Esta táctica, esta manera de pensar podrá dar otro resultado que el obscurecerse en la mente de los cristianos sencillos la convicción cristiana, que debe rechazar con dignidad todo error en la fe, toda mutilación en la verdad cristiana? Y esas tácticas de esperar el bien de la Iglesia de la alianza con los que si no están abiertamente contra ella, por lo menos es cierto que están fuera de ella ¿no será causa de que se debilite el espíritu sobrenatural, la esperanza en los medios eficacísimos, en realidad los únicos eficaces, que son patrimonio exclusivo de la Iglesia?

"Cuanto más dista el mundo de la plena realización de este ideal, cuanto mayores son las exigencias malaventuradas de la hipótesis, más necesario es conservar puro y vivo en la mente y en el corazón este ideal, y profesarlo públicamente.

"El padre Ramière pasó su vida inculcando en los lectores de sus libros la confianza en un triunfo de la Iglesia en este mundo, triunfo del que las luchas actuales de la Iglesia no le hacían dudar, antes al contrario le aseguraban en su convicción.

"Pío XI, en la encíclica Miserentissimus Redemptor, como término y consiguiente de una exposición de hechos concienzuda e intencionada, llega a afirmar que en la institución de la fiesta de Cristo Rey ha querido dar un anticipo de aquel día faustísimo en que el mundo espontáneamente se sujetará al suavísimo Imperio de Cristo; gaudia iam tum illius diei praecepimus auspicatissimi quo die omnis orbis libens volensque Christi Regis suavissimae dominationi parebit.

"La Iglesia que posee la sangre de Cristo y el don del Espíritu no puede ser más rica, porque su riqueza es infinita. Mas de estas riquezas de la Iglesia no participan todos los hombres llamados a ser miembros de ella, y aun los que de ellas participan, podrían adquirirlas y poseerlas en grado superior a aquél en que las poseen.

"La aceptación voluntaria por las naciones de la Soberanía Social de Jesucristo.

Tesis e hipótesis
La renuncia por parte de algunos miembros de la jerarquía eclesiástica a ejercer la autoridad, que Dios le ha conferido a la Iglesia y al Papa, para enseñar infaliblemente la moral y la doctrina de la fe no está contribuyendo a difundir el cristianismo entre los alejados de él. Está, en cambio, debilitando la moralidad y la fe y está alejando de Dios y de su Iglesia a los cristianos.

Esa renuncia vuelve sal insípida a esos miembros de la jerarquía que no ejercen como tal, que no actúan como jerarquía. No es nada inexplicable, aunque sea lamentable, que sea pisoteada esa sal insípida. Ya se lo advirtió el que les confirió esa autoridad para bien del pueblo, no para esconderla bajo el celemín.

Los cristianos, los católicos, que no actúan como tales, que no obran en consecuencia, no sólo no cristianizan la sociedad, ni se limitan a no llevar su bien divino y humano al prójimo, ni sólo dejan de contribuir al bien común natural y sobrenatural, sino que se descristianizan ellos.

Está claro que los que por no ser católicos no creen que la jerarquía eclesiástica enseña infaliblemente la moral natural y la doctrina de la fe, no la obedecerán, ni acatarán, ni aceptarán esa enseñanza.

Y está claro que, si no son católicos todos o casi todos los habitantes de un país, no se puede realizar la tesis católica de que la sociedad necesita y debe acatar a Dios y a su Iglesia y que el Estado, la organización política de la sociedad, debe ser confesional y lo necesita, para el buen funcionamiento de sus fines naturales. Así lo enseña el propio Ratzinger cuando era cardenal hablando de la democracia.

Y por eso está claro que, si no son católicos todos o casi todos los habitantes de un país, y por lo tanto no van a acatar voluntariamente a Dios y a su Iglesia, por desconocer su existencia e ignorar su sobrenaturalidad y su autoridad, entonces, en esta situación de hipótesis, lo que puede propugnar la Iglesia jerárquica con el Papa a la cabeza es que el ejercicio de la libertad religiosa sea permitido y protegido por las autoridades y por las leyes civiles, aunque no sea confesional el Estado.

El problema es que sólo un Estado confesional atenderá esta petición de la Iglesia de libertad religiosa para los que profesen cualquier religión, aunque es de ley de natural la libertad religiosa.

Y aún es más problema convertir la hipótesis en tesis como hace el catolicismo liberal y algunos o muchos eclesiásticos que lo siguen.

Esto es lo que ha ido descritistianizando progresiva y aceleradamente la sociedad occidental en los tres últimos siglos y lo que, como consecuencia de esa descristianización, la ha ido deshumanizando con la extensión de prácticas tan inhumanas como la matanza de niños en el vientre de su madre, que ha llegado a ser masiva. (LEER MÁS)

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Iraburu sobre el Estado católico:

Desde mediados del XX, sobre las normas de la Iglesia sobre la política:

Algunas verdades se han recordado al paso, por ejemplo, en la encíclica Centesimus Annus (1991: 44-48). Y también al paso Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitæ (1995: 20-24, 69-77), reafirma varios principios doctrinales de política, hoy muy olvidados, e incluso negados, por los católicos que viven en regímenes democráticos. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24-XI-2002), es una Nota breve, que se limita a «recordar algunos principios propios de la conciencia cristiana, que inspiran el compromiso social y político de los católicos en las sociedades democráticas». También han de tenerse en cuenta las precisiones que Benedicto XVI hace en su encíclica Deus caritas est (2005) sobre las relaciones entre política y fe, entre justicia y caridad (n.28-29).

No hay criterios claros y unánimes sobre cómo el pueblo cristiano debe vivir políticamente en Babilonia. Más aún: son muchos los que aún no se han enterado de que estamos viviendo en Babilonia. Quieren mantener a toda costa una actitud positiva y optimista ante el mundo moderno, al que no le niegan, ciertamente, «algunos errores». Pero en definitiva, no quieren estar en una oposición radical, sino con el gobierno o como alternativa de gobierno.

El liberalismo niega totalmente esos dos principios.
1º.–La autoridad política de los gobernantes viene de Dios
2º.–Las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo, instaurado por Dios

Todos los derivados políticos del liberalismo son hijos naturales suyos –democracia liberal, totalitarismos socialistas o comunistas, nazis o fascistas, dictaduras de un partido único o de líderes populares, etc.–, todos, como bien advirtió Pio XI (Divini Redemptoris 1937). Y todos, el liberalismo y todos sus hijos, aunque en modos diversos, niegan frontalmente que la autoridad política venga de Dios, y que las leyes positivas sólamente sean válidas si se fundamentan en el orden moral natural.

El liberalismo es, pues, un ateísmo práctico (León XIII,1888, Libertas: 1,11,24). Ya en 1864 describía el papa Pío IX este ateísmo político y moral, según el cual «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (Syllabus 3).

Por el contrario, numerosos documentos de la Iglesia, especialmente entre 1850 y 1950, rechazan esa doctrina y, con toda exactitud, comprobada históricamente en nuestro tiempo, anuncian las nefastas consecuencias que traerá consigo su aplicación práctica. En ese mismo sentido, el concilio Vaticano II afirma que es completamente falsa «una autonomía de lo temporal que signifique que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia a Dios» (GS 36). En efecto, hay que «rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36).

Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitæ, denuncia que «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como normal», sea ello lo que fuere.

Según esto, «la responsabilidad de la persona se delega en la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral, al menos en el ámbito de la acción pública» (69). La raíz de este proceso está en el relativismo ético, que algunos consideran «como una condición de la democracia, ya que sólo él garantiza la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría; mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia» (70). «De este modo [por la vía del relativismo liberal] la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental» (20). Y a él ha llegado ya, pues «en los mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (70).

«Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge, pues, descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover» (71; cf. también Nota 2002, 2-4).

La batalla de Benedicto XVI contra el relativismo comenzó en el mismo inicio de su pontificado. Y la mantiene hasta hoy: «todos los hombres están llamados a reconocer las exigencias de la naturaleza humana inscritas en la ley natural y a inspirarse en ella para formular leyes positivas, que rijan la vida en la sociedad. Si se niega la ley natural, se abre el camino al relativismo ético y al totalitarismo» (16-VI-2010).

Muchos políticos cristianos de Occidente han aceptado el ateísmo práctico del liberalismo en la vida política, primero como hipótesis prudencial de gobierno, y hace ya tiempo como tesis. Y a pesar de que profesan «la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión» (LG 36), sin embargo, se atreven incluso a fundamentar su posición anti-cristiana en la doctrina del Vaticano II. Pero el concilio enseña justamente lo contrario: enseña «el deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo» (DH 1). Y manda, sobre todo a los fieles católicos, que «en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (LG 36).

En 1961, había escrito el papa Juan XXIII en la Mater et Magistra (217):

«La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable, o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que nace y se alimenta, esto es, obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancada lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: “si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 127,1)».

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Martin Ellingham

Hay una peculiar modalidad de “liberalismo católico”, que no niega teórica y formalmente los dos principios apuntados, pero los vacía de contenido:

1. Acepta que la autoridad política de los gobernantes
viene de Dios. Pero de ello no se seguiría el deber estatal de reconocer públicamrnte esa dependencia, por lo que se defiende un Estado aconfesional como ideal cristiano.

2. No se niega que las leyes civiles tengan fundamento
en la ley natural, pero se rechaza la posibilidad de que la ley divino-positiva pueda ser recibida por las leyes civiles. Tal recepción sería fundamentalismo, violatorio de la libertad religiosa. Así, no hay positivismo jurídico pero sí naturalismo jurídico. El ideal de un orden jurídico cristiano se reduce al de un orden jurídico ajustado al derecho natural pero impermeable a la Revelación.

Algún teólogo representante de ésta forma de naturalismo jurídico ha querido fundamentar su tesis en el pensamiento de Francisco de Vitoria, al que considera un precursor de la secularización, y un ejemplo de conciliación entre cristianismo y modernidad, olvidando que para el maestro salmantino
“…si un príncipe bárbaro se hiciera cristiano, podría hacer leyes apropiadas no sólo conforme al derecho natural, sino también al Evangelio, y obligar a los súbditos a estas leyes. No digo obligarlos a la fe o al bautismo, sino a algunas que son reveladas en el Evangelio, aunque no puedan probarse por derecho natural…”.

Saludos.

JMI.- Muy interesante. Gracias. 03/08/10 1:00 PM

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JMI.- Yo le doy caña con todas mis fuerzas al liberalismo - naturalismo - racionalismo - relativismo - laicismo - secularismo... Y de esos nombres, que vienen a ser equivalentes, como lo he explicado, prefiero el término de liberalismo, porque me parece el más exacto y porque, como lo he explicado, queda libre de equívocos que afectan a los otros nombres equivalentes. 03/08/10 5:50 PM

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Martin Ellingham

La reflexión del Sr. Tormiz es "hermenéutica de la ruptura" respecto del Vaticano II. La Iglesia no defiende el Estado aconfesional como un ideal cristiano (Cfr. DH,1).

Es más, si después del Vaticano II defiende la cristianización de las estructuras temporales como misión de los laicos, con mayor razón habrá de alcanzar esa cristianización al Estado y al Derecho, que se informarán de la ley natural Y del Evangelio. Cosa que el liberalismo no acepta, pues es una forma de naturalismo jurídico-político; y por naturalista, es laicista.

En cuanto a que el Estado aconfesional que respeta el derecho natural... Risum teneatis? El derecho natural completo no puede ser conocido con certeza y sin error a menos que se acepte la Revelación (Vaticano I), por lo cual sólo podría ser, de facto, gnoseológicamente confesional y católico. Sí, el naturalismo ha olvidado la necesidad moral de la Revelación para conocer la ley natural y de la gracia para cumplirla.

Los estados aconfesionales, podrán perseguir a la Iglesia más o menos, es cuestión de grado, pero no reconocen la Realeza de Cristo, ni tratan a su Esposa como la ley divino-positiva lo exige, por lo que son laicistas.

Saludos. 04/08/10 11:34 AM

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Siglo XXI

ENCÍCLICA
DEUS CARITAS EST

BENEDICTO XVI

"El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca."

[..]

"La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado.

Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento.
Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica."

"No es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.

Esto significa que la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación. Tratándose de un quehacer político, esto no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia."

"La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales"
.

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Martin Ellingham

El resultado de ignorar el Magisterio precedente al Vaticano II es que cuando se afirma en Dignitatis humanae, n. 1, que se deja “…íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo”, aparecen confusiones como las de los señores siglo XXI y Antonio.

Esa “doctrina tradicional católica” que, para retomar palabras de Pío XI se expresa en la fórmula
“Estado católico”, o en palabras de Pío XII, “Estado cristiano”, no sólo sigue siendo el ideal en cuanto al modo de relacionarse la Iglesia con la comunidad política, sino que el último Catecismo de la Iglesia católica, en una interpretación auténtica del Vaticano II, reafirma esa continuidad magisterial, en terminos claros para el buen entendedor:

2105 El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, Carta enc. Immortale Dei; Pío XI, Carta enc. Quas primas).

Notará el lector, la expresa remisión a Immortale Dei (León XIII) y a Pío XI (Quas primas). Bastaría con leer esos documentos para comprender tanto la doctrina católica sobre la constitución cristiana del Estado (que no es la del naturalismo liberal) como la Realeza de Cristo, que se extiende a todas las realidades temporales, incluidos el Estado y el Derecho.

Y por si alguno pretextara que la libertad religiosa se opone al “Estado católico”, cosa muy frecuente entre catolicos liberales, que la conciben de modo naturalista, el Catecismo recuerda:

2109 El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve Quod aliquantum), ni limitado solamente por un “orden público” concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, Carta enc. Quanta cura"). Los “justos límites” que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según “normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral” (DH 7).

También podrá notar el lector la expresa remisión a Quanta cura (Pío IX), documento que reprueba fuertemente el naturalismo asumido acríticamente por el liberalcatolicismo.

Por último, las palabras de Benedicto XVI no son aplicables en nada a la “doctrina tradicional católica” sobre el “Estado católico”, sino a formas no católicas de confesionalidad, como podría ser el caso de los estados musulmanes.

Saludos.

PS: Para una elemental comprensión de las nociones de “laicidad” y “confesionalidad” a la luz del Magisterio, sin las relativizaciones historicistas propias del liberalcatolicismo, sugiero la lectura del artículo de Luis Mª Sandoval:

http://www.es.catholic.net/abogadoscatolicos/435/2862/articulo.php?id=38212
04/08/10 4:08 PM

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SigloXXI

La Iglesia no busca Estado confesional sino aportar a la comunidad política

“Dignitatis Humanae” CVII no habla de sustituir la obligación moral de conciencia que tenemos todos los católicos, o de equiparar religiones, sino que otorga un derecho de libertad religiosa y de pensamiento. Son dos cosas distintas. En esencia, reconoce un derecho civil en este tema.

También expresa claramente que: "Sería lógica esa confesionalidad en una Nación, sólo cuando así lo exijan razones históricas, que son las “peculiares circunstancias de los pueblos"

¿Comprende Sr. Martin? El magisterio universal actual expresa que SÓLO es aconsejable la confesionalidad del Estado cuando existe MAYORIA de ciudadanos que son católicos y así lo desean.

Una cosa es mantener la tesis, sustentada en el Magisterio de la Iglesia que es obligación de todo católico, y otra es no querer asentir a la realidad temporal en la que nos encontramos y que explícitamente enseña el magisterio actual en relación con el papel de la Iglesia y la comunidad creyente frente al Estado moderno.


JUAN PABLO II
ECCLESIA IN EUROPA


"En las relaciones con los poderes públicos, la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional.

Al mismo tiempo, deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas.
Por su parte, en la lógica de una sana colaboración entre comunidad eclesial y sociedad política, la Iglesia católica está convencida de poder dar una contribución singular al proyecto de unificación europeo"

"La Iglesia católica, una y universal, aunque presente en la multiplicidad de las Iglesias particulares, puede ofrecer una contribución única a la edificación de una Europa abierta al mundo".

Saludos cordiales 04/08/10 4:41 PM

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Martin Ellingham

Benedicto XVI dice lo que dice, pero no se aplica al "Estado católico" sino a nociones no católicas de confesionalidad.

Lo que pasa es que la polisemia del término "laicidad", unida a la ignorancia del Magisterio, lleva a hacer esas lecturas católico liberales de sus textos.

Saludos.
04/08/10 4:41 PM

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Martin Ellingham

Siglo XXI:

He dicho:

-Por último, las palabras de Benedicto XVI no son aplicables en nada a la “doctrina tradicional católica” sobre el “Estado católico”, sino a formas no católicas de confesionalidad, como
podría ser el caso de los estados musulmanes.

¿Sabe usted qué cosa es el "condicional"? Podría, PODRÍA, p o d r í a...

Pruebe usted que el Santo Padre está reprobando la doctrina tradicional católica (que el Vaticano II deja íntegra), y que hace "hermenéutica de la ruptura", y luego podría proseguir el debate.

Saludos.

04/08/10 4:46 PM

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Martin Ellingham

Y de paso, le sugiero que piense en las nociones de "tesis" e "hipótesis" para interpretar el Magisterio que cita. También Pío XII habló de la sana laicidad del Estado... 04/08/10 4:50 PM

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Martin Ellingham (I)
No hay nada en el texto de Benedicto XVI que contradiga la doctrina tradicional católica sobre las relaciones Iglesia-Estado

Comento en bastardillas:

"La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado.

La doctrina tradicional jamás enseñó que la Iglesia tuviera un poder sobre el Estado, ni que la potestad temporal derivase de la eclesiástica. Dos sociedades distintas, dos fines distintos. La teoría de Suárez sobre el “poder indirecto” no integró el Magisterio.

Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica."

En todo de acuerdo con la doctrina tradicional, el Papa reafirma que la fe no es coercible. Tampoco puede imponer la Iglesia modos de comportamiento a los no bautizados, porque no tiene potestad sobre ellos.

...
04/08/10 5:09 PM

(II)
"No es tarea de la Iglesia el que ella misma haga valer políticamente esta doctrina: quiere servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia y, al mismo tiempo, la disponibilidad para actuar conforme a ella, aun cuando esto estuviera en contraste con situaciones de intereses personales.

Nuevamente coherente con la doctrina tradicional. La Iglesia no es un partido o grupo político que quiere imponer su doctrina social como si fuese una plataforma partidaria. Además, la inspiración cristiana del orden temporal, compete inmediatamente a los laicos, no a la Iglesia en sentido jerárquico, que no obstante guía, sobre todo con su magisterio.

Esto significa que la construcción de un orden social y estatal justo, mediante el cual se da a cada uno lo que le corresponde, es una tarea fundamental que debe afrontar de nuevo cada generación. Tratándose de un quehacer político, esto no puede ser un cometido inmediato de la Iglesia."

Como siempre, reafirma que la Iglesia no tiene un fin político, sino supratemporal.
04/08/10 5:14 PM

Y como el fin no es político, tampoco pueden serlo los medios. La Iglesia busca la salvación, por tanto, emplea medios proporcionados a ese fin.

(III)

"La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales"

Reitera una vez más la doctrina tradicional. La Iglesia no se identifica con el Estado, ni puede reemplazarlo. Distinción sin confusión; colaboración sin separación.

Son principios claves que están clarísimos en la Tradición.
04/08/10 5:20 PM

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Martin Ellingham

A la espera de que Siglo XXI pruebe la ruptura entre Benedicto XVI y la doctrina tradicional católica acerca de las relaciones Iglesia-Estado (que nunca usó el término “confesionalidad”, sino fórmulas como “Estado católico”, o “Estado cristiano”), copio algunas conclusiones del trabajo de Luis María Sandoval:

- Ante el laicismo, reivindicamos
la sana laicidad del Estado que aquel usurpa, sin que esa autonomía implique independencia absoluta de Dios.

- La laicidad
no es premisa del orden cristiano, sino consecuencia de sus principios.

- La apelación al derecho natural no es concluyente en la medida en que es negada su existencia y el auxilio divino para confirmarlo.

- La laicidad no es sino un mínimo, no una meta última, ni un desideratum

- Es inútil e impío querer darnos por satisfechos con un punto medio entre Cristo y el mundo.

- Tanto religiosa como intelectualmente no hay recurso que pueda sustituir el reinado Social de Nuestro Señor como salvación y meta.

http://www.es.catholic.net/abogadoscatolicos/435/2862/articulo.php?id=38212

Saludos.
04/08/10 5:28 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

Acabo de comentar el texto en tres mensajes I, II y III.

Por razones de brevedad, no voy a copiar y pegar textos magisteriales para hacer concordia entre Benedicto XVI y el magisterio tradicional.

Mi interpretación es la misma que hace el Catecismo de la Iglesia católica, recomendada por Benedicto XVI bajo la fórmula "hermenéutica de la continuidad.

Si hay argumentos, leo, y contesto en la medida de lo posible.

Saludos.
04/08/10 6:16 PM

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SigloXXI

Queda claro, meridianamente claro por Benedicto y JPII, que la Iglesia hoy no pide el Estado confesional, ratifica la libertad religiosa, de conciencia (sin equiparar las demás religiones o el error) y afirma su misión en la sociedad

"Servir a la formación de las conciencias en la política y contribuir a que crezca la percepción de las verdaderas exigencias de la justicia [...]

La Iglesia no puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales"

Bastante más claro está del puño y letra de Benedicto XVI en su libro Jesús de Nazaret. ed. Planeta, pag 65

"En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder.

La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha por el reino de Jesús no puede ser identificada con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos. En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios”

Más aún en el mismo libro, pag 64. Benedicto respecto al Reinado de Cristo

"El reino de Cristo es distinto de los reinos de la tierra y de su esplendor"

Respecto a partidos políticos, el papa Pacelli, Pio XII, fue muy claro

«Un partido político, aunque se proponga inspirarse en la doctrina de la Iglesia y defender sus derechos, no puede arrogarse la representación de todos los fieles, ya que su programa concreto no podrá tener nunca un valor absoluto para todos »

« Es evidente que la Iglesia no podría vincularse a la actividad de un partido, sin comprometer su carácter sobrenatural, y la universalidad de su misión. »

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Martin Ellingham

Antonio:

1) ¿Y si tu interpretación del magisterio de Benedicto XVI fuera deficiente, i.e.: incompleta, sesgada, historicista, discontinua respecto del magisterio precedente, etc.?

2) ¿Y si tu interpretación del magisterio de Benedicto XVI confundiera el
aspecto doctrinal con el prudencial?

3) ¿Y si tu interpretación del magisterio de Benedicto XVI considerara
como óptimo lo que es apenas un mínimo?

Si te place, puedes considerar las preguntas como retóricas...

En cuanto a mis opiniones personales, no pretendo que sean magisterio eclesiástico. Lo que denomino “liberalcatolicismo” como régimen político, rige en España desde 1978. Resultados a la vista…

Saludos.

04/08/10 8:16 PM

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Martin Ellingham

Siglo XXI:

Las opiniones de un papa como teólogo privado nunca tienen el mismo peso que el magisterio. Y lo digo a pesar del enorme aprecio y admiración que tengo por Joseph Ratzinger.

Saludos.
04/08/10 8:21 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

Me parece que el texto de Benedicto XVI sobre el que me preguntas, en su aspecto doctrinal, se ha de interpretar a la luz de la «hermenéutica de la continuidad», i.e., en continuidad con la Tradición y el magisterio precedente de la Iglesia, secular y reiterado, en muchos de los temas que aquí se han debatido.

Sobre el «Estado confesional» católico, te copio lo que dijo la comisión redactora de la «Dignitatis humanae» en la «Relatio de textu emmendatu», y fue meridianamente claro para los Padres del Vaticano II que votaron el texto conciliar:

«Si res bene intelligitur, doctrina de libertate religiosa non contradicit conceptui historico sic dicti status confessionalis. (…) Non tamen prohibet, quin religio catholica iure humano publico agnoscatur tamquam communis religione, seu quin religio catholica iure publico stabiliatur tamquam religio status.» (Acta Synodalia Sacrosanti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis Polyglittis Vatcicanis, vol. III, pars VIII, p. 463)

Otra cosa es el
juicio prudencial sobre la posibilidad y conveniencia del «Estado católico».

Saludos.
04/08/10 11:32 PM

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Siglo XXI

Se están confundiendo términos. La Iglesia ni se pronuncia en contra de la confesionalidad -en países cuya trayectoria historia y mayoría católica es patente- , ni tampoco lo exige o demanda en el Estado moderno con pluralidad de religiones conviviendo y derecho civil de libertad religiosa reconocido en el magisterio de la Iglesia (el 99% de los Estados actuales occidentales).

De ahí los discursos de Benedicto XVI ante la Conferencia Episcopal Italiana, en Roma 2006, sobre la sana laicidad Estatal vs. laicismo militante.

La Iglesia especifica (jorge en su comentario 8:13pm)

"El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo..."

Gaudium Spes 76

La comunidad politica y la Iglesia

Es de suma importancia, sobre todo alli donde existe una sociedad pluralistica, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad politica y la Iglesia y distinguir netamente entre la accion que los cristianos, aislada o asociadamente, llevan a cabo a titulo personal, como ciudadanos de acuerdo con su conciencia cristiana, y la accion que realizan, en nombre de la Iglesia, en comunion con sus pastores.

La Iglesia, que por razon de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad politica ni está ligada a sistema politico alguno, es a la vez signo y salvaguardia del caracter trascendente de la persona humana.

La comunidad politica y la Iglesia son independientes y autonomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso titulo, estan al servicio de la vocacion personal y social del hombre.

Este servicio lo realizaran con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto mas sana y mejor sea la cooperacion entre ellas, habida cuesta de las circunstancias de lugar y tiempo.

La Iglesia, por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nacion y entre las naciones. Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de la accion humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad politicas del ciudadano.

Es preciso que cuantos se consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los caminos y medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los medios que la ciudad terrena utiliza.

Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su propia mision lo exige.

No pone, sin embargo, su esperanza en privilegios dados por el poder civil; mas aun, renunciara al ejercicio de ciertos derechos legitimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposicion.

Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su mision entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden politico, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvacion de las almas, utilizando todos y solos aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos segun la diversidad de tiempos y de situaciones.
05/08/10 2:51 AM

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Martin Ellingham

Siglo XXI:

No se confunde nada. Ad impossibilia nemo tenetur...

La
distinción tesis/hipotesis sigue siendo útil para hacer hermenéutica de la continuidad.

Saludos.
05/08/10 12:38 PM

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Siglo XXI

Benedicto XVI ante la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos en el Palacio Apostólico del Vaticano 21/5/2010

Los cristianos no buscan la hegemonía política

Ciudad del Vaticano.- El Papa negó hoy que los cristianos pretendan establecer una hegemonía política o cultural en la sociedad moderna, pero reivindicó el derecho de los feligreses a participar en los gobiernos para buscar el bien común.

Al recibir a los asistentes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos en el Palacio Apostólico del Vaticano, el pontífice rechazó que la misión de la Iglesia sea formar técnicamente a los políticos aunque defendió su papel como “orientadora” social.

“La misión (de la Iglesia) es dar su juicio moral incluso sobre cosas que corresponden al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona y la salvación de las almas, utilizando sólo aquellos medios que son conformes al evangelio y al bien de todos”, dijo.

Compete a los fieles laicos –agregó- participar activamente en política, siempre coherentes con las enseñanzas de la Iglesia, compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática, en la búsqueda de amplios consensos”.

Según el obispo de Roma la política reclama de los cristianos un “fuerte empeño” en la construcción de una “vida buena” en las naciones y por ello consideró urgente la necesidad de “políticos auténticamente cristianos”.

Reconoció que se trata de un “reto exigente” porque los tiempos actuales presentan “grandes y complejos problemas”.

El Papa Benedicto XVI constató la caída de los paradigmas ideológicos del pasado mientras, en la actualidad, se difunde un “confuso relativismo cultural”, marcado por un individualismo utilitarista y hedonista que debilita la democracia y favorece el dominio de los poderes fuertes.

Por ello urgió a recuperar una “auténtica sabiduría política”, yendo más allá de todo reduccionismo ideológico o pretensión utópica, mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo siempre en cuenta que la política es un “complicado arte de equilibrio entre ideales e intereses”.

“La contribución de los cristianos será decisiva sólo si la inteligencia de la fe se convierte en inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación. Es necesaria una verdadera revolución de amor”, ponderó.

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Martin Ellingham ¿Evidente? ¿Con evidencia intrínseca o extrínseca? ¿Inmediata o mediata? ¿Quoad se, quoad nos? ¿Omnibus, sapientibus tantum?

05/08/10 6:08 PM

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Martin Ellingham p. Iraburu:

Si el siguiente mensaje no ayuda, bórrelo, por favor.

- Hay un orden lógico en el tratamiento progresivo de los temas. Cuando se trata de cuestiones morales, como en el presente caso, es usual comenzar con lo más u n i ve r s a l (=principios) para llegar a lo p a r t i c u l a r (=lo prudencial). Por tanto, no es lógico, ni justo, reprochar que en la exposición de los PRINCIPIOS está ausente el tratamiento de lo PRUDENCIAL.


- Algunos principios morales que pueden ayudar a resolver mejor las cuestiones prudenciales. En enumeración, no exhaustiva, importa recordar:

1) que las obligaciones morales positivas: no obligan siempre y en toda circunstancia; tampoco cuando hay imposibilidad de cumplirlas; a veces, tampoco obligan cuando hay grave incomodidad para cumplirlas; en determinadas circunstancias, admiten dispensa;

2) la cooperación con el mal que realizan otros puede ser lícita bajo determinadas condiciones;

3) la tolerancia, en cuanto importa un no impedir, puede tener cierta razón de cooperación (material) en el pecado ajeno, pero ser lícita mediando causa proporcionada.

Saludos.

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JMI.- Muchas gracias. 05/08/10 11:52 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

1) Estoy tan de acuerdo con el Magisterio que usted cita, como con
el n. 1 de la Dignitatis humanae, que deja íntegra la doctrina tradicional sobre las relaciones Iglesia-comunidad política (tal como se desprende de las Actas del Vaticano II, del testimonio de peritos y Padres conciliares, etc.), como con el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2104-2109), que reitera esa continuidad doctrinal, y remite nada menos que a Immortale Dei y Quas Primas, documentos monográficos sobre la constitución cristiana de los estados y sobre la Realeza social de Cristo.

2) Y contra la falacia de la no-interpretación, digo: la persona que dice comprender lo que lee y cita, pero que dice no interpretarlo, no obraría como un ser humano. Porque la inteligencia humana es locutiva, discursiva, y emplea el lenguaje como instrumento para pensar; de manera que la interpretación es connatural al uso discursivo del intelecto humano.

Por tanto, debo presumir que si usted o Siglo XXI no interpretan lo que leen y citan, se debe a que tienen inteligencias angélicas. Caben otras explicaciones posibles, pero prefiero no mencionarlas…

Saludos.
06/08/10 5:18 PM

PS: Con lo que no estoy de acuerdo es con la INTERPRETACIÓN -explícita o implícita, pero ineludible- de los textos pontificios, que eleva lo prudencial o pastoral al rango doctrinal. 06/08/10 5:21 PM

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Martin Ellingham

Algo que ya dije, pero parece que no se entiende: la opinión de un papa como teólogo privado, no tiene el mismo peso que un acto de magisterio auténtico. La opinión de S.S. Benedicto XVI en un libro puede ser extraordinariamente verdadera, lúcida, oportuna, provechosa, y todo lo buena que se quiera; pero NO ES en sí misma un acto magisterial y por consiguiente no tiene el mismo PESO que un acto magisterial como lugar teológico.

En un acto magisterial auténtico, y no en un libro privado,
León XIII dijo lo siguiente:

«...
Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza.» (Immortale Dei, 9)

Saludos.
06/08/10 5:41 PM

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Martin Ellingham

"¿En base a qué criterio hermenéutico afirma usted que la frase "la Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno" es prudencial?
06/08/10 5:31 PM"

Es un principio doctrinal, no prudencial. Y recontra sabido desde León XIII, por lo menos: lea Immortale Dei, Libertas, etc.

Saludos.
06/08/10 5:43 PM

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Martin Ellingham

DISTINCIÓN SIN CONFUSIÓN EN IMMORTALE DEI, LA "CARTA MAGNA" DEL ESTADO CRISTIANO.

«Dios ha repartido, por tanto,
el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. (...) Si así no fuese, sobrevendrían frecuentes motivos de lamentables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber qué camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer. (...) Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenad
a relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo.» (Immortale Dei, 6) 06/08/10 5:45 PM

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Martin Ellingham

La hermenéutica teológica -el magisterio pontificio es un lugar teológico- tiene criterios propios, y no se han de extrapolar indebidamente a la Sagrada Teología criterios hermenéuticos de otras ciencias.

06/08/10 5:50 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

Tanto en los textos anteriores como en los posteriores al Vaticano II hay elementos de índole doctrinal y elementos de índole prudencial. Por tanto, la distinción entre ambos aspectos es necesaria, si se quiere hacer "hermenéutica de la continuidad" y salvar contradicciones que son aparentes. Ni todo lo que enseñan Juan Pablo II y Benedicto XVI es sólo prudencial o sólo doctrinal, ni lo enseñado antes tampoco.

Se lo digo con respeto y humildad: ¿alguna vez leyó y estudió detenidamente Immortale Dei, Quas Primas y Quanta cura? Porque con los planteos que me hace, no me parece.

Si el núcleo de una argumentación "teológica" consiste en copiar y pegar textos actuales, y darles determinado sentido (=interpretación A); también es posible, copiar y pegar otros textos actuales, o pretéritos, en sentido contrario (=interpretación B).

¿Por qué es legítimo remitirse a textos pretéritos?
Porque así lo ha reconocido expresamente:
1) El Vaticano II en sus textos. Los peritos y padres conciliares en los debates del Vaticano II.
2) Juan Pablo II en el MP Ecclesia Dei;
3) B
enedicto XVI al hablar de "herméutica de la continuidad", ¿continuidad con qué? ¡Con la Tradición, con el magisterio precedente!

Podría citar una docena de teólogos y canonistas -dos de ellos peritos en el Vaticano II- en favor de una hermenéutica que integra perfectamente el magisterio precedente sobre las relaciones Iglesia-comunidad política (tesis/hipotesis) con la libertad religiosa de la Dignitatis humanae.

Pero le voy a sugerir un autor, consultor de la Congregación de la Doctrina de la Fe, y tiene dos trabajos muy serios: Mons. Fernando Ocáriz Braña. Los trabajos se publicaron en:

- ANNALES THEOLOGICI 3 (1989), ps. 71-97.
- SCRIPTA THEOLOGICA 27 (1995/3), ps. 865-883.

El primero es el más importante, porque analiza la continuidad o posible ruptura de Dignitatis humanae con el magisterio precedente. El segundo es un complemento, sobre el tema de la tolerancia.

A su vez, en el primer artículo de Mons. Fernando Ocáriz, remite a los monumentales trabajos de Victorino Rodríguez, op.

Insisto: el problema con
la hermenéutica "católicoliberal" del Vaticano II y los papas posteriores, es que idealizan lo que objetivamente, a la luz de la Tradición, no puede ser un ideal porque es una catástrofe.

Lo que Pío XII llamó "apostasía de las masas", que es el fundamento de las actuales opciones pastorales y prudenciales, es un MAL SOCIAL OBJETIVO.

Saludos.
06/08/10 6:49 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

Entiendo que puede ser canonista, tal vez ha estudiado en la UNAV, o con textos de autores de esa "escuela" canónica.

Los textos jurídicos contienen, por lo general, proposiciones prácticas, mientras que el Magisterio es más complejo: tiene proposiciones especulativas, especulativo-prácticas y
práctico-prácticas (prudencia). Por eso le señalo el peligro de extrapolar los criterios de interpretación jurídica, e incluso canónica, a la Teología.

Saludos.
06/08/10 7:03 PM

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Martin Ellingham

Antonio:

Agradezco tu cordialidad y pido disculpas por mis excesos.

Como cierre, por mi parte:
algunos sostenemos que un Estado que diera el mismo tratamiento jurídico a la Iglesia de Cristo y a la “iglesia de Satán” (la de Anton Lavey está legalmente reconocida en los EE UU) jamás podría ser considerado como un ideal cristiano. Podremos padecer o tolerar a un Estado cuyos principios jurídicos legitiman esa paridad blasfema, pero jamás creeremos que es un ideal que la autoridad pública trate de igual manera a la Esposa y a una ramera.

Saludos.
06/08/10 7:57 PM

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20.08.10

(100) Católicos y política –V. doctrina de la Iglesia. 3

Continúo exponiendo los principios fundamentales de la Iglesia en su doctrina sobre la política. Lógicamente la síntesis que presento se apoya sobre todo en los documentos que tratan del tema con mayor fuerza magisterial: encíclicas monográficas –todas anteriores al último Concilio–, Vaticano II, Catecismo de la Iglesia y otros documentos actuales importantes. Ya he expuesto que 1º,–la autoridad política de los gobernantes viene de Dios; 2º.–que las leyes civiles tienen su fundamento en la ley natural, en un orden moral objetivo (97), y que 3º.–hay que desobedecer las leyes injustas y combatirlas (98). Sin embargo, la doctrina política de la Iglesia tiene también en cuenta

4º.–el principio de la tolerancia y del mal menor. No siempre es posible lograr una coincidencia entre el orden moral y el orden legal de la ciudad secular, sobre todo en aquellas naciones en las que la mayoría de los ciudadanos, al menos en cuestiones políticas, son culturalmente liberales, y se rigen sin referencia alguna a Dios y al orden natural. Cuando se produce históricamente esta realidad socio-política lamentable, los cristianos no deben conformarse de modo derrotista con los males vigentes, como si fueran éstos insuperables, pero tampoco deben pretender una cristianización total e inmediata de la sociedad, en la que sólo se admitan aquellas leyes perfectamente conformes con la razón natural y el Evangelio. Los cristianos, con sano realismo, han de procurar el bien común con todas sus fuerzas, pero al mismo tiempo deben reconocer el principio de la tolerancia en ciertas cuestiones.

Una formulación precisa del principio católico tradicional de la tolerancia y del mal menor la hallamos en Santo Tomás, que enseña la razón más profunda de ese principio:

“Dios, aunque es omnipotente y sumamente bueno, permite que sucedan males en el universo, pudiéndolos impedir, para que no sean impedidos mayores bienes o para evitar males peores. De igual manera, los que gobiernan en el régimen humano rectamente toleran algunos males para que no sean impedidos otros bienes o para evitar males peores". Y cita a San Agustín, que consideraba prudente no eliminar la prostitución (STh II-II,10,11). Los burdeles han sido llamados “casas de tolerancia".

En la encíclica Libertas (1888, n.23) reafirma León XIII ese mismo principio, y añade:

«Cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado por un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político. De la misma manera, al ser la tolerancia del mal un postulado propio de la prudencia política, debe quedar estrictamente circunscrita a los límites requeridos por la razón de esa tolerancia, esto es, el bien público. Por este motivo, si la tolerancia daña al bien público o causa al Estado mayores males, la consecuencia es su ilicitud, porque en tales circunstancias la tolerancia deja de ser un bien…

«En lo tocante a la tolerancia, es sorprendente cuán lejos están de la prudencia y de la justicia de la Iglesia los seguidores del liberalismo. Porque al conceder al ciudadano en todas las materias una libertad ilimitada [leyes, p. e., que legalizan el divorcio, el aborto, las parejas homosexuales, la eutanasia], pierden por completo toda norma y llegan a colocar en un mismo plano de igualdad jurídica la verdad y la virtud con el error y el vicio» (23).

–El principio de la tolerancia es mal entendido cuando se aleja del sano realismo, antes aludido, y entra de lleno en un realismo morboso, que no sólamente produce leyes imperfectas, sino que origina leyes injustas, criminales, contrarias a Dios, al orden natural y al bien común de los hombres. La ley inicua, en ese caso, «ya no será ley, sino corrupción de la ley» (iam non erit lex, sed legis corruptio: STh I-II,95,2).

Algunos hay que no entienden bastante que las leyes corruptas son corruptoras. Así como las leyes buenas son caminos que ayudan al pueblo a caminar hacia el bien, las inicuas le llevan a la perdición, no necesariamente, por supuesto. Muchas leyes inicuas de los actuales Estados liberales –democráticos o totalitarios– son caminos de perdición para el pueblo, están totalmente privadas de auténtica validez jurídica, y conducen a la degradación moral y cultural de una nación, a su disminución demográfica, a su debilitación y sujeción a otros pueblos más fuertes. Es muy difícil considerarlas en conciencia como males menores que deben ser tolerados.

–Los católicos deben aplicar el principio de la tolerancia con un discernimiento cuidadoso, que ha de estar libre de los condicionamientos mundanos, que son falsos, sutiles, continuos y muy poderosos. Puede iluminarnos en esta cuestión tan delicada la enseñanza concreta que da Juan Pablo II al tratar de las leyes reguladoras del aborto. En la encíclica Evangelium vitæ, de 1995, comienza por advertir que «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral» (69).

Rechaza el Papa estas doctrinas, y afirma que «la raíz común de todas estas tendencias es el relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia» (70).

Reconoce Juan Pablo II, sin embargo, que «ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de ámbito más limitado que el de la ley moral […] En efecto, la función de la ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia, para que todos “podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1Tim 2,2)» (71).

Pero las leyes más criminales, como ya vimos (98), deben ser no sólamente desobedecidas, sin combatidas con fuerza, ya que nunca pueden ser toleradas en razón del mal menor. Concretamente, sigue diciendo el Papa, «el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13,1-7, 1 P 2,13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas “no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños” (Ex 1,17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: “las parteras tenían temor de Dios” (ib.)…

«En el caso, pues, de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto.

«Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos» (73).

Queda claro, pues, este principio doctrinal: la tolerancia del mal menor en cuestiones políticas y en otras es moralmente lícita, y a veces es un deber de conciencia, cuando el cristiano se ve en la obligación de elegir entre dos males, uno mayor y otro menor. Aunque, tratándose de opciones políticas, puede también a veces ser lícita la abstención del voto. Y nunca la tolerancia o la abstención eximen del grave deber de combatir las leyes injustas, procurando su derogación.

Los partidos malminoristas, sin embargo, corrompen el principio de la tolerancia del mal menor cuando lo convierten en la estrategia sistemática de su actividad política. Javier Garisoain lo explica bien en su artículo Doctrina y táctica del mal menor ( http://www.arbil.org/112meno.htm ). Entendemos aquí por partido malminorista (P.Mm) al partido que sea cristiano-liberal, es decir, aquel que, teniendo alguna filiación cristiana –por eso alcanza a ver el mal como mal–, y adoleciendo también de una visión liberal –por eso ve el mal como menor–, considera sistemáticamente el mal menor como tolerable, de tal manera que no se empeña realmente en combatirlo y superarlo con el bien. Su idea de la tolerancia no es la de la doctrina de la Iglesia, sino la del liberalismo, la del relativismo o la de filósofos como John Locke, Carta sobre la tolerancia (1689).

Un partido malminorista puede canalizar indefinidamente los votos de los católicos, poniendo buen cuidado en que no se organicen para actuar con fuerza en el campo político. Quizá –sobre todo si andan eclesiásticos de por medio– justifique su posición alegando que hay que evitar un enfrentamiento de la Iglesia con el mundo moderno. De este modo colabora no sólamente a la degradación del mundo secular, sino también a la debilitación progresiva de la Iglesia.

–El malminorismo ni combate el mal, ni promueve con eficacia el bien común. No combate con todas sus fuerzas el mal, ni el menor ni el mayor. Hace del mal menor un supuesto histórico necesario, continuo, progresivo, irreversible, insuperable. Y a lo largo de los años, optando una y otra vez por el mal menor entre los diversos males ofrecidos como opciones políticas por los enemigos de Dios y del hombre, va retrocediendo siempre, va descendiendo por una escalera de males menores, cada vez mayores. El malmayorismo y el malminorismo son como el acelerador y el freno de un mismo coche, y ambos están de acuerdo en la dirección que el volante señala.

De este modo, el malminorismo se deja conducir por los malos, que llevan siempre la iniciativa, y colabora a que el pueblo sea conducido al Mal mayor, al Mal común, a la corrupción de la vida social, a la degradación de los pensamientos y de las costumbres. Pasará por todo antes de verse hundido en el sehol de la marginación política. Está dispuesto a pagar cualquier tributo con tal de mantenerse en las instituciones políticas, si es posible en el poder, y si no, al menos, en una oposición cuantitativamente considerable. Será una oposición que no se opone, y que aun alcanzando el poder, mantiene las leyes pésimas establecidas antes por los malos. Se comprende bien que el idealismo de los jóvenes católicos no halle atractivo alguno en un partido que, renunciando a procurar eficazmente el bien, se limite a reducir en lo posible el mal. Un partido así podrá atraer sobre todo por las ventajas que ofrece en el campo económico, social y profesional.

–La tolerancia malminorista lleva a un pacificismo extremo. Ignora que las leyes injustas de los Estados monstruosos deben ser no sólo desobedecidas, sino también combatidas en cuanto sea posible.

1. Las batallas armadas, es cierto, como ya señalé (98 in fine), casi nunca pueden hoy reunir las condiciones exigidas para una guerra justa. Pero estos tolerantes pacifistas se avergüenzan hasta de aquellas guerras que fueron justas y necesarias, como las que defendieron Europa de la invasión del Islam –Poitiers, Navas de Tolosa, Lepanto–. Si por ellos hubiera sido, hoy estaría Europa llena no de catedrales, sino de mezquitas. Pero hay más.

2. Las batallas culturales, tan decisivas, tampoco son dadas por el malminorismo, que renuncia a presentar combate real en el Congreso, en los medios de comunicación, en escuelas y universidades, en el campo de la sanidad. Aunque alcance el poder político, estas batallas de la cultura seguirán perdidas, pues ni siquiera las combate pudiendo hacerlo. No se atreve a decir la verdad, supuesto que la conozca. Se conforma si es el caso con elevar recursos al Tribunal Constitucional, con organizar un Congreso académico o una manifestación –todo lo cual está bien–, y con aducir en el debate político débiles argumentos que, al silenciar la verdad verdadera, están de antemano condenados al fracaso. Piensa quizá que en formas más combativas haría en política un flaco servicio a la Iglesia, enfrentándola con el mundo relativista imperante, y que pondría tensa división allí donde hay pacífica unanimidad social en el error liberal-relativista… Qué sé yo qué errores y horrores piensa. Pero es cierto y comprobable que:

–el malminorismo se niega a dar el testimonio de la verdad, y eso le hace impotente para procurar el bien, que ni siquiera intenta. «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad», dice Cristo (Jn 18,37), y ésa es la vocación de todo cristiano. Pero un partido político que no se atreve a decir públicamente la verdad, que no se atreve a afirmar con fuerza el vínculo necesario que sujeta el mundo creado a su Creador (Vat. II, LG 36), que se autoprohibe incluso mencionar el nombre de Dios, exiliándolo de la vida política, que se abstiene de aducir los argumentos potentísimos del orden natural y de las tradiciones nacionales, y que, por el contrario, durante decenios se orienta por la tolerancia del mal menor, limitándose a aceptarlo –primero quizá como hipótesis posibilista–, y finalmente a apoyarlo –como tesis liberal que asimila–, es un partido que en realidad se somete a la dictadura del relativismo, propia de una democracia liberal. Es para la nación una peste.

De este modo el malminorismo colabora a que el voto de los católicos ayude a la ruina acelerada de la nación, consigue la anulación total de los católicos en la vida política de los pueblos, y pone a la especie del político católico en grave peligro de extinción. Hace unos años la representante de un partido malminorista respondía a los periodistas que le preguntaban por qué su partido se oponía a una ampliación de los supuestos legales para el aborto: «Pensamos que no hay para ello una verdadera demanda social». Inefable… Los políticos católicos incapaces de dar testimonio de la verdad irán –ya han ido– al «basurero de la historia» (Trostky).

Todo esto que digo puede verificarse, por ejemplo, en la legalización del «matrimonio» homosexual. Las leyes pro-gays han venido siempre posibilitadas socialmente por previas batallas culturales sucesivas, en las que se integraban escritores, cantantes, partidos políticos de izquierda, actores, cine, televisión, prensa. Las conquistas-derrotas habidas en el campo legal han sido siempre precedidas por victorias-derrotas en el campo socio-cultural. Ante este proceso obvio, normalmente los malminoristas no combatían de frente ni unas ni otras batallas. Casi ni se daban por enterados.

–El lobby gay, con acciones propias y con las colaboraciones aludidas, ha ido imponiendo la mentira: la unión homosexual es tan natural y sana como el matrimonio, es simplemente una alternativa sexual. De este modo, consigue en pocos años la inscripción civil, la consideración jurídica de «matrimonio», el derecho a la adopción, las leyes de educación que exijan la enseñanza de sus errores y horrores a todos los niños y adolescentes, y la proscripción social y legal –absolutamente intolerante– de maestros, escritores, sacerdotes y políticos que afirmen públicamente que el ejercicio de la homosexualidad es una desviación morbosa, que va contra natura. La intolerancia gay es absoluta: esas personas, que ellos llaman homófobas, pueden ser multadas, depuestas de sus cargos, castigadas con cárcel. Para conseguir la no-discriminación de los gays, se ha logrado introducir en la legislación discriminaciones totamente abusivas, que sobre todo afectan a políticos (como Rocco Buttiglione), sacerdotes (como Obispo Léonard, pastor Kreutzfeld), profesores, etc.

–El partido político malminorista comienza por silenciar la verdad: no menciona a Dios, que condena los actos de homosexualidad, no se atreve siquiera a defender el orden natural, afirmando que mientras la unión heterosexual es sana, fecunda, buena para la sociedad, conforme con la naturaleza, la unión homosexual, por el contrario, es morbosa, insana, estéril para el bien común y contraria a la naturaleza. Podría argumentar esto con mucha fuerza, porque es de sentido común y hay estudios científicos que lo demuestran de modo irrefutable (ver, p. ej., los mayores de 18 años, Miguel Calvis, Las prácticas homosexuales). Sucede, sin embargo, que no estima políticamente correcto aducir estas verdades en un debate político, ni presentar con fuerza una verdadera batalla cultural. Una vez más el malminorismo retrocede, pierde la batalla que no ha dado, acepta de hecho el mal menor, que aquí es mayor, y adoptando una actitud débil-tolerante frente a la posición fuerte-intolerante del lobby gay, da por perdida la causa, y deja que el pueblo sea inducido por las leyes a avanzar por caminos de perdición y de ruina.

Los católicos deben negar sus votos a partidos malminoristas, pues ni tienen fuerza para promover el bien, ni para resistir al mal. Son estos partidos en realidad liberales, relativistas, pesimistas, cómplices activos o pasivos de los enemigos de Cristo y de su Iglesia, secuestradores del voto católico, obstáculos especialmente eficaces para impedir todo influjo real de los católicos en la vida política, y en fin, son semipelagianos, pues, fieles a su “evitación sistemática del martirio” (63), quieren en política mantener a cualquier costo que «la parte humana» sea numerosa y respetada por el mundo moderno, para poder así colaborar con la acción de Dios en la procuración del bien común… De los partidos políticos malmayoristas y malminoristas, libera nos, Domine!

Las objeciones previsibles a todo esto son tan innumerables como previsibles: «ese diagnóstico conduce a la abstención o al voto inútil». Pero sobre éstas y otras cuestiones trataré al final de esta serie, cuando, con la ayuda de Dios, considere qué podemos y debemos hacer hoy los católicos en la política.

La unidad nacional de los Obispos en cuestiones políticas es muy deseable y benéfica, pero no siempre logran discernimientos unánimes. Son muy difíciles. Gran verdad afirma Juan Pablo II cuando dice: «sin la ayuda de la gracia, los hombres no sabrían “acertar con el sendero a veces estrecho entre la mezquindad que cede al mal y la violencia que, creyendo ilusoriamente combatirlo, lo agrava” (1991, enc. Centesimus annus 25)» (Catecismo 1889). Sólo Dios puede iluminar las conciencias cristianas en cuestiones políticas, mostrando cuándo deben tolerarse como mal menor situaciones perversas o cuándo hay que resistirlas, denunciarlas y combatirlas de todos los modos posibles. Y suelen ser los Santos quienes aciertan en estos problemas históricos.

Se dan a veces acuerdos unánimes en el discernimiento. Los Obispos polacos se mantuvieron unánimes ante el poder invasor comunista, y también los españoles de 1936 ante el mismo peligro. Pero la división de opiniones es frecuente. Los Obispos colombianos de finales del XIX veían la peligrosidad del liberalismo entre los católicos, pero no todos lucharon contra él como el Obispo de Pasto, San Ezequiel Moreno (+1906), que si no dimitió, al verse tan desasistido, fue por orden personal de León XIII. En el alzamiento de la Cristiada mexicana (1926-1929), no todos los Obispos apoyaban a los cristeros, aunque algunos sí, como San Rafael Guízar (+1938). Todos los Obispos alemanes entendían que el nazismo perseguía al cristianismo, pero no todos lo combatieron abiertamente, como el Obispo de Munster, el Beato Cardenal Clemens von Galen (+1946). Cuando Francia fue ocupada por Alemania, algunos Obispos colaboraron con el régimen de Vichy, sometido a los nazis, otros no; y el General De Gaulle, llegado a la presidencia, hizo dimitir a todos los Obispos colaboracionistas. A la Constitución española agnóstica de 1978 se opuso el Cardenal Primado, Mons. Marcelo González Martín con unos pocos Obispos más; la mayoría estimó que convenía aceptarla como mal menor.

Y también hoy se dan entre los Obispos discernimientos prudenciales diferentes en cuestiones políticas –esto es obvio–, pues unos consideran como un mal menor tolerable, aquello que otros estiman un mal mayor intolerable. Estas diferencias de opinión, que tantas veces se han producido en la historia, hoy se hacen más frecuentes y profundas al ser insuficientes en la Iglesia la actualización y el desarrollo de su doctrina tradicional política.

En el siglo pasado, al final de los años 80, cuando se derrumbó la Bestia comunista, varios Obispos ortodoxos hubieron de dimitir por haber colaborado activa o pasivamente con el gobierno marxista. Otros en cambio no colaboraron, se mantuvieron distantes o estuvieron en campos de concentración. También un día, cuando se derrumbe la Bestia liberal, con el favor de Dios, se distinguirá entre aquellos Obispos que la resistieron y combatieron con mayor o menor fuerza, y aquellos otros que optaron por colaborar con ella, al menos pasivamente, salvando la doctrina, por supuesto, pero tolerando muchas injusticias como males menores, disuadiendo a los católicos de combatirla frontalmente, y renunciando sobre todo a denunciarla como un sistema “intrínsecamente perverso", sin Dios y sin orden natural, y por tanto, corrupto y corruptor.

¿Qué debemos, pues, hacer hoy los católicos ante la Bestia apocalíptica de los Estados liberales, que ignoran a Dios y al orden moral natural, y que engendran una tras otra leyes inicuas? En cada nación se dan circunstancias y posibilidades diversas. Yo he expresado mi pensamiento, que es el de muchos católicos –de ellos lo he aprendido–, aunque no lo es ciertamente de la mayoría. Danos, Señor, tu luz y tu verdad.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Post post.- Aviso a los comentaristas. Yo digo lo que digo, con precisión y delicadeza. Creo. Pero van llegando comentarios de gran agresividad, que atacan a personas concretas con su nombre. Modérense, comentaristas, porque si no, los modero yo. O en caso extremo los elimino (los comentarios, no los comentaristas). El que avisa no es traidor.

Post post post.- Reproduzco aquí una observación que he hecho a un comentarista:

No hay bajo las estrellas ningún hombre que con certeza moral absoluta pueda afirmar que quienes no se opusieron a la Constitución española de 1978, considerándola un mal menor, que al tratar de impedirlo, podría ocasionar males mayores, se equivocaron.

Sí hay, en cambio, hombres bajo las estrellas que afirmamos con una convicción moralmente cierta -a nuestro juicio- que los partidos malminoristas han sido, con los partidos peores, los causantes principales de los grandes males que han sobrevenido a España. Aquella Constitución no justifica en modo alguno su debilidad extrema para procurar el bien y para luchar contra el mal.

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Comentario de Luis Fernando Dice usted:
A la Constitución española agnóstica de 1978 se opuso el Cardenal Primado, Mons. Marcelo González Martín con unos pocos Obispos más; la mayoría estimó que convenía aceptarla como mal menor.


Digo yo:
Lo gracioso del caso es que ahora que vemos las consecuencias DESASTROSAS de dicha Constitución, no haya ni Primado ni obispo alguno que se oponga a la misma. Al menos, públicamente. Es decir, en este caso la unanimidad está encaminada a decir, en documento de la Conferencia Episcopal, lo siguiente:

Sobre el trasfondo espiritual de la reconciliación fue posible la Constitución de 1978, basada en el consenso de todas las fuerzas políticas, que ha propiciado treinta años de estabilidad y prosperidad, con las excepciones de las tensiones normales en una democracia moderna, poco experimentada, y de los obstinados ataques del terrorismo contra la vida y seguridad de los ciudadanos y contra el libre funcionamiento de las instituciones democráticas.


Ese párrafo fue aprobado por la totalidad de nuestros obispos en noviembre del 2006, cuando estábamos cerca del millón de abortos y ni se sabe cuántos centenares de miles de divorcios. Llamar a eso estabilidad y prosperidad es algo que prefiero no calificar por no caer en la falta de respeto hacia nuestros pastores.

¿Qué quiero decir con esto?
Que por más que algunos se quieran autoengañar, hace 35 años la mayoría del episcopado español se sumó con alegría a la llegada de un régimen que, ahora lo sabemos, es una de las causas principales -desde luego no la única- de la mayor descristianización que ha sufrido esta nación en toda su historia. Pero al menos entonces hubo voces proféticas en el episcopado español que advirtieron, y acertaron, hacia dónde íbamos. Hoy no existen esas voces proféticas. Hoy la totalidad del episcopado español forma parte del paisaje y del sistema político-institucional que está llevando a España hacia su desaparición como nación católica y unida. Sí, de vez en cuando levantan la voz contra las leyes injustas, pero no denuncian la raíz de esas leyes, que no es otra que el sistema constitucional que nos dimos hace más de 3 décadas.

20/08/10 12:18 PM

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Martin Ellingham

No hay que confundir el bien de la debida tolerancia con el mal indebido tolerado.

Nunca es lícito hacer el mal para obtener el bien, así como tampoco es buena -en ningún caso- la cooperación formal al pecado ajeno. La cooperación material, en principio, también debe evitarse aunque, bajo determinadas condiciones, es moralmente lícito realizar una acción -buena en sí o indiferente- con la que se coopera materialmente al mal ajeno. La tolerancia consiste en no impedir un comportamiento malo sin aprobarlo, y por tanto, se realiza mediante una omisión. Pero la tolerancia no equivale a un simple conocimiento de la existencia del mal, sino que implica además la decisión de no impedirlo, por lo que presupone que haya la posibilidad, al menos remota, de evitarlo; si no fuera así, propiamente hablando, el mal se soporta, pero no se tolera. Además, el concepto de tolerancia supone que el sujeto que la ejercita tiene un cierto deber moral de impedir, fundado en algún tipo de autoridad (familiar, social, política o eclesiástica). Y en cuanto no impedir puede ser considerado como un remoto facilitar, a través de una conducta negativa, la tolerancia puede poseer cierta razón de cooperación material. Sin embargo, mientras los preceptos morales negativos son absolutos, de forma que nunca es lícito hacer lo que ellos prohíben, los preceptos morales positivos -como son los deberes de impedir- no obligan semper et pro semper. Pueden darse situaciones que hagan moralmente lícito, e incluso obligatorio, no impedir un comportamiento que se podría o debería evitar precisamente para respetar el mismo principio o virtud (caridad, justicia, etc.) del que se derivaría la obligación de impedir el mal, si las circunstancias fuesen diversas. La tolerancia se fundamenta, por tanto, en el principio de que el deber de evitar las transgresiones morales no puede ser una última norma de acción. Según este principio, cuando reprimir un error comporta causar un mayor mal, o impedir un bien superior y más necesario, la tolerancia está justificada y es obligatoria.
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JMI.- Gracias por estas precisiones.
Y añado a ellas: no hay bajo las estrellas ningún hombre que con certeza moral absoluta pueda afirmar que quienes no se opusieron a la Constitución española de 1978, considerándola un mal menor, que al tratar de impedirlo, podría ocasionar males mayores, se equivocaron.

Sí hay, en cambio, hombres bajo las estrellas que afirmamos con una convicción moralmente cierta -a nuestro juicio- que los partidos malminoristas han sido, con los partidos peores, los causantes principales de los grandes males que han sobrevenido a España. Aquella Constitución no justifica en modo alguno su debilidad extrema para procurar el bien y para luchar contra el mal.

20/08/10 3:48 PM

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JMI.- La doctrina de la Iglesia crece como un árbol, siempre fiel a sí misma, en forma homogénea. Según de qué se trate, conviene citar éste o aquel texto, que puede ser del siglo XIII o del XX. De hecho, yo tomo del tesoro de la Iglesia, como dice Cristo, "lo nuevo y lo viejo".

20/08/10 5:44 PM

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JMI.- Conforme con casi todo lo que dice. Disconforme con la afirmación de que "no aparecen barbaridades contrarias a la ley natural ni al sentido común. Tiene sus defectos, como cualquier otra, y algún día tocará cambiarla. Pero no me parece intrínsecamente mala".

Una Constitución que fundamenta la distinción entre el bien y el mal en "la soberanía popular" expresada por la "mayoría de votos", así, sin más, sin referencia alguna a Dios o al menos a un orden moral objetivo, es intrínsecamente mala: es una barbaridad contraria a la ley natural, al sentido común y a "Dios", en el que, por cierto, creía entonces la gran mayoría de los españoles (entendiendo por "Dios" de uno u otro modo).

Pero insisto en lo ya he dicho en el post post post: puede un cristiano en buena conciencia considerar un mal menor la Const-1978 y "permitir"-"tolerar" con su voto o abstención que salga adelante, si considera, en conciencia, que de oponerse a ella van habrían de seguir males mayores. También la prostitución es "intrínsecamente mala", y en la tradición de la Iglesia se ha considerado normalmente, también en los Estados Pontificios, que era preferible tolerarla que eliminarla.

Otra cosa es creer, como yo creo, que los que hacían en 1978 ese discernimiento "se equivocaban". Se equivocaron, creo yo (y también lo creen bastantes más, aunque una minoría). No previeron el uso abusivo que de aquella Constitución vendría a hacerse. Otros lo previeron -conociendo al personal- y lo avisaron, lo avisaron para que no se considerase mal menor, para que no se tolerase. Y acertaban en su discernimiento, creo-creemos.

Termino: yo me opongo con todas mis fuerzas a que se demonice a quienes entonces se equivocaron (si es que se equivocaron) en buena conciencia. Y a que se califique la Const-1978 como la causa principal de todos los males socio-políticos que han destrozado España en los últimos decenios. Los principales culpables han sido, a lo largo de decenios, y son los malminoristas y los que los han apoyado y recomendado.

20/08/10 11:40 PM

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Comentario de José María Iraburu Luis Fernando
me desafiaba unos comentarios más arriba: a ver dónde la Conferencia Episcopal Española se había pronunciado a veces "contundentemente", según mi afirmación, sobre varias de las cuestiones que nos ocupan. La CEE ha publicado muchas notas e instrucciones breves sobre diversas cuestiones concretas (aborto, educación, etc.), pero, que yo recuerde, los documentos principales son los que siguen:

>>>1996: CEE, Moral y sociedad democrática
http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/moral_sociedad.htm

>>>2006: CEE, Orientaciones morales ante la situación actual de España
http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/OrientacionesSituacionActual.htm

>>>2009: CEE, Declaración ante la crisis moral y económica
http://www.zenit.org/rssspanish-33617

En esos documentos se dicen grandes verdades con claridad y fuerza.

21/08/10 3:12 PM

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Comentario de Luis Fernando Precisamente en mi primer comentario cité uno de esos documentos:
http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/OrientacionesSituacionActual.htm

Según los obispos españoles "la Constitución de 1978... ha propiciado treinta años de estabilidad y prosperidad".

Pues eso. 21/08/10 10:31 PM

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Comentario de Martin Ellingham Ana Vázquez:

La noción teológica de tolerancia -que no es la de la RAE- es la siguiente:
permissio negativa mali. Es permisión negativa (omisiva) del mal. No sólo es lícita, sino a veces obligatoria y debida; en tal caso, una conducta positiva impediente sería un pecado.

Saludos.
21/08/10 4:28 PM

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Comentario de Martin Ellingham Pienso que la Constitución de 1978 puede ser juzgada en sí misma y por sus efectos. Para el primer juicio, habría que plantearse algunas cuestiones. Sugiero las tres siguientes:

1ª. Si la comunidad política es una realidad ontológicamente ligada a Dios (que la crea, conserva y gobierna), de modo que depende de Él, mediante una relación trascendental.

2ª. Si es verdad que la comunidad política es una realidad ontológicamente ligada a Dios; luego hay que saber si debe, moralmente, re-ligarse, esto es, si tiene la obligación de reconocer su dependencia de Dios y tributarle culto objetivo, por exigencia de la virtud de la religión, mediante actos externos, sociales y públicos.

3ª. Y si la comunidad política debe, naturalmente, dar culto a Dios, cabe preguntarse si cualquier forma de culto es aceptable, o si por el contrario ha de tributar a Dios el culto que corresponde a la única religión verdadera. Más en concreto, si una comunidad política compuesta por un pueblo y unos gobernantes católicos, debe tributar a Dios un culto social y público, de acuerdo a la forma cristiano-católica.

De las respuestas que demos a las cuestiones planteadas, podrá emitirse un juicio de valor sobre la Constitución en sí misma. Y luego podrá cotejarse ese juicio con las declaraciones episcopales sobre el texto constitucional.

En un segundo momento, está la cuestión de las consecuencias de la puesta en vigencia de la Constitución. Pero aquí el asunto deviene más complejo, porque siempre podrán argüir sus defensores, que cuando se señalan sus efectos nocivos, se confunde sucesión temporal con causalidad.

Saludos.
22/08/10 1:55 AM

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Comentario de José María Iraburu PURA PHILOSOPHIA

Santo Tomás enseña que: "error habet rationem peccati, scilicet præsumptionis, ferendo sententiam de ignoratis" (De Malo q.3,7c). El error en la persona tiene siempre un aspecto de pecado, concretamente el de presunción, pues formula un juicio acerca de cosas que en realidad ignora.

Confirma, pues, la tesis de Aristóteles, para quien el error consiste en extender el juicio más allá del conocimiento real.

22/08/10 11:23 PM

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Comentario de Dr. Sonnel La constitución de la Nacion Argentina dice en el Preámbulo antes de concluir que todo lo que hace y dispone lo hace "invocando a Dios fuente de toda razón y justicia" y todavia un mínimo y minimizado art,2 dice que el gobierno sostiene al culto católico. Esto no nos salvó del matrimonio gay, ni quizás nos salve del la ampliaciòn cada vez mayor del aborto. Si los políticos y seudojuristas miran hacia otro lado no nos salva ni aun que se positivice el catecismo. Sin renunciar a leyes positivas justas y a textos que incluyan a Dios, lo importante es reconocer la primacia del derecho natural, y la referencia continua a Dios mas allà de declamaciones.
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JMI.- Muy interesante. Gracias. 23/08/10 5:36 AM

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Comentario de Martin Ellingham Dr. Sonnel, en España existía el recurso de contrafuero. Por supuesto quel sistema era perfectible y modificable; pero la cosa era más seria que una mera etiqueta jurídico-positiva vacía de contenido.

Saludos.
23/08/10 11:37 AM

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Comentario de Catecúmeno La constitución es perfectible en muchos aspectos pero nada asegura que, una vez enmendados, fueran posteriormente respetados. El artículo 15 establece que "todos tienen derecho a la vida" y el Tribunal Constitucional dió vía libre a la ley del aborto. ¿De qué sirve una constitución impecable si luego no se respeta?.

"Aunque se positivice el catecismo" (Dr Sonnel), siempre habrá un TC dispuesto a realizar interpretaciones torticeras, grotescas y acomodaticias al gobierno de turno que, por otro lado, es quien nobmbra a los miembros del TC (separación de poderes creo que lo llaman).

El problema, en último término, es de los sistemas liberalistas y relativistas capaces de negar a conveniencia (interpretar creo que lo llaman), no ya la ley natural, sino los principios que ellos mismos han establecido.

23/08/10 4:03 PM

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Comentario de Dr. Sonnel El problema está en el pecado en el interior del hombre. Por supuesto que las leyes justas generan un efecto docente hacia el bien, y las injustas hacia el mal. Pero la batalla en rigor se libra en el corazón del hombre, por lo que me digo a mí mismo (no a los demás sino como reflexión para mí) si no nos conviertimos de nada o de poco sirve que logremos que se adopte una legislación que parece perfecta.

Martín: ¿me explicarías eso del contrafuero? desde ya gracias.

23/08/10 6:37 PM

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Comentario de Martin Ellingham Dr. Sonnel:

Muchos Estados católicos en el siglo XX lo han sido sólo “decorativamente”. En la Constitución hacían alguna declaración formal, respecto de la Iglesia, pero la legislación y la acción de gobierno se apartaba, muchas veces de modo ostensible, de la doctrina católica. En el caso español, en cambio, se asumió en las normas constitucionales el compromiso de no dictar leyes contrarias a la doctrina católica, y se reforzó ese compromiso mediante la posibilidad de un recurso –el denominado recurso de contrafuero- que permitía declarar la nulidad de normas contrarias a la doctrina de la Iglesia. Por eso decía antes que el sistema, aunque perfectible, era cosa más seria que una etiqueta vacía de contenido.

Saludos.
24/08/10 12:24 PM

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La Iglesia «en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social» (Vat. II, GS 42d).

Pío XI: «la Iglesia católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse con las diversas instituciones políticas, sean monárquicas o republicanas, aristocráticas o democráticas» (1933, enc. Dilectissima Nobis 6).

Vaticano II: «las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su estructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferentes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia» (GS 74f; cf. Catecismo 1901).

La Iglesia, en cambio, no es neutral en cuanto a las ideologías políticas que pueden cristalizarse luego en diversas formas de Estado. El Vaticano II y el Magisterio apostólica posterior han continuado enseñando la doctrina ya claramente expresada en las grandes encíclicas monográficas del siglo XIX y primera mitad del XX: 1878, Quod apostolici muneris (contra el socialismo laicista); 1888, Libertas præestantissimum (contra el liberalismo); 1937, Mit brennender sorge (contra el nazismo); 1937, Divini Redemptoris (contra el comunismo), etc.

Si los dirigentes proclamasen leyes injustas o tomasen medidas contrarias al orden moral, estas disposiciones no pueden obligar en conciencia:

“En tal situación, la propia autoridad se desmorona por completo (plane corruit) y se origina una iniquidad espantosa” (Juan XIII, Pacem in terris 51)» Catecismo, número 1903, cita a Juan XXIII, Pacem in terris, nº 51.

–El régimen político ideal es mixto. Como enseña Santo Tomás, «la óptima política es aquélla en la que se combinan armoniosamente la monarquía, en la que uno preside, la aristocracia, en cuanto que muchos mandan según la virtud [la especial calidad personal], y la democracia, o poder del pueblo, ya que los gobernantes pueden ser elegidos en el pueblo y por el pueblo» (STh I-II,105,1).

En todos los regímenes políticos se dan, combinados de uno u otro modo, los tres principios: monarquía –uno–, aristocracia –algunos–, y democracia –todos–. La diversidad de combinaciones posibles de estos tres elementos en la constitución de los Estados es innumerable, y apenas admite un intento de clasificación.

–Debe elegirse la forma concreta de gobierno «según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia» (Vat. II, GS 74f).

Los cristianos deben aceptar el régimen político de su nación, dando al César lo que es del César (Mt 22,21), como ya vimos (97). Es el mandato de Cristo y también de los apóstoles: «sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no proceda de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas» (Rm 13,1).

Es preciso «aceptar sin reservas, con la lealtad perfecta que conviene al cristiano, el poder civil en la forma en que de hecho existe. Así fue aceptado en Francia el primer Imperio al día siguiente de una espantosa y sangrienta anarquía; así fueron aceptados los otros poderes, tanto monárquicos como republicanos, que se han ido sucediendo hasta nuestros días… Por estos motivos, Nos hemos dicho a los católicos franceses: aceptad la República, es decir, el poder constituido y existente entre vosotros; respetadle, obedecedle, porque representa el poder derivado de Dios» (1892, cta. Notre consolation 10-11).

Todas las formas políticas se pueden pervertir, cuando es perverso el espíritu que las rige. La monarquía absoluta puede hacerse tiranía, el régimen predominantemente aristocrático puede degradarse en una oligarquía injusta y opresora, así como las formas democráticas pueden dar en la demagogia o incluso en ciertas modalidades encubiertas de totalitarismo. La corrección formal de un Estado o de su Constitución no garantiza en absoluto la bondad de las leyes que se generen.

León XIII: «en un régimen cuya forma sea quizás la más excelente de todas, la legislación puede ser detestable, y, por el contrario, dentro de un régimen cuya forma sea la más imperfecta puede hallarse a veces una legislación excelente» (1892, enc. Au milieu des sollicitudes 26).

La Iglesia no debe ligarse a ningún régimen político concreto, como si él fuera de suyo el mejor, el que ella prefiere, independientemente de la cultura, tradición y circunstancias de una nación.

San Pío X señalaba que «hay un error y un peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo en una forma de gobierno» (1910, cta. Notre charge apostolique 31).

«El cristiano debe reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes» (Vat. II, GS 75e).

Expresa A. Desqueyrat:

«La Iglesia nunca ha condenado las formas jurídicas del Estado: nunca ha condenado la monarquía –absoluta o moderada–, nunca ha condenado la aristocracia –estricta o amplia–, nunca ha condenado la democracia –monárquica o republicana–. Sin embargo, ha condenado todos los regímenes que se fundamentan en una filosofía errónea» (L’enseignement politique de l’Église, Spes 1960, Inst. Cath. de Paris, I,191).

Hoy la Iglesia mantiene como siempre su neutralidad hacia las diversas formas de gobierno. En los textos que siguen puede comprobarse que lo que la Iglesia ciertamente aprecia es la participación de los ciudadanos en la vida socio-política. Pero los textos que cito, y otros semejantes, no afirman claramente que la democracia liberal pluripartidista –tal como se da en Occidente– sea una verdadera democracia, y que esa participación política de los ciudadanos que la Iglesia propugna sea en ella ciertamente mayor que en otras formas existentes o posibles de gobierno. Más bien lo ponen en duda o lo niegan.

Vaticano II: «es necesario estimular en todos la voluntad de participar en los esfuerzos comunes. Merece alabanza el modo de obrar de aquellas naciones en las que la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida pública» (GS 31c). «Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política» (73c).

Juan Pablo II: «La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica–. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado» (1991, enc. Centesimus annus 46).

«Si hoy se advierte un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo “signo de los tiempos”, como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces (cf. … Pío XII, Radiomensaje 24-XII-1944). Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve… En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles “mayorías” de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto “ley natural” inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil». Por eso, cuando «el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos… En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (1995, enc. Evangelium vitæ 70).

Benedicto XVI ha advertido con frecuencia que una democracia sin valores conduce rectamente al totalitarismo. «Cuando la ley natural y la responsabilidad que ésta implica se niegan, se abre dramáticamente el camino al relativismo ético en el plano individual y al totalitarismo del Estado en el plano político» (16-VI-2010).

Hoy la Iglesia no prefiere ciertamente una democracia liberal, agnóstica y relativista. Y hay que reconocer que hoy la gran mayoría de las democracias en Occidente son liberales, agnósticas y relativistas.

Afirmemos, en fin, sencillamente que una democracia liberal y relativista no es propiamente una democracia, sino una falsificación, una corrupción de la democracia. No pocas veces ha sido denunciada esta realidad por el reciente Magisterio apostólico de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Sus advertencias actuales para que se dé una democracia verdadera vienen a ser las mismas exigencias que indicaba hace años Pío XII (1944, radiom. Benignitas et humanitas).

El tema es muy grave, y espero, con el favor de Dios, poder tratarlo más ampliamente en mi próximo artículo, en el que precisamente he de considerar 5º.–el principio de subsidiariedad y, su contrapartida, el totalitarismo de Estado en cualquiera de sus variadas formas, también, por supuesto, en la democracia liberal. En todas ellas la participación real de los ciudadanos en la procuración del bien común es mínima. Está secuestrada por el Estado totalitario, gestionado abusivamente por los partidos que están en el poder, por el partido único o por el jefe popular carismático.

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(103) Católicos y política –VIII. doctrina de la Iglesia. 6

Iraburu 4.09.10 http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1009030706-103-catolicos-y-politica-viii-6

–¿Es todo malo en los Estados modernos?
–Metafísicamente es imposible que en un ente todo sea malo, pues caería en la nada, sería aniquilado. El mal existe siempre de una forma parasitaria en el bien. Por supuesto que hay cosas que el Estado actual hace bien. Pero aquí trato del principio de subsidiariedad, y del totalitarismo político que se le opone.

Continúo considerando el principio de subsidiariedad y el totalitarismo de los Estados modernos que tiende a suprimirlo. Me fijo sobre todo en los países desarrollados de Occidente.

El intervencionismo político es semejante en los Estados totalitarios y en las democracias liberales. Y al parecer esto es ignorado por muchos, también por muchos eclesiásticos y políticos católicos. Es necesario conocer que el espíritu del Leviatán político viene a ser el mismo en unos y otros Estados, aunque se encarne con modalidades diversas. Quizá un Estado abiertamente totalitario prohiba, por ejemplo, tener más de uno o dos hijos, y un Estado liberal no se permita una ley semejante. Pero es posible incluso que los Estados liberales, en algunos mandatos y prohibiciones, sean aún más intervencionistas que los abiertamente totalitarios.

Puede darse en Estados liberales una política lingüística opresiva, que obliga a aprender un lenguaje regional o a usarlo con preferencia al nacional en educación y comercio, en administración y medios de comunicación. Puede un Estado liberal retirar de la enseñanza o de la judicatura a quien estime contra natura el ejercicio de la homosexualidad, y puede cerrar un instituto de adopción que se niega a entregar niños a parejas homosexuales. Puede imponer a los padres adoptivos la obligación de revelar su condición al niño cuando cumple los doce años. Puede imponer en los colegios la educación mixta, puede prohibir la actividad escolar con separación de sexos, y proscribir por traumáticos los exámenes de fin de asignatura. Puede prohibir el tabaco, las corridas de toros, ciertos usos vestimentarios correspondientes a algunas minorías y tantas cosas más. En las cuestiones citadas como ejemplo no tiene el Estado por qué suprimir un pluralismo benéfico en favor de un uniformismo injusto, ideológico y arbitrario.

El Estado moderno puede imponer su ideología en los ciudadanos no solo por medio de leyes y prohibiciones, sino también por la política de nombramientos, licencias y subvenciones, por las que se potencian unas iniciativas y se impiden o dificultan otras. Una Democracia liberal, a través de planes escolares obligatorios, películas y series televisivas financiadas, y por muchos otros medios, puede, por ejemplo, imponer a niños y adolescentes una educación que estimule la actividad sexual infantil, la masturbación y la fornicación, la anticoncepción y el aborto, lo mismo que el aprecio por la homosexualidad y la rebeldía ante padres y maestros. De hecho, hay Ministerios o bien Institutos de la Juventud en Estados democráticos liberales que vienen a operar como el komsomol de las juventudes comunistas en la Unión Soviética o como la Hitlerjugend, en las Juventudes hitlerianas del nazismo. Y lo hacen a veces con métodos más eficaces.

Por otra parte, no olvidemos que ese intervencionismo estatal compulsivo se triplica a veces, cuando es ejercitado por las autoridades nacionales, regionales y municipales –o bien por las autoridades federales, estatales y locales–. Inevitablemente se produce entonces una multiplicación innumerable de leyes, normas y reglamentos, y también se genera un cáncer burocrático, siempre en aumento, de políticos, secretarios, escoltas, chóferes, funcionarios, comisiones, institutos, comisiones de control y policías. Todos ellos sostenidos por los ciudadanos contribuyentes, que pagan a sus carceleros.

La Bestia liberal es «intrínsecamente mala», porque prescinde de Dios y del orden moral natural, y afirma, en la doctrina y en la práctica, la autonomía soberana de la libertad. Pío XI afirmó que «el comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana» (1937, enc. Divini Redemptoris 60). Ha de decirse lo mismo del Estado democrático liberal, mutatis mutandis, pues es totalitario, interviene en todo, mucho más allá de sus competencias reales, causa o permite muchos millones anuales de homicidios por el aborto y por la pobreza, propugna el matrimonio temporal, el consumismo, el hedonismo, el relativismo, la lujuria, la anticoncepción, la homosexualidad, la pornografía, la división del pueblo en partidos contrapuestos, la ruptura con la tradición nacional, la falsificación de la historia de la patria, y de este modo promueve la irreligiosidad y la apostasía (Vat. II, GS 20). Aquello que el Catecismo anuncia del Anticristo, cuando dice que ha de presentarse «bajo la forma política de un mesianismo secularizado, intrínsecamente perverso» (676), se puede aplicar a los Estados totalitarios y demócrata-liberales.

El Estado moderno nos hace pensar en las Bestias políticas del Apocalipsis. Esta preciosa obra del apóstol San Juan es una teología de la historia, un libro de consolación dirigido a las Iglesias perseguidas por el mundo, y nos muestra con especial claridad cómo la perfección de los cristianos fieles se consuma de forma martirial en la cruz del mundo secular. A comienzos del siglo XXI no es un juicio temerario reconocer una encarnación más de las Bestias sucesivas del Apocalipsis en esa larga serie de Estados modernos monstruosos, que usurpan el poder de Dios y de su Cristo, que niegan y pisotean el orden natural, que mandan sobre la mente y la conducta de los individuos, y que crean un orden social perverso.

¿Podrá haber, pues, educación familiar cristiana o ascesis de perfección que no enseñe a resistir a la Bestia mundana, negándose a recibir su marca en la frente o en la mano, aunque esa resistencia impida a veces «comprar y vender» en el mundo (Ap 13,16)? ¿Podrán los cristianos de hoy ser fieles a su vocación y llegar a la bienaventuranza celeste si, viviendo en la Gran Babilonia, ignoran, desoyen o incluso desprecian la voz de Cristo, que les manda: «salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18,4)? No se trata, como dice San Pablo, de «salirse de este mundo» (1Cor 5,10), sino de mantenerse dentro de él, fieles a «los pensamientos y caminos» de Dios (Is 55,8-9), bien conscientes de que el vino nuevo del Espíritu Santo ha de guardarse en odres nuevos, en formas nuevas de vida personal y comunitaria, porque de lo contrario se pierden el vino y los odres (Mt 9,17).

Pero la muchedumbre de los bautizados mundanizados «sigue maravillada a la Bestia» (Ap 13,1). No sólamente no mira con horror la Bestia moderna ateizante, cuyas cabezas visibles están siempre adornadas de «títulos blasfemos» (13,1), sino que la sigue fielmente en sus pautas mentales y conductuales… Reforma o apostasía.

Jacques Maritain, en su obra Le paysan de la Garonne. Un vieux laïc s’in-terroge à propos du temps présent (París 1966), escribía: «la crisis presente tiene muchos aspectos diversos. Uno de los más curiosos fenómenos que apreciamos en ella es una especie de arrodillamiento ante el mundo, que se manifiesta de mil maneras». El caso es que «en amplios sectores del clero y del laicado, aunque es el clero el que da el ejemplo, apenas la palabra “mundo” es pronunciada, brilla un fulgor de éxtasis en los ojos de los oyentes». Palabras como presencia en el mundo, o mejor aún, apertura al mundo, suscitan estremecimientos de fervor. Por el contrario, «todo lo que amenaza recordar la idea de ascesis, de mortificación o de penitencia es naturalmente apartado. Y el ayuno está tan mal visto que más vale no decir nada de él, aunque por el ayuno se preparó Jesús a su misión pública» (extractos de pgs.85-90).

La Bestia liberal es hoy para los cristianos de Occidente mucho más peligrosa que la Bestia romana de los primeros siglos. El mundo moderno, resabiado contra el cristianismo que ha rechazado, es mucho más cerrado y hostil al Evangelio. Y mucho más seductor y peligroso. La misma grandeza que adquirió Europa en sus siglos cristianos le ha llenado de soberbia, y ahora desde sus riquezas económicas y culturales, desprecia a Cristo Salvador. Es la infidelidad terrible de Israel, la esposa de Yavé, tal como la describe Ezequiel 16: «Fuiste mía, te lavé con agua, te quité de encima la sangre, te ungí con óleo, te vestí con telas preciosas… Pero te envaneciste de tu hermosura, y te diste al vicio». Ya se comprende que, en principio, un mundo que abandona a Cristo, que habiéndole conocido, le vuelve la espalda, es mucho peor que otro que aún no le ha conocido ni recibido (2Pe 2,20-21).

–El Estado pagano antiguo era religioso, rendía culto a los dioses, e incluso perseguía a los cristianos por ateos. No se complacía, como hoy, en destrozar el orden natural –apreciaba, por ejemplo, la virginidad, el respeto a los padres y gobernantes, la estima del Derecho–, sino que lo conocía mal y lo realizaba muy torpemente, «porque todavía no era creyente y no sabía lo que hacía» (1Tim 1,13). Y aunque este mundo del Imperio cayera a veces en el culto al César, divinizando una persona humana, no divinizaba, como ahora, al hombre, reconociéndolo como «señor» único de la creación –la soberanía popular–, como diciendo: «el mundo es nuestro, sólo nuestro, y podemos hacer con él lo que queramos, sin sujeción alguna a los dioses».

–El Poder político entonces, además, era incomparablemente menor que el del Estado moderno, totalitario o liberal. Hoy la Bestia, aunando poder y dominio, por la educación y los medios de comunicación, por la fabricación inteligente de ideologías y modas, por la directa administración económica de una mitad de la riqueza nacional, es infinitamente más fuerte y seductora que la del Imperio antiguo. Los súbditos del Imperio, según los casos, sentían el peso de la Autoridad romana en impuestos, servicio militar, construcción de calzadas y otras obras públicas y poco más. Pero las naciones integradas en el Imperio, y eran muchas, permanecían libres para pensar y seguir las creencias y costumbres propias de su tradición nacional. Por el contrario, el Leviatán moderno tiene un control incomparablemente mayor sobre la mente y la conducta de sus súbditos.

–Todavía los políticos romanos, en algún grado, tenían uso de razón. Cuando los primeros apologistas cristianos –Justino, Atenágoras, Tertuliano–, componían sus Apologías del cristianismo, aún albergaban una cierta esperanza de que sus destinatarios, el emperador a veces, podrían atender a razones, deponiendo su hostilidad. Hoy es casi imposible creer en la racionalidad de unos políticos que, por ejemplo, reconocen el «derecho» al aborto o que equiparan el matrimonio verdadero con la unión homosexual.

Y es que los poderosos del mundo eran entonces paganos, pero no apóstatas. Los actuales, en cambio, vienen de vuelta del cristianismo, y saben bien que gracias precisamente a que no creen o a que callan en la política su fe en Cristo están donde están. Han elegido postrarse ante el Príncipe de este mundo, el mismo que le dijo a Cristo: «te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, pues todo me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Si tú te postras ante mí, todo será tuyo» (Lc 4,6-7). Y ellos se han postrado ante la Bestia, que ha recibido del diablo todo su poder y su gloria.

El Imperio romano era una pobre Bestia, comparado con los Estados modernos. El Imperio era para los cristianos un perro de mal genio, con el que se podía convivir a veces, aunque en cualquier momento podía morder. Pero era poca cosa, comparado con el tigre del Bloque comunista o más aún con el león poderoso de los Estados occidentales apóstatas, cifrados en la riqueza y en una libertad humana abandonada a sí misma por el liberalismo (Ap 13,2.11). Podemos medir la ferocidad de cada una de las Bestias citadas; basta apreciar la fuerza histórica de cada una de ellas para combatir y para vencer a los santos, llevándolos a la apostasía. «Por sus frutos los conoceréis».

La persecución romana contra la Iglesia se nos muestra hoy sumamente torpe e ineficaz. Apenas tenía fuerza alguna dialéctica o seductora. En la mayoría de los casos no hacía apóstatas, sino mártires –o lapsi (caídos), que muchas veces, pasada la persecución, se convertían y reintegraban a la Iglesia–. Hoy en cambio, el Dragón infernal, dando poder a la Bestia, combate mucho más eficazmente a «los que guardan los mandatos de Dios y tienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17), y le ha sido concedido, en medida mucho mayor que en otros siglos, «hacer la guerra a los santos y vencerlos» (13,7).

Pues bien, éste es «el mundo» en su versión presente, apóstata y seductor, ante el que tantos cristianos permanecen arrodillados, recibiendo su marca, con orgullo y gratitud, en la frente y en la mano. «Por fin el mundo nos admite a los cristianos. Para ello, sin duda, ha sido preciso silenciar o negar una buena parte del evangelio de Cristo. Pero ha merecido la pena».

La Bestia del mundo moderno ha de ser conocida y temida, evitada y combatida, siguiendo exactamente las normas que nos dieron Cristo y sus Apóstoles. Si los intérpretes del Apocalipsis han reconocido generalmente los rasgos de la Bestia mundana en el Imperio romano y en otros poderes mundanos semejantes de la época, ¿cómo nosotros, cristianos del siglo XXI, no descubriremos la Bestia diabólica en los Estados modernos, empeñados en construir una Ciudad sin Dios y tantas veces contra Dios?

Los modernos Estados democráticos liberales son monstruosos, pero la mayoría no lo advierte. Por eso su monstruosidad es muy insuficientemente denunciada y combatida. Todavía muchos, también entre los católicos, hacen discernimientos completamente absurdos: «nosotros que vivimos en un régimen libre», «que pueda suceder algo tan horrible viviendo en democracia»… No entienden nada. No cumplen la exhortación del Apóstol: «daos cuenta del momento en que vivís» (Rm 13,11).

José María Iraburu, sacerdote

Post post.– Cuando trate, con el favor de Dios, de lo que hemos de hacer en política los católicos, expondré en forma positiva la creatividad fecunda del principio de subsidiariedad.

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JMI.-

Juan XXIII en la Mater et Magistra diagnostica la situación socio-política de nuestro tiempo (212-217 et passim):

"La insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable, o lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época... confirman la verdad de la Escritura: 'si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen`"(217).

JMI.- El mal no es la democracia, es la democracia liberal.

JMI.- Se entiende la dificultad, pero hay que superarla, pues el que no distingue, confunde. La democracia es una forma de gobierno que en modo alguno exige darse en su versión liberal. Sí, es cierto que ahora es la versión predominante o casi única.

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Sólo el reinado social de Cristo, Rey de las naciones, puede lograr el bien común de la humanidad

«La comunidad eclesial siente con fuerza en el corazón la urgencia de trabajar para que la soberanía de Cristo se realice plenamente» (Benedicto XVI, 18-X-2009).

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(104) Católicos y política –VIII. doctrina de la Iglesia. 7

Iraburu 9.09.2010

–«El Señor es Rey, él gobierna los pueblos rectamente. Regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad» (Sal 95). «Con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor» (97). Con los mártires de México y España, proclamad: ¡Viva Cristo Rey!

Llegamos ya al último y al más importante principio de la doctrina política de la Iglesia, la realeza de Jesucristo. Es universal, evidentemente, pero limitaré mis observaciones a las naciones de filiación cristiana.

5º.– Cristo es «el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,5), el Rey de la humanidad. Lo dice el ángel: «su Reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Y lo afirma Él mismo: «me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18); «yo soy Rey» (Jn 18,37). Es la fe de la Iglesia, que confiesa que Jesucristo «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin». Y ahora ya, en el tiempo presente, «vive y reina por los siglos de los siglos».

Jesucristo es Rey en un sentido metafórico, ya que a la luz de su verdad han de pensar, caminar y vivir todos los hombres, porque Él es «camino, verdad y vida» de la humanidad. Pero lo es también en un sentido propio, y por tres títulos: por ser el eterno Hijo de Dios; por ser «el Primogénito de toda criatura, ya que en él fueron creadas todas las cosas, y todo fue creado por él y para él» (Col 1,13-20); y por ser el Redentor de los hombres: Él rescató a la humanidad, cautiva del demonio, y quitando el pecado del mundo, la adquirió no con oro y plata, sino «al precio de su sangre» (1Pe 1,18-19).

Por su muerte y resurrección, «le fue dado un Nombre sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, la tierra y los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,9-11). A Él «le fue dado el poder, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su Reino no será destruído» (Dan 7,14; cf. Ap 5,12; 5,13; 11,15).

«Es preciso que Él reine, y cuando el universo entero le sea sometido, será Dios todo en todas las cosas» (1Cor 15,25-28). Sólo el reinado social de Cristo, Rey de las naciones, puede lograr el bien común de la humanidad. Las aplicaciones políticas derivadas de este principio podrán ser cambiantes en la historia de los pueblos, como veremos, pero el principio doctrinal es indiscutible. Y la misión grandiosa de la Iglesia es extender el Reino de Cristo a todos los pueblos. Así lo expresaba Benedicto XVI en una Jornada mundial de las misiones:

«“Las naciones caminarán a su luz” (Ap 21,24). La luz de que se habla es la luz de Dios, revelada por el Mesías y reflejada en el rostro de la Iglesia. Es la luz del Evangelio, que orienta el camino de los pueblos y los guía hacia la formación de una gran familia, en la justicia y la paz, bajo la paternidad del único Dios. La Iglesia existe para anunciar este mensaje de esperanza a toda la humanidad». Ella sabe que su misión es «anunciar el reino de Dios. Este reino ya está presente en el mundo como fuerza de amor, de libertad, de solidaridad, de respeto a la dignidad de cada hombre, y la comunidad eclesial siente con fuerza en el corazón la urgencia de trabajar para que la soberanía de Cristo se realice plenamente» (18-X-2009).

«Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 5,5). Sin la verdad y la gracia de Cristo ni se salvan los hombres, ni las naciones. «Nosotros hemos oído y conocido que éste es el verdadero Salvador del mundo» (Jn 4,42), tanto de las personas, como de los pueblos. Y esa salvación se refiere no sólo a la vida eterna, sino también a la vida temporal. «En ningún otro nombre [sino es en el de Jesús] hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvados» (Hch 4,12). Cualquiera que espere el bien común temporal de las naciones –unión, paz, justicia– de otras personas, partidos, organismos internacionales o sistemas políticos reniega de la fe católica: es un pelagiano, un apóstata.

Cristo enseñó a distinguir entre el poder espiritual y el poder político, verdad ignorada por gran parte de los pueblos antiguos, también por Israel. La Iglesia aprendió esta verdad no de la Ilustración, sino del mismo Cristo, desde el principio: «dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Y siempre ha predicado esa doctrina, enseñando la obligación de obedecer a los gobernantes legítimos.

León XIII, en 1885: «Dios ha repartido el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, que están definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo» (enc. Immortale Dei 6; ver 2-9).

Vaticano II, 1965: la autoridad civil y la autoridad religiosa, «la comunidad política y la Iglesia, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (GS 76).

La realeza de Cristo es a un tiempo espiritual y temporal. El reino de Cristo es principalmente un reino espiritual de verdad y de amor, de justicia y salvación, de gracia y de paz. Cuando algunos judíos, entusiasmados por sus milagros, quisieron hacerle rey, no lo aceptó y se retiró al monte Él solo (Jn 6,15). Y a Pilatos le declara abiertamente: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Ni Jesús, ni su reino, son de este mundo. Son «de arriba», son del cielo (15,19; 17,16).

Pero eso no significa que Cristo no tenga poder temporal, pues la voluntad de Dios ha de hacerse en la tierra como en el cielo. Ejercerá Cristo Rey su autoridad a través de los poderes políticos que se abran a su influjo, pues a Él le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Él es «el Rey de los reyes», y todos los hombres, también los gobernantes, le deben obediencia. Por eso la misión principal de la Iglesia es difundir el Reino de Dios entre los hombres y las naciones; y no sólo en la intimidad de sus conciencias o de su vida familiar, sino también en todas sus instituciones sociales y políticas, económicas y culturales.

Cristo Rey y su Esposa iluminan, fortalecen y ayudan los poderes políticos seculares, y en modo alguno disminuyen su actividad. Benedicto XVI, para superar los recelos y suspicacias de los laicistas, así lo advierte con toda claridad:

«El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. Un Estado que no se rigiera según la justicia se reduciría a una gran banda de ladrones… Pero ¿qué es la justicia?… La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y puesto también después en la práctica. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales… La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política… El deber inmediato de actuar en favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos» (2005, enc. Deus caritas est, extractos 28-29).

Así las cosas, ante Cristo Rey sólo caben dos opciones, pues no es posible una neutralidad ambigua. O se le reconoce como Rey y Señor, o se rechaza su autoridad sobre los hombres. No hay más opciones. Los que no están con Él, están contra Él (Lc 15,23).

–1. «Es preciso que Él reine» sobre personas y pueblos (1Cor 15,25). Quien cree en Cristo Salvador, y lo reconoce como Rey, ora y procura con toda su alma: «venga a nosotros tu reino». Sabe bien que «el reino de Dios es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17). Por la fe y por la experiencia histórica sabe bien que en la medida en que Cristo reina en la mente y el corazón de los hombres, también en los gobernantes, se cumple la voluntad de Dios «en la tierra como en el cielo». Y entonces entra cielo en la tierra: toda clase de bienes espirituales y materiales entran en el mundo presente, en las personas y en las naciones, en la filosofía, la economía, el arte, la vida social y cultural.

Es verdad que el Reino de Dios no vendrá en su plenitud hasta la segunda venida de Cristo en la parusía, al fin de los tiempos. Pero ya en el tiempo presente queremos los cristianos que Cristo reine más y más en las realidades temporales, «a fin de santificar todas las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo» (Misal romano, pleg. IV). Si no lo quisiéramos y no lo pretendiéramos por la oración y el trabajo, no seríamos cristianos, no podríamos rezar el Padrenuestro.

Sí, es preciso que Cristo reine sobre las naciones, pues sin su luz y su gracia las naciones no alcanzan su bien temporal y eterno. Sin embargo, aunque la Iglesia procure la implantación y el crecimiento del Reino de Cristo entre los hombres, no pretende imponer una especie de sariah cristiana a una sociedad mayoritariamente no cristiana. Como nos ha dicho Benedicto XVI, «ni puede, ni debe».

–2. «No queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Ésta es la otra opción contraria, la que encamina a las naciones hacia su completa perdición. Se puede formular esta actitud en varias claves, hermanas entre sí. Pero todas ellas coinciden en que las sociedades no deben regirse por Cristo, pues Él es causa de división, enfrentamientos y guerras. Deben regirse por la razón, que es común a todos los ciudadanos, creyentes o no; deben regirse por la libertad, por la voluntad general, que no puede equivocarse. Racionalismo, naturalismo, liberalismo, relativismo, comunismo, socialismo, no quieren de ningún modo que Cristo reine sobre los pueblos. La Iglesia es la única que lo quiere. La política antiCristo se apoya en otros fundamentos.

Bto. Pío IX: «la razón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma, y basta por sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (1864, Sílabo 3: Denz 2903). Puede la política, por esta vía, legalizar el «matrimonio» homosexual, el aborto y lo que sea. Puede el poder político, abandonado a sí mismo, lograr una cierta unanimidad del pueblo en el error y el pecado.

Juan Pablo II: «en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la misma mayoría reconoce y vive como moral». Según esto, lógicamente, se «considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia» (1995, enc. Evangelium vitæ 69-70).

Cardenal Ratzinger: «Es verdad que hoy existe un nuevo moralismo, cuyas palabras claves son justicia, paz, conservación de lo creado. Pero, sin los necesarios valores morales esenciales, este moralismo se queda en vaguedades y se desliza, casi inevitablemente, a la esfera político-partidista… Esta Europa, desde el Renacimiento, y de modo más acabado desde la Ilustración, ha desarrollado una racionalidad científica que, en cierto sentido, es uniforme para todo el mundo. En la estela de esta forma de racionalidad, Europa ha desarrollado una cultura que, de manera desconocida hasta ahora por la Humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, bien negándolo del todo, bien juzgando su existencia no demostrable, incierta y, por tanto, perteneciente al ámbito de las opciones subjetivas, algo en todo caso irrelevante para la vida pública». En esta mentalidad, sigue diciendo, el texto proyectado de la Constitución europea estima que «sólo la cultura ilustrada radical podría ser constitutiva de la identidad europea. Junto a ella pueden coexistir diferentes culturas religiosas con sus respetivos derechos, a condición de que –y en la medida en que– respeten los criterios de la cultura ilustrada y se subordinen a ella» (1-IV-2005, Disc. Monasterio de Subiaco).

Estos enormes errores, que pervierten especialmente a las naciones antes cristianas, poniéndolas en peligro de extinción, son profesados también, al menos en la práctica, por la mayoría de los cristianos políticos, de tal modo que ya no son políticos cristianos. Han asimilado en el pensamiento, o al menos en la práctica, las doctrinas de los enemigos de Cristo. Y han traicionado a Cristo Rey con un agravante: alegando que están guiados por el Concilio Vaticano II y el actual Magisterio apostólico…

El desfallecimiento postconciliar de la acción misionera y política es patente. Pero yerra gravemente quien atribuye ese hundimiento al mismo Concilio. El Vaticano II enseñó, como todos los Concilios, la verdad de Cristo: lo que estimaron conveniente el Espíritu Santo y los Padres conciliares (Hch 15,28). Son las falsificaciones masivas postconciliares, en materias doctrinales, pastorales y litúrgicas, las culpables de tales desviaciones. A causa de ellas, misiones y política se han secularizado notablemente en un proceso horizontalista simultáneo.

Misiones. El decreto conciliar Ad gentes impulsa la evangelización con toda claridad y firmeza. Envía a los misioneros como Cristo envió a San Pablo: «yo te envío para que les abras los ojos, se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados» (Hch 26,18).

Por eso, si en el tiempo postconciliar ha decaído más y más la acción evangelizadora, hasta el punto de que la beneficencia material se hace no pocas veces el fin prevalente y casi único de las misiones católicas, nada tiene eso que ver con el Concilio. Como decía Juan Pablo II, «la misión específica ad gentes parece que se va parando, pero no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior» (1990, Redemptoris missio 2).

Política. Algo semejante hay que decir de la cesación casi absoluta de la acción política católica. Este fenómeno, profundamente negativo, nada tiene que ver con el Concilio.

El Vaticano II enseñó con especial insistencia en muchos de sus documentos que los laicos están llamados a «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de modo que su actividad en este orden sea claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres» (Apostolicam actuositatem 2). «Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (7). «A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). El Concilio enseña incluso que «los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (GS 34). La fórmula consecratio mundi la toma el Concilio de Pío XII (5-X-1957, Aloc. II Congreso Mundial del Apostolado Laico).

Quienes rechazan a Cristo Rey, gobiernan el mundo sin atenerse a Dios ni al orden natural. No quieren en modo alguno que «la ley divina quede grabada en la ciudad terrena». En cuanto ello es posible, roban el mundo a Dios, su Creador y Señor natural, sustrayéndolo de todo influjo de Cristo Rey. Sólo se atienen a la razón –en el mejor de los casos–, o a la voluntad de la mayoría –previamente manipulada–, o simplemente a sus intereses e ideologías. Todo este horror se da lógicamente en ateos y agnósticos.

Pero el horror más nefasto es que muchos católicos, políticos, teólogos, asociaciones apostólicas e incluso eclesiásticos, no quieren que Cristo Rey reine sobre las naciones. Distanciándose años luz del Vaticano II, propugnan en la acción política justamente lo contrario de lo que enseñó el Concilio, fiel a la tradición del Magisterio apostólico anterior. Estos cristianos, cómplices objetivos de los enemigos de Cristo Rey, han preferido regirse en la vida política por los principios democrático-liberales, naturalistas y relativistas, considerando que son los más convenientes para el bien común del pueblo –o para su ventaja personal y profesional–.

La Iglesia quiere hoy, como siempre, que Cristo sea reconocido como Rey y Salvador, y que todos los hombres y naciones caminen a su luz, reconociendo en él la Verdad, el Camino que lleva a la Vida. La Iglesia pide orante cada día: «ven, Señor Jesús. Venga a nosotros tu Reino». Y el intento del Apóstol, «instaurar todas las cosas en Cristo» (Ef 1,10), sigue siendo la norma de la Iglesia católica. Recientemente Benedicto XVI afirmó que «el Pontificado de San Pío X ha dejado un signo indeleble en la historia de la Iglesia, caracterizado por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en su lema Instaurare Omnia in Christo, renovar todas las cosas en Cristo» (18-VIII-2010).

Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Post post.- De la sana laicidad y temas anexos trataré, Dios mediante, en el próximo artículo.

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Luis Fernando: Poca cosa hay tan patética como un católico renunciando a ser instrumento del reinado de Cristo para convertirse en cómplice y esclavo de un sistema político en el que dicho reinado es negado y combatido.
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JMI.- Para patético y repatético piensa en las homilías que con frecuencia se predican en la solemnidad litúrgica de "Jesucristo, Rey del universo", con la que se cierra el Año litúrgico. Los sufridos laicos tienen que escuchar pacientemente (sin patalear, ni silbar, sin tirarle nada al predicador: una silla, un paraguas, etc.) la insistente explicación pastoral de que a nadie se le ocurra pensar que Cristo es Rey. Hasta ahí podíamos llegar. 09/09/10 12:20 PM

JMI.- No creo que haya ningún Concilio en la historia de la Iglesia que haya impulsado con tanta fuerza la actividad de los laicos, también en la política, para transformar con Cristo las realidades temporales. 09/09/10 3:25 PM

Martin Ellingham Mira que con las rebajas que le hacen los semipelagianos de la política y el derecho a la Realeza Social de Cristo hay para entretenerse. En el mejor de los casos, la doctrina de la Realeza de N. S. se descalifica por combativa, organicista, jerarquista, juridicista, etc. Y en el peor, por integrista, clerical y autoritaria. Y no vayas a creer que por semipelagianos aludo a los progresaurios de siempre… No, son “conservaduros”, y están empeñados en hacer Escuela mediante olvido o vaciamiento de contenidos de determinadas doctrinas incómodas. 09/09/10 7:45 PM

Martin Ellingham Hay un esquema sobre la Realeza de Cristo que puede ayudar a comprender mejor la doctrina. El autor del esquema es Pietro Parente.

JMI.- Corrijo la numeración, que ha de quedar así:
Principios fundamentales de la doctrina política de la Iglesia.
1º. La autoridad viene de Dios (97)
2º. Las leyes han de fundarse en ley natural (97)
3º. Las leyes injustas han de ser resistidas (98)
4º. Principio de tolerancia y mal menor (100)
5º. Neutralidad de Iglesia en regímenes políticos (101)
6º. Subsidiariedad, contra totalitarismo (102-103)
7º. Reinado social de Cristo Rey (104).
Dios se lo pague.
10/09/10 10:40 AM

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(105) Católicos y política –X. doctrina de la Iglesia. 8

15.09.10

Nos quieren hacer creer que la confesionalidad católica de los Estados es de suyo mala, o que al menos es siempre inconveniente. Pues bien, que digan eso los enemigos de la Iglesia, se entiende. Pero que nos vengan hoy unos teólogos, unos curas, unos laicos ilustrados, unos políticos católicos malminoristas, diciendo que de suyo el Estado confesional es malo, y que encima fundamenten su herejía alegando que ésa es la enseñanza del Concilio Vaticano II, es algo que no estoy, no estamos, dispuestos a consentir. Eso equivale a condenar lo que durante quince siglos o más ha sido historia de la Iglesia y enseñanza continua del Magisterio apostólico. Argumentaré en defensa de la verdad, primero, con el apoyo de la experiencia histórica, y en seguida, con la exposición de la doctrina de la Iglesia.

La gran Europa fue construída por Reinos confesionalmente cristianos, que reconocían a Cristo como Rey. Durante el milenio de Cristiandad, más o menos entre el 500 y el 1500, se formó la cultura europea, la que había de extenderse con mayor universalidad por los cinco continentes. Bajo Reyes cristianos, que reinaban «por la gracia de Dios», se construyeron las catedrales, y sus ábsides y pórticos de entrada estaban siempre presididos por el Pantocrator, el Señor del universo, nuestro Señor Jesucristo, Rey de las naciones de la tierra. La filosofía y la teología, la vida social y el arte, el derecho, la agricultura, las ciencias, fueron floreciendo un siglo tras otro. Comparados aquellos siglos con la época moderna, hay que reconocer que fueron siglos pacíficos, incomparablemente menos bélicos y homicidas. El número crímenes, de abortos y divorcios, de enfermedades psíquicas, de adicciones a la droga y de suicidios, era incomparablemente menor.

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», afirmaba León XIII con toda verdad. El milenio de la Cristiandad europea fue una realidad histórica, y no pocas de sus huellas permanecen vivas y hermosas. Ahora bien, la calidad de un árbol se juzga por sus frutos (Mt 7,16-20).

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su virtud divina, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados. Y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer» (1885, enc. Immortale Dei, 9).

La Europa cristiana, bajo Cristo Rey, formó los siglos más altos de la historia humana, a pesar de todas las miserias que en ella se dieron, que nunca faltarán en este valle de pecadores. En nuestra época de apostasía predominante, aunque se hayan superado ciertos males –siempre con impulsos procedentes del cristianismo–, se dan males mayores, y no se alcanzan los grandes bienes que aquellos Estados confesionalmente católicos consiguieron para la gloria de Dios y el bien común temporal y eterno de los hombres. Señalo unos pocos libros que fundamentan con datos ciertos lo que afirmo yo aquí gratuitamente:

Dom Prosper Guéranger, Jésus-Christ, Roi de l’histoire, Association Saint-Jérôme 2005; Alfredo Sáenz, S. J., La Cristiandad, una realidad histórica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005; Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Scire, Barcelona 2005; Thomas Woods, Jr., Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2007; George Weigel, Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la catedral, Cristiandad, Madrid 2005; Luis Suárez, La construcción de la Cristiandad europea, Homolegens, Madrid 2008.

Y recordemos que, con una u otra forma de gobierno, las naciones de Europa fueron confesionalmente cristianas desde el 380 hasta el siglo XIX, al menos. Todavía la Constitución española de 1812, la constitución liberal de Cádiz, vigente por poco tiempo entre «todos los españoles de ambos hemisferios» (Art. 1), en su Capítulo II, De la religión, establece que «la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas» (Art. 12).

Un buen número de Reyes cristianos fueron santos, y al mismo tiempo fueron hombres espirituales, laboriosos y prudentes, que gobernaron sus naciones de modo excelente, ayudados por Cortes compuestas de clérigos y nobles, pueblo, gremios y representantes de regiones. Conviene que la tropa actual de políticos anticristianos y cristianos malminoristas se enteren de ello. Reyes como San Luis de Francia, San Fernando de Castilla y San Esteban de Hungría, fueron incomparablemente mejores que los más prestigiosos gobernantes de la moderna política sinDios.

Recordemos que en la Edad Media fueron muy numerosos los laicos canonizados por la Iglesia, muchos más que ahora, sobre todo si descontamos los beatificados hoy a causa del martirio. Eran laicos un 25 % de los santos canonizados en los años 1198-1304, y un 27% en 1303-1431 (A. Vauchez, La sainteté en Occident aux derniers siècles du moyen âge, Paris 1981). Y señalemos también que entre ellos hay un gran número de santos y beatos que fueron reyes y nobles. Y éste es un dato de la mayor importancia, si pensamos en el influjo que en aquel tiempo tienen los príncipes sobre su pueblo.

Recordaré algunos nombres. En Bohemia, Santa Ludmila (+920) y su nieto San Wenceslao (+935). En Inglaterra, San Edgar (+975), San Eduardo (+978) y San Eduardo el Confesor (+1066). En Rusia, San Wlodimiro (+1015). En Noruega, San Olaf II (+1030). En Hungría, San Emerico (+1031), su padre San Esteban (+1038), San Ladislao (+1095), Santa Isabel (+1031), Santa Margarita (+1270) y la Beata Inés (+1283). En Germania, San Enrique (+1024) y su esposa Santa Cunegunda (+1033). En Dinamarca, San Canuto II (+1086). En España, San Fernando III (+1252). En Francia, su primo San Luis (+1270) y la hermana de éste, Beata Isabel (+1270). En Portugal, Santa Isabel (+1336). En Polonia, las beatas Cunegunda (+1292) y Yolanda (+1298), Santa Eduwigis (+1399) y San Casimiro (+1484). También son muchos los santos o beatos medievales de familias nobles: conde Gerardo de Aurillac (+999), Teobaldo de Champagne (+1066), San Jacinto de Polonia (+1257), Santa Matilde de Hackeborn (+1299), Santa Brígida de Suecia (+1373) y su hija Santa Catalina (+1381), etc.

Puede decirse, pues, que en cada siglo de la Edad Media hubo varios gobernantes cristianos realmente santos, que pudieron ser puestos por la Iglesia como ejemplos para el pueblo y para los demás príncipes seculares. Pero dejando ya la historia, vengamos a los argumentos doctrinales. Y comencemos por el Catecismo de la Iglesia Católica:

«El deber de rendir un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Ésa es “la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo” (Vat. II, DH 1c). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive” (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única religión verdadera, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica. Los cristianos están llamados a ser luz del mundo. La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas [se cita aquí: León XIII, enc. Immortale Dei; Pío XI, enc. Quas primas]» (2105).

El Concilio, como vemos, expresamente, mantuvo íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades, también de los Estados, para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo. Que una nación concreta esté o no en condiciones de cumplir con ese deber moral es una cuestión histórica cambiante; y a esa situación deberá la Iglesia ajustarse prudentemente. Pero si un Estado, por su tradición y por la condición religiosa de su pueblo, está en condiciones de cumplir con ese deber, debe cumplirlo, según el Concilio, pues ciertamente favorece así el bien común temporal y espiritual de la nación.

Niega la doctrina de la Iglesia quien considera que de suyo la confesionalidad cristiana de una nación es ilícita o siempre inconveniente. Y sin embargo, muy lamentablemente, ésta es hoy la opinión más común en los católicos, pastores y fieles. Es una tesis falsa, contraria a la enseñanza del Magisterio tradicional y del Vaticano II. En el Concilio, la Comisión redactora de la declaración Dignitatis humanæ sobre la libertad religiosa, precisando a los Padres conciliares el sentido del texto que habían de votar, afirmó que: «Si la cuestión se entiende rectamente, la doctrina sobre la libertad religiosa no contradice el concepto histórico de lo que se llama Estado confesional… Y tampoco prohibe que la religión católica sea reconocida por el derecho humano público como religión de Estado» (Relatio de textu emmendatu, en Acta Synodalia Sacrosancti Concilii Oecumenici Vaticani II, Typis Polyglotis Vaticanis, v. III, pars VIII, pg. 463). El Vaticano II, por tanto, no prohibe ni exige la confesionalidad del Estado, cuya conveniencia dependerá de las circunstancias religiosas de cada país.

La colaboración entre el Estado y la Iglesia debe ser verdadera y asidua. Éste es un principio fundamental de toda la doctrina católica y también del Vaticano II: «La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio campo. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo» (GS 76c). Esta colaboración Iglesia-Estado puede tomar formas constitucionales muy diversas. Concretamente, “en atención a las circunstancias peculiares de los pueblos", dice el decreto conciliar Dignitatis humanæ, aunque no se llegue a la confesionalidad, puede darse “a una comunidad religiosa determinada un especial reconocimiento civil en el ordenamiento jurídico de la sociedad” (6).

Es cierto que hoy la confesionalidad del Estado será muy rara vez conveniente, dado el pluralismo cultural y religioso de las sociedades actuales, y los errores naturalistas y liberales que han llegado a predominar en ellas. Por eso Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, escribe que «la Iglesia no pide volver a formas de Estado confesional. Y al mismo tiempo deplora todo tipo de laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas» (117). En efecto, fuera de algún caso muy singular –la República de Malta, por ejemplo–, hoy la confesionalidad cristiana de un Estado sólo podría imponerse con grandes violencias morales o físicas, y no podría mantenerse: «nihil violentum durabile». Sería por tanto gravemente perjudicial tanto para la Iglesia como para la sociedad civil. Pero otras formas, en cambio, de colaboración pueden ser convenientes, como los Concordatos, los Acuerdos o las leyes que establecen ciertos privilegios en favor de la Iglesia. Y también aquí, sobre esto último, se hace preciso verificar una gran verdad negada:

Los privilegios de la Iglesia en una nación cristiana son lícitos y convenientes. Dar al privilegio un sentido siempre peyorativo es falso, es un error que procede de otro error: de la mentalidad igualitaria, que en toda diferencia ve injusticia. Privilegium significa simplemente lex privata, una ley que el Estado dispone para un sector de la sociedad. No es fácil, por otra parte, distinguir netamente entre derechos y privilegios. La misma disposición legal que en un Estado es un privilegio puede en otro Estado ser un derecho, si la ley positiva lo reconoce para todos los ciudadanos. O por ejemplo, en unos Acuerdos Iglesia-Estado, en los artículos sobre la enseñanza, puede el poder civil reconocer unos derechos a la Iglesia y concederle unos privilegios en orden al bien común, sin que en cada caso sea siempre fácil distinguir lo uno de lo otro.

En todo caso, es justo, equitativo y saludable que se concedan derechos o/y privilegios a familias numerosas, discapacitados, viudas de guerra, ciertas minorías étnicas, fundaciones y organizaciones benéficas, etc., y por supuesto, a la Iglesia. Ciertamente, los privilegios, lo mismo que las leyes comunes, pueden establecerse en formas injustas y abusivas. Pero la evitación sistemática de privilegios constituiría en sí misma una grave injusticia, porque obligaría a dar tratos iguales a personas o grupos desiguales. Reconocer derechos propios o conceder ciertos privilegios, por ejemplo, al matrimonio y la familia es justo y necesario, especialmente cuando la disminución demográfica constituye un grave peligro. Dar a la unión homosexual los mismos derechos y privilegios que al matrimonio es una patente injusticia.

Es, pues, perfectamente justo que la Iglesia disponga en el Estado de ciertos privilegios, al menos en naciones con gran número de cristianos –subvenciones, exención de algunos impuestos, ayudas para la construcción de templos, etc.–. El lema «la Iglesia no quiere privilegios; solo necesita libertad», aunque suene bien, es una enorme estupidez. Es una falsedad y una injusticia. Si todos los grupos que tienen un verdadero valor social deben ser favorecidos por el Estado, la Iglesia es en no pocas naciones la comunidad social más numerosa y más benéfica. Esto lo entiende, por ejemplo, Nicolás Sarkozy (La República, las religiones, la esperanza, Gota a gota, Madrid 2006), pero no lo entienden los políticos cristianos malminoristas, una especie a extinguir.

Por otra parte, el Concilio declara que la Iglesia «no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos tan pronto conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición» (GS 77e). Es una decisión indudablemente prudente y necesaria, considerando la situación actual de la sociedad y de las instituciones políticas. Pero que no cambia en nada la doctrina católica sobre la legitimidad y posible conveniencia de los privilegios. Sigue la Iglesia considerando que aquellos privilegios ocasionalmente renunciados, eran derechos legítimamente adquiridos, y en su tiempo positivos y fecundos. Y por supuesto, sigue creyendo que algunos de ellos también son hoy justos, necesarios y benéficos en determinadas naciones.

Los políticos católicos deberán, pues, procurar hoy para la Iglesia aquellos derechos y privilegios que en su nación sean convenientes, si es que quieren de verdad que Cristo reine sobre la nación, aunque sea en forma injustamente limitada. Han de conseguir para la Iglesia y sus miembros condiciones especialmente favorables en diversos campos –templos y otros locales apropiados, colegios y universidades privadas, asociaciones benéficas, fundaciones no lucrativas, ayuda personal y material a países pobres, actividades familiares educativas y recreativas, medios de comunicación, etc.– Un entreguismo derrotista y vergonzante lleva en ocasiones a que, por ejemplo, la Iglesia sea peor tratada por el Estado que ciertos colectivos minoritarios e ideológicos.

Cito un caso penoso y bien significativo. La Democracia Cristiana de Italia, en casi cincuenta años de gobierno, nunca encontró el momento adecuado para conseguir una ley que financiara la educación privada. Y en esta gravísima cuestión no se trataba de conseguir un privilegio, sino un mero y simple derecho de los padres a no pagar dos veces para dar enseñanza católica a sus hijos; una vez al Estado y otra al Colegio o a la Universidad de su elección. Y es que los cristianos políticos que no procuran para la Iglesia los privilegios que merece y necesita, tampoco consiguen los derechos que se le deben. Ni lo intentan.

José María Iraburu, sacerdote

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Martin Ellingham P. Iraburu:

Muy de acuerdo con su luminoso (por verdadero) post.

La demolición del derecho público cristiano ha sido tan seria, que para prevenir posibles malos entendidos, y disipar algunas objeciones iniciales, me permito dar algunas razones por las cuales considero preferible no hablar de "confesionalidad católica" sino de "Estado católico":

La recepción por parte del Magisterio del término “confesional” ha sido tardía, de uso poco frecuente y no exenta de reticencias. Lo que resulta lógico, si se tiene en cuenta la equivocidad del término “confesional”, y su derivado “confesionalidad”.

Es la doctrina teológica y jurídica la que ha empleado el término “confesionalidad” para describir ciertos modos de relación entre las religiones y los Estados. Además, la denominada “confesionalidad” del Estado puede ser de tres clases: formal, substancial y sociológica.

Es dable verificar la existencia (en el pasado reciente o en la actualidad) de estados de confesionalidad no cristiana (musulmanes, budistas), cristiana no católica (ortodoxa o protestante) y católica. En la confesionalidad no católica, el principio esencial suele ser el monismo: única sociedad y única potestad; único orden, por lo general el estatal (político, civil); sólo César. Hay deficiente distinción y a veces confusión.

En cambio, el principio esencial del “Estado católico” –expresión de uso magisterial, menos equívoca que “confesionalidad”- es el dualismo: dos sociedades (autónomas, independientes), dos potestades, supremas en su orden, dos órdenes: eclesial y estatal (político, civil); Dios y el César. Hay distinción pero no separación. Y al dualismo se agrega el principio de colaboración, sin confusión, exigida por la subordinación del bien común inmanente al bien común trascendente.

Saludos.

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JMI.- Perfecto. Y que la co-laboración tenga bien en cuenta el principio de subsidiriedad, fundamental en la doctrina católica. 15/09/10 1:24 PM

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Martin Ellingham Tal vez sea conveniente esbozar una vía apofática respecto de la noción de «Estado católico», que facilite la recuperación de verdades muy silenciadas o tergiversadas en las últimas décadas. Cabría señalar, así lo que no es, o no debe ser, un «Estado católico»:

1.- Un Estado totalitario o fundamentalista. Entendemos por tal, el Estado que absorbe toda la vida personal y social de sus ciudadanos, sin respetar los derechos fundamentales de las personas, de las familias y de los cuerpos intermedios. Se trata de imponer una concepción de la vida por medios coercitivos contrarios al derecho natural, actuando directamente sobre las conciencias, para que acepten una doctrina determinada, abracen coactivamente la fe, reciban el bautismo o asistan a ceremonias religiosas.
Ciertamente hubo en la historia algunas realizaciones de este tipo, por razones variadas que no es del caso analizar ahora con detenimiento, como, por ejemplo, la insuficiente distinción por parte de la ciencia jurídica, de los ámbitos privado y social; o una mala comprensión de las exigencias del bien común en cuanto a la necesidad moral de aplicar una prudente tolerancia. Por lo que algunos identifican todavía la noción de «Estado católico» con realizaciones históricas concretas de cuño intolerante o con sistemas políticos totalitarios.

2. Una «religión de Estado». Hay una «religión de Estado» cuando se hace de la institución religiosa una dependencia estatal. Como consecuencia de la confusión entre la sociedad religiosa y la comunidad política, el jefe de Estado sería jerarca de una iglesia nacional, o tendría importante injerencia en asuntos de competencia de exclusiva de la sociedad religiosa. Ejemplo de lo primero lo encontramos en el caso de la iglesia anglicana (iglesia nacional) y las funciones religiosas del monarca británico (cabeza de esa iglesia); ejemplo de lo segundo, en las monarquías de Antiguo Régimen, en tanto buscaron ejercer control o entrometerse en esferas exclusivas de las iglesias católicas nacionales (el denominado «regalismo»).
Otra cosa es que, siendo el Estado distinto de la Iglesia, y respetando su libertad, deba someterse en cuanto tal a los imperativos de la Religión y, por tanto, profesarla de manera social y pública, en representación de la sociedad; en ese caso, puede decirse que el Estado tiene una religión, de modo análogo a como la tienen las personas que lo integran, y puede hablarse de una «Religión del Estado», aunque no de Estado.

3.- Un Estado clerical. Estado «clerical», como hecho, es aquel en que los clérigos se inmiscuyen en el dominio político en cuanto tal, cuando la participación en la actividad política no les compete, salvo situaciones excepcionales, y no como clérigos, sino como simples ciudadanos. Estado «clerical», como postura, es aquel en que una sociedad espiritual se sirve de los poderes públicos para satisfacer su voluntad de dominación temporal o entrometerse ilegítimamente en ámbitos que no son de competencia de la sociedad espiritual.
En el Estado «clerical» como hecho, tendríamos una clerocracia o gobierno de clérigos. El Estado «clerical», como postura, es el clericalismo que asume múltiples formas de indebida intrusión clerical en ámbitos laicales. Ambos cuentan con el rechazo de la Iglesia: el primero, en su legislación canónica; el segundo, en su doctrina. Por el contrario, es exigencia estructural de un auténtico «Estado católico» la «sana laicidad» que reclama la ordenación de lo temporal como tarea propia de los «laicos» y rechaza la indebida injerencia de los «clérigos» en tales materias.
Otra cosa es el juicio moral que la Jerarquía eclesiástica puede pronunciar sobre cuestiones políticas y temporales, intervención que no puede considerarse, bajo ciertas condiciones, ejercicio de clericalismo.

4. Compromisos «legitimadores» de la Jerarquía eclesiástica. Dado que un «Estado católico» ha de procurar y comprometerse a que su legislación y acción de gobierno se inspire en la doctrina católica, podría pensarse que ello implica una suerte de concesión extrínseca de legitimidad política, por parte de la Jerarquía eclesiástica, a realidades políticas autónomas: por ejemplo: a un concreto sistema político vigente (monárquico o republicano), a un gobierno determinado (democrático o autocrático), a algunos grupos, movimientos o partidos políticos (que reclaman para sí, con pretensiones de exclusividad, la identidad de «católicos» o «cristianos»), a la totalidad de la legislación estatal y a la completa acción de los gobiernos.
Sin embargo, dentro del marco del «Estado católico», la Jerarquía no tiene competencia para implicarse en estas cuestiones –salvo los casos de abierta contradicción con la ley divina-, ni le compete dar legitimidad política a realidades del orden temporal que son responsabilidad primaria de los laicos.

Quedan seis negaciones, que si Dios quiere y el bloger autoriza, iré copiando más adelante.

Saludos.
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JMI.- Yo creo que Dios lo quiere, el bloguer lo autoriza y los lectores están esperándolo. Dios se lo pague. 16/09/10 5:51 PM

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Martin Ellingham Aquí van cinco negaciones. Mañana, Dios mediante, pegaré la última de un repertorio que no tiene pretensiones de ser exhaustivo, pero que trata de disipar las confusiones más frecuentes.

Saludos.


5. Estado «fideísta». Sería aquel Estado que pretendiese que la religión cristiana aportara soluciones completamente hechas, prefabricadas, para todos los problemas de las más diversas sociedades en su devenir histórico. Soluciones que bastaría deducir conceptualmente del dogma cristiano, sin pedir nada ni a la historia concreta, ni a las invenciones libres y creadoras de los hombres. Tal Estado «fideísta» tendría soluciones simples para todos los problemas: a partir del dogma, la política no sería otra cosa que la puesta en práctica de exigencias dogmáticas. El Estado se comportaría como un mero ejecutor de un régimen social cuyas estructuras estarían ya contenidas, y perfectamente elaboradas, en el dogma religioso. No daría cabida al lugar que corresponde a la razón, iluminada por la fe pero no suprimida, ni habría espacio para diversidad de pareceres en cuestiones de tipo prudencial o técnico.

6. Estado «principista». Para el «principismo», la doctrina católica se compone sólo de imperativos morales, y no existe la mediación prudencial. Así, el Estado sólo podría aplicar la doctrina social católico de un modo único, sin aceptar la posibilidad de diversas concreciones prudenciales de una misma doctrina. En casos, a veces extremos, se llegaría a conferir a los principios morales capacidad suficiente para solucionar por sí mismos asuntos de índole estrictamente técnica.

7. Estado «farisaico». Sería el caso de un Estado que proclamara de manera solemne su catolicidad, pero que no ajustara su legislación y acción de gobierno a la doctrina social de la Iglesia. Un Estado «decorativamente» católico, en el que hay una profunda inconsecuencia política entre el catolicismo estatal declamado y el efectivamente vivido. Tal situación podría darse, por ejemplo, cuando la catolicidad estatal se limitara a un sostenimiento económico de la Iglesia, o a la presencia de funcionarios en actos de culto público, con ocasión de acontecimientos civiles; o el mero empleo de fórmulas religiosas en la aceptación de cargos públicos, etc.; y todo ello combinado con el dictado de leyes civiles o acciones gubernamentales en abierta oposición a la ley divina.

8. Estado sometido a un deber moral único, absoluto e incondicionado. En la medida en que el paradigma del «Estado católico» forma parte de la doctrina de la Iglesia, y el Magisterio lo considera como el modelo más perfecto de relaciones entre la Iglesia y la comunidad política, se corre el riesgo de hacer de tal modelo una suerte de «imperativo categórico» kantiano, un deber moral único e indivisible (no un todo en el que se pueden distinguir distintos elementos: esenciales y accidentales; diferentes clases de derechos y deberes: positivos y negativos, naturales y divino-positivos; etc.), absoluto, como los preceptos morales negativos (que obligan semper et pro semper); incondicionado (que no depende, en su obligatoriedad moral, de ciertas circunstancias de hecho, que hacen posible su realización; como si Dios pidiera a los gobernantes católicos acciones física o moralmente imposibles). Esta noción del «Estado católico» no se corresponde con el Magisterio de la Iglesia; es un exceso que algunos han calificado de «integrista», término discutible, pero expresivo de lo que constituye una rígida exageración.

9. «Estado encuestador» o «Estado historiador». Siendo las cuestiones sociológicas o históricas de índole pre-jurídica, «Estado católico» no es aquel que se limita a reconocer en su ordenamiento normativo el hecho social de que la mayoría de su pueblo profesa la Religión católica, o el que reconoce a la Iglesia católica un papel histórico en la conformación de la sociedad. Los datos sociológicos, o históricos, pueden incidir en la formulación de las normas jurídicas fundamentales de un Estado, que son las estructurantes de la catolicidad estatal, y pueden tener explícita mención en esas normas. Pero el «Estado católico» no es un «encuestador» que se limita a registrar las creencias y actitudes religiosas de sus ciudadanos; ni es un «historiador» que se restringe a dejar constancia de la incidencia histórico-cultural del catolicismo en la vida social.
17/09/10 12:01 AM

Martin Ellingham La última nota negativa.

Saludos.

10. Un Estado sujeto de actos de fe teologal. Como el Estado no es una substancia, o persona física, sino que es persona moral, o jurídica, un «Estado católico» no podría ser sujeto propio de actos de fe teologal. Sin embargo, el Estado es una realidad ontológicamente ligada a Dios, debe re-ligarse moralmente. Pues el Estado en cuanto tal es creatura de Dios, autor de la naturaleza humana, de quien depende y recibe sus bienes, y a cuya gloria está ordenado. Cuando se trata de concretar el modo del cumplir las obligaciones religiosas, cabe recordar que el Estado es una persona moral, capaz de ser sujeto de obligaciones y de cumplirlas, aunque sea sólo por medio de la actuación de personas físicas. En tal caso, las personas que representan al Estado, las autoridades, son las que deben rendir el culto formal -en actos elícitos de la virtud de la religión- a Dios. Al hacerlo como personas públicas, como representantes y mandatarios, sus actos de culto, se atribuyen a la comunidad política en cuanto tal. Y así como la comunidad de fieles debe confesar públicamente a Cristo, también deben hacerlo los hombres de Estado, auténticas personas, tanto a título individual –como fieles católicos- cuanto a título social y público -en su situación de gobernantes católicos-, pues representan a una sociedad católica.

18/09/10 12:12 AM

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JMI.- Permítame no creer que en Rahner tuvieron "gran valor muchas de sus otras enseñanzas". La calidad general del conjunto de su teología es muy deficiente, por el poco uso que hace de Escritura, Tradición y Magisterio, y por la mala filosofía que emplea como herramienta intelectual. 18/09/10 4:07 PM

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(106) Católicos y política –XI. doctrina de la Iglesia. 9

19.09.10A las 11:40 AM, por José María Iraburu

–Yo, sin ir más lejos, soy un cristiano laico.
Deo gratias. Eso significa que es miembro del Pueblo de Dios (laos Theou; p. ej. 1Pe 2,10).

El Estado laico y el Estado laicista. La Iglesia siempre ha enseñado que el poder religioso y el poder civil son distintos, y que ambos deben colaborar asiduamente, pues los dos están al servicio del hombre y de la sociedad. La descristianización progresiva de las naciones en Occidente fue llevando, de hecho primero, y por convicción después, a estimar la separación del Estado y de la Iglesia como un valor positivo. Sin embargo, en la realidad histórica, esa separación vino de hecho a entenderse unas veces como no-colaboración, y otras como oposición, es decir, como laicismo. No obstante, se ha ido imponiendo entre los católicos liberales –hoy casi todos lo son en materias políticas– la convicción de que, dentro del pluralismo cultural de las sociedades actuales de Occidente, hay que promover el Estado laico, rechazando, eso sí, el Estado laicista. La «sana laicidad» se contrapone así al «laicismo». Pero esta afirmación ha de ser precisada en dos puntos principales.

–1º. El «Estado laico» nunca se ha propuesto como ideal en la doctrina política de la Iglesia. Y la expresión «sana laicidad» se ha empleado siempre en contraposición al «laicismo hostil». No ha sido integrada sistemáticamente, por medio de encíclicas o documentos monográficos importantes, en la doctrina política de la Iglesia. Más bien se ha usado de modo ocasional en actos civiles y diplomáticos. Pero la doctrina política de la Iglesia no hay que buscarla en discursos pontificios de cortesía, o en el saludo a un Presidente, o en la breve alocución del Papa en un aeropuerto.

Como es lógico, sin embargo, los políticos católicos liberales malminoristas, es decir, casi todos los católicos políticos, han tomado actualmente el lema como bandera: el Estado debe ser laico, pero no laicista. En realidad ése es un principio falso, que extingue la actividad política de los católicos, y lleva al pueblo cristiano a una apostasía cada vez más profunda, a través de la secularización progresiva de la sociedad, cada vez más cerrada a Dios.

Pío XII, después de los horrores de la II Guerra Mundial, en el ambiente esperanzado que trajeron las democracias liberales victoriosas, aludió positivamente a una «legítima y sana laicidad» de la comunidad política (Disc. a la colonia de Las Marcas en Roma 23-III-1958). Y en los últimos decenios, de vez en cuando, aparece la expresión en discursos de los Papas, usada siempre, como digo, en contraposición al «laicismo ideológico o separación hostil entre las instituciones civiles y las confesiones religiosas» (Juan Pablo II, exhort. apost. Ecclesia in Europa 117).

Benedicto XVI, p. ej., al regresar a Roma después un viaje a los Estados Unidos, dijo en una Alocución general (30-IV-2008): «En el encuentro con el señor Presidente, en su residencia, rendí homenaje a ese gran país, que desde los inicios se edificó sobre la base de la feliz conjugación entre principios religiosos, éticos y políticos, y que sigue siendo un ejemplo válido de sana laicidad, donde la dimensión religiosa, en la diversidad de sus expresiones, no sólo se tolera, sino que también se valora como “alma” de la nación y garantía fundamental de los derechos y los deberes del hombre».

La afirmación que he subrayado puede entenderse referida «al ideal de los fundadores», «al alma del pueblo» o a sus «tradiciones» propias, pero ocasionaría una cierta perplejidad si se aplicara a la actual Administración política de la nación. No podemos ignorar que los Estados Unidos, con sus potentísimas fundaciones, con las entidades nacionales e internacionales que promueve, y también a veces con el apoyo y financiación del Gobierno de turno, encabeza en el mundo la difusión de gravísimos males: anticoncepción, abortos, ideología del género, etc. Y en este sentido no es «un ejemplo válido de sana laicidad». En todo caso, el mismo Benedicto XVI, en un discurso que cito al final de este artículo, nos explica con gran precisión y claridad el verdadero significado de la laicidad y de la sana laicidad.

–2º. Todos los Estados laicos son laicistas. Don José María Petit Sullá, de grata memoria (+2007; Schola Cordis Iesu, Sociedad Tomista Internacional, catedrático de Filosofía en la universidad de Barcelona), decía que «un Estado laico –totalitario o democrático– no puede legislar más que de acuerdo con el principio de que la sociedad, que él rige, ha de ser laica. Y esto implica que velará para que no se haga presente la religión y la Iglesia en esta sociedad civil»; es decir, será un Estado laicista.

«Una sociedad laica no es un terreno común a creyentes y no creyentes. El sofisma se reduce a algo tan sencillo como absurdo. Se quiere introducir la idea de que, puesto que la afirmación de la existencia de Dios es una “opción” no compartida por todos, el terreno común entre el decir “Dios existe” y la proposición “Dios no existe” es “organicemos la sociedad sobre la base común de que Dios no existe”. ¿Base común?… No existe una base común a dos proposiciones contradictorias. Y la que se ha elegido y se impone es “Dios no existe”. La propuesta de un Estado laico no laicista es un imposible lógico. Todo Estado laico es, por el solo hecho de serlo, un Estado laicista, esto es, que tiende sistemáticamente a producir una sociedad laica, esto es, a separar a los hombres de la religión y, en definitiva, de Dios» (¿Existe un Estado laico no laicista? en «Cristiandad» nº 882, I-2005).

Es laicista el Estado que no cumple las obligaciones que tiene en referencia a Dios, a Cristo y a la Iglesia, y que seguidamente enumero.

–Es laicista el Estado laico que no cumple «el deber de rendir a Dios un culto auténtico [como] corresponde al hombre individual y socialmente» (Catecismo 2105). Quizá permita la libertad de cultos sin problemas, pero en cuanto Estado, se niega a sí mismo hasta la posibilidad de pronunciar públicamente el nombre de Dios. Ahora bien, esta situación para un San Pablo es «inexcusable, por cuanto conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a obscurecerse su insensato corazón. Trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos, amén. Por eso Dios los entregó a las pasiones vergonzosas» (Rm 1,19-26).

Es laicista el Estado laico que prescinde de Dios en la edificación de la ciudad temporal, «como si no existiese». Que esta hipótesis oriente sistemáticamente la actividad política es inadmisible: es culpable y ateizante.

Juan XXIII: «la insensatez más caracterizada de nuestra época consiste en el intento de establecer un orden temporal sólido y provechoso sin apoyarlo en su fundamento indispensable, o, lo que es lo mismo, prescindiendo de Dios; y querer exaltar la grandeza del hombre cegando la fuente de la que brota y se nutre, esto es obstaculizando y, si fuera posible, aniquilando la tendencia innata del alma hacia Dios. Los acontecimientos de nuestra época, sin embargo, que han cortado en flor las esperanzas de muchos y arrancado lágrimas a no pocos, confirman la verdad de la Escritura: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”» (enc. Mater et magistra 217).

Concilio Vaticano II: «si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece» (GS 36).

–Es laicista el Estado laico que reconoce no más que un Ser supremo en el sentido deísta, es decir, en referencia a un dios que existe, pero que no actúa para nada en el curso de las realidades históricas. Eso permite al Estado reducir a cero el influjo del Creador en la cultura, las leyes y la sociedad del mundo que Él ha creado y que conserva en el ser y la vida.

–Es laicista el Estado laico que reconoce a Dios, pero rechaza a Cristo y a la Iglesia, que son para los hombres la plena epifanía del único Dios verdadero.

«Es preciso que la concepción cristiana de la vida y las enseñanzas morales de la Iglesia continúen siendo los valores esenciales que inspiren a todas las personas y grupos que trabajan por el bien de la naciónLa libertad humana y su ejercicio en el campo de la vida individual, familiar y social, al igual que la legislación que sirve de marco a la convivencia en la comunidad política, encuentran su punto de referencia y su justa medida en la verdad sobre Dios y sobre el hombre» (Juan Pablo II, al presidente de Argentina 17-XII-1993).

–Es laicista el Estado laico que no favorece en la nación la vida religiosa. Para que un Estado laico sea lícito no basta con que permita y no persiga la religión, pues más allá de eso tiene el deber de protegerla y ayudarla. La doctrina tradicional de la Iglesia en este punto, ampliamente expuesta (por ejemplo, León XIII, enc. Immortal Dei 3-9), es reiterada por el Vaticano II: «el poder civil, cuyo fin propio es cuidar del bien común temporal, ciertamente, debe reconocer la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla» (DH 1).

–Es laicista el Estado laico que no se fundamenta en los principios objetivos de la ley natural, sino que prescinde de ella o la niega, viniendo a establecer necesariamente en la nación la dictadura del relativismo. Como decía Juan Pablo II, «una política privada de principios éticos sanos lleva inevitablemente al declive de la vida social y a la violación de la dignidad y de los derechos de la persona humana» (Disc. a los Obispos de Polonia 15-I-1993). Concretamente, un Estado abortista es un Estado criminal, que permite o favorece el asesinato de cientos de miles de sus ciudadanos. Y casi todos los Estados modernos son abortistas.

Los modernos Estados laicos, por coherencia doctrinal y práctica, no cumplen con ninguna de las condiciones requeridas para una sana laicidad, y por eso son laicistas. Dicho en otros términos: la sana laicidad no existe, ni puede existir. Esta expresión, como he dicho, sólo tiene un sentido válido para contraponerla al laicismo abiertamente hostil a Dios y a su Iglesia. Pero no sirve para más. De ningún modo vale como ideal político cristiano.

La doctrina de Benedicto XVI sobre la «laicidad» y la «sana laicidad», expuesta en un discurso al congreso de la Unión de Juristas Católicos italianos (9-XII-2006), según lo que yo conozco, es la más amplia y exacta de las formuladas por el Magisterio apostólico.

–La «laicidad» es una palabra que ha de ser entendida en su historia política real, y no simplemente como un término abstracto, al que puede darse éste o el otro contenido en forma ideológica y arbitraria. De esta convicción parte la enseñanza del Papa: «para comprender el significado auténtico de la laicidad y explicar sus acepciones actuales, es preciso tener en cuenta el desarrollo histórico que ha tenido el concepto.

«La laicidad, nacida como indicación de la condición del simple fiel cristiano [laico], no perteneciente ni al clero ni al estado religioso, durante la Edad Media revistió el significado de oposición entre los poderes civiles y las jerarquías eclesiásticas, y en los tiempos modernos ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual. Así, ha sucedido que al término “laicidad” se le ha atribuido una acepción ideológica opuesta a la que tenía en su origen.

«En realidad, hoy la laicidad se entiende por lo común como exclusión de la religión de los diversos ámbitos de la sociedad y como su confínamiento en el ámbito de la conciencia individual. La laicidad se manifestaría en la total separación entre el Estado y la Iglesia, no teniendo esta última título alguno para intervenir sobre temas relativos a la vida y al comportamiento de los ciudadanos. La laicidad comportaría incluso la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos destinados al desempeño de las funciones propias de la comunidad política: oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles, etc.

«Basándose en estas múltiples maneras de concebir la laicidad, se habla hoy de pensamiento laico, de moral laica, de ciencia laica, de política laica. En efecto, en la base de esta concepción hay una visión a-religiosa de la vida, del pensamiento y de la moral, es decir, una visión en la que no hay lugar para Dios, para un Misterio que trascienda la pura razón, para una ley moral de valor absoluto, vigente en todo tiempo y en toda situación. Solamente dándose cuenta de esto se puede medir el peso de los problemas que entraña un término como laicidad, que parece haberse convertido en el emblema fundamental de la postmodernidad, en especial de la democracia moderna.

«Por tanto, todos los creyentes, y de modo especial los creyentes en Cristo, tienen el deber de contribuir a elaborar un concepto de laicidad que, por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete “la legítima autonomía de las realidades terrenas”, entendiendo con esta expresión –como afirma el concilio Vaticano II– que “las cosas creadas y las sociedades mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar paulatinamente”» (GS 36).

–La «sana laicidad» se da sólamente si se produce un conjunto de condiciones, leyes y actitudes.

«Esta afirmación conciliar [GS 36]constituye la base doctrinal de la “sana laicidad”, la cual implica que las realidades terrenas ciertamente gozan de una autonomía efectiva de la esfera eclesiástica, pero no del orden moral. Por tanto, a la Iglesia no compete indicar cuál ordenamiento político y social se debe preferir, sino que es el pueblo quien debe decidir libremente los modos mejores y más adecuados de organizar la vida política. Toda intervención directa de la Iglesia en este campo sería una injerencia indebida.

«Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que se podría confinar al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto –espirituales, culturales, educativas y caritativas– de la comunidad de los creyentes.

«A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.

«Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino […]

«A los cristianos nos corresponde mostrar que Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres. Tenemos el deber de hacer comprender que la ley moral que nos ha dado, y que se nos manifiesta con la voz de la conciencia, no tiene como finalidad oprimirnos, sino librarnos del mal y hacernos felices. Se trata de mostrar que sin Dios el hombre está perdido, y que excluir la religión de la vida social, en particular la marginación del cristianismo, socava las bases mismas de la convivencia humana, pues antes de ser de orden social y político, estas bases son de orden moral».

Sólo bajo el cetro de Cristo Rey es posible la sana laicidad. Cuando Él dice «sin mí no podéis hacer nada», sus palabras se aplican tanto al perfeccionamiento espiritual de la persona como al ordenamiento político de la sociedad (Jn 15,5). Y es que «el mundo entero está en poder del Maligno» (1Jn 5,19), y únicamente Cristo Redentor tiene poder sobrehumano y divino para liberar al hombre y a las naciones de la cautividad del «Príncipe [y dios] de este mundo» (Jn 12,31; 2Cor 4,4). El que piensa que un Estado laico puede llegar a una sana laicidad sin acogerse a la verdad y a la gracia de Cristo Rey, o es un pelagiano, en el mejor de los casos, o en el peor, un apóstata o simplemente un ateo.

«La Encarnación es el acontecimiento decisivo de la historia; de él depende la salvación tanto del individuo como de la sociedad en todas sus manifestaciones. Si falta Cristo, al hombre le falta el camino para alcanzar la plenitud de su elevación y de su realización en todas sus dimensiones, sin excluir la esfera social y política» (Juan Pablo II, ángelus 17-III-1991).

Y termino con esta referencia a una realidad concreta extremadamente grave: el aborto. El diablo es «mentiroso y homicida desde el principio» (Jn 8,44): el diablo asegura que existe un «derecho al aborto», y así consigue muchos millones anuales de homicidios. Por eso, cuando comprobamos que el conjunto unánime de los modernos Estados laicos es confesionalmente abortista, concluimos que esos Estados mentirosos y homicidas son diabólicos. Son Estados anti-Cristo, pues Cristo es «el Autor de la vida» (Hch 3,15).

José María Iraburu, sacerdote

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Martin Ellingham La distinción «laicidad» y «laicismo» recuerda a la escolástica decadente. Con el argot de la Escuela: parece distinción de pura razón, sin fundamento real. Porque de hecho, los Estados «laicos» realmente existentes son más o menos laicistas, cuando se trata de excluir de la vida pública a Jesucristo y a su Iglesia.

Lo que hoy se denomina «laicidad», y se pretende insistentemente deslindar del laicismo, no es una novedad en el Magisterio de la Iglesia. Pío XII habló de la legítima y sana laicidad como principio de la doctrina católica, que no es otra cosa que un principio revelado, denominado también dualismo: dos sociedades perfectas (autónomas, independientes), dos potestades (supremas en su orden), dos órdenes: eclesial y estatal (político, civil); Dios y César. Dualismo que permite diferenciar a un Estado católico de la confesionalidad acatólica, cuyo principio esencial es el monismo: única sociedad y única potestad: la política; único orden, el estatal (político, civil), sólo César.

Pero conviene insistir en lo siguiente: la «laicidad» (=dualismo) es fruto de la Revelación. En un hipotético estado de «naturaleza pura», lo natural sería el monismo, y el Estado tendría competencia, directa e inmediata, no sólo sobre la gestión del bien común inmanente, sino también sobre el bien común trascendente. El hombre, elevado o no al orden sobrenatural, está esencialmente ordenado al conocimiento y amor de Dios; por consiguiente, aun en un orden puramente natural, poseería en algún modo suficiencia para conocer a su creador y último fin, y para vivir como su propia naturaleza y la de Dios exigen, así en la vida privada como en la pública. Tan esencial es la religión al hombre la vida en sociedad civil como en la órbita familiar e individual, y en la una y en la otra ha de recurrir a Dios y cumplir sus designios. Que «la naturaleza» pura no haya existido, ni exista, ni de hecho pueda ya existir, no implica que metafísicamente, y según su esencia, fuera imposible; y, en tal hipótesis, es indudable que el individuo y el Estado tendrían exigencias religiosas, que habrían de ser satisfechas lo mismo en el orden del conocimiento que en del culto y el de la conducta. En este sentido, puede y debe hablarse de una religión natural como religión del Estado. Supuesta la posibilidad de demostrar la existencia de Dios por la sola razón; entonces el Estado, como cada hombre particular, podría, de iure y de facto, poseer el conocimiento objetivo del verdadero Dios y del modo de honrarle y agradarle. Habría quizá, sociedades, que por la fragilidad y malicia humana, adulteraran más o menos ese conocimiento objetivo, como hoy adulteran los heterodoxos la fe verdadera; pero no podrían, sin culpa grave, disentir de lo absolutamente necesario para agradar a Dios y conseguir la salvación. Y entonces, mirando a ese complejo de verdades fundamentales, se podría y debería afirmar que el individuo y el Estado han de conocer y practicar la religión natural. Por lo que el Estado debería: 1º. Tributar él mismo a Dios el culto debido y gobernar según las normas de la religión natural. Salvas éstas, podría reglamentar el culto público, pues no habría otra específica autoridad para el caso; 2º. Remover todos los obstáculos que impidieran a los ciudadanos la práctica de la religión, y darles facilidades positivas para ella; 3º. Prohibir todo ataque contra la religión natural y todo proselitismo de errores adversos, pudiendo sin embargo aplicar una prudente tolerancia

La tan cacareada, como mal entendida, incompetencia (directa) del Estado en materia religiosa, es fruto de la Revelación, y a medida que pierden aceptación social las verdades específicamente cristianas, el Estado vuelve por sus fueros perdidos. Si se quiere salvar la denominada «laicidad», es decir, el dualismo cristiano, será necesario un número significativo de personas dispuestas a aceptar la Revelación, sea por fe sobrenatural o por cierta inercia cultural, que además tengan la posibilidad de ejercer el poder político o tener suficiente capacidad para poder influenciar en esa dirección.

Por último, durante mucho tiempo se hemos creído que el «laicismo» quiere excluir a las religiones de la vida pública. En rigor, el «laicismo» pretende mucho más que eso: el primer estadio es la exclusión de la religión verdadera; luego, viene el establecimiento progresivo de una religión falsa, que sustituye a la verdadera, tiene todas las garantías estatales a su favor. Conjeturo que el «laicismo» es propedéutico de una religión del hombre, que coronará al Anticristo.

Saludos.
20/09/10 10:51 PM

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Martin Ellingham P. Iraburu:

Comparto plenamente el contenido de sus últimos tres posts (Realeza de Cristo; Estado católico y laicidad). Sin embargo, no sería honesto si dejara de señalar cuanto sigue:

1) Su interpretación del Vaticano II es minoritaria. La casi totalidad de los catedráticos de Derecho Público Eclesiástico, de las principales universidades pontificias, no sólo no comparte su visión, sino que la considera como un resabio de “clericalismo” e “integrismo”. Además, la interpretación de los actuales iuspublicistas, se difunde como una suerte de nueva ortodoxia. Y los que no estamos de acuerdo con esa hermenéutica, somos considerados como sospechosos de “lefebvrismo”.

2) En toda interpretación de un texto se reconocen tres intenciones: la del autor, la de la obra y la del lector. El intérprete debe esclarecer el texto, iluminando las primeras dos intenciones; pero tiene como límite la imposibilidad de recrear los textos a su gusto.

3) La denominada «hermenéutica de la continuidad» del Vaticano II no puede transformarse en una palabra talismán que permita disolver objeciones sin argumentar. Una vez determinado el sentido y alcance de un texto magisterial, es menester no sólo afirmar, sino, sobre todo, probar, con argumentos, que no rompe, en todo o en parte, con la Tradición, y además esclarecer cómo se pueden armonizar las novedades conciliares con un magisterio eclesial que goza, cuanto menos, del peso que le confiere una reiteración secular.

Lo reconoce Mons. Brunero Gherardini:

«Confieso, empero, que jamás he cesado de plantearme el problema de si efectivamente la Tradición de la Iglesia ha sido en todo y por todo salvaguardada por el último Concilio y de si, por tanto, la hermenéutica de la continuidad evolutiva sea uno de sus valores innegables y pueda así verificarse» (Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II. Un discorso da fare. Página 87).

Saludos.
21/09/10 3:41 PM

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José María Iraburu Martín (15:41 hs)

El Concilio Vaticano II, bajo la asistencia del Espíritu Santo, es el XX concilio ecuménico, y ha de ser recibido íntegramente por todos los hijos de la Iglesia. Puede y debe ser interpretado en todos sus documentos a la luz de la Tradición eclesial. Otra cosa es que cada uno de nosotros sea capaz mentalmente de lograr esa homogénea y continua interpretación. Comprendo que alguno tenga dificultades mentales en la aceptación de ciertos textos.

Ahora bien, si en algún punto ciertos cristianos no alcanzan a ver esa continuidad, tendrán que 1) procurar encontrarla; y si no lo consiguen, deberán 2) preguntar a quien pueda ayudarles; y si tampoco así lo consiguen, 3) habrán de suspender el juicio sobre el tema.

Lo que nunca nos permitiremos los católicos es afirmar que alguno de los documentos del Sagrado Concilio ecuménico Vaticano II incurre en error, al no salvar la fidelidad a la Tradición doctrinal católica. Si el punto en cuestión es de fe, es imposible que yerre la Iglesia en un Concilio porque es infalible. Si no es cuestión de fe, sino de prudencia pastoral, asistida la Iglesia también en sus discernimientos de modo especial por el ESanto, no podemos hablar de un quiebre con la Tradición doctrinal católica. En ambos casos, nunca nosotros somos quiénes para afirmar que un sagrado Concilio ha errado, quebrando la inquebrantable Tradición doctrinal de la fe católica.

"Creo en la santa Iglesia Católica" (Credo, art. 9º). Eso tiene que ir por delante de todo análisis de un texto conciliar. Explico con un ejemplo lo que quiero decir:

Objeción gravísima. Imaginemos que un cristiano nos dice: "yo no puedo creer en el infierno como una condenación eterna. No logro conciliar esa verdad de fe con la verdad de fe en un Dios infinitamente bueno, que antes de infundir un alma sabe cuál va a ser su destino eterno de salvación o de condenación, y que en cualquier momento puede salvar al pecador con un golpe de fe que le convierta. No puedo quebrantar en mi mente el principio de contradicción, que Dios ha puesto en ella. No puedo, por tanto, creer en el infierno".

Respuesta. "Ud. primero de todo firme, afirme y confirme todo lo que la Iglesia enseña acerca del infierno como dato de fe. Y después, si es preciso consultando con otros, trate de ayudar el acto intelectual de su razón-fe para que alcance a conciliar dos verdades aparentemente contrapuestas. Si llega a hacerse posible ese acto, perfecto. Si no, tendrá que suspender el juicio, y habrá de auto-prohibierse pensar en ese tema, porque ya ve Ud. que no es capaz de pensar sobre el infierno según la fe católica, y Ud. de ningún modo debe quebrantarla con pensamientos consciente y libremente consentidos".

Ilustro lo dicho con un ejemplo. La Beata Ana Catalina Emmerick contaba que "por espacio de mucho tiempo tuvo la costumbre de tratar con Dios de por qué no convierte a los grandes pecadores y por qué castiga eternamente a los que no se convierten. Decía a Dios, que no sabía cómo podía ser así, pues esto era contra su divina naturaleza; que convirtiéndolos ejercitaría su bondad, ya que nada le costaba convertir a los pecadores, los cuales estaban bajo su mano; que debía acordarse de lo que Él y su amado Hijo habian hecho por ellos, pues su Hijo había derramado su sangre y había dado su vida en la cruz; y de lo que Él mismo ha dicho en la Sagrada Escritura acerca de su bondad y misericordia y de las promesas que ha hecho. Si el Señor no es fiel a su palabra, ¿cómo puede pedir a los hombres que cumplan la suya?".

"El señor Lambert [su director espiritual], a quien ella le dijo estas cosas, le repuso diciendo: 'Poco a poco, que vas damasiado lejos'. Después vio ella que eso debía ser así como Dios lo tiene dispuesto' ".

Téngase en cuenta que la aparente inconciliabilidad de verdades, en este caso, se produce nada menos que entre una Palabra divina y otra Palabra también divina. El principio de contradicción, en la mente humana (ratio fide illustrata) de la Bta. Ana Catalina, exige a su mente negar la posibilidad de un infierno eterno. Y consiguientemente la Beata, con toda humildad, y reconociendo la extrema falibilidad de nuestra mente humana, suspende el juicio en ese tema, aceptando sin más lo que Dios mismo enseña sobre el infierno y propone la Iglesia docente.

Los lefebvrianos a veces parece (no estoy seguro) que, queriendo situar en primer lugar "las cuestiones doctrinales", ponen el acuerdo doctrinal como condición previa para poder llegar a la plena comunión con la Iglesia actual, la de Benedicto XVI y del sagrado Concilio ecuménico Vaticano II. Por el contrario, convendría que asegurasen en primer lugar la incondiconal y plena adhesión a la Iglesia Católica, con Pedro y bajo Pedro, con sus veinte Concilios, cesando de afirmar que en ciertos temas el Vaticano II contradijo la Tradición doctrinal católica.
Y convendría que después, plenamente dentro de la Iglesia, tratasen, con las ayudas precisas, de conciliar doctrinas que ahora consideran inconciliables. Y si no lo consiguen... habrán de suspender el juicio. Pero el "creo en la Santa Iglesia Católica" deben ponerlo en primer lugar, incondicionalmente, ya que toda nuestra fe se apoya en la Roca de Pedro, que es infalible.

21/09/10 4:52 PM

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Martin Ellingham P. Iraburu:

Por las dudas, reitero mi posición: no adhiero ni en teoría, ni como actitud práctica, al movimiento de Mons. Lefebvre. Deseo que el movimiento de Lefebvre ingrese lo antes posible en plena comunión con el Romano Pontífice.

Otra cosa es la HIPÓTESIS teológica que plantea Mons. Burnero Gherardini en el libro citado. Espero que los editores lo traduzcan pronto a otros idiomas, y le den suficiente difusión.

Pero no se pueden esconder los problemas debajo de la alfombra. Yo coincido con la interpretación que usted hace de la Dignitatis humanae, por ejemplo. Pero no nos engañemos: somos una minoría; nuestra visión es ignorada, silenciada, calificada de pre-conciliar, integrista, clerical, etc. Y los críticos no son los progresaurios radicalizados de siempre... ¿Para qué hacer nombres si Ud., sobre todo en España, los ha de conocer de sobra?

Ejemplos:

- En las última Semana Tomista de Buenos Aires, uno de los ponentes expuso la misma doctrina que ha formulado usted en sus últimos tres posts. La respuesta de un canonista y teólogo, también ponente: - muy buena exposición, pero la Iglesia ya no enseña esa doctrina. Hoy, la doctrina es otra, el Estado debe ser aconfesional como
tesis, y dar primacía absoluta a la libertad religiosa...

Saludos.

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JMI.- De acuerdo en lo que dice de que "nuestra" interpretación es minoritaria, y que no solo los progresaurios sino incluso no pocos de los ortodoxos forman lamentablemente una mayoría errónea.

Pero eso no cambia en nada las cosas, como Ud. bien sabe. En cuántos temas, ay madre, nos encontramos hoy en minoría por afirmar la verdad católica. Ya incluso estamos acostumbrados. Ud. seguro que tiene de ello sobrada experiencia.

Y tampoco "la pertinacia" en la verdad católica implica esconder bajo la alfombra errores generalizados. 21/09/10 5:26 PM

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Martin Ellingham P. Iraburu:

Disculpe lo de "nuestra", pero es que llevo 15 años de leer sobre el tema, tengo un libro inédito del que tomo fragmentos, los modifico, y los pego en su blog y otros de infocatólica, y ciertamente no soy sino una pulga subida a la cabeza de los grandes.

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Ricardo:

Es análoga a la distinción entre finis operis y finis operantis. Explicarlo mejor sería muy largo.

Saludo

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JMI.- Nada de disculpar lo de "nuestra". Para mí es un honor. 21/09/10 6:18 PM

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(107) Católicos y política –XII. doctrina de la Iglesia. 10

A las 11:37 AM, por José María Iraburu 24.09.10

–Ándese con cuidado. Esa imagen está tomada de la portada de un libro.
–Así es, de un libro de Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia. Les hago publicidad gratuita.

«Se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías: “rompamos sus coyundas, sacudamos su yugo”» (Sal 2,2). A esa coalición mundial de políticos anti-Cristo se unen beatíficamente políticos cristianos e incluso eclesiásticos, que sólo aspiran a una «sana laicidad» en un «Estado laico». Ellos, tan atentos a «los signos de los tiempos», no se han enterado todavía de que se ha alzado contra Cristo Rey y contra su Iglesia una conspiración diabólica-mundana, que viene desarrollándose cada vez con más fuerza y eficacia desde comienzos del siglo XVIII. Entonces, los cómplices del diablo formaban una minoría ilustrada, que atacaba abiertamente, escandalosamente, a Cristo y a la Iglesia: écrasez l’Infâme (Voltaire, 1694-1778). Ahora son innumerables, y con mayor discreción y más eficacia, perfectamente organizados, van consiguiendo quitar de la humanidad el yugo aplastante de Cristo, convencidos de que sólamente así podrá darse el desarrollo pleno del hombre y de las naciones.

Combatir a Cristo y a su Iglesia viene siendo el designio fundamental de la masonería, la Enciclopedia, la Revolución francesa, el liberalismo naturalista, el comunismo, el nazismo, el agnosticismo relativista de las democracias occidentales. Concretamente, el poder político más fuerte e influyente del mundo es el del presidente de los Estados Unidos, que ha de ser masón o aprobado por la masonería. Todas estas fuerzas anti-Cristo han logrado hoy organizar grandes complejos internacionales, que ejercen un gran poder sobre las naciones, y que están mostrando una eficiencia descristianizadora quizá nunca antes conseguida. No ignoremos, por otra parte, que su gran potencia destructiva de la Iglesia se debe en gran medida a sus infiltraciones dentro de ella (cf. J. M. Iraburu, De Cristo o del mundo, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 1997, parte VI, Descristianización. Conocemos hoy con bastante exactitud cuáles son los enemigos principales de la Iglesia y cómo actúan:

D. von Hildebrand, El Caballo de Troya en la Ciudad de Dios, Fax, Madrid 1967; R. de la Cierva, Oscura rebelión en la Iglesia, Plaza & Janés 1987; Las puertas del infierno, Fénix, Madridejos, Toledo 1995; La masonería invisible, Fénix 2002; J. A. Ullate Fabo, El misterio masónico revelado, Libros Libres, Madrid 2007; Eugenia Rocella - Lucetta Scaraffia, Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008.

Se da en el Occidente una gran batalla entre el Humanismo naturalista y el Cristianismo de la Iglesia Católica. –Se da en Occidente: no en los países asiáticos o africanos, cuyas culturas cívicas y religiosas no son vanguardia en el caminar de las naciones. –Se da contra la Iglesia Católica: ella es para el diablo y los suyos la roca de sobrehumana fortaleza, que a toda costa es necesario demoler. El diablo y los suyos no atacan del mismo modo a las confesiones protestantes, muy debilitadas y vinculadas a los Estados laicos-laicistas. –Y es el humanitarismo naturalista la nueva religión universal suscitada por las fuerzas contrarias a Cristo Rey.

Ya hace un siglo, en 1908, Roberto Hugo Benson (1871-1914), sacerdote católico, hijo del Arzobispo de Canterbury, primado de la comunión Anglicana, en su obra Señor del mundo, hace decir a uno de sus personajes: en el mundo actual «hay tres fuerzas: Catolicismo, Humanitarismo y las religiones de Oriente. Pero en Europa y América no cabe duda que la lucha está entre los dos primeros. La Iglesia Católica es la única institución que reclama autoridad sobrenatural, y tiene ahora la adhesión de prácticamente todos los cristianos en quienes queda fe sobrenatural. Y el Humanitarismo se está volviendo en sí una religión, y tiene un credo: “Dios es el hombre”… El mundo se está alineando contra nosotros: es un antagonismo organizado, una especie de católica Anti-Iglesia» (trad. L. Castellani, 1958; Lib. Córdoba, B. Aires 2004, pgs. 13-15). Esta misma idea había sido expuesta por el Bto. Card. Newman (1801-1890) en sus cuatro sermones sobre El Anticristo según la doctrina de los Padres. El argentino Hugo Wast (1883-1962) desarrolla el tema en su novela 666, y el canadiense Michel O’Brien en su obra El padre Elías (Libros Libres, Madrid 2006). En este mismo campo literario habría que recordar autores como Vladimir Soloviev (+1900), León Bloy (+1919) y el padre Leonardo Castellani (+1981).

Es el diablo quien dirige y coordina las fuerzas anti-Cristo en una gran mafia mundial, que actúa con suma eficacia en la vida política, en el mundo de la educación, de la sanidad y la cultura, y en los medios de comunicación. La rápida descristianización de las naciones de antigua filiación cristiana no puede explicarse de otro modo. La masonería, la ONU, la Unión Europea, la UNESCO, el Council Foreing Relations, la UNFPA (Fondo para la Población de las Naciones Unidas), la IPPF (International Planned Parenthood Federation), las grandes fundaciones Rockefeller, Ford, Gates, y muchos otros organismos afines humanitarios, políticos, mediáticos, universitarios, van obrando aceleradamente en las naciones una ingeniería de transformación socio-política anticristiana.

Y los objetivos señalados por esa poderosa mafia internacional se van aplicando en los Estados laicistas con presiones económicas y diplomáticas prácticamente irresistibles. Todos los implicados en la guerra anti-Cristo operan con una obstinación persistente y diabólica, principalmente a través de numerosas Conferencias periódicas internacionales: Nairobi prepara Río de Janeiro, y lo que entonces no se logra, se intentará en Viena y en El Cairo, ampliando las conquistas en Pekín, y proponiendo para más tarde los Objetivos del Milenio, que serán reforzados por otras consignas, como las de Bill Gates y su Club de los Billonarios, etc. Avanzan paso a paso, organizadamente, siempre en la misma dirección, contra natura y anti-Cristo.

El diablo se sirve en su lucha principalmente de palabras engañosas. Él es «el Padre de la mentira» (Jn 8,44), y ya en el principio venció al hombre y a la mujer mediante las palabras mentirosas (Gén 3). Por eso los que bajo su influjo militan anti-Cristo emplean lemas verbales, que señalan una serie de objetivos graduales, de tal modo que conseguidos unos, quedan facilitados los siguientes.

La elaboración del lenguaje mentiroso-homicida se ha realizado especialmente en referencia a la vida sexual, cuya perversión es objetivo preferente para los anti-Cristo. Es significativo que la IPPF haya preparado un glosario especial anticonceptivo y abortista. «Interrupción voluntaria del embarazo» es ya hace tiempo el nombre aséptico del aborto. La «regulación menstrual» significa recientemente lo mismo. «Educación sexual y salud reproductiva» equivalen a anticoncepción, aborto, sexualidad infantil, adolescente, etc. Y significados igualmente ideológicos vienen a tener «anticoncepción de urgencia», píldora «del día después», «pre-embrión», «derechos reproductivos», «matrimonio homosexual», «proyecto parental», ideología de «género» (gender), «derecho a la libre elección del sexo» (cinco sexos llegaron a ser tipificados en un Foro preparatorio de la Conferencia de Pekín), etc. Al mismo tiempo se proscriben o falsifican términos como «maternidad», «virginidad», «esposo-esposa», «el estereotipo del matrimonio tradicional».

El Humanismo naturalista, basándose en «los derechos del hombre», pretende ser una Religión mundial, que sustituya la universalidad de la Iglesia Católica. Es, pues, un movimiento histórico patentemente anti-Cristo, mucho más organizado y eficaz que en el pasado. Es verdad que también la Iglesia fundamenta la ética política en «los derechos del hombre», pero los entiende según la ley natural dada por la autoridad creadora de Dios. Y esto lo viene haciendo no sólo a partir del Vaticano II, sino también en documentos bastante anteriores:

Pío XI, rechazando el comunismo, invoca con frecuencia «los derechos de la persona» (1937, enc. Divini Redemptoris). Afirma que el comunismo es «un sistema que niega los derechos, la dignidad y la libertad de la persona humana» (14). «La sociedad no puede despojar al hombre de los derechos personales que le han sido concedidos por el Creador, ni imposibilitar arbitrariamente el uso de esos derechos. Es, por tanto, conforme a la razón y exigencia imperativa de ésta, que, en último término, todas las cosas de la tierra estén subordinadas como medios a la persona humana, para que por medio del hombre encuentren todas las cosas su referencia esencial al Creador. Al hombre, a la persona humana, se aplica lo que el Apóstol de las Gentes escribe a los corintios sobre el plan divino de la salvación cristiana: “todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios” (1Cor 3,23)» (30).

Por el contrario, el humanismo anti-Cristo fundamenta en la persona, invocando su autonomía absoluta y soberana, toda la ética y todos los derechos humanos. Ésa es la proclamación de los Derechos Humanos de 1789 –reeditada por la ONU en 1948–, que Jacques Maritain rechazaba, porque no se fundamenta en la ley natural y en Dios, sino sólo en el hombre, en la persona humana (Los derechos del hombre y la ley natural: Cristianismo y democracia, Palabra, Madrid 2001). El humanismo naturalista pone precisamente buen cuidado en distanciarse de su origen cristiano. La Unión Europea, por ejemplo, se niega cerradamente a reconocer en su Constitución «las raíces cristianas» de Europa.

La nueva religión mundial de los derechos humanos, así entendidos, ha ido implantándose profundamente en las democracias liberales de los Estados laicistas. Es una religión natural que se contrapone a la religión sobrenatural del cristianismo. Las ONG son hoy muchas veces «asociaciones de fieles». En algunos lugares se celebran «bautismos civiles», y las «bodas civiles» van sustituyendo al matrimonio cristiano, aunque conserven en buena parte su forma externa tradicional. Mijail Gorbachov, apoyando la Carta de la Tierra (1994), pretendía que esa nueva ética mundial, ecologista e interreligiosa, sustituyera los diez mandamientos. Una religión superior y única debe sustituir todas las religiones de la tierra, depurándolas de todo fanatismo y de aquel dogmatismo que pretende poseer «la verdad». Por supuesto, «la religión más penalizada es la cristiana, y en particular la Iglesia católica, dada su tradición misionera» (Rocella-Scaraffia, ob. cit. 61).

Todos se juntan contra Cristo y su Iglesia: los Gobiernos de los Estados más poderosos y liberales, los organismos y fundaciones internacionales que antes he citado… todos se unen en el mismo designio anti-Cristo con el ecologismo, New Age, etc. y también con ciertas asociaciones católicas progresistas, que llegan a asumir sus lemas y objetivos, como si fueran tontas –aunque probablemente son algo peor–. La unión internacional anti-Cristo promueve el Parlamento de las Religiones del Mundo, reunido por primera vez en Chicago (1993), y no hace mucho en Barcelona (2004). El libro de Hans Küng Hacia una ética mundial (1994) contribuye también a esa causa. Conferencias, Gobiernos, Foros, Fundaciones… todos hablan mucho más de la Tierra que de Dios. Herméticamente cerrados a la vida eterna, reservan la mayúscula para este mundo visible, World.

El mundo de los ricos está al servicio del Anti-Cristo. Los Estados liberales laicistas, de modo semejante a los abiertamente totalitarios, administran más de la mitad de las riquezas nacionales, poniéndolas al servicio de su ideología anticristiana. Cuentan siempre con la asistencia de las Fundaciones nacionales e internacionales económicamente más potentes, que apoyan las causas anticristianas contra natura. De ese modo, por ejemplo, los medios de que disponen las organizaciones Anti-Vida son cien veces mayores que los de las asociaciones Pro-Vida, y también aquéllas superan con mucho a éstas en la coordinación eficiente de sus organismos. Y no olvidemos en todo esto, por otra parte, que la corrupción de políticos y burócratas viene a ser relativamente frecuente cuando ellos administran la mitad de la riqueza nacional.

Bajo la guía suprema de Satanás, príncipe de este mundo, los Poderosos de hoy, mucho más que en superar en el mundo la pobreza extrema, se empeñan en difundir la anticoncepción y el aborto, que han de frenar decisivamente el amenazante crecimiento demográfico de los Países pobres. Hoy, por primera vez en la historia, es posible eliminar el hambre en el mundo. Pero falta para ello la verdadera voluntad política de los grandes Poderes mundanos, que de este modo se hacen responsables principales de las matanzas innumerables de seres humanos a causa del aborto y de la pobreza.

Uso palabras fuertes, que son las mismas de Cristo y los apóstoles. «El mundo entero yace bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19), y el único que puede liberarnos de su cautividad es Cristo Rey: «yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Cuánta razón tenía León Bloy cuando en su Diario personal (11-X-1904) declaraba que «para señalar el mal con precisión, con una rigurosa exactitud, es indispensable exagerarlo» (El Invendible, Mundo Moderno, B.Aires 1947, 29). Y ni aún así se entera la gente.

José María Iraburu, sacerdote

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ronald

"Nuestro mensaje desea ser, sobre todo, una solemne ratificación moral de esta eminente Organización (ONU)".

"Esta Organización representa el camino obligado para la civilización moderna y la paz mundial".

¿Su autor? Pablo VI. El mismo que entregó al secretario general de la ONU la tiara papal.
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JMI.- Sería bueno que diera las citas de esas frases (fechas). 24/09/10 4:14 PM

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Martin Ellingham

El p. Pedro Trevijano ha dicho sobre la declaración de la ONU de 1948

- “…recuerdo que Pablo VI calificó en 1968 la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU de 1948 de "precioso ideal hacia el que todos debemos tender";

- “Declaración de 1948 es magnífica”.

Cfr.:

http://infocatolica.com/?t=opinion&cod=7098

Saludos.
24/09/10 4:47 PM

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ronald

Padre Iraburu, la fecha es la misma en las dos citas: 4 de octubre de 1965.
Muchas Gracias. 24/09/10 5:16 PM

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ronald

Otra del mismo discurso:

"Los pueblos se vuelven a las Naciones Unidas como hacia la última esperanza de concordia y paz; nos atrevemos a traer aquí, con el nuestro, su tributo de honor y esperanza, y es por eso que este momento es también grandioso para vosotros."

Espeluznante. ¿Se da usted cuenta padre que todo lo que denuncia en el artículo es aplaudido por Pablo VI? ¿Se da usted cuenta de que si quien firmara este discurso fuera otro persona le dedicaría un duro y acertado artículo pero que ahora será capaz de justificar lo injustificable? No es necesario me responda, padre. Otras ocupaciones más importantes tiene (sin ironía).

Dejo todo el discurso:
http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651004_united-nations_sp.html
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JMI.- Algunas veces Pablo VI, en discursos de cortesía y solemnidades, empleaba una expresiones que, literalmente tomadas, son inadmisibles. El mismo género retórico emplean algunos textos del Vaticano II, que adolecen del mismo defecto. En REFORMA (24) hablo del "Lenguaje católico oscuro y débil", y concretamente de las "Falsedades retóricas". Habrá que aplicar lo dicho aquí al discurso que Ud. indica. En otros muchos textos Pablo VI afirma con suma claridad la necesidad de Cristo, de la Iglesia, de la gracia, para la salvación del hombre y de los pueblos.
24/09/10 5:27 PM

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Pedro

DISCURSO DE SU SANTIDAD EL PAPA JUAN PABLO II
A LA QUINCUAGÉSIMA ASAMBLEA GENERAL
DE LAS NACIONES UNIDAS
Nueva York, 5 de octubre de 1995

Mi palabra, que quiere ser signo de la estima y del interés de la Sede Apostólica y de la Iglesia Católica por esta Institución, se une de buen grado a la voz de quienes ven en la ONU la esperanza de un futuro mejor para la sociedad de los hombres (…)
La Santa Sede, en virtud de la misión específicamente espiritual que la hace mirar solícitamente al bien integral de cada ser humano, ha sostenido decididamente, desde el principio, los ideales y objetivos de la Organización de las Naciones Unidas (…)
Fue precisamente la barbarie cometida contra la dignidad humana lo que llevó a la Organización de las Naciones Unidas a formular, apenas tres años después de su constitución, la Declaración Universal de los Derechos del Hombre que continúa siendo en nuestro tiempo una de las más altas expresiones de la conciencia humana. (…)
Los cincuenta y un Estados que fundaron esta Organización en 1945 encendieron verdaderamente una antorcha, cuya luz puede dispersar las tinieblas causadas por la tiranía, luz que puede indicar la vía de la libertad, de la paz y de la solidaridad.
El miedo a la "diferencia", alimentado por resentimientos de carácter histórico y exacerbado por las manipulaciones de personajes sin escrúpulos, puede llevar a la negación de la humanidad misma del "otro” (…) Querer ignorar la realidad de la diversidad - o, peor aún, tratar de anularla - significa excluir la posibilidad de sondear las profundidades del misterio de la vida humana. La verdad sobre el hombre es el criterio inmutable con el que todas las culturas son juzgadas, pero cada cultura tiene algo que enseñar acerca de una u otra dimensión de aquella compleja verdad. Por tanto la "diferencia", que algunos consideran tan amenazadora, puede llegar a ser, mediante un diálogo respetuoso, la fuente de una comprensión más profunda del misterio de la existencia humana. (…)
La libertad es la medida de la dignidad y de la grandeza del hombre. Vivir la libertad que los individuos y los pueblos buscan es un gran desafío para el crecimiento espiritual del hombre y para la vitalidad moral de las naciones.


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JMI.- Vea mi aclaración al anterior comentario de ronald. 24/09/10 6:32 PM

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Pedro

ENCUENTRO CON LOS MIEMBROS DE LA ASAMBLEA GENERAL
DE LAS NACIONES UNIDAS
DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
Nueva York
Viernes 18 de abril de 2008

Mi presencia en esta Asamblea es una muestra de estima por las Naciones Unidas y es considerada como expresión de la esperanza en que la Organización sirva cada vez más como signo de unidad entre los Estados y como instrumento al servicio de toda la familia humana. (…)
Precisamente por eso la Iglesia se alegra de estar asociada con la actividad de esta ilustre Organización, a la cual está confiada la responsabilidad de promover la paz y la buena voluntad en todo el mundo. Queridos amigos, os doy las gracias por la oportunidad de dirigirme hoy a vosotros y prometo la ayuda de mis oraciones para el desarrollo de vuestra noble tarea.


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JMI.- Vea mi aclaración al anterior comentario de ronald. 24/09/10 6:40 PM

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Emiliana

Ronald, lo importante aquí es saber que en todo esto de los derechos humanos, hay muchas ambiguedades y manipulaciones, lo que el padre dice a mi entender sobre la posición de la iglesia con respecto a esto es: Es verdad que también la Iglesia fundamenta la ética política en «los derechos del hombre», pero los entiende según la ley natural dada por la autoridad creadora de Dios.

No sé si este muy largo pero quiero pegar un comentario de Martin E. en el blog del padre Tevijano, con relación al tema que yo guardé por que me pareció muy interesante.

Comentario de Martin Ellingham
Pbro. Trevijano:

Dice usted:

"...que si los padres quieren clase de Religión Católica o de otra confesión religiosa e incluso de ateísmo, el deber del Estado es hacerlo posible, con el único límite de exclusión de aquellas enseñanzas que violan los derechos humanos..."

Imposible coincidir con la totalidad de lo que Ud. dice.

- En primer lugar, porque por encima de la declaración de la ONU -que es fruto de una concepción inaceptable de los derechos subjetivos- está el Derecho Natural y Divino.

- En segundo lugar, porque el Estado está al servicio del bien común; y no de la satisfacción de cualquier capricho de sus ciudadanos. ¿Acaso si unos padres quieren educación para la práctica del satanismo o la brujería el Estado ha de dárselas?

Sería largo enumerar aquí todos los aspectos inaceptables de la concepción de la ONU sobre los derechos humanos, en contraste con la doctrina del derecho natural y cristiano. Sólo una enumeración incompleta:

1) El fundamento de esos derechos no es ninguna realidad objetiva y trascendente a la inmanencia del sujeto. Ni se reconoce una dignidad humana objetiva, ni se funda el derecho natural en último término en Dios, autor de la naturaleza humana.

2) Los "derechos humanos" suelen implicar el olvido de los derechos de Dios.

3) La concepción antropológica es individualista. Los "derechos humanos" no tienen delimitación adecuada y pareciera que puede ejercitarlos contra el bien de la comunidad.

4) Los "derechos humanos"

En la ideología de los “derechos humanos”:

1. No se reconocen los derechos de Dios.
2. Los derechos de la persona tienen un fundamento subjetivo, cultural, histórico. No un fundamento real y objetivo: Dios (autor de la naturaleza humana) y la naturaleza humana (con sus exigencias de perfección personal y social).
3. El ser humano, titular de los derechos, se concibe de modo individualista. Es un ser aislado, egoísta, insolidario, sin vinculación obligante respecto de Dios, la familia, la comunidad, la patria.
4. Se olvidan los deberes del hombre y no se los armoniza con sus derechos.
5. La libertad es concebida como bien absoluto, sin relación con la verdad y el bien. Que cada uno haga lo que se le antoje, bajo la única condición de que no interferir con los demás individuos. El ser humano vive en una suerte de burbuja de autonomía individual, intangible, en virtud de la cual no se puede interferir con sus proyectos de vida, por más nocivos que sean.
6. El bien común político no es límite de los derechos personales. La libertad puede ser usada en contra el bien de la comunidad.
7. Reconocimiento de derechos exóticos. Se produce una “inflación de derechos”, por la que éstos se multiplican al infinito; aparecen verdaderas aberraciones, como el “derecho al aborto”, el “derecho al matrimonio” entre personas del mismo sexo; los “derechos de los animales”; etc.

La expresión “derechos humanos” funciona como las palabras talismanes: nadie sabe bien qué significan, pero están cargadas de un prestigio cuasi-mágico, que impide el discernimiento crítico de sus contenidos conceptuales y sus referencias reales.

Padre usted dirá...
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JMI.- Observaciones precisas. 24/09/10 6:45 PM

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ronald

Padre Iraburu, la confusión, la ambigüedad nos ha traído esto. Ya lo dijo San Pío X al denunciar que el modernismo era la peor de las herejías por mezclar el bien con el mal; el error con la verdad. Es como lo que me hace mi párroco... me da Imitación de Cristo y junto con este libro no bueno, buenísimo, me da uno de balthasar... el que dice que el infierno está vacío... 25/09/10 12:45 AM

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José María Iraburu

Son varios ya los comentarios muy negativos hacia Pablo VI y la Santa Sede en relación a la ONU. No me parecen bien, porque la tendencia es siempre condenatoria, nunca busca excusas o atenuantes o interpretaciones justificantes.

1.- El saludo de Benedicto XVI, p.ej., en 2008, elogia "los ideales" de la ONU por supuesto "en aquello que son bueno y noble", y silencia tantos otros aspectos negativos, sobre todo en la práctica diaria de las actividades de la ONU, que él conoce mejor que nosotros, y procede así por cortesía, por tender una mano. La interpretación de un texto, para ser honrada, ha de tener en cuenta el "género literario", en este caso cortés y laudatorio, las circunstancias, etc. Si plantan sin más ese texto, parecería que Benedicto XVI está perfectamente conforme con la ONU y la admira. Eso es falso. Sabemos perfectamente que no es así.

2.- El Papa y la Santa Sede no son tontos, ni están desinformados: son perfectamente conscientes de que la ONU promueve muchas cosas malas, de las cuales bastantes no salen adelante o se demoran por la resistencia muy fuerte que la Santa Sede les hace, a veces sola, a veces acompañada, según de qué se trate, por países islámicos y por alguna nación cristiana.

3.- El Papa y la Santa Sede son en todo el mundo y conjunto de naciones los principales antagonistas de la ONU. Y eso lo sabe la ONU perfectamente, y también lo saben muy bien el Papa y la Santa Sede. Y también lo saben los comentaristas aludidos, aunque proceden como si no lo supieran.

4.- El Papa y la Santa Sede son perfectamente conscientes de que abusos y agresiones terribles contra la Iglesia Católica (en Pakistán, en China, en Arabia Saudita, etc.) son tolerados por la ONU tranquilamente, o condenados con unas palabritas suaves, sin consecuencia alguna. Mientras que la ONU en otras cuestiones se muestra incomparablemente más amenazante, combativa y condenatoria.

5.- Les ruego, pues, que moderen sus comentarios. Yo hago una crítica concreta al servicio de la verdad y del bien de la Iglesia, y hay comentarios que la elevan al cubo, añadiéndole agresividad, condenación y palabras duras. No lo digo sólo por este post, sino por tantos otros. Sólo en los casos peores suprimo les comentarios. Pero siempre que puedo los dejo. El ideal es que los propios comentaristas se moderen, y no se pasen tres pueblos en los comentarios de lo que yo digo con todo cuidado, discreción y medida. Al menos así lo intento.

Gracias.

25/09/10 10:27 AM

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ronald

¿Puede demostrar lo qué dice? Me pedía que diera citas para corroborar ciertas frases. Demuestre usted que están perfectamente conscientes o que saben perfectamente que es la ONU. Lo que SÍ está demostrado, por desgracia, es todo lo contrario que dice usted.
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JMI.- Puedo demostrarlo, sí; pero no pienso hacerlo.
Tranquilícese. 25/09/10 12:14 PM

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Dr. Sonnel

Y es que algunos ante el pésimo compartamiento de la ONU piensan que los papas yerran cuando recomiendan una autoridad mundial que pueda intervenir para detener guerras y otras calamidades. Salvado el principio de subsidiariedad (como siempre lo hace la Iglesia) lo que se recomienda en estos documentos es más que correcto. Distinto es que en su encarnación actual se haya corrompido casi todo lo que de bueno pueda tener la ONU...
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JMI.- Ya habrá observado con qué facilidad en los últimos tiempos tanto los progresaurios como los más integristas se atreven a pensar y a decir que "los Papas yerran" en tal y cual cuestión. Es muy lamentable.

Si usted lee el largo desarrollo del Bto. Juan XXIII sobre una única Autoridad mundial (Pacem in terris 130-145), reconocerá sin problema que en principio, doctrinalmente, da una argumentación plenamente convincente: conviene una Autoridad suprema que procure el bien común del conjunto de todas las naciones, como en cada nación es necesaria una Autoridad que busque el bien común de la misma. Antiguamente los pueblos vivían mucho más aislados, y aquella necesidad se experimentaba mucho menos que hoy.

Pero otra cosa es que, tal como va el mundo, en la práctica, prácticamente, sea deseable que se constituya esa Autoridad mundial, cuando hay razones fuertes para pensar que muy probablemente serviría para una más rápida y eficaz corrupción de las naciones. Sería una preparación próxima para el Anticristo. 26/09/10 7:32 PM

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Asclepio

Monseñor Schooyans, representante del Vaticano ante Naciones Unidas dice claramente, «bajo el disfraz de responsabilidad compartida, invita a los Estados a limitar su soberanía».

Este importante comentario de la santa Iglesia Católica, se puede leer completo en Google :

http://www.conoze.com/doc.php?doc=1281

Saludos. 26/09/10 10:37 PM

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(108) Católicos y política –XIII. doctrina de la Iglesia. 11

29.09.10 A las 11:09 AM, por José María Iraburu

–Hoy es la fiesta litúrgica del arcángel San Miguel.
Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén (Oración a San Miguel, compuesta por León XIII en 1888, que había de recitarse al final de las Misas –y se rezó durante más de un siglo y medio– para proteger a la Iglesia de los ataques del Maligno). No nos vendría hoy mal.

Continúo con el mismo tema del artículo anterior.

La persecución contra Cristo y su Iglesia arrecia fuertemente en los últimos años. Es un hecho cierto que en el Occidente antes cristiano «se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías: “rompamos sus ataduras, sacudamos su yugo”» (Sal 2,2). No es casualidad que ciertas leyes pésimas, con pocos años de diferencia, copiadas unas de otras, se vayan aplicando en las diversas naciones, siguiendo incluso un orden semejante.

Se alían los poderosos de la tierra –ONU, Unión Europea, organismos mundiales, Bancos, Fundaciones internacionales, como Rockefeller, Soros, Gates, MacArthur, Ted Turner, grandes firmas también internacionales, como Kodak, American Airlines, Apple, Toyota, Playboy, CNN, Sony, cadenas de prensa, universidades–, y forman un Gobierno mundial que va imponiendo sus normas a los Gobiernos nacionales, limitando cada vez más su soberanía propia. A través de presiones diplomáticas, económicas y mediáticas, premia con ayudas generosas a quienes le obedecen, al mismo tiempo que condena y castiga a los Gobiernos que le resisten; y son muy pocos los que se atreven. Es indudable que esos «dominadores del mundo», como a veces lo han dicho ellos mismos, pretenden llegar a un Nuevo Orden Mundial, con una Autoridad suprema controlada por ellos. Y el que no cree que esto sea verdad, sino que piensa que se trata de conspiraciones inexistentes, o es tonto o está engañado por el diablo, padre de la mentira.

Las políticas anti-Cristo logran implacablemente nuevas conquistas en los últimos decenios. Y son tantos en la Iglesia los pastores y laicos que parecen no enterarse o no querer enterarse… Cuando tan poco hablan de ello, será que no se han enterado, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Recordaré, pues, sin mucha precisión, un conjunto de datos significativos. Adviértase en ellos que el diablo y los suyos atacan juntamente a la naturaleza y a la gracia, a la Creación y a la Redención; son contra-natura y anti-Cristo. El diablo, socavando el orden natural, estropea más fácilmente el mundo de la gracia. El sabe, por ejemplo, que la degradación de la razón favorece mucho la perversión de la fe:

La destrucción de la familia, después del ateismo teórico o práctico, es quizá el peor de sus objetivos: divorcio rápido, anticoncepción y aborto, incluso en adolescentes, igualdad de unión homosexual y matrimonio, ideología del género, desprecio de «la familia tradicional»… En el Reino Unido la BBC prohibe hablar de «padre y madre» en sus programas, y el Ministerio inglés de instrucción aconseja lo mismo en la escuela pública para evitar la discriminación de ciertos niños. También en las cartillas familiares de España se sustituyen los nombres provocativos «padre y madre» por los más discretos «progenitor A» y «progenitor B».

Homosexualidad. Amenaza de multa, despido o cárcel a cualquiera que públicamente ponga en duda la naturalidad de la homosexualidad, sea juez o sacerdote, maestro o periodista. Cierre de Fundaciones benéficas dedicadas a la adopción, si no entregan niños a parejas homosexuales. El presidente Barak Obama establece en Estados Unidos el «mes del orgullo lésbico, gay, bisexual y transgénero»: «hay que seguir avanzando paso a paso, ley por ley, cambiando cada conciencia». Nombra a Kevin Jennings, un gay activista radical, como promotor en las escuelas públicas de clubs homosexuales (GSLEN). A esta «cruzada» pro-gay, encabezada por la Human Rights Campaign, se unen poderosas Fundaciones y empresas internacionales. Sony promueve el MTV Gay Channel. El Parlamento Europeo condena una ley de Lituania que prohibe promover las relaciones homosexuales entre menores de 18 años.

Aborto. Recién constituido presidente, en 2009, Obama levanta la prohibición de financiar organizaciones que promueven el aborto. Y con su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, elige los «derechos reproductivos», que incluyen el aborto, como una de las prioridades de su gobierno. En ese año publica la UNESCO, con UNICEF, OMS y el Fondo de Población de la ONU, unas «Directrices Internacionales para la Educación Sexual», mentalizando ya a los niños desde los cinco años en la ideología del género y en la normalidad de la homosexualidad. Manuales difundidos por distintos Estados siguen la misma orientación, incitando y adiestrando a niños y adolescentes para la masturbación y la fornicación hetero u homosexual. El presidente Obama, poco después de su elección, recibe el Premio Nobel de la Paz (!).

Igualdad de géneros, de religiones, de todo. La Comisión europea de los derechos humanos –quizá la peor de la Unión Europea– exige al Gobierno de Grecia que elimine la prohibición, formulada en ley del año 1045, de que las mujeres visiten el monte Athos, porque viola la igualdad de géneros y la libre circulación de los ciudadanos. Recrimina agriamente a los países de Europa que privilegian una religión –Dinamarca, Finlandia, Grecia, Italia, España, Suecia y Reino Unido–, exigiéndoles la derogación de tales estatutos. Con relativa frecuencia, textos oficiales de la ONU, de la Unión Europea y de grandes organismos internacionales dan como un hecho que las religiones monoteístas son causas de extremismos y de guerras. Sólamente la religión de los derechos humanos puede promover en el mundo la unidad y la paz, creando un Nuevo Orden Mundial.

Es un continuo noticiario anti-Cristo y contra natura, que va aumentando en atrevimiento y efectividad. Van muy deprisa y no es fácil prever hasta dónde llegarán sin tardar mucho. ¿Podrán los misioneros, párrocos y misioneros predicar el Evangelio? ¿Se permitirá a los padres educar a sus hijos en sus criterios, si son contrarios a los «derechos» de anticoncepción, aborto y vida gay? ¿Exigirán que la Biblia sólamente se edite expurgada de sus errores contra los «derechos humanos»? ¿Eliminarán la clausura monástica invocando el derecho al libre desplazamiento?…

El Gobierno mundial anti-Cristo ataca principalmente a la Iglesia Católica. Apenas muestra hostilidad hacia el protestantismo: ve, por ejemplo, en el Reino Unido como perfectamente normal que la Reina sea «cabeza» de la «Iglesia» anglicana, y que la Cámara de los Lores esté integrada por Lores temporales y por Lores espirituales, 26 Obispos –lo que de ningún modo toleraría en un país católico–. Tampoco ataca de frente a las leyes de las naciones islámicas, lo que no deja de ser una prudente medida. Centra en cambio sus denuncias y agresiones contra la Iglesia católica, sabiendo que es su principal y casi única antagonista. Las campañas mediáticas para desprestigiar a la Iglesia, al Papa, a todo lo que sea católico, son incesantes. El mismo diario New York Times, por ejemplo, que en 2009 da como noticia que un cuarto de siglo antes un sacerdote franciscano tuvo una relación consensuada con una mujer de la que nació un hijo (16-X-2009) –cosa que jamás hace con ministros de otras religiones–, se niega a publicar una nota del Arzobispo de Nueva York, que se ve reducido a publicarla en su blog personal.

La ética mundial de los derechos humanos pretente sustituir la religión cristiana, y en sus combates culturales y políticos los anti-Cristo centran su lucha contra la Iglesia Católica. Es bien comprensible, por la gran internacional de la Iglesia Católica y por la unidad firme de sus doctrinas. Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia reúnen en un libro un buen número de datos que fundamentan la afirmación anterior:

Los organismos internacionales más importantes han producido una «sacralización de los derechos humanos», entendidos sin Dios, han formado «una especie de pensamiento único ante el cual deberían desaparecer todas las demás formas culturales, incluidas las religiones tradicionales. Las religiones son en realidad las formas culturales e institucionales más demonizadas por los organismos internacionales, porque son consideradas como enemigas del pensamiento único de los derechos. En particular, la Iglesia católica es considerada enemiga principal, ya que es una de las instituciones que con mayor claridad se rebela contra “la religión de los derechos”, y la más importante por su gran prestigio internacional. Es una ética [la de los derechos humanos] que tiende a configurarse como una religión que comprende y supera a todas las demás, y que debería garantizar el progreso universal y la convivencia pacífica de cualquier forma de diversidad. La imposición de esta utopía a los países del Tercer Mundo parece constituir el objetivo principal de la actividad de muchas organizaciones internacionales, y condiciona ayudas financieras y relaciones diplomáticas» (Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008, extractos 11-14).

Marcello Pera, ex presidente del Senado de Italia, defendiendo de una campaña mundial denigratoria al Papa Benedicto XVI, advierte que en el fondo «la guerra del laicismo contra el cristianismo es total». Y añade que a esa batalla se unen algunos cristianos, «teólogos frustrados» y «cardenales en crisis de fe» (Corriere della Sera 24-III-2010). Lo que alcanza a ver Pera, intelectual y político no católico, no lo ven o no lo quieren ver tantos católicos…

Los verdaderos políticos cristianos han de saber que la neutralidad es hoy imposible en la vida política, como no sea haciéndose cómplices del mal. «El que no está conmigo está contra mí» (Lc 11,23). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Sólo hay dos alternativas: o la Ciudad temporal se edifica sobre roca o sobre arena. O se siembra trigo con Cristo en el campo del mundo o se siembra cizaña con el diablo. Hay dos bloques enfrentados, y el mundo diabólico –«no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14)–, y el mundo cristiano –«venga a nosotros tu Reino»–, no van a llegar jamás a un acuerdo de paz. Como dice el Vaticano II, la batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas se da «a través de toda la historia humana» (GS 13b; cf. 37b). Son «las dos banderas» enfrentadas de San Ignacio de Loyola: el diablo jefe «hace llamamiento de innumerables demonios y los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular» (Ejercicios espirituales 141). Y lo mismo hace el Señor con el ejército de los buenos (145). Ya traté de este tema en un artículo anterior (19).

La batalla se da simultáneamente en la política, en Universidades y centros educativos, en Editoriales y medios de comunicación, en prensa, televisión, internet, cine y radio, en el mundo de la educación, de la sanidad y del arte, de la moda y de la canción. Y los más peligrosos combatientes, sin duda, son los que están dentro de la Iglesia, “las «innumerables herejías y cismas» (39), patentes o encubiertos, que hay y perduran dentro de ella, colaborando con el Enemigo.

Es una guerra tan global y tan fuerte que no admite, especialmente para los políticos católicos, ninguna cautelosa actitud equidistante. Los partidos malminoristas de inspiración cristiana no tienen ante la Bestia liberal más fuerza que la de un gatito necesitado de afecto. El cristiano que aspire a un espacio político laico, pero no laicista, muestra una ingenuidad que no sólamente se aproxima a la estupidez más profunda, sino también quizá a la complicidad con el diablo. Rocella y Scaraffia narran una anécdota muy elocuente:

El presidente Bush, tras el período duramente abortista de Clinton, deniega ayuda financiera de los Estados Unidos a las organizaciones proabortistas, volviendo a una política ya dictada por Regan. De este modo entidades muy importantes, como la UNFPA (agencia de la ONU para la población) o la IPPF (federación internacional de planificación familiar), quedan bruscamente desfinanciadas. Pero inmediatamente interviene la Comisión correspondiente de la Unión Europea, acordando suplir este vacío con 32 millones de euros para UNFPA y 10 para IPPF. «La decisión de suplir con fondos europeos la fallida financiación estadouniense fue tomada por la Comisión presidida por el católico Romano Prodi, sin objeciones públicas del presidente» (ob. cit. 100). Este político, que fue primer ministro de Italia y presidente de la Comisión Europea, declaraba modestamente al diario la Repubblica: «con el pudor que es necesario en los asuntos religiosos, no he escondido nunca que soy católico y nunca me he sentido perseguido» (1-XI-2004).

Ésa es la verdad. Los católicos liberales no sólamente no son perseguidos por las fuerzas políticas anti-Cristo, sino que son especialmente estimados y promovidos por esos poderes malignos, pues saben bien que son sus principales colaboradores en la descristianización del mundo. Por el contrario, un político católico como el intelectual Rocco Butiglione, cuando va a ser nombrado Comisario europeo de Seguridad, Libertad y Justicia, es vetado por el Parlamente Europeo al publicarse unas declaraciones suyas favorables al matrimonio y la familia, y contrarias a la naturalidad de la homosexualidad.

La batalla entre la Iglesia y el humanismo liberal es un combate contra el diablo, «contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12). Lo sabemos porque Cristo lo reveló claramente en el Evangelio, y también nos enseñó a discernir las señales de la presencia y de la acción del diablo. Por eso aquellos católicos, concretamente pastores y políticos, que ignoran esa realidad y sus señales, no entienden nada de lo que pasa hoy en el mundo, y lógicamente no pueden dar ningún combate eficaz contra un enemigo que ignoran. No lograrán ninguna victoria para el Reino de Cristo, pues ni siquiera entablan «los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12).

El Beato Cardenal Newman, a fines del siglo XIX, veía ya con toda claridad el designio del diablo para «sustituir o bloquear la religión» mediante un humanismo naturalista: «nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito [contra el cristianismo]. Y ya ha respondido a las expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de probados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante» (disc. al recibir el capello cardenalicio 12-V-1879). Pero cuántos hoy en la Iglesia, pastores y fieles, teólogos y políticos católicos, no alcanzan a ver lo que el Beato Newman veía hace más de un siglo, cuando las fuerzas del Enemigo eran mucho menores que ahora.

En los últimos tiempos son los Papas quienes denuncian que es el diablo quien dirige los ataques contra la Iglesia en la vida social y política, en el mundo de la cultura y de la religión. En todos los siglos el diablo ha combatido contra la humanidad, queriendo perderla; pero sobre todo desde hace un siglo los Papas, con muy escasos apoyos en los decenios recientes, han atribuido el «lado oscuro» de nuestro tiempo al influjo diabólico.

San Pío X, 1903: «es de temer que esta perversión de los ánimos sea una especie de antelación de los males que son previstos para el fin de los tiempos, y que ya habite en este mundo el “hijo de la perdición” de quien habla el Apóstol (2Tes 2,2). Con suma osadía, con gran furor, es atacada en todo lugar la piedad religiosa, son negados los dogmas de la fe revelada, se intenta obstinadamente suprimir y eliminar toda relación entre el hombre y Dios» (enc. Supremi apostolatus cathedra 5).

Pío XI, 1937: «por primera vez en la historia, asistimos a una lucha fríamente calculada y arteramente preparada por el hombre “contra todo lo que es divino” (2Tes 2,4)» (enc. Divini Redemptoris 22).

Pío XII, 1950: «este espíritu del mal pretende separar al hombre de Cristo, el verdadero, el único Salvador, para arrojarlo a la corriente del ateísmo y del materialismo» (radiom. Nous vous adressons).

El papa Pablo VI, que reconocía «el humo de Satanás» introducido dentro de la misma Iglesia (29-VI-1972), veía también la acción diabólica en el mundo actual. «¿Existen señales de la presencia de la acción diabólica, y cuáles son? Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde; donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-XI-1972)… Es indudable que actualmente se dan estas señales de la acción del diablo.

Juan Pablo II, 1985, en su Carta a los jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, decía: « Conviene mostrar constantemente las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad, como Cristo las mostró en su misterio pascual de Cruz y Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Maligno. La táctica que él usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por él desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre clases y naciones» (31-III-1985).

¿Qué hemos de hacer? Primero de todo: creer que sólo Cristo Rey puede dar a las naciones del mundo amor y justicia, unidad y paz. Pero este tema, ¿Qué hemos de hacer?, lo dejo para la próxima serie de artículos.

José María Iraburu, sacerdote

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Según nos refiere el Papa:

" Las visiones místicas de Hildegarda son ricas en contenidos teológicos. Hacen referencia a los principales acontecimientos de la historia de la salvación, y usan un lenguaje principalmente poético y simbólico. Por ejemplo, en su obra más famosa, titulada Scivias, es decir, «Conoce los caminos», resume en treinta y cinco visiones los acontecimientos de la historia de la salvación, desde la creación del mundo hasta el fin de los tiempos".

( AUDIENCIA GENERAL DE BENEDICTO XVI Santa Hildegarda de Bingen. Ciudad del Vaticano.
Palacio Apostólico Vaticano
Sala Pablo VI

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JMI.- Ricardo de la Cierva dedica unas págs. a los Protocolos de los Sabios de Sión en "La Masonería invisible" (28-31): "además de un plagio y una falsedad, los Protocolos no tienen pies ni cabeza". 29/09/10 12:48 PM

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(109) Católicos y política –XIV. ¿Qué debemos hacer?. 1

5.10.10 por José María Iraburu

–Perdone, pero ¿no será una ingenua pretensión enseñar qué debemos hacer los cristianos hoy en la política?
–El tema, ciertamente, es muy complejo y difícil; pero yo intentaré exponerlo, con el favor de Dios y confiando en las oraciones de los lectores.

Creo que hasta aquí he podido exponer el tema Católicos y política con un cierto orden; pero el tema que ahora comienzo no lo va a permitir. En muchas cuestiones habré de pasar de la seguridad doctrinal a la opinión probable. Por otra parte, son innumerables las diversas acciones políticas que al servicio del bien común han de ser realizadas por unos y por otros católicos, según vocaciones y circunstancias.

–La necesidad de una Autoridad mundial que procure la paz y la colaboración entre los pueblos ha sido sugeridad en varias ocasiones por los últimos Papas. El desarrollo más amplio del tema lo hizo, según creo, Juan XXIII al iniciarse el Concilio (11-X-1962), en la encíclica Pacem in terris (11-IV-1963, 130-145), meses antes de morir (3-VI-1963).

La argumentación en favor de una Autoridad única mundial es perfecta. La ciencia y la técnica han acrecentado sobremanera la interdependencia de las naciones en la economía, la cultura, la paz y en todos los aspectos (130). Ningún país puede hoy desarrollarse en forma autónoma (131). Las relaciones que había entre las naciones antiguamente hoy en modo alguno son suficientes (133-135). «Toda la familia humana», participando de una misma naturaleza (132), necesita una mayor unidad. Y así como «el orden moral exige una autoridad pública para promover el bien común en una sociedad civil» (136), de modo semejante «hoy el bien común de todos los pueblos plantea problemas que afectan a todas las naciones, y como semejantes problemas sólamente puede afrontarlos una autoridad pública cuyo poder, estructura y medios sean suficientemente amplios y cuyo radio de acción tenga un alcance mundial, resulta, en consecuencia que, por imposición del mismo orden moral, es preciso constituir una autoridad pública general» (137).

Un Gobierno mundial habría de ser establecido por un acuerdo general (138). Y deberá proteger los derechos de la persona humana (139), respetando siempre el principio de subsidiariedad (140-141). Termina el Papa aludiendo a la ONU (1945) y a la Declaración de los derechos del hombre (1948). Aunque ciertas cuestiones «han suscitado algunas objeciones fundadas», deben «considerarse un primer paso introductorio para el establecimiento de una constitución jurídica y política de todos los pueblos del mundo» (144). «Ojalá llegue pronto el tiempo en que esta Organización pueda garantizar con eficacia los derechos del hombre» (145).

Una autoridad política mundial hoy no seria posible ni conveniente. La enseñanza de Juan XXIII, reiterada posteriormente –como en el Vaticano II, al tratar de la paz y de la evitación de guerras (1965, GS 82)–, en principio tiene un valor doctrinal indiscutible; pero en la práctica, su aplicación no es hoy posible ni conveniente.

No es posible lograr ese «acuerdo general» de las naciones. Las grandes dificultades habidas para lograr una Constitución sólamente para Europa nos ayudan a imaginar las que habría para dar una Constitución única para todas las naciones. Ni si quiera en cuestiones que son obvias y al mismo tiempo de la más extrema gravedad, como la legislación sobre el aborto, puede esperarse un acuerdo mínimo. No es, pues, posible lograr una Constitución universal..

Y tampoco es conveniente ese Gobierno mundial. Si esa Autoridad suprema se estableciera, tendría que fundarse en uno de estos principios: 1º.–bajo la realeza de Cristo, 2º.–bajo el imperio universal del derecho natural, el ius gentium, o 3.–o bien bajo los ideales naturalistas, relativistas y liberales, de corte masónico, hoy vigentes en los Estados más poderosos del mundo y en los principales organismos internacionales. Si las organizaciones mundiales ya aludidas hubieran de llevar la iniciativa en la constitución de esa Autoridad mundial, ésta serviría muy probablemente para una más rápida corrupción de las naciones. Vendría a ser, pues, una preparación próxima para el Anticristo.

Sólo Cristo Rey, «verdad, camino y vida», puede regir sin violencia a todas las naciones de la tierra (Jn 14,6), sólo Él puede enseñar y establecer una verdad universal, perfectamente conforme con la naturaleza humana y con el plan de Dios creador y conservador del hombre. Sólo Él puede establecer unas normas de vida social que, con la ayuda de la gracia, sean aceptables sin violencia por todos los hombres, pueblos y culturas. Ése vino a ser el mensaje central del discurso de Benedicto XVI a la ONU (18-IV-2010). Ninguna otra Ley, que no sea la de Cristo, tiene la plenitud de verdad necesaria que la haga válida para todas las naciones y civilizaciones.

Por eso solamente Cristo es el Señor y el «Salvador del mundo»: de los hombres y de las naciones (1Jn 4,14; cf. Jn 3,17). En ningún otro Nombre hay salvación (Hch 4,12). Y por otra parte, el destino cierto e incambiable de la humanidad es precisamente congregarse bajo su cayado: «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). «A su luz caminarán las naciones» (Apoc 21,24). «Todas las naciones vendrán a postrarse en su presencia» (15,4).

El Magisterio apostólico ha mantenido siempre en alto las esperanzas históricas de la Iglesia. Lo vimos ya en otros artículos anteriores (19), (20) y (21). Pero a los textos entonces aducidos, añadiré aquí algunos otros.

León XIII (1902, enc. Annum ingressi) describe con toda precisión la persecución del mundo que hoy sufre la Iglesia, y las terribles consecuencias que esa agresión a Cristo tiene en las sociedades (3-15). Muestra los previsibles fracasos de todos los remedios políticos intentados sin-Cristo o contra-Cristo (16-18). Señala a la masonería como el principal de los influjos maléficos (26; cf. 1884, enc. Humanum genus). Y de ese diagnóstico verdadero, deduce el Papa la medicina realmente sanante: la salvación temporal y eterna de las naciones está sólo en Cristo y en su Iglesia.

El mundo que «se ha substraído a la vivificante eficiencia del cristianismo» se ha hundido por la apostasía en males innumerables, y «debe retornar al seno del cristianismo si quiere el bienestar, la paz, la salud. Si [la Iglesia] transformó los pueblos paganos, haciéndoles pasar de la muerte a la vida, sabrá igualmente, después de los terribles ataques de la incredulidad, establecer de nuevo el orden en los Estados y en los pueblos actuales» (19). Esa misma doctrina es ampliamente expuesta y demostrada por Pío XI (enc. Ubi arcano 1922; Quas primas 1928) y por Pío XII (enc. Summi Pontificatus 1939).

Juan Pablo II sigue proclamando a Cristo Rey ante los Estados del mundo. «El reto del siglo XXI consistirá en humanizar la sociedad y sus instituciones mediante el Evangelio, y dar nuevamente a la familia, a las ciudades y pueblos un alma digna del hombre creado a imagen de Dios» (Disc. al Pont. Consejo para la Cultura 10-I-1992). Y en una Homilía en la fiesta de la Presentación del Señor:

«Cristo es rey en cuanto revelador de la verdad que trajo del cielo a la tierra, y que confió a los Apóstoles y a la Iglesia para que la difundieran por el mundo a lo largo de toda la historia». Esta misión ha de ser cumplida de un modo por los Pastores, y de otro por los laicos. Pero está claro que «el orden temporal no se puede considerar un sistema cerrado en sí mismo [el Estado laico]. Esa concepción inmanentista y mundana, insostenible desde el punto de vista filosófico, es inadmisible en el cristianismo, que conoce a través de San Pablo el orden y la finalidad de la creación, como telón de fondo de la misma vida de la Iglesia: “todo es vuestro”, escribía el Apóstol para poner de relieve la nueva dignidad y el nuevo poder del cristiano. Pero añadía seguidamente: “vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios”. Se puede parafrasear este texto, sin traicionarlo, diciendo que el destino del universo entero está vinculado a esa pertenencia» a Dios y a Cristo.

«Esta visión del mundo a partir de la realeza de Cristo participada a la Iglesia constituye el fundamento de una auténtica teología del laicado sobre el compromiso cristiano de los laicos en el orden temporal». Y cita el Papa la doctrina del Concilio: «“coordinen, pues, los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas” (LG 36; cf. Catecismo 909)… Es un programa de iluminación y animación del mundo que se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, como lo atestigua, por ejemplo, la Carta a Diogneto» (9-II-1994).

Es, pues, misión de la Iglesia cristianizar personas, familias, comunidades y naciones, difundiendo así la luz vivificante del Evangelio de Cristo en círculos concéntricos cada vez más amplios. «Id, enseñad a todas las naciones a observar todo cuando yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo» (Mt 28,19-20). La conversión comienza en las –personas individuales, se expande en las –familias, como en Zaqueo: «hoy ha venido la salvación a tu casa» (Lc 19,9), o en aquel carcelero de San Pablo (Hch 16,30-34); las familias unidas forman –comunidades cristianas, y cuando éstas se multiplican, obrando como fermento de la sociedad total, surgen en forma suave y providencial las –naciones cristianas. Cuando Dios quiere y como Dios quiere. Cuando Dios quiera: estamos dispuestos a esperar tres siglos, lo que la Providencia divina disponga. La prisa es pecado.

Juan Pablo II recuerda que así fue como las primeros cristianos, después de tres siglos de persecuciones, sin tener participación alguna en la autoridad política, llegaron a dar forma a las naciones cristianas del Imperio romano. Ellos –también mientras duraba el tiempo de la persecución– estaban ciertísimos de que «Cristo es el Señor, el Rey de las naciones», y de que «es preciso que Él reine, y el universo entero le sea sometido» (1Cor 15,25). Esta convicción se expresa, por ejemplo, en las terminaciones habituales de las Actas de los mártires: «Fue martirizado el siervo de Dios… bajo el imperio de Diocleciano, siendo presidente Probo, reinando nuestro Señor Jesucristo, a quien es la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Martirio de San Ireneo).

Las Actas de los mártires no eran notas fúnebres necrológicas, sino alegres partes de victoria. Reconociendo aquellos cristianos primeros la realeza universal de Cristo, consideraban que el mundo estaba temporalmente «robado» a Dios por el Imperio romano y puesto así bajo el influjo del Maligno. Y no estaban dispuestos a colaborar con los «ladrones», ni éstos, a diferencia de ahora, lo permitían. Por el contrario, aquellos cristianos, perseverando en la súplica, «venga a nosotros tu Reino», estaban absolutamente ciertos de que ese Reino de Cristo llegaría. Y llegó en el milenio de la Cristiandad, en toda su grandeza y con las miserias propias de este valle de lágrimas. «El que pide recibe» (Jn 16,23-24).

Cristo pretende la conversión de los «pecadores» y de las «naciones». Benedicto XVI señala que cierta reducción del cristianismo es propio del individualismo de la teología liberal. Pero no fue ésa la intención de Cristo. Cuando el Señor envía a los Apóstoles a las naciones, los manda para que les enseñen a vivir según sus pensamientos y caminos evangélicos:

«Aunque su predicación es siempre una exhortación a la conversión personal, en realidad él tiende continuamente a la constitución del pueblo de Dios, que ha venido a reunir, purificar y salvar. Por eso, resulta unilateral y carente de fundamento la interpretación individualista, propuesta por la teología liberal, del anuncio que Cristo hace del Reino. En el año 1900, el gran teólogo liberal Adolf von Harnack la resume así en sus lecciones sobre La esencia del cristianismo: “El reino de Dios viene, porque viene a cada uno de los hombres, tiene acceso a su alma, y ellos lo acogen. Ciertamente, el reino de Dios es el señorío de Dios, pero es el señorío del Dios santo en cada corazón” (Tercera lección, p. 100ss). En realidad, este individualismo de la teología liberal es una acentuación típicamente moderna: desde la perspectiva de la tradición bíblica y en el horizonte del judaísmo, en el que se sitúa la obra de Jesús aunque con toda su novedad, resulta evidente que toda la misión del Hijo encarnado tiene una finalidad comunitaria: él ha venido precisamente para unir a la humanidad dispersa, ha venido para congregar, para unir al pueblo de Dios» (15-III-2006).

¿Qué debemos, pues, los católicos hacer en política? Lo primero de todo: creer que sólo en Cristo puede lograrse el bien temporal y eterno de los pueblos, y que las naciones se salvan en la medida en que reciben el espíritu de Cristo Rey y el auxilio de su gracia. Los políticos católicos que no tienen bien firme esta fe, los que no tienen esperanza alguna de que, ni siquiera a largo plazo, ha de reinar Cristo sobre las naciones, se conforman inevitablemente con hacerse colaboradores de aquellos que se alían contra la naturaleza y contra Cristo. Harían mejor en dedicarse a otras profesiones honestas –como médicos, agricultores, zapateros, albañiles, administrativos–, porque si con ese espíritu persisten en su oficio, será sólo por su conveniencia egoísta o porque están engañados, y no podrán evitar hacerse cómplices de «los dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6,12).

La Iglesia comienza por formar «unas comunidades» minoritarias, pero siempre pretende llegar a formar, cuando y como Dios quiera, «un pueblo» santo, naciones cristianas. No se limita a suscitar la conversión de unos grupitos crónicamente reducidos, sumergidos en un mundo degradado y degradante. Cuando los cristianos, en una sociedad mayoritariamente pagana, no son más que un «pequeño rebaño», habrán de conformarse con su débil y vulnerable situación, sin temores ni ansiedades: «no temas, pequeño rebaño mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el Reino» (Lc 12,32). Pero aún en las épocas en que son pocos, deben aspirar siempre a ser un gran pueblo, han de pretender evangelizar las naciones y cristianizar los Estados, de tal modo que el granito de mostaza, llegue a «hacerse un árbol, y las aves del cielo vengan a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32).

Esta grandiosa transformación de los pueblos la ha conseguido realizar la Iglesia, a lo largo de su historia, en innumerables naciones. Y la ha hecho con la fuerza poderosa del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra. Por tanto, la misma historia de la Iglesia nos confirma que está de Dios que el «pusillus grex», con el favor de su gracia, venga a hacerse en las naciones cristianas «plebs sancta». En un Estado católico se celebra el domingo, se establece la monogamia, se evangelizan las leyes, costumbres e instituciones, se favorece la virtud en la sociedad y se combate el pecado, de tal modo que la vida cristiana no es posible solamente para algunas minorías heroicas y martiriales, sino que se hace asequible a las grandes masas populares. Este tema fue debatido en tiempos del Concilio, y sobre él dio grande luces el Cardenal Jean Daniélou (L’oraison problème politique, 1965; L’avenir de la religion, 1968; Christianisme de masse ou d’élite, 1968).

El relajamiento del celo apostólico y la extinción de la acción política cristiana van juntos, porque nacen de un mismo error, de una gran falsificación de la fe y de la esperanza.

Si los Misioneros, carentes de esperanza, aceptan que la Iglesia sea cada vez más pequeña en la humanidad, cesa en gran medida la acción evangelizadora. Juan Pablo II lamentaba que «el número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio casi se ha duplicado» (1987, enc. Redemptoris Mater 3).

Si los Pastores, carentes de esperanza, al frente de un rebaño pequeño y en buena parte disperso, se conforman con atender a este Resto mínimo, no intentan siquiera lógicamente la evangelización de la sociedad. Incluso, si están picados de modernismo, prefieren una pésima sociedad pluralista a cualquier otra forma de vida social y de Estado. Parecen ignorar lo que enseña el Concilio Vaticano II: «al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan “informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad” (Apostolicam actuositatem 13)» (Catecismo 2105).

Si los Políticos, carentes de esperanza, aceptan el Estado laico, es decir, laicista, jamás intentarán cumplir lo que el Vaticano II declara que es la misión de los laicos: «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal» (AA 2). En realidad, no creen que «hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (7). No aceptan que «a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Más aún: creen que todo eso es falso. En otras palabras: están convencidos de que un político católico no debe intentar una actividad política católica.

Y así llegamos a la enorme mentira: ¡¡estos Misioneros, Pastores y Políticos atribuyen su miserable actitud a las enseñanzas renovadoras del último Concilio!! Sin que nadie les abuchee ni les confunda.

Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

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Fray Eusebio de Lugo O.S.H. En conjunto, estoy de acuerdo con lo afirmado en el artículo, pero pregunto: ¿De qué manera concreta se puede lograr la cristianización de una sociedad, o de una nación? Muchos contestarán diciendo que el esfuerzo constante de muchos cristianos santos y bien formados acabará produciendo esa sociedad. Sin embargo, tanto la experiencia histórica, como la enseñanza constante de la Iglesia nos muestran que no es suficiente. La misma naturaleza humana exige una autoridad política que reconozca a Cristo como Rey de las naciones, que reconozca que el primer deber-derecho del individuo y de la sociedad está en ser lo más cristiano posible, y que lo plasme de manera práctica en sus leyes y constituciones.

Es la mismísima Providencia divina la que en un largo trabajo de maduración que ha durado siglos, ha logrado crear esa institución llamada monarquía tradicional cristiana, y que ha intervenido de manera directa para restablecerla cuando ésta estaba en peligro de desaparecer, (Caso de santa Juana de Arco, por ejemplo.)

Por último, nuestra sociedad actual es apóstata no sólo en el aspecto religioso, sino también en el político. La confesionalidad del Estado no ha desaparecido en modo alguno, simplemente ha cambiado de "dueño". Dónde antes se reconocía al Dios hecho hombre, se reconoce ahora al hombre que pretende hacerse Dios, y que un día acabará adorando a Lucifer, el ángel que quiso ser como Dios.

No cabe aquí neutralidad, o confesar políticamente a Cristo, o apostatar bajo el Anticristo, o alguno de sus precursores.
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JMI.- Si Dios quiere, sigo desarrolando este tema. Éste es el nº 1. 05/10/10 1:42 PM

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Benedicto XVI defiende la universalidad de los derechos humanos en la ONU

Se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre

NUEVA YORK, viernes, 18 abril 2008 (ZENIT.org).- Al visitar la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, Benedicto XVI ilustró en la mañana de este viernes el fundamento de los derechos del hombre, defendiendo su universalidad ante las interpretaciones relativistas.

La visita de tres horas que realizó el Papa al «palacio de cristal» buscaba celebrar el sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, documento fundacional de la ONU.

Tras la introducción del secretario general, Ban Ki-moon, el Papa tomó la palabra ante la asamblea general --como ya lo hicieran antes que él Pablo VI y Juan Pablo II-- para afirmar que los derechos humanos se basan «en la ley natural inscrita en el corazón del hombre».

En sus palabras a los tres mil asistentes, el pontífice comenzó constatando que «los derechos humanos son presentados cada vez más como el lenguaje común y el sustrato ético de las relaciones internacionales».

«Al mismo tiempo, la universalidad, la indivisibilidad y la interdependencia de los derechos humanos sirven como garantía para la salvaguardia de la dignidad humana», siguió indicando.

«Sin embargo --aseguró--, es evidente que los derechos reconocidos y enunciados en la Declaración se aplican a cada uno en virtud del origen común de la persona, la cual sigue siendo el punto más alto del designio creador de Dios para el mundo y la historia».

«Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones», subrayó.

Por eso, alertó el obispo de Roma, «arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podrían variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos».

«Así pues, no se debe permitir que esta vasta variedad de puntos de vista oscurezca no sólo el hecho de que los derechos son universales, sino que también lo es la persona humana, sujeto de estos derechos».

Por este motivo, recalcó «cómo el respeto de los derechos y las garantías que se derivan de ellos son las medidas del bien común que sirven para valorar la relación entre justicia e injusticia, desarrollo y pobreza, seguridad y conflicto».

«La promoción de los derechos humanos sigue siendo la estrategia más eficaz para extirpar las desigualdades entre países y grupos sociales, así como para aumentar la seguridad».

Es cierto, reconoció, que «las víctimas de la opresión y la desesperación, cuya dignidad humana se ve impunemente violada, pueden ceder fácilmente al impulso de la violencia y convertirse ellas mismas en transgresoras de la paz».

Sin embargo, «el bien común que los derechos humanos permiten conseguir no puede lograrse simplemente con la aplicación de procedimientos correctos ni tampoco a través de un simple equilibrio entre derechos contrapuestos».

Para el Papa, «la Declaración Universal tiene el mérito de haber permitido confluir en un núcleo fundamental de valores y, por lo tanto, de derechos, a diferentes culturas, expresiones jurídicas y modelos institucionales».

«No obstante, hoy es preciso redoblar los esfuerzos ante las presiones para reinterpretar los fundamentos de la Declaración y comprometer con ello su íntima unidad, facilitando así su alejamiento de la protección de la dignidad humana para satisfacer meros intereses, con frecuencia particulares».

La Declaración, recordó, fue adoptada como un "ideal común" (preámbulo) y «no puede ser aplicada por partes separadas, según tendencias u opciones selectivas que corren simplemente el riesgo de contradecir la unidad de la persona humana y por tanto la indivisibilidad de los derechos humanos».

Para Benedicto XVI los derechos humanos no son simples medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por quienes están en el poder.

«Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin», indicó.

Por el contrario, la Declaración Universal ha reforzado la convicción de que «el respeto de los derechos humanos está enraizado principalmente en la justicia que no cambia, sobre la cual se basa también la fuerza vinculante de las proclamaciones internacionales».

Por eso, recordó, a los derechos les siguen también deberes, algo que el Papa explicó citando a uno de sus autores favoritos, Agustín de Hipona, quien decía «no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti» y esto, aclaró recordando al obispo africano del siglo V, «en modo alguno puede variar, por mucha que sea la diversidad de las naciones».

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(110) Católicos y política –XIV. ¿Qué debemos hacer?. 2

10.10.10 por José María Iraburu

–Perdone, pero ¿se ha dado cuenta de que si no planta un poste pronto, caerá en el foso del «ver más blogs»?
–Lo sé, lo sé. Por eso termino como sea este artículo, lo cuelgo, y ya seguiré con el tema.

Resulta difícil hablar de la dimensión espiritual de la acción política. El mundo político está tan, tan, tan secularizado, que las palabras que sobre él deben ser pronunciadas y escuchadas no están listas, apenas resultan inteligibles, son un lenguaje olvidado, que hoy resulta casi in-significante. Cuando el pueblo cristiano, con sus representantes políticos, intenta sanear la Ciudad del Diablo, liberarla con la fuerza de Cristo de tantos males horribles –leyes criminales, abortos, pornografía, divorcios, suicidios, drogas, educación perversa, televisión basura, política anti-Cristo–, ignora muchas veces que en su lucha no se enfrenta sólamente con ejércitos de hombres carnales, sino que va ante todo contra «los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12).

La acción política secularizada, también en buena parte del pueblo cristiano y de sus políticos, ignora que «la Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado» (Gál 3,22), cautivo del «príncipe de este mundo» (Jn 12,31), sujeto bajo el yugo del Maligno (1Jn 5,19). Por eso muchas veces entran los católicos y sus políticos a «combatir los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12) en la vida política sin «revestirse de la armadura de Dios» (Ef 6,13), sin tomar el escudo que les defienda de «los encendidos dardos del Maligno», sin atreverse tampoco a dar testimonio de la verdad, es decir, a blandir «la espada del espíritu» (6,16-17), «la espada de doble filo» (Heb 4,12), que es la verdad de Cristo. No entienden que al entrar en política, lo quieran o no, entran en una tremenda batalla contra el poder de las tinieblas (Vat. II, GS 13 y 36), y que sin la fuerza del Espíritu es para ellos imposible la victoria, y que por muchas campañas, manifestaciones, recursos jurídicos y congresos que organicen –siendo buenos y convenientes todos esos medios– están condenados al fracaso.

La espiritualidad propia de toda acción cristiana de reforma ha de inspirar también la actividad política. Ya traté, más o menos, de este mismo tema en otros artículos (05-06) Decálogo para las reformas de la Iglesia I-II. Si se releen, nos reafirmaremos en la convicción de que el cristiano, también el político, no tiene para vencer los males de este mundo un arma más poderosa que la oración, el testimonio de la verdad, la eucaristía, el martirio y todo lo que es propio de la vida sobrenatural de la gracia. Sin eso, no hay remedio a nuestros males. Recuerdo aquí brevemente el esquema de aquellos textos, aplicándolos a la vida política:

1.– El reconocimiento de los males. Los falsos políticos cristianos dicen: «hay mucho por mejorar, sin duda, pero el camino que llevamos [el de la democracia liberal relativista] es el bueno». Los verdaderos dicen: «vamos muy mal, y si no enderezamos el planteamiento fundamental de nuestra vida política, iremos de mal en peor»… Sin reconocimiento, sin diagnóstico verdadero de los males de la sociedad política, no puede haber tratamiento sanante adecuado.

2.– El reconocimiento de nuestras culpas. No hay política cristiana que valga si no comenzamos por ahí: «eres justo, Señor, en cuanto has hecho con nosotros, porque hemos pecado y cometido iniquidad en todo, apartándonos en todo de tus preceptos… Por eso nos entregaste al poder de enemigos injustos y apóstatas» (Dan 3,26-45). Ésa es la situación verdadera que estamos viviendo, y conviene saberlo.

3.– Los males políticos que nos abruman son castigos medicinales. Son innumerables los males que aquejan a nuestra sociedad, pero tengamos bien claro que el Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). Por el contrario, todo lo dispone con sabiduría y amor en su providencia, y aunque permite a veces grandes males, procura siempre el bien de los que le aman (Rm 8,28).

4.– No hay remedio humano para nuestros males. Los políticos cristianos que todavía confían en el hombre, en sí mismos o en ciertas fórmulas políticas, son «malditos» (Jer 17,5), y «serán confundidos, por haber obrado abominablemente» (6,15). El único político que puede traer salvación a su pueblo es el que, poniendo en su acción todos los medios naturales convenientes, pone toda su esperanza en el poder del Salvador: «el auxilio me vendrá del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 120,2). Sin Dios, sin la obediencia a su palabra y a sus mandatos, no tenemos salvación temporal ni eterna.

5.– Hay remedios sobreabundantes para nuestros males, por grandes que éstos sean. Pero todos los remedios vienen de Dios, son dones de Dios, son medicinas de Dios, y los recibimos escuchando su Palabra y cumpliendo sus mandatos. Cuántos políticos cristianos, no poniendo en Dios su confianza, y comprobando la miseria de los hombres, se desesperan, y ya ni siquiera intentan de veras el bien común, se limitan a buscar su propio bien. En su convencimiento de que «no hay nada que hacer» ellos ven realismo, cuando en realidad hay desesperación, cinismo y falta de fe: «estáis en un error, no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29).

Ciertamente, hermanos políticos, si seguimos vuestros pensamientos y caminos mundanos, vamos hacia el abismo de una degradación nacional plena. Pero si volvemos la actividad política a los pensamientos y caminos de Dios, lograremos que donde abundó el pecado sobreabunde la gracia (Rm 5,20). «Para Dios todo es posible» (Mt 19,26), también la salvación de nuestra nación y la de todo el mundo. Quizá el Señor no nos conceda «convertir» la Ciudad del Diablo en la Ciudad de Dios; pero querrá concedernos «construir» con inteligencia y audacia una Ciudad de Dios «dentro» de la Ciudad del Diablo, un micro-mundo de gracia cristiana.

6.– La oración cristiana de petición es el medio principal para sanar los males de la ciudad política. Sin la oración del pueblo cristiano y de los políticos sólo puede esperarse el acrecentamiento de los males. He de tratar más largamente de este tema. Para vencer los terribles males del mundo moderno la Virgen de Fátima mandó hacer penitencia y rezar el Rosario; no organizar manifestaciones y congresos.

7.– El ejercicio de la autoridad es necesario para conseguir el bien común. Y la autoridad de los gobernantes viene de Dios, aunque en ciertos regímenes políticos sean elegidos –en teoría al menos– por el pueblo. Por eso, si los políticos se limitan a legislar y a gobernar al modo mundano, buscando seguir la inclinación mayoritaria de los ciudadanos, conseguirán votos y reelecciones, pero prostituyen su autoridad, no la fundamentan en la verdad de Dios, sino en «la voluntad general» roussoniana, y conducirán a su pueblo a la ruina. El político cristiano, igual que el apóstol, ha de confesar: «si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Gál 1,10). Sólo pueden esperarse males de los políticos demagógicos.

8.– La acción politica ha de buscar la gloria de Dios, Señor de todas las naciones. Ha de procurar con celo apasionado la defensa de los derechos de Dios y de la Iglesia. Sólamente así podrá promover con eficacia los derechos del hombre, pues éstos, sin aquéllos, necesariamente son ignorados, falsificados y pisoteados.

9.– La política ha de procurar el bien temporal y eterno de los hombres. Si sólamente pretende su bien temporal, pero prescinde sistemáticamente de Dios y de la destinación humana a la vida eterna, arruinará sin duda juntamente el bien común temporal y espiritual de la nación.

10.– Es imposible la actividad política honrada sin la fuerza espiritual del martirio. Aquellos cristianos y grupos cristianos políticos que en su actividad procuran «guardar su propia vida», y que excluyen por principio la Cruz salvadora –quizá con la excusa semipelagiana de que deben protegar incólume «la parte humana», para que en la acción política pueda co-laborar más eficazmente con la gracia de Dios (63)–, llevan al pueblo a la perdición. El patrono de los políticos católicos es Santo Tomás Moro, mártir.

Grandes bienes hizo al Ecuador el político católico Gabriel García Moreno (1821-1875), fiel intérprete de la doctrina social y política de la Iglesia, y audaz combatiente contra las mentiras del liberalismo y de la masonería. Después de dos períodos como Presidente ecuatoriano (1861-65 y 1869-75), por encargo de conocidos masones, fue asesinado una mañana al salir de la Catedral, a donde había acudido como todos los días para la misa y el tiempo de oración. Llevaba al cuello un rosario, y en uno de los bolsillos se halló un librito bien encuadernado y muy usado, la Imitación de Cristo.

José María Iraburu, sacerdote

Post post.– Es curioso que en los principales buscadores de imágenes de internet, las palabras people o multitude praying, monks praying y otros términos semejantes hallan casi siempre imágenes de orantes islámicos, judíos, budistas, de la India, carismáticos, tibetanos, etc., pero dan muy escasamente imágenes del mundo cristiano y concretamente católico. Las comunidades orantes de las parroquias, de los monasterios, las muchedumbres de Roma, Lourdes, Guadalupe, etc. al parecer no existen. ¿Será un juicio temerario pensar que no pocos gigantes de internet son anti-Cristo? ¿Cómo lo ven ustedes?…

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García Moreno

JMI.-

Está usted mal informada. Vea un capítulo mío que le dedico en "Hechos de los apóstoles de América".

http://www.gratisdate.org/nuevas/hechos/hechos.5.4.htm

Algunos políticos católicos que cuando estaban vivos fueron asesinados por los poderes del mundo anti-Cristo anti-Iglesia, una vez muertos han sido asesinados de nuevo para la historia en biografías calumniosas. Y por los mismos poderes mundanos, claro.
No es éste el único caso.

Fíjese que "malo" era que, con gran mayoría, fue reelegido por tercera vez Presidente de la nación. En julio de 1875 escribe su última carta al papa Pío IX: "Ahora que las logias de los países vecinos vomitan contra mí toda especie de calumnias horribles, procurando los medios de asesinarme", etc. En agosto lo asesinaron. Y como le digo, lo siguen asesinando-calumniando hasta el día de hoy. 09/10/10

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Martin Ellingham

No habría que decirlo de nuevo, pero lo diré, porque la subversión epistemológica parece no tener límites: para ser hereje es necesario negar pertinazmente una verdad de fe divina y católica.

«Yo por mí preferiría respetar las palabras (…) El que no respeta mucho las palabras no respeta mucho las ideas. El no respeta mucho las ideas no ama enormemente la verdad. Y el que no ama enormemente la Verdad, simplemente, se queda sin ella. No hay peor castigo» (Leonardo Castellani).

Saludos.
09/10/10

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(111) Católicos y política –XVI. ¿Qué debemos hacer?. 3

14.10.10

–O sea que lo principal que en política debemos hacer los cristianos es ofrecer Misas y rosarios, novenas y rogativas.
–Lo ha entendido usted muy bien, gracias a que yo lo expliqué muy bien en el artículo anterior. Pero insisto en ello.

La oración ha de potenciar siempre la acción política, la oración del pueblo cristiano y la de los mismos políticos. La actividad política cristiana trata de hacer prevalecer la luz de Cristo sobre las tinieblas del mundo, trabaja por «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (Vat.II, GS 43). Pero esto implica una gran batalla contra «los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal» (Ef 6,12), una gran guerra que comenzó en el inicio de la historia humana y durará hasta su final, hasta la segunda venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo (GS 13; 36).

Los políticos cristianos son, pues, como los caballeros que toman las armas para librar esta batalla. Y es imposible que alcancen la victoria, o siquiera ciertas victorias parciales, si ellos mismos y todo el pueblo cristiano no potencian con la oración, es decir, con la fuerza de Cristo Rey, sus acciones. Ésta fue siempre la convicción de Israel y de la Iglesia: «la victoria en el combate no depende de la cantidad de las tropas, sino de la fuerza que viene del Cielo» (1Mac 3,19). Recuerdo algunos ejemplos de la Historia de la salvación, para que en ellos comprobemos que Israel y la Iglesia vencen al Maligno y a los suyos cuando por la oración insistente hacen suya la fuerza salvadora de Dios; y experimentan una derrota tras otra cuando, apoyándose en las propias fuerzas o en la coalición con otras fuerzas humanas, decaen en la oración.

Israel se libra de la esclavitud de Egipto gracias a la oración de súplica. Observen que la intervención salvadora de Dios tiene, sin duda, en profundo sentido religioso, como lo tendrá el Éxodo; pero estamos también ante la liberación de una situación política de opresión y esclavitud, conseguida principalmente por la oración:

«Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos liberó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Y nos introdujo en este lugar, nos dió esta tierra, una tierra que mana leche y miel» (Deut 26,6-9).

Durante el Éxodo, Israel resiste el ataque de los amalecitas y los vence. Es Josué quien dirige el ejército de Israel. «Aarón y Jur subieron a la cima del monte con Moisés. Y mientras Moisés tenía alzadas las manos [en oración de súplica] llevaba Israel la ventaja, pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Moisés estaba cansado y sus manos le pesaban. Tomando, pues, una piedra, se la pusieron debajo de él para que se sentara, y al mismo tiempo Aarón y Jur sostenían sus manos, uno de un lado y otro del otro, y así no se le cansaron las manos hasta la puesta del sol. Y Josué derrotó a Amalec al filo de la espada» (Ex 17,10-13).

Israel se ve asediado por los asirios en Betulia, «y todos a una clamaron al Dios de Israel, pidiéndole con ardor que no entregase al saqueo a sus hijos, ni diese sus mujeres en botín, ni las ciudades de su heredad a la destrucción, ni el Templo a la profanación y el oprobio, regocijando a los gentiles» (Jdt 4,9-12). Pero no todos persistían en la oración y la esperanza; algunos proponían: «será mejor que nos entreguemos a ellos, porque siquiera, siendo siervos suyos, viviremos» (7,27). Ocías accede: «si en cinco días no nos viniera ningún auxilio, yo haré lo que pedís» (7,30-31). Se alza entonces indignada la viuda Judith:

«No irritéis al Señor, Dios nuestro. No protendáis forzar los designios del Señor, Dios nuestro, que no es Dios como un hombre, que se mueve con amenazas, ni como un hijo del hombre que se rinde. Por tanto, esperando la salvación, clamemos a Él que nos socorra. Y si fuese su beneplácito, oirá nuestra voz» (8,14-17). Alza primero Judit una oración maravillosa al Señor (9), que le ilumina y fortalece, y en seguida se muestra valiente y prudente en la acción: entra en el campamento enemigo, y corta la cabeza de Holofernes, liberando así a Israel.

La Iglesia primera, en las persecuciones que sufre del mundo, tiene en la oración el arma principal de «la armadura de Dios» (Ef 6,101-8). Bien consciente de que los discípulos están en el mundo «como ovejas entre lobos» (Mt 10,26), obedeciendo a Cristo, viven continuamente confortados por la oración: «es preciso orar en todo tiempo para no desfallecer» (Lc 18,1). Cuando Pedro es encerrado en la cárcel, «la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él», y fué liberado por un ángel (Hch 12,5). Y superado un aprieto, en seguida venía otro, quizá peor, de tal modo que los discípulos de Cristo, padeciendo grandes injusticias, sólo podían vivir en el mundo en una continua oración suplicante, firmes en la esperanza: «¿no hará justicia Dios a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aun cuando los haga esperar? Yo os digo que les hará justicia prontamente» (Lc 18,7-8).

La Iglesia que San Juan describe en el Apocalipsis alza continuamente ante la Trinidad divina el incienso de sus alabanzas y acciones de gracias (Ap 8,4). Pero clama también desde su dolor pidiendo la acción del Misericodioso omnipotente: «clamaban a grandes voces: “¿hasta cuándo, Señor santo y verdadero, tardarás en hacer justicia y en vengar la sangre en los que habitan la tierra?”». Y «se les dijo que esperaran todavía un poco más, hasta que se completara el número de sus compañeros de servicio y hermanos, que iban a sufrir la misma muerte» (Ap 6,9-11).

La oración por los gobernantes y políticos, desde los Apóstoles, ha sido siempre en la liturgia de la Iglesia una práctica continua, concretamente en la Eucaristía. Sigue así la Iglesia una norma secular de Israel (1Esd 6,10;Bar 1,10-12; 1Mac 7,33). Y también, por supuesto, la Iglesia ora durante los tres primeros siglos por los gobernantes perseguidores. Por tanto, la victoria final de la Iglesia sobre el Imperio romano debe atribuirse no a revueltas de protesta o a manifestaciones reivindicativas –que nunca se dieron, y que por otra parte no eran posibles–, sino principalmente a las oraciones de los cristianos, que, fieles al mandato del Salvador, oraron siempre por sus enemigos y perseguidores (Mt 5,44; Lc 6,27-28).

«Te ruego ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los emperadores y por todos los constituídos en dignidad, a fin de que gocemos de vida tranquila y quieta, con toda piedad y honestidad. Esto es bueno y grato ante Dios nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,1-4; cf. Rm 13,1-7; Tit 3,1).

San Clemente Romano, tercer Obispo de Roma después de San Pedro (88-97), en su carta a los corintios, expresa también esta fisonomía orante y suplicante de la primera Iglesia, precisamente durante la gran persecución de Domiciano:

«Te pedimos, Señor, que sean nuestro auxilio y protector… Que todos los pueblos conozcan que Tú eres el único Dios, que Jesucristo es tu Siervo y que nosotros somos “tu pueblo y ovejas de tu rebaño” (Sal 78,13). Misericordioso y compasivo, perdónanos nuestras culpas, faltas, pecados y errores… Sí, Señor, muestra tu rostro sobre nosotros para concedernos los bienes de la paz, para que seamos protegidos por tu mano poderosa, para que tu excelso brazo nos libre de todo pecado, y para que nos protejas de todos los que nos odian injustamente… Que seamos obedientes a tu omnipotente y santo Nombre y a nuestros príncipes y jefes de la tierra. Tú, Señor, les diste el poder del reino por tu magnífica e indescriptible fuerza… Dales, Señor, salud, paz, concordia, firmeza para que atiendan sin falta al gobierno que les has dado… Tú, Señor, endereza su voluntad hacia lo bueno y grato a tu presencia, para que alcancen de Ti misericordia» (Corintios 59-61).

San Cipriano (210-258), Obispo de Cartago, durante las devastadoras persecuciones de Decio y de Valeriano, escribió preciosas cartas para la confortación de los cristianos. Insistía mucho en el escudo de la oración, «para poder resistir en el día malo» (Ef 6,13), y también en el reconocimiento humilde de los pecados: «nos merecemos estas persecuciones; nos las hemos ganado».

Ya sé «que el temor de Dios os induce a aplicaros a continuas oraciones e insistentes súplicas, pero os amonesto también a que aplaquéis a Dios no sólo de palabra, sino también a que afligiéndoos con ayunos y toda clase de penitencias, logréis de Él con ruegos que reduzca su cólera» (la de la persecución que su Providencia permite). «Hay que comprender y reconocer que tormenta tan devastadora como la presente persecución, que ha desolado nuestro rebaño en tan gran parte y que aún sigue desolándolo, es efecto de nuestros pecados, porque no seguimos los caminos del Señor, ni observamos los mandamientos que nos dio para nuestra salvación. El Señor cumplió la voluntad del Padre, pero nosotros no hemos cumplido la voluntad de Dios, y nos hemos entregado al lucro de los bienes temporales, marchando por los caminos de la soberbia. Renunciamos de palabra, pero no de obra, al mundo, muy indulgente cada uno consigo mismo y severo con los demás. Por eso recibimos ahora los azotes que merecemos…

«Imploremos desde lo más profundo de nuestro corazón la misericordia de Dios, porque Él también dijo: “no les retiraré mi favor” (Sal 88,34). No cesemos, pues, en manera alguna de pedir y de esperar recibir con fe, y supliquemos al Señor con sinceridad y en unánime concordia, con gemidos y lágrimas a la vez, como conviene implorar a los que se encuentran entre los males de los que lloran y el resto de los que temen, entre la multitud de enfermos que yacen por el suelo [los lapsi, los que cedieron en la persecución] y los muy pocos que quedan en pie. Pidamos que retorne pronto la paz, que se cumpla lo que el Señor se digna anunciar a sus siervos: la reintegración de la Iglesia, la seguridad de nuestra salud, los piadosos auxilios de su amor de Padre, las conocidas maravillas de su poder divino para embotar las blasfemias de los perseguidores» (Carta 11, extractos).

La oratio fidelium es una de las formas más antiguas en la oración de la Iglesia suplicante, y con frecuencia pide al Señor no solamente la salud espiritual del pueblo, sino también una convivencia política digna de Dios y del hombre: la bondad, la justicia y la paz de la sociedad civil. Es bien consciente la Iglesia de que la acción de los políticos, gobernantes y ciudadanos, sin la ayuda de la gracia divina, es radicalmente insuficiente para conseguir el bien común del pueblo, y fácilmente se pervierte en la injusticia y la violencia.

La oración de los fieles, ya desde antiguo, forma parte de la Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia, y consiste en una serie de súplicas e intercesiones que el diácono va guiando, y que el obispo o el presbítero concluyen. En las muy antiguas y venerables Constituciones de los apóstoles, un documento del año 380, que recoge textos más antiguos, como ya vimos (90), tenemos una descripción muy detallada de su forma de celebración. Terminadas las lecturas y la homilía, el diácono manda salir a oyentes (audientes) e infieles, y todos en pie, bajo su guía, rezan las preces, respondiendo unánimes Kyrie, eleison! a las intenciones proclamadas por el diácono (Constituciones VIII,2ss). El Obispo o el presbítero concluye la oración de los fieles, reuniendo en una oración collecta todas las súplicas precedentes:

«Oh Defensor poderoso, que sostienes a este pueblo tuyo, al que has redimido con tu preciosa sangre, sé su abogado, su ayuda y su promotor, su muralla fortísima, su trinchera y firme castillo, para que ninguno pueda perderse de tu mano, ya que no hay Dios alguno como tú, y en ti hemos puesto nuestra esperanza».

Adelantada la Eucaristía, después de la consagración y la epíclesis, otra vez el Obispo alza su voz y sus manos en favor de la Iglesia peregrina, sujeta a tantos peligros y persecuciones del Maligno y de sus siervos, pero siempre guiada y protegida por Dios providente:

«También te pedimos, Señor, por el rey, por cuantos tienen autoridad y por todo el ejército, para que nuestra vida perdure en la paz, y transcurriendo en la quietud y la concordia todo el tiempo de nuestra vida, te demos gloria a Ti por Jesucristo, nuestra esperanza». Sigue pidiendo por todos los santos, vivos y difuntos, por los enfermos, «por aquellos que están en esclavitud, por los exiliados y por los proscritos, también por cuantos nos odian y nos persiguen a causa de tu nombre, para que Tú les conduzcas al bien y aplaques su furor».

Las Constituciones aludidas consignan también una oratio fidelium semejante para la oración litúrgica de la tarde (VIII,35) y de la mañana (VIII,37). De este modo la Iglesia primera persevera en la oración suplicante de los fieles: pide siempre a Dios que los cristianos vivan dentro del mundo pecador «libres de pecado y protegidos de toda perturbación». En nuestro tiempo, la Liturgia postconciliar renovada ha recuperado felizmente estas preces fidelium en la Misa, en Laudes y en Vísperas esta tradición suplicante.

Pocos años más tarde, en 391, el emperador Teodosio I declara al cristianismo religión oficial del Imperio y prohibe los cultos paganos. Sin embargo, las invasiones bárbaras del siglo V acaban por extinguir el Imperio Romano de Occidente en el 476, y nuevas persecuciones y violencias suscitarán en la Iglesia, junto a la oratio fidelium, otras formas de oraciones comunitarias en favor de la paz social, que recordaré en el próximo artículo.

La Bestia liberal de nuestro tiempo persigue más a los cristianos que la Bestia romana, porque no intenta atacar su cuerpos, sino pervertir sus almas (103). Por eso mismo, en el combate actual entre el Reino de Cristo y el mundo pecador es más necesaria que nunca la oración suplicante, y ésta ha de integrarse mucho más en los esfuerzos políticos de los cristianos en favor del bien común. Esas oraciones han de conseguir de Dios providente que los cristianos, libres del mundo, «resistan firmes en la fe» al diablo, que les ronda, aliado al mundo y a la carne, buscando a quién devorar (1Pe 5,8). Y han de lograr también que la acción política del Pueblo santo convierta a quienes persiguen a Cristo y a su Iglesia, elimine sus leyes criminales, silencie sus blasfemias habituales, y en fin, purifique plenamente al mundo secular, tan podrido de lujuria y avaricia, de injusticias y violencias, introduciendo en él a Cristo Salvador, el Nuevo Adán, el único que puede renovar la faz de la tierra: «he aquí que hago nuevas todas las cosas» (Apoc 21,5).

José María Iraburu, sacerdote

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JMI.- La Historia de la Salvación es única, se inició con la elección y la formación de Israel, con sus profetas y sus escrituras divinamente inspiradas -que la Iglesia sigue leyendo todos los días en su liturgia-, y se consumó en la Iglesia, el nuevo Israel, fundado sobre Jesucristo, María, los doce Apóstoles, todos ellos judíos, y las Escrituras nuevas, todas escritas por judíos bajo la inspiración del ESanto. 14/10/10 12:12 PM

JMI.- Los libros del Antiguo Testamento son una revelación inicial de Dios, que la Iglesia lee continuamente en su liturgia, y que llegaron a la plenitud de los escritos del Nuevo Testamente. Pero la continuidad de los dos testamentos es doctrina firma de la Iglesia de siempre. 14/10/10 12:18 PM

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(112) Católicos y política –XVII. ¿Qué debemos hacer?. 4

Infocatólica 19.10.10 A las 10:39 AM, por José María Iraburu

–Digo yo: ha explicado ya muy bien la necesidad de la oración en la acción política. Quizá sea bastante.
–No. Hay que insistir en ello mucho más, hasta que llegue a tratar de las manifestaciones enormes con globitos.

La oración del pueblo cristiano y la de los mismos políticos ha de potenciar siempre la acción política. Sigo reforzando este convencimiento de la fe con más ejemplos de la historia de la Iglesia.

San Gregorio Magno (540-604), papa, ha de oficiar, por designio de Dios providente, los funerales solemnes por la grandeza de la antigua Roma, y ha de abrir el mundo a una nueva época, mucho más grandiosa, la Edad Media cristiana. Pero esa transición va a realizarse con dolores de parto, a través de las crueles invasiones de los bárbaros, vándalos, ostrogodos, lombardos.

«Nuestro Señor –predica San Gregorio– quiere encontrarnos prontos a su llamada, y nos muestra la miseria del mundo envejecido para que podamos librarnos del amor del mundo… El mundo está herido cada día por calamidades nuevas. Mirad qué pocos hemos quedado del antiguo pueblo. Nuevos males nos flagelan cada día y desventuras imprevistas nos abaten… El mundo se siente deprimido por la vejez y, al aumentar los dolores, camina a una muerte próxima» (Hom. Evangelio I,1). «Tantos castigos no bastan a corregir nuestros pecados. Vemos a unos arrastrados a la esclavitud; a otros, mutilados; a otros, matados… Nos es fácil ver a qué bajo estado ha descendido aquella Roma que en otro tiempo era señora del mundo. Está arruinada con inmenso dolor, despoblada de ciudadanos, asaltada por enemigos, hecha un montón de ruinas» (Hom. sobre Ezequiel II,6).

La liturgia gregoriana, abierta siempre a la salvación de Dios por una esperanza indestructible, muestra la huella de ese trágico momento histórico. Así, por ejemplo, el papa Gregorio I Magno introduce en el canon de la Misa la petición por la paz que todavía hoy rezamos: «ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos». Y parece ser que también a él se debe el embolismo que prolonga el Padrenuestro: «Líbranos, Señor, de todos los males pasados, presentes y futuros, y por la intercesión de la bienaventurada y gloriosa siempre Virgen María, Madre de Dios, y de tus santos apóstoles Pedro, Pablo, Andrés y de todos los santos, danos propicio la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, seamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación» (Juan el Diácono, Vita Gregorii II,17).

Por las letanías de los santos la Iglesia de la tierra pide la ayuda de la Iglesia celeste desde lo más profundo de sus tribulaciones socio-políticas. Cuando los bárbaros lombardos, procedentes de Germania, asedian Sicilia, el Papa Gregorio escribe una carta a los Obispos de esa región:

«¡Que no triunfen sobre nosotros a causa de nuestros pecados! Acudamos de todo corazón a los remedios que nos ofrece el Redentor. Por eso os exhorto a que en la cuarta y sexta feria [miércoles y viernes, días penitenciales desde antiguo] ordenéis, sin excusa alguna, las letanías [de los santos], e imploréis la ayuda divina contra las incursiones de la crueldad de los bárbaros» (Registrum XI, 51).

También en Roma dispone San Gregorio que se recen las letanías de los santos dos veces por semana, mientras duren las incursiones de los bárbaros. «El dolor abra la puerta a nuestra conversión y suavice la dureza de nuestro corazón mediante las penas que sufrimos. Volvamos todos a la penitencia, pues nos ha sido dado un tiempo de lágrimas. Insistamos en la oración, insistamos hasta la importunidad, seguros de que seremos escuchados: “invócame en el día del peligro, yo te libraré y tú me darás gloria” [Sal 49,15]. El mismo Dios que nos llama a la oración es el que quiere tener piedad de nosotros. Por tanto, hermanos muy queridos, con el corazón contrito y con obras de santificación, mañana, desde el amanecer de la feria cuarta, reunámonos todos [desde los siete barrios de Roma] para la letanía septiforme, siguiendo el orden indicado» (Oratio ad plebem, puesta el fin de las Hom. Evang. en ML 76,1311).

A las «estaciones» acuden procesionalmente los fieles rezando y cantando. Las comunidades parroquiales, convocadas por el Obispo en una iglesia determinada (statio), acuden desde sus lugares, cada una con la Cruz alzada, cantando las letanías de los santos y rezando otras oraciones, para celebrar la Eucaristía, reunidas todas con el Obispo. Ya Tertuliano (+220) hace notar que este término statio tiene su origen en el mundo militar: «statio es nombre tomado de la milicia; pues, en efecto, somos el ejército de Dios (nam et militia Dei sumus)» (De oratione 19). Las estaciones, muy estimadas por el pueblo cristiano, eran, pues, semejantes a una parada militar, en la que se congregaba la Iglesia como el ejército de Cristo suplicante.

San Gregorio Magno, en los tiempos calamitosos ya aludidos, da un nuevo impulso en Roma a las estaciones, y probablemente organiza él mismo su forma litúrgica. De su tiempo proceden las tres grandes estaciones, que han de celebrarse en las tres semanas anteriores a la Cuaresma (quadragesima): septuagésima en la basílica de San Lorenzo, sexagésima en San Pablo Extramuros, y quincuagésima en San Pedro del Vaticano. Las tres han estado vigentes en la Iglesia hasta la renovación litúrgica posterior al Vaticano II. En las tres se suplicaba principalmente a Dios por la paz y por la liberación de los pecados, propios y ajenos, que traen sobre el mundo el azote de hambres, invasiones y guerras.

Los Sacramentarios y antiguos textos litúrgicos de los siglos IV-VII nos muestran cómo la Iglesia siempre se ha vuelto a Dios en oración comunitaria cuando se ha visto afligida por pestes, guerras civiles, invasiones y otras calamidades. Por ejemplo, en el sacramentario leoniano, compuesto en tiempos de grandes guerras y devastaciones, se contiene este precioso prefacio, lleno de dolor y lleno de humilde confianza:

«Reconocemos, Señor Dios nuestro, sí, lo reconocemos, que a causa de nuestros pecados todo lo hecho por el trabajo de tus siervos se ve ahora derribado ante nuestros ojos por manos extrañas, y todo cuanto con nuestro sudor has hecho Tú crecer en los campos es desbaratado ahora por los enemigos… Postrados, pues, te pedimos suplicantes de todo corazón que nos concedas el perdón de los pecados pasados, y continuando tu acción misericordiosa, nos protejas de todo asalto de muerte. Así nunca dudaremos de que tu defensa nos asiste, si te dignas quitar de nosotros cuanto fue causa de ofenderte» (XVIII,6).

La idea de pecado-castigo-medicina está siempre presente en estas liturgias rogativas. Es la misma convicción del apóstol Santiago: «alegráos profundamente cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que vuestra fe, al ser probada, produce la paciencia. Y si la paciencia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna» (1,2-4).

Y la liturgia antigua pervive en la liturgia actual. Bastan los datos recordados para hacernos una idea de cómo era en la Iglesia de los siglos IV-VII la oración litúrgica suplicante en tiempos de aflicción. Y es justamente en ese tiempo, providencialmente, cuando cristalizan las líneas fundamentales de la liturgia católica latina, tal como nos ha llegado hasta hoy. El Misal Romano actual, por ejemplo, especialmente en el Adviento y la Cuaresma, conserva no pocos de los textos bíblicos y de las oraciones que los sacramentarios antiguos incluían para tiempos de calamidades y angustias.

Al principio del Canon Romano suplicamos: «Padre misericordioso, te pedimos … por tu Iglesia santa y católica, para que le concedas la paz, la protejas, la congregues en la unidad y la gobiernes en el mundo entero». El primer domingo de Adviento se inicia con el salmo 24: «a ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos, pues los que esperan en ti no quedan defraudados». Y el mismo salmo abre la misa del miércoles de la primera semana de Cuaresma: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas, pues los que esperan en ti no quedan defraudados. Salva, oh Dios, a Israel de todos sus peligros».

«In hac lacrimarum valle»Algunos cristianos se niegan a considerar el mundo presente como un «valle de lágrimas». Padecen los pobres un optimismo crónico compulsivo. Y por eso lamentan que en tiempos de paz sigamos orando una liturgia que nació en tiempos terribles de guerras y calamidades. Hay que responderles que la Iglesia lo hace así por dos razones principales.

En primer lugar, notemos que esas mismas liturgias tienen un alegre y maravilloso vuelo doxológico de alabanza y acción de gracias, de gozo en la bondad de Dios y de esperanza en la vida eterna. Se trata en su conjunto de liturgias esplendorosas, muy especialmente luminosas y alegres. Yo aquí he recordado las súplicas brotadas de situaciones angustiosas; pero el conjunto de la liturgia ambrosiana, leoniana, gelasiana, gregoriana, galicana, hispana, es admirablemente alegre. Más aún, expresa una alegría que difícilmente hallamos en la Iglesia actual. Y es que los tiempos cristianos teocéntricos son mucho más grandiosos, mucho más bellos y alegres, que aquellos otros, más feos y tristes, afectados de antropocentrismo.

Y en segundo lugar, de ningún modo estamos en tiempos de paz. Aunque nosotros hoy, al menos en ciertos países, no estemos sufriendo aquellas pestes, epidemias o invasiones de los bárbaros, estamos padeciendo sin duda otras pestes y calamidades semejantes, oprimidos por otros bárbaros peores: apostasía generalizada, perversión invasora de leyes criminales y de medios de comunicación degradantes, matanza continua de los inocentes por el aborto y el hambre, el terrorismo y las guerras, peste endémica de la lujuria, la anticoncepción y el divorcio, horror del sida, de la criminalidad y de la droga, ruina de la familia, de la educación, de la cultura, falsificación profunda de la historia, etc. Todos estos espantos hacen actuales las oraciones antiguas de la Iglesia en tiempos de extremas aflicciones.

Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle… El corazón de aquellos cristianos que hoy se avergüenzan de la oración de la Santa Madre Iglesia, tiene que ser muy duro y sin piedad, pues no es capaz de compadecerse de tantos males ajenos. Y propios.

Falta hoy tanto en la Iglesia la oración de petición comunitaria para vencer los males temporales, que me veo obligado a aducir la tradición suplicante de la Iglesia en tiempos de aflicción. Cuando en la gran batalla que hoy se libra entre la luz y las tinieblas, entre Cristo Rey y el Príncipe de este mundo, el pueblo cristiano se moviliza en congresos y asociaciones, campañas mediáticas y manifestaciones multitudinarias, pocas serán sus victorias y muchas sus derrotas si ese intento político no tiene la oración comunitaria como vanguardia principal y más potente. Es, pues, urgente que los cristianos, Pastores y laicos, recuperemos en la actividad política la tradición secular de la Iglesia, que siempre ha dado a la oración la primacía absoluta para obtener de Dios los bienes temporales.

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Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

Cuenta la vida de san Isaac de Constantinopla que un día, quejándose a Dios de los desastres propiciados al Imperio por un soberano usurpador, y preguntando el por qué lo toleraba, le respondió Nuestro Señor: "Isaac, porque no pude encontrar otro peor". Sólo Dios es quién pone o quita gobernantes. A unos los desea, para bendición de los pueblos, a otros los tolera, para manifestación y castigo de los pecados de esos mismos pueblos. Tenemos frecuentemente los gobernantes que nos merecemos, a imagen y semejanza de la mayoría con cuya ayuda gobiernan. Solución: Desagraviar a Dios, hacer penitencia, pedir insistentemente a Dios gobernantes buenos, es decir convertirnos no sólo individualmente, sino políticamente, como nación. Que como tal, públicamente, reconozcamos a Cristo como Rey nuestro, y toda Ley se adecúe a la Suya. Gobierno de Cristo a través de sus lugartenientes, o tiranía de Satanás a través de los precursores del Anticristo, que diría Quevedo.
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JMI.- Perfecto. Gracias. 19/10/10 12:18 PM

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Fray Eusebio de Lugo O.S.H.

¿Se han preguntado alguna vez por qué nuestras catedrales y colegiatas han seguido edificando claustros incluso cuando ya no existía vida común? Una de las razones está en que eran el escenario de una variedad de procesión estacional, la procesión claustral. El claustro es prolongación de la Iglesia, simboliza el mundo terreno y su unión con el celeste, y cada Domingo y fiestas, Dia de penitencia o entierro, se hacía una procesión de súplica antes de la Misa Conventual, que recorría las capillas y altares situados tanto en la misma iglesia como en el claustro. Ante cada uno se cantaba la antífona, responsorio, versículo y oración correspondiente, con lo que al final se había realizado una utilísima peregrinación espiritual, de modo que así fortalecidos iba la comunidad a cantar la Misa Conventual para interceder por vivos y difuntos. Éste es el origen del libro litúrgico llamado Processionale. Sería deseable que se volvieran a celebrar tales procesiones, p.ej. en nuestras catedrales y monasterios, con ánimo de penitencia y conversión, que buena falta nos hacen. 19/10/10 1:04 PM

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Raúl

Aún recuerdo una entrevista que leí hace tiempo a un famoso director de cine español, no recuerdo el nombre exactamente. Decía en ella que no podía aceptar una religión que considera este mundo un valle de lágrimas. Esa es la clave. Mucha gente actualmente no acepta el dolor, el sufrimiento, el mal en una palabra. Lo único que desean es disfrutar, divertirse, pasarlo bien, estar siempre sanos. El horror a la cruz, como dice habitualmente el Padre Iraburu.

Creo que lamentablemente ese es un virus muy difícil de erradicar porque está profundamente arraigado en la conciencia del hombre moderno. Por eso hay, y seguirá habiendo (probablemente cada vez más) tanto odio a la religión en general, y a la católica en particular.
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JMI.- El horror al sufrimiento (a la Cruz) llega a tener en psiquiatría un nombre clínico: algofobia. Es una grave dolencia endémica en el Occidente apóstata. La fobia al dolor y al sufrimiento: se exige que sea suprimido el dolor físico, y más o menos se consigue (analgésicos potentísimos, cirugías indoloras, etc.), y se exige que sea suprimido el sufrimiento espiritual, y esto ya no se consigue: al revés, la algofobia acrecienta muchísimo las penas psicológicas, morales, afectivas, espirituales.

Yo he vivido partes de mi vida en Hispanoamérica, y en la gente sencilla de allí, de nivel económico bastante bajo y sentido religioso bastante alto, se capta una capacidad de sufrimiento humilde y pacífico que realmente admira. Es la experiencia de todos los misioneros en países pobres. 19/10/10 10:50 PM

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Raúl

Tiene usted mucha razón en lo que dice de Hispanoamérica. Yo no he tenido la suerte de visitar ese continente, pero he tenido la inmensa suerte de conocer gente que siempre llevaré en mi corazón. Y es muy cierto que a pesar de la miseria material en la que viven en muchas zonas, podrían darnos muchas lecciones de fe, de humildad y de capacidad de sufrimiento. Es realmente admirable, y ante esa pobre gente uno es consciente del verdadero rostro de la miseria, moral, que afecta a los países desarrollados. No en vano Juan Pablo II lo consideraba el continente de la esperanza. Por eso me preocupan los influjos negativos que les estamos llevando desde el Norte y desde el occidente apóstata (aborto, anticoncepción, ideología de género...). Creo que se podrían aplicar perfectamente las palabras de Cristo en el Evangelio: "... pero al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino de las que mueven los asnos y lo hundan en el fondo del mar..." (Mateo, 18, 6). 19/10/10 11:37 PM

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Julián

Padre, supongo que puede ver el email que he puesto. Por favor, escríbame que quiero hacerle una consulta sobre la forma de conseguir libros de la Fundación Gratis Date. Porque como yo vivo en Pamplona, igual hay forma de que los reciba sin que usted tenga que gastar en el envío.

Dios le bendiga.
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JMI.- La Fund. GRATIS DATE envía sus libros por correo.
Su Catálogo en
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Pedidos: Fund. GRATIS DATE, Apdo. 2154 -31080 Pamplona
o mejor aún,
fundacion@gratisdate.org 19/10/10 11:47 PM

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Martin Ellingham

No me resisto a copiar un aforismo del colombiano Gómez Dávila:

"El liberalismo pregona el derecho del individuo a envilecerse, siempre que su envilecimiento no estorbe el envilecimiento del vecino."

Verdad que hay que rezar mucho por esa locura que proclama el derecho a envilecernos sin interferencias.

Saludos.
20/10/10 1:34 AM

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(113) Católicos y política –XVIII. ¿Qué debemos hacer?. 5

24.10.10

–¿Terminamos con la oración en la política o no? Ya está bien.
–Terminamos. Pero me temo que aunque escribiera diez artículos más sobre el tema, tal como está el patio, no sería bastante.

La oración de la Iglesia es, por el favor de Dios, la causa principal de la salud política de un pueblo. Consiguientemente, la causa principal de las enfermedades sociales públicas es la falta de oración. Como hemos comprobado con varios ejemplos, la oración de la Iglesia no sólo abre a los dones espirituales de Dios, sino también a sus bendiciones temporales. «Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor» (Sal 143,15). «Dichoso el pueblo que sabe aclamarte [y clamar a ti]: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro» (88,16).

Quiso Dios que los Sacramentarios fundamentales de la Liturgia latina se formaran precisamente cuando los Concilios declararon la doctrina católica de la gracia; por ejemplo, en el concilio de Orange (529). Por eso las oraciones litúrgicas tienen hasta hoy la humildad y la confianza, la audacia y la alegría que nacen de la verdadera teología de la gracia. Transcribo del Liber Ordinum –el que se usaba en la España visigótica, en tiempos de San Leandro (+600), San Isidoro (+636) o San Ildefonso (+667)–, la oración de una misa sobre los enemigos (Missa de hostibus):

«Oh Señor, Dios del cielo y de la tierra, observa, te lo pedimos, la soberbia de nuestros enemigos y mira nuestra humildad. Contempla el rostro de tus santos y muestra que Tú no abandonas a los que en ti confían y que humillas en cambio a los que presumen de sí mismos y se glorían de su propia fuerza. Tú eres el Señor Dios nuestro, que desde el principio disipas las guerras, y el Señor es tu nombre. Extiende tu brazo, como en otro tiempo, y destruye con tu fuerza la fuerza de nuestros enemigos. Que en tu cólera se desvanezca la fuerza de ellos, para que tu casa permanezca en la santidad y todos los pueblos reconozcan que Tú eres Dios y que no hay otros dioses fuera de ti. Amén».

Estas liturgias antiguas son muy conscientes de la impotencia del hombre, de las miserias del mundo presente y de la misma Iglesia, y del poder de Cristo Rey para salvar a su pueblo. Son, en fin, muy realistas, muy verazmente situadas in hac lacrimarum valle. Por eso, siendo tan humildes y suplicantes, dieron cumplimiento a la palabra de Cristo: «yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), y alcanzaron de Dios, concretamente en España, la paz y la unidad católica de la nación. Por el contrario, la Iglesia local que desfallece en la oración de súplica por el bien temporal del pueblo, y que pone su confianza en el hombre –partidos, congresos, políticos cristianos, manifestaciones, campañas, coaliciones declaradas o encubiertas con apóstatas y paganos– va experimentando una derrota tras otra.

Todos de rodillas. La tradición de la liturgia judía y cristiana asocia en la oración las actitudes espirituales y las corporales. El rey Salomón rezaba «arrodillado ante el altar de Yavé, con las manos elevadas al cielo» (1Re 8,54). Y ante Jesús «ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua ha de confesar que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,5-11). Así es como la Iglesia, ante todo orando, consiguió de Dios providente la formación de los pueblos cristianos, y dio cumplimiento a la profecía del Señor: «ante mí se doblará toda rodilla» (Is 45,24).

San Justino (+163) dice: «¿quién de vosotros ignora que la oración que mejor aplaca a Dios es la que se hace con gemido y lágrimas, con el cuerpo postrado en tierra o las rodillas dobladas?» (Diálogo con Trifón 90,5). San Gregorio Magno predica al pueblo cristiano reunido en una statio: «vemos, muy queridos hermanos, qué inmensa muchedumbre os habéis congregado aquí; y cómo os arrodilláis en tierra, y golpeáis vuestro pecho, y clamáis en voces de súplica y de alabanza, y bañáis vuestras mejillas con lágrimas» (Hom. sobre Evangelios I,27,7).

Clamor de la Iglesia en la aflicción. En el siglo XII, o quizá antes, en tiempos de grandes calamidades, comienzan a practicarse en algunas Iglesias ciertas oraciones públicas con ritos especiales, como es el clamor in tribulatione. Según la gravedad del mal público, menor o mayor, la Iglesia local organizaba un clamor parvus o bien, en las calamidades peores, un clamor magnus. Los ritos eran diversos, aunque con líneas comunes. Por ejemplo, en el monasterio benedictino de Farfa, próximo a Roma, después del Paternoster de la misa solemne, los ministros cubren el suelo ante el altar con un amplio cilicio –tejido hirsuto de pelos, oscuro, que se usaba en los funerales–, y colocan sobre él un crucifijo, el evangeliario y reliquias de santos. Todos se postran en tierra, y el celebrante, ante las especies eucarísticas consagradas y las reliquias de los santos, recita en alta voz la oración In spiritu humilitatis:

«En espíritu de humildad y con el ánimo contrito [Sal 50,19], Señor Jesús, Redentor del mundo, nos acercamos a tu santo altar, a tu sacratísimo Cuerpo y Sangre, y en tu presencia nos confesamos culpables de nuestros pecados, por los cuales somos justamente oprimidos. A ti, Señor, acudimos. Postrados, Señor Jesús, ante ti clamamos, pues hombres malos y soberbios, confiando en su fuerza, nos atacan por todas partes… Levántate, pues, en nuestra ayuda, Señor Jesús; confórtanos y ven en nuestro auxilio; vence a los que nos combaten, humilla la soberbia de quienes nos persiguen… Tú sabes, Señor, quiénes son ellos. Sus nombres, cuerpos y corazones son conocidos por ti antes de que nacieran. Por eso, oh Dios, aplícales tu justicia con tu fuerza poderosa, haz que reconozcan la maldad de sus obras y líbranos por tu misericordia. No nos desprecies, Señor, cuando a ti clamamos en la aflicción, sino más bien, por la gloria de tu Nombre, ven a visitarnos en la paz, sacándonos de la angustia presente» (cf. A. de Santi, La preghiera liturgica nelle pubbliche calamità, «La Civiltà Cattolica» 1917,2: 54-55).

Preces en postración. Un rito semejante, pero distinto, se celebra también en los siglos XIII-XVI. En el misal de Salisbury se le da el bello nombre de preces in postratione. El Papa Nicolás III, en 1280, para pedir defensa ante los turcos y la liberación de Jerusalén, ordena en la Bula Salutaria que en todas las misas, después del rito de la paz y del Paternoster, se postren todos, y después de un salmo y el Kyrie eleison, se rece: «–Salva a tu pueblo, Señor, y bendice tu heredad. –Gobiérnalo y hágase la paz por tu poder. –Señor, escucha mi oración. –Y mi clamor llegue hasta ti», etc.

Las procesiones penitenciales, semejantes a las que se hacían con ocasión de las antiguas estaciones, recitando las letanías de los santos, adquieren a partir del siglo XV una fisonomía nueva y propia, y son a veces impulsadas por los mismos Papas. Calixto III (+1458), por ejemplo, con ocasión de las invasiones turcas en Hungría, escribe en 1456 una encíclica a todos los obispos de la Iglesia , y prescribe en ella que todos los primeros domingos de mes se hagan procesiones generales, a las que nadie debe faltar, ni siquiera las monjas de clausura. Éstas harán la procesión en su claustro, rezando los siete salmos penitenciales y las letanías de los santos. La Misa compuesta para esta ocasión, se halla en el Misal de San Pío V, de 1570.

Ante Cristo en la Eucaristía. A medida que en estos siglos crece el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, estas reuniones y procesiones penitenciales de oración suplicante van siendo centradas por la Iglesia cada vez más en la devoción a la Eucaristía. El Papa Pío II, por ejemplo, en un consistorio de 1463, convoca urgentemente a los príncipes cristianos en defensa de la Cristiandad frente a los turcos. Y une a esa llamada a las armas una convocatoria a la oración: «como Moisés oraba en la cima del monte, mientras los suyos luchaban contra los amalecitas, así nosotros, puestos ante el mismo Señor nuestro Jesucristo, presente en la divina Eucaristía, imploraremos salud y victoria para nuestros soldados combatientes» (A. de Santis, ob. cit. 66).

El Rosario. Se comprende muy bien que el pueblo cristiano, cuando se ve en las mayores angustias, se acoja al amparo de la Virgen María y solicite su intercesión infalible, ya que Cristo en la Cruz se la dió como Madre (Jn 19,27). Entre las oraciones a la Santísima Virgen que han tenido una difusión universal la más antigua es Sub tuum præsidium, hallada en un papiro del siglo III: «bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita». Se da ya en esa oración el sentido principal de tantas otras oraciones que «los desterrados hijos de Eva, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas», venimos dirigiendo hace siglos a la Virgen, que es dulzura y esperanza nuestra: «ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos» (Salve Regina).

El Avemaría se forma a lo largo de la Edad Media, y el Rosario que la multiplica viene a ser hasta nuestro tiempo el Oficio divino más difundido en el pueblo cristiano. Es la principal oración suplicante de la Iglesia en las pruebas de su tormentosa historia. Los Papas han apoyado siempre su rezo con insistencia. León XIII publicó nueve exhortaciones apostólicas sobre el Rosario (1883-1897), los Papas siguientes continuaron impulsándolo, y Pablo VI, por ejemplo, escribió sobre él dos de sus siete encíclicas, Mense maio (1965) y Christi Matri (1966).

Al Rosario se atribuyó muy especialmente la victoria decisiva sobre los turcos en la batalla de Lepanto (1571). Y el Papa San Pío V, conmemorando el día de esa victoria, el 7 de octubre, estableció la fiesta litúrgica de Nuestra Señora del Rosario. El Senado veneciano puso en el Palacio de los Dogos estas inscripción: «ni fuerzas, ni armas, ni jefes: la Señora del Rosario es la que nos ha ayudado en la victoria». En el siglo pasado, en 1917, en las apariciones de Fátima, la Madre de Cristo pide una y otra vez a los videntes y al pueblo cristiano que «continúen rezando el rosario todos los días en honor de Nuestra Señora del Rosario para obtener la paz del mundo y el fin de la guerra, porque solo Ella lo podrá obtener».

Las Cuarenta Horas. La devoción de las Cuarenta Horas consiste en adorar a Cristo en la Eucaristía de modo ininterrumpido, día y noche, durante cuarenta horas, recordando el tiempo que permaneció muerto. Esta devoción, partiendo de tradiciones muy antiguas, llega a su forma plena en el siglo XVI.

San Agustín (+430) considera que «desde la muerte de Cristo hasta el amanecer de su resurrección hay cuarenta horas… Nadie, por necio y menguado de alcances que sea, osará afirmar que estos números carecen de misterioso significado en la Escritura» (Ciudad de Dios IV,6, 10; +De Trinitate 4,6). Cristo muere el viernes, a la hora de nona, hacia las 3 de la tarde (Lc 23,44), y tres días después, al amanecer del domingo, hacia las 7 horas, resucita (Mt,28,1). Ha estado, pues, cuarenta horas muerto. Adorando su pasión y su muerte, nos atrevemos a pedirle a Dios todo lo que necesitamos.

La devoción de las Cuarenta Horas alcanza su plenitud a principios del siglo XVI, especialmente en Milán, y en seguida en Roma, cuando ese tiempo continuado de adoración se hace precisamente ante la Eucaristía. Es promovida por grandes santos –Antonio María Zaccaria, Felipe Neri, Carlos Borromeo, Benito José Labre– y también, desde el principio, por los Papas. Recordemos la encíclica Graves et diuturnæ del Papa Clemente VIII (1592), y su Instrucción sobre las Cuarenta Horas de la misma fecha. La implantación de las Cuarenta Horas alcanzó una difusión tan universal en la Iglesia que el Código de Derecho Canónico de 1917, vigente hasta 1983, dispone que

«en todas las iglesias parroquiales y demás donde habitualmente se reserva el Santísimo Sacramento, debe tenerse todos los años, con la mayor solemnidad posible, el ejercicio de las Cuarenta Horas en los días señalados, con el consentimiento del Ordinario local. Y si en algún lugar, por circunstancias especiales, no se puede hacer sin grave incomodidad ni con la reverencia debida a tan augusto Sacramento, procure dicho Ordinario que al menos en ciertos días, por espacio de algunas horas seguidas, se exponga el Santísimo Sacramento en la forma más solemne» (c. 1275).

Esta tradición de oraciones comunitarias suplicantes, que es continua en toda la historia de la Iglesia, está casi perdida en no pocas Iglesias locales de hoy. Quedan las témporas de acción de gracias y de petición, un día al año. Quedan comunidades religiosas contemplativas, la Adoración Nocturna y asociaciones semejantes. Quedan las eventuales manifestaciones multitudinarias de cristianos, en forma secularizada, a favor o en contra de una causa política. Pero como veremos en el próximo artículo, con el favor de Dios, se ha ido perdiendo en gran medida la oración comunitaria del pueblo cristiano, que ha de pedir al Señor, especialmente en los tiempos más difíciles, no sólo los bienes espirituales, sino también los bienes temporales que necesita.

Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

Índice de Reforma o apostasía

Post post.– He tratado más ampliamente de este tema en Oraciones de la Iglesia en tiempos de aflicción (Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2001). –La imagen del principio es de Daniel Mitsui (Chicago, USA), ilustrador artesanal, especializado en dibujos a tinta inspirados en la iconografía medieval. Él entiende la vida presente como un combate entre Cristo y los cristianos, encabezados por San Miguel arcángel, contra el diablo y los suyos. Sabe lo que tantos cristianos desconocen hoy totalmente. Él, como todos los artistas cristianos antiguos y medievales, da forma gráfica a lo que dice la Sagrada Escritura en forma verbal. ¿Alguna objeción?

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(114) Católicos y política –XIX. ¿Qué debemos hacer?. 6

18.11.10 A las 4:35 PM, por José María Iraburu

–¿Qué, ya terminó su trabajoso viaje apostólico? je, je, je…
–No sé a qué viene esa risita. Tuve unos ejercicios espirituales de ocho días en un Seminario y otra semana con dos retiros en dos monasterios. Vuelvo ahora a mi blog.

Acabé ya de exponer la doctrina cierta de la Iglesia sobre la política. En 18 artículos he expuesto la gran nobleza de la acción política cristiana, y las condiciones de virtud necesarias para poder realizarla (95-96); los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia (97-109); y he iniciado una consideración sobre lo que hoy debemos hacer los cristianos en la vida política, comenzando por afirmar la primacía absoluta de la oración (110-113). Permítanme que insista una vez más en esto último antes de seguir adelante:

La oración de la Iglesia es la causa principal de la salud política de un pueblo. Como hemos comprobado con varios ejemplos, la oración de la Iglesia no sólo abre a los dones espirituales de Dios, sino también a sus dones temporales. Hoy, concretamente, el medio más poderoso y eficaz para combatir la Bestia liberal diabólica son las oraciones de petición de la Iglesia, las rogativas, las asambleas de oración y penitencia. Ellas, con la fuerza del Espíritu Santo, pueden vencer al Dragón infernal, a la Bestia mundana que de él recibe su fuerza, y a todos los males diabólicos que se difunden en el plano social y educativo, cultural y político.

Es muy alarmante que a veces este medio espiritual tan poderoso se vea menospreciado o simplemente ignorado. No deja de ser significativo que no pocos católicos, de entre aquellos que se muestran muy activos para llevar adelante iniciativas públicas en orden al bien común y al combate contra los grandes males presentes, «no tienen tiempo», sin embargo, es decir, no tienen ánimo para ir a Misa con más frecuencia o, por ejemplo, para rezar el Rosario diariamente, práctica que la Virgen María ha indicado claramente en Fátima y en otras ocasiones para la salvación del mundo moderno. Ya se ve que quienes ignoran el valor de la oración de súplica en la vida política confían más en la eficacia de las acciones humanas que en la eficacia de la gracia del Salvador del mundo; es decir, que en el fondo esperan la salvación no tanto de Dios, por gracia, sino sobre todo del hombre, por su esfuerzo. Con lo cual, sin saberlo, están espiritualmente bastante más cerca de sus adversarios políticos de lo que piensan. Hay en su actitud –aunque sea en dosis muy pequeñas– el convencimiento de que, para ser eficaces en los asuntos seculares, hay que combatir al mundo con sus propias armas.

En la vida litúrgica de la Iglesia, de hecho, se han ido reduciendo las rogativas (del latín rogare, rogar), la celebración de letanías (del griego litaneia, súplica insistente) y otras celebraciones semejantes, antes muy frecuentes, que ya he descrito. Actualmente la celebración litúrgica de las Témporas, sujeta su concreción a la Conferencia Episcopal de cada nación, pasa casi inadvertida para los mismos católicos practicantes, incluso los de Misa diaria. Ha quedado limitada, al menos en España, a los tres días de acción de gracias y petición, que pueden reducirse a uno, y se reducen, el cinco de octubre.

Reconozcamos con humildad que antiguamente la fe en la eficacia de la oración de petición era mucho más profunda en los cristianos que en los tiempos modernos, tan afectados de pelagianismo o semipelagianismo. Ya describí ampliamente los síntomas de esta enfermedad espiritual, como puede verse en el Índice (59-65). Los cristianos de antes estaban más convencidos de que no hay nada más poderoso para actuar en el mundo temporal que la oración. Creían de verdad en la palabra de Jesús: «cuanto pidiereis al Padre os lo concederá en mi nombre… Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (Jn 16,23-24).

Nosotros, en cambio, a veces, cuando hemos llegado al colmo de la impotencia y del desánimo, decimos: «no hay nada que hacer. Ya no queda sino rezar». La oración, pues, como «último recurso», y por supuesto, el más débil. Y la verdad es justamente lo contrario. La oración ha de ser «el primer recurso», y por supuesto, es el más fuerte y eficaz. La oración de petición ha de ir siempre por delante, como la proa del barco de la Iglesia; ha de ir por delante en la vida de cada cristiano, y también de aquéllos especialmente dedicados a la actividad política. Principios doctrinales y oración de petición forman la parte más luminosa y cierta de mi exposición sobre Católicos y política.

Entro, pues, ahora a explorar un campo menos cierto, en el que la virtud de la prudencia tendrá que hacer continuos discernimientos, y Dios quiera que pueda hacerlos con la ayuda de su don de consejo. Aquello que los cristianos deben hacer concretamente en relación a la vida política deberá ajustarse siempre, por supuesto, a los grandes principios doctrinales ya expuestos. Pero en la aplicación concreta de los mismos caben innumerables posibilidades, 1) según los países y las circunstancias y 2) según también la gracia que cada persona o cada grupo recibe de Dios.

Sería necio preguntarse, p. ej., ¿qué deben hacer los cristianos injustamente apresados en un campo de concentración? ¿Cuál es la actitud evangélica en esa extrema situación? No hay una actitud evangélica, pues muchas reacciones diversas y aún contrarias entre sí pueden estar inspiradas por un mismo espíritu cristiano. Pueden rebelarse contra sus carceleros, atacándolos, si es viable, o afirmándose en una resistencia pasiva, negándose al trabajo. Pueden intentar todos o un grupo una fuga para salvar la vida y buscar ayudas. Pueden incendiar el campo. Pueden, como Cristo en la hora de la pasión, «no resistir al mal», y dejarse atropellar y matar, colaborando con quienes gobiernan el campo, en todo lo que la conciencia les permita, para conseguir así un trato más favorable, especialmente hacia los cautivos más débiles y enfermos. Pueden darse, en fin, innumerables alternativas diversas, todas ellas fieles al Evangelio.

Entre quienes siguen alternativas diversas, debe mantenerse siempre la unidad católica, por la unión de la obediencia a los Pastores sagrados y por la unión de la caridad eclesial fraterna. La unidad es una nota esencial de la Iglesia, y no debe verse debilitada o rota entre aquellos cristianos que en cuestiones políticas siguen opciones diversas, siempre que sean en sí mismas lícitas y conformes a la doctrina católica. Concretando en forma simplificada: no pueden los más inclinados a la colaboración con la Bestia liberal considerar terroristas a aquellos cristianos que la atacan y denuncian más o menos abiertamente. Ni éstos pueden considerar a aquéllos otros como colaboracionistas, cómplices activos o pasivos de la Bestia mundana. Todos deben guardar la humildad y la caridad que son precisas para mantener la Iglesia en la unidad y la paz.

Por otra parte, ese empeño por guardar la unidad se hace hoy especialmente difícil porque desde hace medio siglo la doctrina política de la Iglesia ha sido muy escasamente actualizada y expuesta por la Jerarquía apostólica. Así lo he señalado anteriormente (97, al comienzo). Y entre los mismos Obispos, según personas y países, pueden apreciarse diferencias muy notables en relación al gobierno de los Estados liberales de Occidente. Tanto en la doctrina política, como más aún en los discernimientos prudenciales concretos –por ejemplo, dar o negar la comunión a ciertos políticos, enfrentarse o no abiertamente contra el Gobierno, etc.–, las diferencias entre los Obispos son a veces muy notables. Y con frecuencia los católicos, siendo a veces una gran mayoría en la nación, han de permanecer en el campo de la política paralizados por la perplejidad y la división de criterios. Su fuerza de influjo en la política es mínima. Cualquier minoría, por estrafalaria que sea, tiene con frecuencia una fuerza política mayor.

Comienzo, pues, ahora a tratar la cuestión ¿qué debemos hacer hoy los cristianos en la vida política? Y me veré obligado a ir considerando posibles acciones políticas muy concretas, en forma menos ordenada y doctrinalmente menos cierta.

Las manifestaciones católicas, más o menos multitudinarias, en pro y en contra de ciertas causas han ido cobrando en los últimos tiempos una importancia y frecuencia notables, al menos en ciertos lugares. Alejadas no poco o mucho de las procesiones penitenciales, de las rogativas y de otros modos de stationes que ya he descrito, se configuran a veces, no siempre, en modos semejantes a las manifestaciones seculares, sindicales y políticas. Me limitaré a referir algunos ejemplos.

En una ciudad del interior de Argentina, de unos 150.000 habitantes, varias Asociaciones católicas convocan una marcha en favor de la familia y de la vida, amenazadas ambas por un Gobierno anticristiano. «Se hizo la convocatoria con el propósito de afirmar públicamente por las calles de nuestra ciudad, como argentinos y como católicos, la Realeza Universal de Cristo y, consecuentemente, la primacía absoluta de su Ley en todos los órdenes de la actividad humana social e individual, frente a la agravación de los ataques que, desde diversos ámbitos de la sociedad moderna, se dirigen contra la Fe y la inteligencia católica, contra el orden natural y cristiano y contra las Instituciones y tradiciones que lo sostienen». Durante varios meses muchas personas colaboran con gran esfuerzo para preparar la marcha, conseguir permisos del Gobierno local, estimular personas y grupos, y prever todos sus numerosos detalles logísticos. Finalmente llega el día señalado.

Dos automóviles con potentes altavoces van en cabeza y cola de la marcha. La policía local la acompaña discretamente, en parte para defenderla de posibles agresiones, en parte para impedirle eventuales excesos. Se alternan en la marcha cantos, rosarios y oraciones, himnos y consignas coreadas por los más de 1000 asistentes. «Entre misterio y misterio [del Rosario], se entonaban cantos y se pronunciaban exclamaciones y vivas, con el entusiasta acompañamiento de grupos de jóvenes que hacían sonar sus bombos, redoblantes y cornetas, a la vez que se lanzaban bombas de estruendo y luces de bengala. Luego se hacía nuevamente el silencio y se continuaba con la oración».

Terminada la marcha de tres kilómetros, todos se congregan en un monumento local de gran significación patriótica y cristiana, y es leída por los potentes altavoces una encendida proclama en favor de ciertos valores cristianos, atropellados por poderes políticos y medios de comunicación, que se dicen liberales y tolerantes. Se rezan después unas oraciones litánicas, en las que se enumeran diversas intenciones, algunas bien incisivas, como las que piden al Señor «la conversión de los gobernantes, jueces y legisladores, para que no aprueben más leyes inicuas y criminales en nuestra Patria». Finalmente, se termina el acto y se dispersa la gente pacíficamente.

La marcha reunió a 1 de cada 150 habitantes de la ciudad, y no consiguió ninguno de sus objetivos. Sus efectos positivos se dieron en los propios manifestantes y también en la Iglesia local.

Nowa Huta es una ciudad polaca de más de 200.000 habitantes, construída después de la II Guerra Mundial (1949ss) junto a Cracovia. Si ésta viene a ser la capital espiritual e intelectual de la nación, Nowa Huta había de ser un paraíso obrero paralelo, una imagen perfecta del ideal soviético de una Ciudad-sin-Dios, sin templo, sin Iglesia. Mons. Karol Wojtyla, obispo auxiliar de Cracovia, después de fallidas conversaciones con las autoridades comunistas, pasó a la ofensiva y celebró en 1959 al aire libre una Misa navideña de medianoche. En el lugar deseado para un templo se plantó una gran cruz, una y otra vez retirada por agentes del régimen, y una y otra vez repuesta por católicos polacos. Estas luchas implicaban por entonces peligros muy graves, dadas las características de la policía secreta y pública del régimen comunista.

En 1962 Mons. Wojtyla fue nombrado Arzobispo de Cracovia, y en 1967, Cardenal. En Nowa Huta siguieron celebrándose Misas multitudinarias en las fechas importantes, hasta que en 1970 el Gobierno comunista cedió y permitió la construcción de un templo. En 1977, el Cardenal Wojtyla inauguró la nueva iglesia, y en 1978 fue elegido Papa.

Juan Pablo II, en su primer viaje apostólico a Polonia, dijo en la homilía de una Misa (8-VI-1979): «La historia de Nowa Huta está escrita por medio de la cruz… Han llegado hombres nuevos a Nowa Huta para comenzar un nuevo trabajo. Ellos han traído consigo esta nueva cruz. Ellos mismos han sido quienes la han levantado como signo de la voluntad de construir una nueva iglesia. He tenido la gran suerte de bendecir y consagrar, el año 1977, esta iglesia surgida a la sombra de una nueva cruz».

Los combates librados por los católicos en Nowa Huta mostraron la vulnerabilidad del Poder comunista ante las exigencias espirituales de un pueblo católico unido, encabezado por sus Obispos. Aquella ciudad nueva fue un semillero de oposición al régimen comunista. Dirigida esa oposición por el sindicato Solidaridad, llevaría en pocos años a la caída del comunismo perverso, opresor de la católica nación polaca.

En Versalles, cerca de París, en 1984, se produjo una inmensa concentración de católicos, promovida y encabezada por el Arzobispo de París, Cardenal Lustiger, y otros Obispos. Se enfrentaron así al Gobierno del presidente socialista Mitterrand, que en un proyecto de ley restringía notablemente las ayudas públicas a las escuelas confesionales privadas. Numerosas organizaciones católicas se unieron a la iniciativa, como la Union des Associations des Parents d’Élèves de l’enseignement libre (UNAPEL). La ley no se promulgó, y el ministro Savary, que la había promovido, hubo de dimitir. La victoria fue completa.

En Madrid, durante el último decenio, se han producido concentraciones multitudinarias de varios cientos de miles de asistentes, convocadas por Asociaciones católicas y apoyadas públicamente algunas veces por la misma Jerarquía episcopal. La colaboración organizada de miles de voluntarios durante meses hizo posible estas grandes manifestaciones católicas, convocadas sobre todo en defensa de la vida y de la familia, contra ciertas leyes proyectadas o promulgadas por el Gobierno socialista anti-cristiano. Es de notar que ninguna asociación nacional tiene, ni de lejos, un poder de convocatoria semejante al de la Iglesia.

El efecto político –el político– de estos formidables encuentros fue nulo. El Gobierno siguió adelante por su línea, sin variarla en nada, y en esos años facilitó al máximo los divorcios y los abortos, legalizó el «matrimonio» de homosexuales, estableció como asignatura obligatoria una Educación para la Ciudadanía profundamente anti-cristiana, etc.

La forma de estas manifestaciones multitudinarias ha variado bastante en cada ocasión. A veces los actos propiamente religiosos han sido escasos, y predominaron los modos seculares semejantes a las concentraciones sindicales o políticas. Cantos y banderolas, pancartas en alto y franjas de tela con ciertos lemas, elevación de globos, repetición clamorosa de algunas frases, al estilo de «¡aborto ilegal – aborto legal – siempre criminal!» En otros macro-encuentros se ha acentuado bastante más el sentido religioso, haciendo que culminaran en una Misa, y encargando los discursos finales a católicos señalados del Episcopado y del laicado de la Iglesia.

¿Qué pensar de estas grandes concentraciones religiosas, promovidas con un fin político? La cuestión es compleja, y exige que prolonguemos su estudio. Las observaciones que pueda yo hacer sobre ella valdrán también, mutatis mutandis, a las pequeñas concentraciones reunidas, por ejemplo, ante una Clínica abortista o ante un edificio del Gobierno. Y también tendrán alguna aplicación a ciertas Asociaciones que emplean sobre todo la vía de internet –lanzamiento de campañas, recogida de firmas, convocatoria de concentraciones–, procurando a un tiempo la movilización de los católicos en causas políticas y el combate contra Gobiernos anti-cristianos.

Continuará.

José María Iraburu, sacerdote

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(115) Católicos y política –XX. ¿Qué debemos hacer?. 7

24.11.10 A las 8:46 PM, por José María Iraburu

–¿Organizamos una buena concentración católica con un objetivo de reivindicación política?
–Nunca faltan motivos para ello en nuestro mundo. Pero veamos las condiciones necesarias.

En el artículo anterior describí las marchas, concentraciones y manifestaciones públicas de los cristianos como uno de los modos actualmente empleados en el campo de la acción política. Puse como ejemplos la marcha celebrada en una ciudad de Argentina, las concentraciones de Nowa Huta y de Versalles, así como otras varias de Madrid. Y terminaba diciendo: ¿Qué pensar de estas grandes concentraciones católicas, promovidas con un fin político?

Las formas de las manifestaciones son muy diversas. Unas son prudentes, otras no. Unas están convocadas por los Obispos, otras por la iniciativa de Asociaciones de laicos. Unas tienen una modalidad abiertamente religiosa, y vienen a ser procesiones penitenciales y rogativas. Otras hay, al extremo opuesto, que adoptan formas casi totalmente seculares, acentuando la denuncia y la protesta. No será fácil en ocasiones distinguir si estamos ante una acción multitudinaria religiosa o más bien política. En fin, es evidente que no puede darse un juicio único para discernir el valor político y cristiano de manifestaciones públicas tan diversas. Por otra parte, lo que en un lugar es imprudente, en otro puede ser prudente y conveniente.
Estas grandes concentraciones públicas de católicos pueden ser, en principio, medios de acción política de gran eficacia. Estimo, sin embargo, que su valoración y oportunidad han de considerarse con sumo cuidado. Después de todo, al no ser tradicionales en la Iglesia, pues se han producido solamente en algunos lugares y en los últimos tiempos, no hay sobre ellas un discernimiento histórico fundamentado, ni existen tampoco acerca de ellas unas orientaciones pastorales de la Iglesia.

Suele ser un dato cierto que el beneficio mayor y más seguro es el que Dios produce en los mismos manifestantes. Estas grandes concentraciones, promovidas o no por iniciativa de la Jerarquía apostólica, se preparan con no poco trabajo, y su realización sólo es posible gracias al celo por el bien común de la Iglesia y del mundo que Dios enciende en el corazón de miles de católicos, de cientos de miles a veces. En estas grandes marchas y concentraciones los católicos acrecientan su fortaleza, confesando públicamente su fe en Dios y en sus leyes, se alegran de congregarse y de animarse con su presencia unos a otros, y luchan animosamente con un medio que está a su alcance –otros muchos no lo están– para promover causas buenas y resistir graves amenazas sociales o leyes criminales.

Más incierta resulta la eficacia política de tales manifestaciones. En ocasiones, como bien sabemos, la concentración pública de un millón de católicos en contra de una ley criminal anunciada no ha impedido en absoluto la promulgación de la misma. Ha afectado a la Bestia política anti-Cristo tanto como la picadura de un mosquito a un elefante. Y sin embargo ese millón de católicos fue reunido con un enorme esfuerzo.

Pudiera pensarse que diez diputados en el Congreso, si son realmente católicos y dispuestos a dar claro testimonio de Cristo, quizá consigan para el Reino de Dios victorias políticas que no son logradas por un millón de católicos manifestantes. Hablo de diez diputados que, como dice el Concilio Vaticano II, están decididos a trabajar en política para «evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, [dando] claro testimonio de Cristo» (AA 2). Hablo de políticos católicos cuyo intento principal es «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Como sabemos, la orientación política de ciertas naciones en no pocas ocasiones depende de la dirección exigida por una pequeña minoría de diputados, sin los cuales el Gobierno no puede sostenerse.

Pudiera pensarse también que si en vez de concentrar un millón de católicos en un lugar del país se congregaran diez o veinte mil en cada uno de los cincuenta lugares elegidos en una nación –catedrales, santuarios principales, estadios deportivos–, reuniéndose en celebraciones diocesanas, profundamente religiosas, orantes, penitenciales, eucarísticas, fáciles de organizar, y a las que será posible asistir y regresar en el día sin especiales gastos y esfuerzos, se conseguirían quizá frutos más positivos, y con muchísimo menos trastorno de las familias, del orden público, de las carreteras y de los calendarios de actividades de personas y asociaciones. Y sin enfrentamientos crónicos y públicos de la Iglesia con una sociedad claramente anti-cristiana.

La justificación de esas concentraciones católicas multitudinarias se puede establecer alegando el reinado social de Cristo, Rey no sólo de las personas y familias, sino también de las sociedades. Es precisamente la Bestia liberal, en cualquiera de sus modalidades, la que quiere a los cristianos recluidos en las sacristías, ocultos en las catacumbas de sus vidas privadas, sin manifestación pública alguna. También podrá alegarse la especial sacralidad del pueblo cristiano, que ha de llevarle a ser signo visible en la sociedad, estandarte del Señor alzado entre los pueblos. Todo eso es cierto, indudablemente. Pero los discernimientos prudenciales concretos han de tener en cuenta muchos más elementos, que sin duda en cada lugar y circunstancia pueden llevar a conclusiones diferentes.

Pongo un ejemplo. En una ocasión preguntaron a Santa Bernardita por qué a veces, yendo por la calle, rezaba ocultando el rosario en un bolsillo. A lo que ella contestó: «muchas veces es conveniente esconder a los ojos del mundo los objetos de devoción. Pueden ser mal comprendidos y dar ocasión a que se hable mal de la Santísima Virgen». No obraba así la santa por cobardía, por respetos humanos y por no atreverse a confesar a Cristo ante los hombres. Obraba así por prudencia del Espíritu Santo.

Señalo las condiciones principales que hacen justa y conveniente una gran concentración de católicos con fines políticos. Y como hay sin duda una cierta analogía entre la guerra y la manifestación pública de los católicos que viven en Babilonia, oprimidos por un poder diabólico, tendré en cuenta las condiciones que la Iglesia exige para que una guerra sea lícita. Las citaré según las resume el Catecismo.

Conviene que las grandes manifestaciones católicas con un fin político tengan la aprobación de la Autoridad apostólica, el Obispo local, la Conferencia episcopal. Para discernir la licitud de la guerra ha de tenerse en cuenta que «la apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común», es decir, en nuestro caso de los Obispos (Catecismo 2309). Si recordamos las cuatro concentraciones que puse como ejemplo en el artículo anterior, comprobaremos que las dos únicas que lograron su intento en el campo político fueron las convocadas por el Arzobispo de Cracovia, Mons. Wojtyla, y por el Arzobispo de París, Mons. Lustiger. No es éste, claro está, un argumento decisivo, pues solamente cité cuatro ejemplos. Y no niego que en ocasiones puede ser más conveniente y eficaz la convocatoria de asociaciones de laicos. Pero mantengo la conveniencia, en principio, de la condición señalada.

Otras veces en cambio, ya se comprende, cuando se trata de una procesión o concentración puramente devocional, no exigirá siempre esa aprobación episcopal previa. Pero también a veces será ésta conveniente, sobre todo cuando se trata de un acto público en el que se convoca en general «a todos» los fieles, es decir, a toda la Iglesia local. En principio, todo lo que afecte al bien común de la Iglesia del lugar debe hacerse en clara unión de obediencia al Obispo, es decir, sujetando las diversas iniciativas privadas a la bendición positiva de la Autoridad apostólica local. Y esta norma es muy antigua. San Ignacio de Antioquía, ya por el año 107, escribía: «hacedlo todo en la concordia de Dios, presidiendo el Obispo, que ocupa el lugar de Dios» (Magnesios 6). «Que nadie, sin contar con el Obispo, haga nada de cuanto atañe a la Iglesia» (Esmirniotas 9».

Estas normas tan antiguas y venerables hacen pensar que para organizar una gran acción pública, que en una u otra medida compromete a la Iglesia local, no basta con lograr del Obispo una actitud de permiso o tolerancia –quizá porque no se ve con fuerzas para impedirla–. Parece que esas normas de vida eclesial más bien exigen un consentimiento claro y positivo del Obispo, para que la obra emprendida venga vivificada ciertamente por Cristo a través de su representante en la Iglesia del lugar. Y si los santos apóstoles Pedro y Pablo exigían de los cristianos una fiel obediencia cívica a las autoridades imperiales, siendo Nerón emperador, también ha de prestarse esa misma y mayor obediencia eclesial al Obispo local, aunque a veces sea temeroso o de poco celo apostólico.

Por tanto, si el Obispo del lugar estimara que no es conveniente una cierta marcha o concentración pública organizada por un cierto grupo de laicos para promover un acto masivo pro-algo y contra-algo, esa manifestación no se debe realizar. No es lícito obrar en asuntos públicos de la Iglesia local al margen del Obispo, y menos todavía, en contra de su voluntad, sea ésta manifiesta o supuesta con certeza moral. Los cristianos manifestantes, por otra parte –no haría falta decirlo–, habrán de evitar absolutamente calificar al Obispo como «cómplice de los crímenes que nosotros valientemente denunciamos».

La celebración de una manifestación católica de intención política exige «que se reúnan condiciones serias de éxito» (Catecismo 2309). Así lo exige la Iglesia para declarar lícitamente una guerra. Es evidente, sin embargo, que esta norma habrá de aplicarse mutatis mutandis, pues entre una gran concentración católica políticamente reivindicativa y una guerra hay similitud, pero en modo alguno identidad. Por otra parte, no es fácil medir el éxito habido en una de estas concentraciones. Sí es posible en cambio medir en cierto modo la eficacia de la misma acerca del objetivo político pretendido. Se han dado en ocasiones manifestaciones de un millón de católicos cuya eficacia política ha sido prácticamente nula. Y también se han conseguido otras veces, pocas, efectos positivos muy grandes.

El gran trabajo de los organizadores durante meses, el notable esfuerzo de personas y familias de toda la nación para reunirse en cierto lugar, acudiendo a él en miles de coches y autobuses, podrá tener grandes efectos benéficos en los propios asistentes. Y tanto los organizadores, que ven desbordadas sus previsiones, como los asistentes, podrán estimar que la concentración fué un gran éxito. Pero el efecto político que en ella se pretendía podría ser un total fracaso. La Bestia liberal, dominadora de los principales medios de comunicación, silencia después, desfigura, aminora –la guerra de cifra de asistentes–, ignora prácticamente la multitudinaria manifestación. Y aquellas leyes diabólicas, con tanto esfuerzo combatidas, se hacen después vigentes, con otras más, implacablemente.

También ha de evaluarse previamente si la convocatoria misma va a tener éxito. Puede, por ejemplo, el Obispo de una ciudad de 200.000 habitantes considerar perjudicial una concentración católica de reivindicación política en la que se prevé una asistencia de 1.000 personas. Esta mínima representación de la ciudad puede resultar contraproducente en referencia al objetivo político pretendido. Escenifica y manifiesta que la oposición a esas leyes es mínima: «mírenlos: no son nadie, son mil entre 200.000». Los enemigos del Reino se verán satisfechos de que la manifestación se haya producido y les haya dado la razón. Quizá incluso deseen y esperen que en otras ciudades se hagan manifestaciones semejantes.

Continuaré todavía con el tema de las manifestaciones. Pero vuelvo a advertir que en esta serie Católicos y política hemos entrado ya en una sección última, Qué debemos hacer? en la que gran parte de lo que diga es opinable. Estamos en un campo prudencial en el que la evaluación de algunas acciones políticas no puede presentarse como cierta, cuando es de suyo opinable y condicionada por lugares y circunstancias.

José María Iraburu, sacerdote

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(116) Católicos y política –XXI. ¿Qué debemos hacer?. 8

10.12.10 A las 6:59 AM, por José María Iraburu

–Bueno ¿nos manifestamos los cristianos o no? Motivos no faltan.
–Permanezca atento a la pantalla, lea e instrúyase.

Ya queda dicho que las multitudinarias manifestaciones católica con finalidades reinvindicativas pueden ser oportunas en algunos casos y guardando ciertas condiciones. Sigo considerando el tema.

–La fuerza del número es clave en las sociedades liberales. Sit pro ratione, voluntas. Siga la razón lo que la voluntad establece. Esta máxima romana –Juvenal, por ejemplo– se acomoda muy bien a cualquier gobierno que no se sujeta ni a Dios ni al orden natural, sea un tirano o una muchedumbre democrática liberal. De hecho, si miramos la historia de Occidente, observamos que el uso de las manifestaciones populares como medio ordinario de acción política se ha multiplicado grandemente en las sociedad democráticas liberales, fundamentadas no sobre la verdad, sino sobre la fuerza numérica de los votos.

Siempre ha habido, por supuesto, concentraciones populares que pretendían afirmar sus razones con la fuerza acumulada de sus voluntades: Fuenteovejuna, ¡todos a una! Pero parece indudable que su proliferación moderna en la vida política procede de doctrinas como las de Rousseau y afines. La voluntad general, la fuerza de la mayoría, debe prevalecer sobre todo y sobre todos. La fuerza cuantitativa de la voluntad y del número debe prevalecer sobre la fuerza cualitativa de la razón y de la verdad. Las cosas –el «matrimonio» homosexual, por ejemplo– no son según la verdad de su naturaleza, sino como la mayoría del pueblo quiere que sean.

–En las fuerzas seculares políticas, sindicales y afines, las concentraciones públicas son medios ordinarios empleados en la lucha política y laboral. En efecto, éstos y otros grupos seculares, apoyándose en las premisas liberales, es decir, en la fuerza bruta y numérica de las masas, convocan con relativa frecuencia las manifestaciones públicas, procurando que sean lo más numerosas y clamorosas posibles, para que puedan afectar seriamente a gobernantes, empresarios y opinión pública. Por eso mismo, al día siguiente del evento suele haber en los medios de comunicación una «guerra de cifras» en la que éstas varían escandalosamente según la orientación política de cada uno de los medios.

Estas manifestaciones, como también las huelgas, son acciones apoyadas no en la fuerza de la razón, sino en la razón de la fuerza. Por eso suelen ser portadoras de un mensaje sumamente simple, expresado en pancartas, reiterado en eslóganes proclamados en enormes coros, y finalmente completado por un discurso elemental, proclamado en un estrado a través de potentes altavoces.

Es frecuente que estas grandes concentraciones mundanas se produzcan en formas deliberadamente desmesuradas, según los casos: cientos de banderas y letreros, pitos, bombos y trompetas, petardos de estruendo, globos, caras pintadas, gorros, pañuelos y lazos significativos, cantos y abundancia de octavillas… Y es lógico que así procedan, pues ante todo tratan de impresionar al público, a los periodistas y fotógrafos, a la televisión, y de presionar a través de estos medios a determinadas instancias sociales y políticas. Unas veces el ambiente es torvo y agresivo, pero con más frecuencia es de gran jolgorio, lo que no deja de ser contradictorio cuando la causa de la acción masiva es, real o presuntamente, una gran injusticia o algo intolerable.

–Es, pues, normal que ese mundo centrado en el número de voluntades y en la cantidad de la fuerza social ostentada públicamente sea ajeno a la tradición católica. Como también es bastante comprensible que las manifestaciones católicas se configuren de modos semejantes a los establecidos por las concentraciones paganas. Se trata de mimetismos lamentables, aunque tampoco hay que calificarlos como indignos. Aunque a veces sí.

El pueblo cristiano vive de la fe, esto es, de la verdad, sea ésta profesada por una minoría o por una inmensa mayoría. Es igual. Vive de la fe, de la inteligencia evangelizada por Cristo, no de las convicciones mayoritariamente profesadas y manifestadas. Vive de la voluntad de Dios, no de la voluntad general, presuntamente conocida a través de las concentraciones masivas, de las votaciones cívicas y de los partidos políticos. Por eso casi siempre se capta un algo de ambigüedad en las grandes concentraciones católicas que combaten por nobles causas políticas.

No puede uno menos de pensar que quizá muchos de los que en ella participan tienen una firme fe en la democracia liberal, tantas veces reprobada por la Iglesia. Creen que una sociedad debe regirse ateniéndose a la fuerza cuantitativa de los votos. Son, pues, católicos que maldicen ahora en su concentración pública los frutos perversos de un árbol político que habitualmente bendicen, regándolo con sus votos, y considerándolo, en cuanto sistema, como «el menos malo» de los árboles políticos que pueden cobijar a los hombres bajo sus ramas.

Según esto, muchos de los católicos que se manifiestan contra ciertos males sociales causados por los políticos liberales están de ellos bastante más cerca de lo que piensan. Y de hecho, en las próximas elecciones, darán quizá sus votos a partidos malminoristas de presunta inspiración cristiana, que están determinadamente dispuestos a tolerar las leyes criminales establecidas por el liberalismo de sus predecesores en el gobierno, ya que se trata de leyes establecidas por la majestad suprema de la voluntad general ciudadana.

–El pueblo de Cristo, sin embargo, debe también manifestarse cuando es oportuno, pero siempre en formas dignas, evitando un mimetismo acrítico a las concentraciones seculares. Esa dignidad está asegurada cuando se trata de concentraciones realizadas con unas formas religiosas, sea en la calle y en la plaza o sea en el ámbito sagrado de una catedral o de un santuario. También entonces son manifestaciones –como cuando implican públicas procesiones–, y aunque a veces puedan celebrarse con una cierta finalidad reivindicativa, más propiamente tienen una forma orante y suplicante. Se dirigen principalmente a Dios, aunque también a los gobernantes de modo indirecto.

Pero también cuando estas manifestaciones han de darse en un ambiente más secular han de guardar siempre la dignidad, la belleza y el orden que corresponde a la Iglesia, congregada en el nombre de Cristo, para defender una causa política. Esta dignidad en los modos viene exigida fundamentalmente por el respeto debido a Cristo: «donde dos o tres se congregan en mi nombre, allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,20). El pueblo cristiano es el Cuerpo de Cristo, el estandarte de Dios entre los hombres, el Templo de la Santísima Trinidad. No puede, por tanto, manifestarse adoptando sin más formas profanas, porque el Señor aseguró que estaría presente en estas reuniones. Y no estaría Cristo cómodo desfilando en ciertas manifestaciones católicas de formas secularizadas.

–Non multa, sed multum. Esta vez la máxima latina (Plinio el Joven, Quintiliano) admite, obviamente, una indefinida variedad de significaciones. Más profundidad que extensión. Más calidad que cantidad. Un «manifiesto» con una declaración escandalosamente verdadera y clara, firmado por diez cristianos prestigiosos, puede tener más eficacia política que una «manifestación» de un millón de cristianos. Y en este sentido, la acción de «un» católico solo, aunque no sea persona especialmente significada en la sociedad, que, por ejemplo, publica una carta al director de un diario nacional, combatiendo con fuerza por una causa noble –si es que se la publican–, suele ser siempre conveniente, y en alguna medida eficaz, sin que por su parte plantee especiales problemas acerca de su oportunidad. Mucho más problemática es la convocación de una marcha de un millar o de cien mil católicos por las calles de una ciudad.

–Algunos grupos católicos actúan fundamentalmente por internet para promover estas concentraciones masivas, cartas al Gobierno con miles de firmas, y otros modos análogos de combatir en favor del bien común. Estamos más o menos en la misma línea estratégica de las grandes manifestaciones, que a veces son precisamente convocadas por estos mismos grupos. Pues bien, los más valiosos grupos son aquellos que más formación doctrinal y espiritual dan a sus miembros. Los menos valiosos se centran en la promoción de acciones cuantitativas y numéricas. Con la mejor intención, con grandes esfuerzos de trabajo y de gastos, que no son posibles sin mucha abnegación y amor al bien común, logran, por ejemplo, fabricar y distribuir cincuenta mil camisetas con un slogan o reunir cientos de miles de firmas para potenciar una carta de protesta y de exigencia:

«Querido José María [me dicen en una carta «personal»], luchamos por impedir tal ley: y vamos a conseguir frenarla. Ayúdanos con tu presencia, tu firma y tu donativo». No siempre estos grupos coordinan suficientemente sus actividades, que al pretender un mismo objeto, se estorban a veces entre sí. Tienden con frecuencia a multiplicar campañas y eventos («el órgano crea la función»). Rivalizan a veces con otras asociaciones colaboradoras en la misma acción para mantener la dirección y apuntarse el éxito posible. Revuelven no poco el Calendario del año de los cristianos, como ya lo indiqué en otro artículo (99). Miserias dificilmente evitables en toda acción humana colectiva. Pero, sin duda, estos grupos católicos militan bajo las banderas de Cristo. No suelen conseguir grandes victorias políticas, pero resultan benéficos sobre todo para los cristianos que colaboran en ellos.

–El pueblo cristiano no debe asumir como un medio ordinario de acción política la organización de grandes presiones sociales, conseguidas en manifestaciones y cartas multitudinarias. Las fuerzas sociales y políticas modernas, como se apoyan principalmente en la fuerza del número, emplean ese medio en forma ordinaria, siempre que lo ven conveniente; y lo ven conveniente con frecuencia. Pero la Iglesia no debe asumir estos modos de presión social y política como una de las formas habituales de combatir por el Reino. Y si en algún caso son convenientes esas acciones, han de organizarse en lo posible convocacas o aprobadas por la Jerarquía apostólica, con una considerable probabilidad de éxito y en formas absolutamente dignas, las que corresponden a Cristo y a su Cuerpo eclesial.

–Si los católicos usaran ordinariamente el medio político de las manifestaciones, tendrían que estar manifestándose en forma continua contra los males del mundo secular: diariamente. Y eso es evidentemente imposible. Tendrían que manifestarse, por ejemplo, contra el proyecto de una ley facilitadora del aborto; pero si era después de promulgada, tendrían que seguir manifestándose contra ella. Un año y al año siguiente. El terrible crimen social sigue erguido como una columna. Si no cayó al primer envite multitudinario, habrá que seguir convocando muchedumbres hasta que la columna caiga y se rompa en trozos. ¿Es éste un plan prudente de acción política cristiana?

Y lo mismo tendrían que hacer los católicos contra una ley de divorcio-rápido, por pura voluntad de los cónyuges o de uno de ellos, sin causas previamente tipificadas por el Derecho. Es un enorme crimen destructor de las familias. Y lo mismo contra la pornografía en los medios de prensa y televisión, a veces subvencionados por el Estado, es decir, por los ciudadanos contribuyentes. Y lo mismo contra ciertas leyes educativas vigentes en escuelas, colegios y universidades. Y contra el «matrimonio» homosexual. Y contra las mínimas ayudas económicas a los países pobres, vergonzosamente escasas, meramente simbólicas, que dejan morir de hambre a muchos millones hombres. Y tendrían que manifestarse contra… y a favor de… No bastarían los 365 días del año.

La Bestia liberal es sumamente prolífica, y está engendrando monstruos innumerables, uno tras otro, en leyes, costumbres, medios de comunicación, de entretenimiento y de educación. En consecuencia, los cristianos, puestos a manifestarse, habrían de hacerlo en primer lugar contra el ateísmo oficial del Estado, el mayor de todos los crímenes públicos, el crimen padre de todos los crímenes sociales y políticos (Rm 1,20-32).

De este modo, en un régimen de manifestaciones frecuentes el pueblo cristiano se configuraría públicamente ante el mundo como un contra-poder crónico. Lo que además de imposible, es sin duda inconveniente.

–Nuestro Señor Jesucristo no organizó concentraciones inmensas, aunque era tan grande su poder para entusiasmar al pueblo, ni para salvar su vida, ni contra los romanos invasores, ni contra sacerdotes-escribas-fariseos y demás manada de autoridades pésimas, que estaban tramando su muerte. Él nunca empleó esa, digamos, violencia social, o si se quiere, esa presión social, que podría haber promovido con arrasadora eficacia.

–Tampoco los primeros cristianos emplearon esas armas de acción política. Pasaron tres siglos sufriendo persecuciones, expoliaciones, humillaciones, pobreza, exilios, torturas, muertes, sin acudir nunca a revueltas públicas, a manifestaciones pacíficas y ni siquiera a combates jurídicos contra leyes inicuas que proscribían su existencia: cristiani non sint. Escribieron, sí, Apologías en su propia defensa, empleando la fuerza de la razón. Se nos podrá decir que no lo hicieron entre otras cosas porque de ningún modo les era posible hacerlas, estando cívicamente fuera de la ley. Y en buena parte es cierto. Pero nunca, ni siquiera en algunas regiones en donde llegaron a ser mayoría social –Bitinia, Tracia, Ponto, Frigia– organizaron actos de presión social, afirmando su razón con la razón de la fuerza, y exigiendo el respeto de sus derechos cívicos a no ser perseguidos, a tener templos, etc., o para acabar con la esclavitud o con los circos romanos, en los que las fieras devoraban a los hombres, etc.

¿Podemos pensar que aquellos cristianos eran unos apocados y cobardes, que no intentaban siquiera darle la vuelta a la situación social y política, teniendo cada día ante sus ojos tantísimos crímenes establecidos por la ley o la costumbre? No es posible creerlo, porque dieron innumerables mártires, y el martirio exige una fortaleza heroica. ¿Pero entonces, por qué se estaban tan quietos y callados? Algunos hoy no entienden esto. No ven explicación alguna a aquella pasividad, que podría parecer cómplice de los enormes atropellos del Imperio Romano. Y sin embargo, ésa es la verdad. Y lo siguió siendo en tiempos de paz.

–«Guarda tu espada, Simón Pedro, que es la hora del poder de las tinieblas»La espada debe ser sacada por los caballeros cristianos en los tiempos de la luz, en los siglos de Cristiandad, como fue esgrimida en los combates de San Fernando de Castilla o de San Luis de Francia. Tiempos en que Concilios y grandes santos promovieron las Cruzadas y las Órdenes Militares. La espada es también esgrimida en la guerra de los cristeros mexicanos y en la de los voluntarios combatientes españoles. Los cristeros pusieron contra las cuerdas al Gobierno criminal anticristiano, y quizá hubieran impuesto en Méjico la razón de la fe si aquellos delegados de la Iglesia, incompetentes y engañados, no hubieran llegado con el gobierno diabólico a unos «mal llamados Arreglos». Y la lucha de los combatientes cristianos en España fué coronada por Dios con la victoria.

Pero ahora estamos en la hora y el poder de las tinieblas. Y la espada que no fue sacada en los tres primeros siglos de la Iglesia, apenas debe ser empleada hoy por los cristianos, cuando, sobre todo en las naciones caídas en la apostasía, crece más y más la Bestia liberal desde la Ilustración y la Revolución francesa. No debe ser esgrimida hoy la espada del pueblo cristiano, como no sea en convocaciones muy graves e infrecuentes, promovidas o aprobadas por la Autoridad apostólica, y en formas dignas del Cuerpo de Cristo.

La hora de las tinieblas es la hora de la Cruz, y en ella debe aplicarse más bien la norma de Cristo: «no resistáis al mal» (Mt 5,30), «guarda tu espada» (Mt 26,52)… Es la hora de la Virgen de Fátima: oración y penitencia para vencer los males enormes del mundo. No van bien orientados los que pretenden una victoria sobre el pecado del mundo muy diferente a la victoria de Cristo en la Cruz.

José María Iraburu, sacerdote

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17.12.10

(117) Católicos y política –XXII. ¿Qué debemos hacer?. 9

A las 11:06 AM, por José María Iraburu
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–¿Y cuándo nos va hablar del empeño de los católicos, de algunos al menos, en la acción estrictamente política?
–Ahora mismo inicio el tema. Me sigue usted en este blog como la sombra al cuerpo, y adivina mis próximos pasos.

Partimos de lo que ya dije (95):

«Es muy escaso el influjo actual de los cristianos en la vida política de las naciones de Occidente, todas ellas de antigua filiación cristiana. Son muchos los católicos que ven hoy con perplejidad, con tristeza y a veces con resentimiento hacia la Jerarquía pastoral, cómo la presencia de los laicos en la res publica nunca ha sido tan valorada y exhortada en la enseñanza de la Iglesia como en nuestro tiempo, y nunca ha sido tan mínima e ineficaz como ahora. No pocas naciones actuales de mayoría cristiana, desde hace más de medio siglo, han ido avanzando derechamente hacia los peores extremos del mal, conducidos por una minoría política perversa y eficacísima. Esta minoría, en una y otra cuestión, con la complicidad activa o pasiva de políticos cristianos, ha ido imponiendo siempre sus objetivos y leyes criminales, como si la gran mayoría católica no existiera, y ¡apoyándose principalmente en sus votos! “Además de cornudos, apaleados”… Así ha logrado arrancar las raíces cristianas de muchas naciones, ha ignorado y calumniado su verdadera historia, ha encerrado el pensamiento y la vida moral de esas sociedades en unas mallas férreas cada vez peores y más constrictivas».

¿Cómo puede explicarse la inoperancia casi absoluta de los cristianos de hoy en el mundo de la política y de la cultura? Llevamos más de medio siglo elaborando «la teología de las realidades temporales», hablando de «la mayoría de edad del laicado», de su ineludible «compromiso político», que les ha de empeñar en «impregnar de Evangelio todas las realidades del mundo secular». Vaticano II puro… Y sin embargo, nunca en la historia de la Iglesia, al menos después de Constantino, el Evangelio ha tenido menos influjo que hoy en el pensamiento y las costumbres, el arte y la cultura, en el mundo de las leyes y de las instituciones, de la educación, de la familia y de los medios de comunicación social. ¿Cómo se explica eso?… No se llega a conocer algo si no se conocen sus causas: cognitio rerum per causas.

El gran desfallecimiento actual de la actividad política católica tiene tres causas fundamentales, que en el fondo son una sola:

1.– La amistad con el mundo, pues allí donde la Iglesia evita por principio el enfrentamiento con el mundo moderno, no es posible que se organice ninguna opción política cristiana. «¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemiga de Dios?» (Sant 4,4)… Una acción de los cristianos en el mundo secular, sobre todo si se produce en forma organizada –un gran partido, o aunque sea pequeño, una coalición de asociaciones católicas–, produce inevitablemente una cierta confrontación entre la Iglesia y el mundo. Y esto es lo que los Pastores y fieles mundanizados quieren evitar pasando por lo que sea. Cuando se exige, como norma indiscutible, que la Iglesia se relacione con el mundo moderno en términos de conciliación amistosa; cuando se pretende evitar por encima de todo cualquier confrontación con el mundo –y cualquier modo de persecución, claro–, entonces se hace totalmente imposible la acción política de los cristianos en el mundo. Y mucho menos, como digo, si se realiza en formas organizadas.

2.– El pelagianismo y el semipelagianismo implican una «evitación sistemática del martirio», lo que también paraliza la actividad política de los católicos. Ya describí este proceso (63). Evitan los cristianos el martirio para afirmar al hombre y por horror a la cruz. Piensan que hay que proteger sana y prestigiada ante el mundo «la parte» humana de la Iglesia, para que así pueda co-laborar con «la parte» de Dios en la transformación de la sociedad. En otras palabras: estos cristianos, no queriendo ser mártires, se creen incluso con derecho a no serlo.

En el siglo XX se da una misteriosa paradoja. En él ha habido, con gran diferencia, más mártires cristianos que en todos los siglos precedentes. Pero en la Iglesia de nuestro tiempo, junto a esta muchedumbre de mártires, se ha dado también una multitud de apóstatas en número nunca conocido. La vocación al martirio ha sido rechazada por aquellos cristianos que han preferido aceptar en su frente y en su mano la marca de la Bestia liberal, para poder comprar y vender en el mundo (Ap 13).

Y la vocación martirial ha sido muy particularmente escasa entre los políticos cristianos. No han luchado éstos por la verdad y el bien del pueblo. No se les ven cicatrices, sino prestigio mundano y riqueza. Sin mayores resistencias –pues tienen que «guardar sus vidas» cuidadosamente, para poder así servir al Reino de Cristo en el mundo–, han dejado ir adelante con sus silencios o complicidades políticas perversas. Han tolerado agravios a la Iglesia que no habrían permitido contra una minoría ecologista, islámica, budista o gitana. Se han mostrado incapaces no sólo de guardar en lo posible un orden cristiano, formado durante siglos en naciones de mayoría cristiana, sino que ni siquiera han intentado proteger lo más elemental de un orden natural, destrozado más y más por un poder político malvado. E incluso han obrado también en la misma dirección cuando han tenido una amplia mayoría parlamentaria, pues no querían perderla.

3.– El catolicismo liberal, desligando de Dios y del orden natural la voluntad humana, mundaniza mentes y conductas, y lleva necesariamente a la total esterilidad política. Ignora y desprecia la tradición doctrinal y espiritual católica, asimila las mentiras diabólicas del padre de la mentira, y por eso no tiene nada que dar al mundo secular. Entre estos católicos secularizados no hay ya filósofos ni novelistas, ni tampoco polemistas que entren en liza con las degradaciones mentales y conductuales del mundo actual, por el que sienten admiración y gran respeto. Así las cosas, estos católicos liberales son incapaces de actuar como cristianos en política, en el mundo de la cultura y de la educación, en los medios de comunicación. Son «sal desvirtuada, que no vale sino para tirarla y que la pise la gente» (Mt 5,13). Cuando los católicos más ilustrados, clero y laicos, asimilan el liberalismo y asumen la guía del pueblo, cesa completamente la acción política de los católicos.

Gracias a los católicos liberales, en pueblos de gran mayoría católica ha podido entrar en la vida cívica, sin mayores luchas ni resistencias, y legalizadas por el voto de los católicos, una avalancha de perversiones incontables, contrarias a la ley de Dios y a la ley natural. También el Poder anti-Cristo ha podido gobernar durante muchos decenios a pueblos de indudable mayoría católica, como México o Polonia, sin que los católicos liberales de todo el mundo se rebelaran por ello mínimamente.

La Bestia liberal no ha sido combatida suficientemente desde hace más de medio siglo. Y ésta es causa muy suficiente de que no sea hoy apenas posible la actividad política de los católicos en muchos países. «La tierra entera sigue maravillada a la Bestia», a quien el Dragón infernal le ha dado poder para «hacer la guerra a los santos y vencerlos» (Ap 13,3.7). En esta situación solamente un resto bendito de fieles mártires resiste a la Bestia y no admite su marca ni en la frente ni en la mano: son «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17).

Hubo un tiempo en que el Poder político era un bien; más tarde vino a ser un mal menor; actualmente es el mal peor que actúa en las naciones, y los católicos en modo alguno deben colaborar con él por acción o por omisión. Nada tienen que hacer los cristianos en planteamientos políticos laicos, que, como ya vimos, son de hecho laicistas (106).

Cuando consideramos la actitud pasada de una buena parte de la Iglesia Ortodoxa en el mundo comunista del siglo XX, nos parece lamentable que no resistiera más abiertamente a la Bestia soviética. Pero cuando se considere dentro de unos años la actitud de algunas regiones de la Iglesia Católica frente a la Bestia liberal, parecerá lamentable que ésta no fuera mucho más denunciada y combatida. Dar la mano, la sonrisa y la imagen de concordia a políticos responsables de tantos crímenes –no pocos de ellos se dicentes cristianos–; elogiarlos incluso, p. ej., al terminar su ministerio; establecer con ellos acuerdos, que se declaran «satisfactorios»; no impedir que el voto de los católicos sostenga y haga posible tantas infamias; no promover fuerzas políticas operativas, capaces de combatir a la Bestia, todo eso se verá con pena, lamentación y vergüenza. Y las razones que puedan alegarse en justificación de esa actitud, «salvar la vida de la Iglesia, el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos, la vida litúrgica, asistencial, apostólica», etc., no serán admitidas, sino que se estimarán falsas y cobardes.

Es ya necesario y urgente que los votos católicos se unan para procurar el bien común en la vida política. Es absolutamente intolerable que los votos católicos sigan sosteniendo el poder de la Bestia liberal. O dicho de otro modo: es una vergüenza que los católicos no hallen un cauce político en el que participar con su actividad y sus votos. No es admisible que en países de mayoría católica puedan tener representación política los comunistas, los ecologistas, los socialistas, los conservadores liberales, los regionalistas, etc., pero no los católicos, que se ven obligados a abstenerse de votar o a votar partidos malminoristas, que pronto vienen a ser malmayoristas.

Ningún voto de católicos siga, pues, apoyando a los partidos malminoristas que sostienen la Bestia liberal, la que fomenta el divorcio, el aborto, la eutanasia, la educación laicista, el enriquecimiento cerrado a la ayuda de los países pobres, la fractura de la nación en regiones y partidos contrapuestos, y toda clase de atrocidades y perversidades. Pero para eso hay que crear la posibilidad de que los católicos puedan votar a un partido cristiano o bien a una coalición de partidos y asociaciones políticas cristianas, que se unan con un fin electoral.

No es bastante en modo alguno que en una Iglesia local se promueva de vez en cuando un Congreso de políticos católicos, incapaces de formar una alternativa políticamente operante; ni basta con que se organicen algunas manifestaciones multitudinarias contra el Gobierno, o que incluso los Obispos publiquen Documentos que condenan gravemente ciertos engendros de la Bestia, pero sin condenarla a ella misma. Una docena de diputados verdaderamente católicos podrían obrar con más eficacia en la vida política de la nación que todos esos Congresos, manifestaciones y documentos episcopales.

–No basta en la situación actual con exhortar a los fieles a que «voten», y a que «voten en conciencia». Es necesario hacer posible una canalización del voto de los católicos, para que el pueblo fiel se empeñe positivamente en la promoción del bien común y en combatir el mal común. Sólo cuando se dé esa posibilidad el ciudadano cristiano se verá libre de la pésima necesidad de votar una y otra vez, durante generaciones, siempre males, sean males menores o mayores. ¿Hasta cuando esta ignominia?

Algunos quieren hacernos creer que la Iglesia, a partir del Vaticano II, veta la unión de los católicos en organizaciones políticas. Eso enseñan falsamente aquellos Pastores y fieles cristianos que no quieren enfrentamientos de la Iglesia con el mundo moderno. Ellos son quienes impiden que los católicos formen asociaciones políticas, sean éstas o no confesionales. Ellos son los que abortan cualquier intento de unión del voto de los católicos apenas concebido. Prefieren con mucho que los católicos apoyen a partidos malminoristas. Ellos son los principales causantes del desfallecimiento postconciliar producido en la acción misionera y en la actividad política (104). Pero esa pasividad cautelosa y derrotista, frente a la prepotencia del mundo anti-Cristo, en modo alguno se deriva de la enseñanza del Concilio Vaticano II.

La Iglesia quiere que los católicos se asocien para actuar en la vida política, porque sabe que nada pueden hacer inmersos en partidos laicos que en realidad son laicistas. El último Concilio, según ya vimos (104), enseñó que es misión principal de los laicos cristianizar la vida social y política:

«El Vaticano II enseñó con especial insistencia en muchos de sus documentos que los laicos están llamados a “evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de modo que su actividad en este orden sea claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres” (AA 2). “Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana” (7). “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena” (GS 43)». ¿Cómo podrán cumplir, ni de lejos, esa misión si se integran en organizaciones laicas, normalmente laicistas?

El Concilio Vaticano II quiere que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). ¿Cómo podrán coordinar sus fuerzas los católicos si no es en un movimiento único o, mejor normalmente, en una coalición de asociaciones o de organizaciones de verdadera inspiración cristiana? La Iglesia sabe perfectamente que los laicos jamás podrán cumplir la misión política integrándose en partidos malminoristas, laico-laicistas. Lo sabe bien a priori, y aún más cierta está de ello a posteriori, comprobando la experiencia histórica de los últimos tiempos. Tienen absoluta necesidad de «coordinar sus fuerzas».

Así procedieron los católicos en el siglo XIX y en buena parte del XX, coordinándose en partidos, asociaciones, movimientos, alianzas, círculos políticos, congresos de actividad permanente. Fueron muchos aquellos cauces de la actividad política de los católicos, que, con mayor o menor fuerza y acierto, consiguieron a veces importantes victorias, librando batallas a veces muy fuertes y prolongadas. Los partidos laicistas tenían entonces que contar con el voto católico, porque muchas veces sin él ni siquiera podían gobernar.

Algunas voces en la Iglesia van ya afirmando la necesidad de que los católicos se unan y organicen para la acción política, viendo como algo patente que de otro modo el influjo católico en la vida de las naciones es mínimo, y que los pueblos se hunden más y más en la ruina. Los católicos tenemos derecho a que se oiga nuestra voz en las Cortes. No somos ciudadanos proscritos o de segunda categoría.

Limitando por un momento mi observación a los Obispos de España, recordaré tres intervenciones.

–Mons. Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, con gran escándalo de la progresía, se refirió en una conferencia dada en León (III-2007) a los pequeños partidos «que quieren ser fieles a la doctrina social de la Iglesia en su totalidad […] Tienen un valor testimonial que puede justificar un voto. No tienen muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podrían llegar a entrar en alianzas importantes […] Sí son dignos de consideración y apoyo». No fueron muchas las voces católicas que se atrevieran a apoyarle en doctrina tan «políticamente incorrecta». Pero tampoco le faltaron apoyos, como el artículo de Luis Fernando Pérez Bustamante Monseñor Sebastián y los hipócritas.

–Mons. José Ignacio Munilla, entonces Obispo de Palencia: «Por desgracia, nos estamos acostumbrando a la teoría del “mal menor”, como única fórmula de hacernos presentes en la vida pública. Sin embargo, lo razonable es que el mal menor sea algo transitorio –nunca definitivo–, y que al mismo tiempo los católicos vayamos dando pasos decididos hacia el bien […] Imagino que no hará falta declarar que no es vocación de los obispos la de conformar alternativas políticas, sino la de limitarse a dar orientaciones morales. Ahora bien ¿no habrá laicos católicos que se sientan llamados a ofrecer una alternativa política conforme al ideal cristiano, de forma que no nos veamos obligados indefinidamente a optar por el mal menor?» (
Sobre la «Nota» de los Obispos, 3-II-2008).

–Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, en entrevista de El día de Córdoba (22-III-2010), a la pregunta de un periodista «ante la realidad política ¿qué es lo que echa en falta?», responde: «Hace falta más presencia de los seglares en la vida pública. Creo que los momentos actuales requieren, más que nunca, de personas valientes, que se lancen a la arena pública y digan bien alto que están ahí dispuestos a desgastarse por el bien común. Ha llegado el momento de que si hay un partido político de inspiración cristiana, católica, que salga a la palestra y que diga, sin miedo, con luz y taquígrafos, que se comprometen a hacer leyes en cristiano y a buscar consensos para defender a los más débiles de nuestra sociedad, sean inmigrantes, recién concebidos, enfermos».

Discrepan de esta orientación otras voces –próximas a extinguirse algunas, no todas–, portadoras todavía de un cierto espíritu postconciliar contrario al Concilio Vaticano II. Lo veremos en el próximo artículo. Ya pudimos comprobar que a) en el campo de la acción política hay notables discrepancias tanto entre los Obispos como entre los fieles, en buena parte porque b) es muy escasa la doctrina política de la Iglesia en el último medio siglo (100, al final). Y es indudable que, en este caso, a) y b) cumplen el principio de la causalidad recíproca: causæ ad invicem sunt causæ. Falta la doctrina porque falta la unanimidad, y ésta falta por falta de doctrina.

José María Iraburu, sacerdote

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(117) Católicos y política –XXII. ¿Qué debemos hacer?. 9

17.12.10

A las 11:06 AM, por José María Iraburu

–¿Y cuándo nos va hablar del empeño de los católicos, de algunos al menos, en la acción estrictamente política?
–Ahora mismo inicio el tema. Me sigue usted en este blog como la sombra al cuerpo, y adivina mis próximos pasos.

Partimos de lo que ya dije (95):

«Es muy escaso el influjo actual de los cristianos en la vida política de las naciones de Occidente, todas ellas de antigua filiación cristiana. Son muchos los católicos que ven hoy con perplejidad, con tristeza y a veces con resentimiento hacia la Jerarquía pastoral, cómo la presencia de los laicos en la res publica nunca ha sido tan valorada y exhortada en la enseñanza de la Iglesia como en nuestro tiempo, y nunca ha sido tan mínima e ineficaz como ahora. No pocas naciones actuales de mayoría cristiana, desde hace más de medio siglo, han ido avanzando derechamente hacia los peores extremos del mal, conducidos por una minoría política perversa y eficacísima. Esta minoría, en una y otra cuestión, con la complicidad activa o pasiva de políticos cristianos, ha ido imponiendo siempre sus objetivos y leyes criminales, como si la gran mayoría católica no existiera, y ¡apoyándose principalmente en sus votos! “Además de cornudos, apaleados”… Así ha logrado arrancar las raíces cristianas de muchas naciones, ha ignorado y calumniado su verdadera historia, ha encerrado el pensamiento y la vida moral de esas sociedades en unas mallas férreas cada vez peores y más constrictivas».

¿Cómo puede explicarse la inoperancia casi absoluta de los cristianos de hoy en el mundo de la política y de la cultura? Llevamos más de medio siglo elaborando «la teología de las realidades temporales», hablando de «la mayoría de edad del laicado», de su ineludible «compromiso político», que les ha de empeñar en «impregnar de Evangelio todas las realidades del mundo secular». Vaticano II puro… Y sin embargo, nunca en la historia de la Iglesia, al menos después de Constantino, el Evangelio ha tenido menos influjo que hoy en el pensamiento y las costumbres, el arte y la cultura, en el mundo de las leyes y de las instituciones, de la educación, de la familia y de los medios de comunicación social. ¿Cómo se explica eso?… No se llega a conocer algo si no se conocen sus causas: cognitio rerum per causas.

El gran desfallecimiento actual de la actividad política católica tiene tres causas fundamentales, que en el fondo son una sola:

1.– La amistad con el mundo, pues allí donde la Iglesia evita por principio el enfrentamiento con el mundo moderno, no es posible que se organice ninguna opción política cristiana. «¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemiga de Dios?» (Sant 4,4)… Una acción de los cristianos en el mundo secular, sobre todo si se produce en forma organizada –un gran partido, o aunque sea pequeño, una coalición de asociaciones católicas–, produce inevitablemente una cierta confrontación entre la Iglesia y el mundo. Y esto es lo que los Pastores y fieles mundanizados quieren evitar pasando por lo que sea. Cuando se exige, como norma indiscutible, que la Iglesia se relacione con el mundo moderno en términos de conciliación amistosa; cuando se pretende evitar por encima de todo cualquier confrontación con el mundo –y cualquier modo de persecución, claro–, entonces se hace totalmente imposible la acción política de los cristianos en el mundo. Y mucho menos, como digo, si se realiza en formas organizadas.

2.– El pelagianismo y el semipelagianismo implican una «evitación sistemática del martirio», lo que también paraliza la actividad política de los católicos. Ya describí este proceso (63). Evitan los cristianos el martirio para afirmar al hombre y por horror a la cruz. Piensan que hay que proteger sana y prestigiada ante el mundo «la parte» humana de la Iglesia, para que así pueda co-laborar con «la parte» de Dios en la transformación de la sociedad. En otras palabras: estos cristianos, no queriendo ser mártires, se creen incluso con derecho a no serlo.

En el siglo XX se da una misteriosa paradoja. En él ha habido, con gran diferencia, más mártires cristianos que en todos los siglos precedentes. Pero en la Iglesia de nuestro tiempo, junto a esta muchedumbre de mártires, se ha dado también una multitud de apóstatas en número nunca conocido. La vocación al martirio ha sido rechazada por aquellos cristianos que han preferido aceptar en su frente y en su mano la marca de la Bestia liberal, para poder comprar y vender en el mundo (Ap 13).

Y la vocación martirial ha sido muy particularmente escasa entre los políticos cristianos. No han luchado éstos por la verdad y el bien del pueblo. No se les ven cicatrices, sino prestigio mundano y riqueza. Sin mayores resistencias –pues tienen que «guardar sus vidas» cuidadosamente, para poder así servir al Reino de Cristo en el mundo–, han dejado ir adelante con sus silencios o complicidades políticas perversas. Han tolerado agravios a la Iglesia que no habrían permitido contra una minoría ecologista, islámica, budista o gitana. Se han mostrado incapaces no sólo de guardar en lo posible un orden cristiano, formado durante siglos en naciones de mayoría cristiana, sino que ni siquiera han intentado proteger lo más elemental de un orden natural, destrozado más y más por un poder político malvado. E incluso han obrado también en la misma dirección cuando han tenido una amplia mayoría parlamentaria, pues no querían perderla.

3.– El catolicismo liberal, desligando de Dios y del orden natural la voluntad humana, mundaniza mentes y conductas, y lleva necesariamente a la total esterilidad política. Ignora y desprecia la tradición doctrinal y espiritual católica, asimila las mentiras diabólicas del padre de la mentira, y por eso no tiene nada que dar al mundo secular. Entre estos católicos secularizados no hay ya filósofos ni novelistas, ni tampoco polemistas que entren en liza con las degradaciones mentales y conductuales del mundo actual, por el que sienten admiración y gran respeto. Así las cosas, estos católicos liberales son incapaces de actuar como cristianos en política, en el mundo de la cultura y de la educación, en los medios de comunicación. Son «sal desvirtuada, que no vale sino para tirarla y que la pise la gente» (Mt 5,13). Cuando los católicos más ilustrados, clero y laicos, asimilan el liberalismo y asumen la guía del pueblo, cesa completamente la acción política de los católicos.

Gracias a los católicos liberales, en pueblos de gran mayoría católica ha podido entrar en la vida cívica, sin mayores luchas ni resistencias, y legalizadas por el voto de los católicos, una avalancha de perversiones incontables, contrarias a la ley de Dios y a la ley natural. También el Poder anti-Cristo ha podido gobernar durante muchos decenios a pueblos de indudable mayoría católica, como México o Polonia, sin que los católicos liberales de todo el mundo se rebelaran por ello mínimamente.

La Bestia liberal no ha sido combatida suficientemente desde hace más de medio siglo. Y ésta es causa muy suficiente de que no sea hoy apenas posible la actividad política de los católicos en muchos países. «La tierra entera sigue maravillada a la Bestia», a quien el Dragón infernal le ha dado poder para «hacer la guerra a los santos y vencerlos» (Ap 13,3.7). En esta situación solamente un resto bendito de fieles mártires resiste a la Bestia y no admite su marca ni en la frente ni en la mano: son «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17).

Hubo un tiempo en que el Poder político era un bien; más tarde vino a ser un mal menor; actualmente es el mal peor que actúa en las naciones, y los católicos en modo alguno deben colaborar con él por acción o por omisión. Nada tienen que hacer los cristianos en planteamientos políticos laicos, que, como ya vimos, son de hecho laicistas (106).

Cuando consideramos la actitud pasada de una buena parte de la Iglesia Ortodoxa en el mundo comunista del siglo XX, nos parece lamentable que no resistiera más abiertamente a la Bestia soviética. Pero cuando se considere dentro de unos años la actitud de algunas regiones de la Iglesia Católica frente a la Bestia liberal, parecerá lamentable que ésta no fuera mucho más denunciada y combatida. Dar la mano, la sonrisa y la imagen de concordia a políticos responsables de tantos crímenes –no pocos de ellos sedicentes cristianos–; elogiarlos incluso, p. ej., al terminar su ministerio; establecer con ellos acuerdos, que se declaran «satisfactorios»; no impedir que el voto de los católicos sostenga y haga posible tantas infamias; no promover fuerzas políticas operativas, capaces de combatir a la Bestia, todo eso se verá con pena, lamentación y vergüenza. Y las razones que puedan alegarse en justificación de esa actitud, «salvar la vida de la Iglesia, el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos, la vida litúrgica, asistencial, apostólica», etc., no serán admitidas, sino que se estimarán falsas y cobardes.

Es ya necesario y urgente que los votos católicos se unan para procurar el bien común en la vida política. Es absolutamente intolerable que los votos católicos sigan sosteniendo el poder de la Bestia liberal. O dicho de otro modo: es una vergüenza que los católicos no hallen un cauce político en el que participar con su actividad y sus votos. No es admisible que en países de mayoría católica puedan tener representación política los comunistas, los ecologistas, los socialistas, los conservadores liberales, los regionalistas, etc., pero no los católicos, que se ven obligados a abstenerse de votar o a votar partidos malminoristas, que pronto vienen a ser malmayoristas.

Ningún voto de católicos siga, pues, apoyando a los partidos malminoristas que sostienen la Bestia liberal, la que fomenta el divorcio, el aborto, la eutanasia, la educación laicista, el enriquecimiento cerrado a la ayuda de los países pobres, la fractura de la nación en regiones y partidos contrapuestos, y toda clase de atrocidades y perversidades. Pero para eso hay que crear la posibilidad de que los católicos puedan votar a un partido cristiano o bien a una coalición de partidos y asociaciones políticas cristianas, que se unan con un fin electoral.

No es bastante en modo alguno que en una Iglesia local se promueva de vez en cuando un Congreso de políticos católicos, incapaces de formar una alternativa políticamente operante; ni basta con que se organicen algunas manifestaciones multitudinarias contra el Gobierno, o que incluso los Obispos publiquen Documentos que condenan gravemente ciertos engendros de la Bestia, pero sin condenarla a ella misma. Una docena de diputados verdaderamente católicos podrían obrar con más eficacia en la vida política de la nación que todos esos Congresos, manifestaciones y documentos episcopales.

No basta en la situación actual con exhortar a los fieles a que «voten», y a que «voten en conciencia». Es necesario hacer posible una canalización del voto de los católicos, para que el pueblo fiel se empeñe positivamente en la promoción del bien común y en combatir el mal común. Sólo cuando se dé esa posibilidad el ciudadano cristiano se verá libre de la pésima necesidad de votar una y otra vez, durante generaciones, siempre males, sean males menores o mayores. ¿Hasta cuando esta ignominia?

Algunos quieren hacernos creer que la Iglesia, a partir del Vaticano II, veta la unión de los católicos en organizaciones políticas. Eso enseñan falsamente aquellos Pastores y fieles cristianos que no quieren enfrentamientos de la Iglesia con el mundo moderno. Ellos son quienes impiden que los católicos formen asociaciones políticas, sean éstas o no confesionales. Ellos son los que abortan cualquier intento de unión del voto de los católicos apenas concebido. Prefieren con mucho que los católicos apoyen a partidos malminoristas. Ellos son los principales causantes del desfallecimiento postconciliar producido en la acción misionera y en la actividad política (104). Pero esa pasividad cautelosa y derrotista, frente a la prepotencia del mundo anti-Cristo, en modo alguno se deriva de la enseñanza del Concilio Vaticano II.

La Iglesia quiere que los católicos se asocien para actuar en la vida política, porque sabe que nada pueden hacer inmersos en partidos laicos que en realidad son laicistas. El último Concilio, según ya vimos (104), enseñó que es misión principal de los laicos cristianizar la vida social y política:

«El Vaticano II enseñó con especial insistencia en muchos de sus documentos que los laicos están llamados a “evangelizar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de modo que su actividad en este orden sea claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de los hombres” (AA 2). “Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana” (7). “A la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena (GS 43)». ¿Cómo podrán cumplir, ni de lejos, esa misión si se integran en organizaciones laicas, normalmente laicistas?

El Concilio Vaticano II quiere que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). ¿Cómo podrán coordinar sus fuerzas los católicos si no es en un movimiento único o, mejor normalmente, en una coalición de asociaciones o de organizaciones de verdadera inspiración cristiana? La Iglesia sabe perfectamente que los laicos jamás podrán cumplir la misión política integrándose en partidos malminoristas, laico-laicistas. Lo sabe bien a priori, y aún más cierta está de ello a posteriori, comprobando la experiencia histórica de los últimos tiempos. Tienen absoluta necesidad de «coordinar sus fuerzas».

Así procedieron los católicos en el siglo XIX y en buena parte del XX, coordinándose en partidos, asociaciones, movimientos, alianzas, círculos políticos, congresos de actividad permanente. Fueron muchos aquellos cauces de la actividad política de los católicos, que, con mayor o menor fuerza y acierto, consiguieron a veces importantes victorias, librando batallas a veces muy fuertes y prolongadas. Los partidos laicistas tenían entonces que contar con el voto católico, porque muchas veces sin él ni siquiera podían gobernar.

Algunas voces en la Iglesia van ya afirmando la necesidad de que los católicos se unan y organicen para la acción política, viendo como algo patente que de otro modo el influjo católico en la vida de las naciones es mínimo, y que los pueblos se hunden más y más en la ruina. Los católicos tenemos derecho a que se oiga nuestra voz en las Cortes. No somos ciudadanos proscritos o de segunda categoría.

Limitando por un momento mi observación a los Obispos de España, recordaré tres intervenciones.

–Mons. Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona, con gran escándalo de la progresía, se refirió en una conferencia dada en León (III-2007) a los pequeños partidos «que quieren ser fieles a la doctrina social de la Iglesia en su totalidad […] Tienen un valor testimonial que puede justificar un voto. No tienen muchas probabilidades de influir de manera efectiva en la vida política, aunque sí podrían llegar a entrar en alianzas importantes […] Sí son dignos de consideración y apoyo». No fueron muchas las voces católicas que se atrevieran a apoyarle en doctrina tan «políticamente incorrecta». Pero tampoco le faltaron apoyos, como el artículo de Luis Fernando Pérez Bustamante Monseñor Sebastián y los hipócritas.

–Mons. José Ignacio Munilla, entonces Obispo de Palencia: «Por desgracia, nos estamos acostumbrando a la teoría del “mal menor”, como única fórmula de hacernos presentes en la vida pública. Sin embargo, lo razonable es que el mal menor sea algo transitorio –nunca definitivo–, y que al mismo tiempo los católicos vayamos dando pasos decididos hacia el bien […] Imagino que no hará falta declarar que no es vocación de los obispos la de conformar alternativas políticas, sino la de limitarse a dar orientaciones morales. Ahora bien ¿no habrá laicos católicos que se sientan llamados a ofrecer una alternativa política conforme al ideal cristiano, de forma que no nos veamos obligados indefinidamente a optar por el mal menor?» (
Sobre la «Nota» de los Obispos, 3-II-2008).

–Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Córdoba, en entrevista de El día de Córdoba (22-III-2010), a la pregunta de un periodista «ante la realidad política ¿qué es lo que echa en falta?», responde: «Hace falta más presencia de los seglares en la vida pública. Creo que los momentos actuales requieren, más que nunca, de personas valientes, que se lancen a la arena pública y digan bien alto que están ahí dispuestos a desgastarse por el bien común. Ha llegado el momento de que si hay un partido político de inspiración cristiana, católica, que salga a la palestra y que diga, sin miedo, con luz y taquígrafos, que se compromete a hacer leyes en cristiano y a buscar consensos para defender a los más débiles de nuestra sociedad, sean inmigrantes, recién concebidos, enfermos».

Discrepan de esta orientación otras voces –próximas a extinguirse algunas, no todas–, portadoras todavía de un cierto espíritu postconciliar contrario al Concilio Vaticano II. Lo veremos en el próximo artículo. Ya pudimos comprobar que a) en el campo de la acción política hay notables discrepancias tanto entre los Obispos como entre los fieles, en buena parte porque b) es muy escasa la doctrina política de la Iglesia en el último medio siglo (100, al final). Y es indudable que, en este caso, a) y b) cumplen el principio de la causalidad recíproca: causæ ad invicem sunt causæ. Falta la doctrina porque falta la unanimidad, y ésta falta por falta de doctrina.

José María Iraburu, sacerdote

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(118) Católicos y política –XXIII. ¿Qué debemos hacer?. 10

3.01.2011. A las 10:31 AM, por José María Iraburu

–Buenóooo, ya era hora. El (118). Casi no me lo creo.
–Ya veía usted que en este mismo blog estaba trabajando otros temas.

Examinaré lo que no es un partido católico, lo que no debe ser, antes de tratar de los partidos políticos católicos.

Un partido católico que sea liberal no es un partido católico. Comenzamos por aquí. Y si tenemos en cuenta que hoy en Occidente prácticamente todos los partidos políticos profesan la ideología del liberalismo –todos se fundamentan exclusivamente sobre la libertad humana, exenta de toda sujeción a Dios y al orden natural: liberales, socialistas, nacionalistas, conservadores, etc.–, debemos comenzar por reconocer que actualmente es sumamente difícil constituir un partido católico no-liberal. La presión de los condicionamientos internacionales, culturales y económicos vigentes que enmarcan la vida política, y también los ataques convergentes de los otros partidos y de los medios de comunicación, hacen casi imposible la formación de partidos realmente católicos, es decir, no-liberales. “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque a Dios [y a los que creen en Él] todo le es posible” (Mc 10,27).

Por eso hoy no existen partidos verdaderamente católicos, como no sea algunos extremadamente minoritarios. Solo grandes guías católicos con vocación de políticos y de mártires podrían lograr en el Occidente apóstata la existencia de partidos realmente católicos o de verdadera inspiración cristiana. Y la experiencia histórica del último medio siglo nos hace comprobar que esos políticos católicos, fieles a Cristo y libres del mundo, apenas existen. No hay suficientes hombres de fe para que a través de ellos haga Dios el milagro. En lamentable consecuencia, los únicos partidos «católicos o de inspiración cristiana» existentes son partidos liberales, es decir, no son partidos católicos ni de inspiración cristiana. Ilustraré estas afirmaciones considerando un caso concreto, el de la Democracia Cristiana italiana.

La Democracia Cristiana italiana en la segunda mitad del siglo XX ha sido modélica para todas las demás naciones de mayoría católica. Este partido, fundado por Alcide De Gasperi en 1942, gobierna en Italia solo o en coaliciones durante medio siglo (1945-1993), y se extingue en 1994. Ángel Expósito Correa analiza su trayectoria política en el artículo La infidelidad de la Democracia Cristiana Italiana al Magisterio de la Iglesia (revista Arbil, nº 73). En él reproduce declaraciones significativas de los dirigentes históricos de la DC. Se ufanan éstos de haber orientado el voto de los católicos hacia la formación de una sociedad laica y secularizada. Y no alardean sin fundamento. Lo consiguieron ciertamente, pues lograron que Italia perdiera los caracteres religiosos, culturales y civiles –hasta el latín perdió–, que constituían, que constituyen, su identidad histórica.

Alcide De Gasperi, presidente democristiano del Gobierno (1945-1953): «la Democracia Cristiana es un partido de centro, escorado a la izquierda, que saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas».

Ciriaco de Mita, secretario de la DC, varias veces miembro del Gobierno y primer ministro (1988-1989): «el gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia [liberal]. La DC tomaba los votos de la derecha y los trasladaba en el plano político a la izquierda».

Francesco Cossiga, presidente de la República (1985-1992): «la DC tiene méritos históricos grandísimos al haber sabido renunciar a su especificidad ideológica, ideal y programática [es decir, a su identidad cristiana]. Las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos».

La DC italiana demuestra que un partido católico-liberal instalado en el gobierno durante largo tiempo causa graves daños el cristianismo y a la nación. Y los produce en forma encubierta y gradual. Toda esa manipulación fraudulenta del electorado católico para conseguir que apoye lo que no quiere, lo que le es contrario; toda esa secularización de la sociedad a través del Estado liberal, la realiza el partido católico-liberal con gran suavidad y eficacia. Para consumar el fraude, aplica fórmulas políticas prácticas y verbales altamente sofisticadas: la apertura a sinistra, el compromesso storico, las convergenze parallele, los nuovi equilibri più avanzati, etc. Caminando la DC medio siglo con esta orientación, tiene Expósito sobradas razones para afirmar que

«el triunfo de las dos corrientes modernistas [católicos liberales y democristianos] en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico».

Un partido católico-liberal, como la DC, es incapaz de afirmar en su gobierno los valores cristianos, y ni siquiera es capaz de afirmar los valores naturales más elementales. Se puede ilustrar esta afirmación con un caso concreto. En 1994, cuando la DC ha perdido ya el poder, y siendo presidente de Italia el antiguo democristiano Oscar Luigi Scalfaro, dirige al Congreso un notable discurso en el que aboga por el derecho de los padres a enviar a sus hijos a colegios privados, sin que ello les suponga un gasto adicional. Se trata de un derecho natural perfectamente obvio.

El valiente alegato de este eminente político fue respondido por una congresista católica, recordándole que, habiendo sido él mismo ministro de Enseñanza, «tendría que explicar a los italianos qué es lo que ha impedido a los ministros del ramo, todos ellos democristianos, haber puesto en marcha esta idea», siendo así que la Democracia Cristiana, sola o con otros, ha gobernado Italia durante medio siglo. En casi cincuenta años la DC italiana no ha hallado el momento político oportuno para conseguir –para procurar al menos– la ayuda a la enseñanza privada, uno de los derechos naturales más importantes.

Un gran partido católico que sea único y liberal sólo puede afirmarse en la sociedad política aceptando y causando grandes males. Sigo ejemplificando el tema con la DC italiana.

Un partido católico único, que unifica casi-oficialmente las opiniones políticas de los católicos, condena al fracaso y a la extinción a otras corrientes católicas minoritarias, que siendo perfectamente válidas y no pocas veces mejores, mantienen una orientación diferente. En la segunda mitad del siglo XX todo político católico italiano ha de integrarse en la DC o quedarse en su casa. Solo se uniti saremo forti: sólo si todos los católicos nos mantenemos unidos en un bloque político seremos fuertes.

Si ese grande y único partido católico logra el poder y se mantiene en él largamente, crea un clientelismo sumamente pernicioso: los políticos y funcionarios de la DC –miles y miles de cargos convenientemente remunerados– son la clientela primaria; pero también abunda su clientela en los banqueros, periodistas, escritores, empresarios, profesores, constructores, actores, e incluso, hasta cierto punto, los sacerdotes y Obispos, porque saben que si no apoyan a la DC o se le muestran favorables, difícilmente podrán «comprar y vender» en este mundo (Ap 13,17).

Este partido pseudo-católico ignora en la vida política los grandes ideales cristianos. Un partido católico, si quiere ser cuantitavamente grande para conseguir el poder y para perdurar en él, se ve casi obligado a asumir en la práctica, y finalmente en la misma teoría, los grandes errores y maldades de la política de su tiempo. Y esa innumerable clientela generada por el partido gobernante, al mismo tiempo que es un apoyo seguro y muy considerable, es sin duda un lastre de malas exigencias y de complicidades mortales. Es cierto que la DC, con la ayuda de otros partidos, contuvo en Italia el comunismo; pero esa victoria se dió en todos los países de Occidente.

Produce un cuadro de políticos sempiternos, que durante muchos decenios van turnándose en los principales cargos directivos. En el mundo católico hay un partido, y en este partido unos dirigentes. Y no hay más. Y éstos que hay, en medio de las turbulencias del río de la nación, son corchos insumergibles.

Ocasiona una ingerencia excesiva de la Jerarquía episcopal, que teniendo bajo su influjo un partido que se dice católico, y que es grande y único, difícilmente se limitará a asistirlo con la sana doctrina social y política, lo que corresponde a su misión, sino que se impondrá o influirá al menos en cuestiones políticas que deben ser responsabilidad libre de los laicos.

Compromete a la Iglesia católica. En el caso de la DC italiana así ocurrió sobre todo en los primeros decenios. Al paso de los años el partido fue perdiendo identidad católica, y se independizó cada vez más de las directivas de la Iglesia, hasta enfrentarse con ella en graves cuestiones.

Finalmente, la infidelidad de los políticos a los principios católicos y las exigencias crecientes de su clientela acaban por hundir su partido en la corrupción y la extinción.

He de volver sobre estas cuestiones cuando exponga a la inversa, en forma positiva, las condiciones que han de caracterizar necesariamente a los partidos católicos.

El gran fracaso de la vida política de los católicos después del Vaticano II no ha sido hasta ahora suficientemente reconocido en la Iglesia. Ha sido un fracaso tan abismal que en muchas naciones de mayoría católica la promoción política, activa, concreta y organizada del Reino social de Dios entre los hombres ya ni siquiera se intenta. En contra de los grandes documentos conciliares, se considera incluso vetada por el propio Concilio, como ya dije (117). Y vuelvo a señalar: no se ha reconocido suficientemente ese fracaso, ni se han reconocido y denunciado suficientemente las graves infidelidades y errores doctrinales que lo causaron –y que lo siguen causando–. Lo compruebo con un ejemplo.

Con ocasión del Jubileo de los Políticos, celebrado en Roma en el año 2000, fue significativamente elegido como presidente del Comité de Acogida el siete veces primer ministro de Italia y actual senador vitalicio, Giulio Andreotti. Éste notable político católico, allí mismo, en Roma, en 1978, firma para Italia la ley del aborto, que autoriza a perpetrarlo legalmente durante los noventa primeros días de gestación… Creo recordar –pero no guardo la información documental exacta– que hace unos años reconocía su grave error: «espero que Dios me perdone».

El Espíritu Santo está queriendo renovar la faz de la tierra. Está deseando infundir en Pastores y laicos católicos la inmensa fuerza benéfica de Cristo, Rey del universo. Pero apenas encuentra misioneros y políticos. Quiere potenciar las misiones, de tal modo que el Evangelio llegue a iluminar efectivamente «a todas las naciones». Quiere impulsar una gran acción política cristiana, en la que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). Pero faltan cristianos de fe y fortaleza martirial que sean dóciles a este impulso poderoso del Espíritu Santo.

Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

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JCA

El propio Castellani tenía una opinión de cautela ante la DC. En «Una opinión sobre democristianismo», en Dinámica Social, N.º 89, BB. AA., marzo 1959, se mete contra la versión argentina:

«... La de aquí no tiene raíces en la Argentina, es imitación; y está plagada de antinomias entre lo que dicen y lo que hacen, lo que hacen y lo que deberían hacer, la “doctrina” y la “táctica”. Caturelli la califica con Pío XII de cristianismo vago —es decir, mistongo— al mismo tiempo que le pide mil perdones por la franqueza y se proclama su afectísimo y seguro servidor.»

La cual, por cierto, se parece muchísimo a las que ha habido en España (sectores democrata-cristianos del PP y UDC). Muy triste. Y peligroso: como también apunta Castellani, «compromete en el plano temporal a la religión», y el legado de la DCI ha sido desastroso.

Para un ejemplo de pensamiento político de Castellani, colgué hace tiempo un sermón suyo:

http://javcus.es/infokratia/555-democracia-religion
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JMI.- ¡Qué grrrrrande es el P. Leonardo Castellani!

Es un orgullo para Argentina.
Gracias por la cita. 03/01/11 8:23 PM

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Raúl

Qué cauto y diplomático le veo en su artículo de hoy, poniendo un ejemplo italiano para ilustrar el tema, cuando en nuestro país daría para mucho el asunto de los supuestos partidos y políticos de orientación o inspiración cristiana....
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JMI.- "Prudente como serpiente y cándido como paloma".
Yo escribo el blog para lectores de muchos países, asiduos de InfoCatólica. Y si trato de la DC italiana, saben de qué va. Mientras que si, etc.

03/01/11 10:35 PM

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¿Doctrina católica al estilo protestante?

José María Iraburu Fuente: Infidelidades en la Iglesia http://es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/745/2370/articulo.php?id=22816

La verdadera realidad de la vida del mundo y de la política es expresada por el Concilio Vaticano II con graves palabras, cuando afirma que «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor [cf. Mt 24,13; 13,24-30 y 36-43], hasta el día final» (GS 37).

El Magisterio católico sobre la doctrina política tuvo formidables desarrollos filosóficos y teológicos en los cien años que van de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX, pero en la segunda mitad del siglo XX casi ha desaparecido de la enseñanza de la Iglesia.

Esta disminución tan marcada del Magisterio en temas de doctrina política puede apreciarse claramente repasando en obras como la colección de Doctrina Pontificia - Documentos políticos, publicada por la B.A.C. en Madrid, en 1958, los principales documentos políticos del magisterio del Beato Pío IX (1846-1878), de León XIII (1878-1903), de San Pío X (1903-1914), de Benedicto XV (1914-1939), de Pío XI (1922-1939) y de de Pío XII (1939-1958). La obra, en 1.050 páginas, reúne 59 documentos, de los cuales 25 son encíclicas. Documentos, decimos, sobre doctrina política.

Desde entonces, el Magisterio pontificio ha publicado encíclicas importantes sobre temas sociales y económicos (Mater et Magistra, Pacem in terris, Populorum progressio, Octogesima adveniens, Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus), pero ha tratado muy escasamente la doctrina propiamente política. En el magisterio de Juan Pablo II cabe destacar los números 44-47 de la encíclica Centessimus annus (1991), así como los 68-72 de la encíclica Evangelium vitæ (1995), y la breve Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2002).

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Las culpas de la Democracia Cristiana Italiana como paradigma de la traición del modernismo católico al Magisterio de la Iglesia

por Ángel Expósito Correa Revista Arbil nº 73 Arbil cede expresamente el permiso de reproducción, siempre bajo las premisas de buena fe, buen fin, gratuidad y citando su origen

El triunfo de las corrientes modernistas en el mundo católico como una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano.

¿Es posible, dada la importancia histórica que ha tenido – y que todavía mantiene en muchos católicos que siguen considerándola como un referente – hacer unas valoraciones objetivas sobre la Democracia Cristiana italiana? Consideramos que sí, y que además es oportuno analizar (aunque de forma sintética) los comportamientos políticos y los escritos de los dirigentes de la DC ya que representan uno de los ejemplos más notables de la traición de minorías iluminadas al Magisterio de la Iglesia.

Una primera valoración afecta al desinterés (cuando no complicidad) demostrado por el compromiso cultural, por los sectores de la escuela, de la universidad, del mundo editorial, abandonados por completo en manos de la izquierda. No cabe lugar a dudas de que el partido democristiano ha favorecido la instauración de la hegemonía cultural de la izquierda, amparándose en la peregrina motivación de que su tarea era ocuparse de la ordinaria administración de la cosa pública.

"Los referentes políticos de la DC (comenta Domenico Bonvegna en un editorial del Corriere del Sud, 1 de diciembre de 2002) eran el PPI de don Luigi Sturzo, y la mentalidad modernista de Romolo Murri, el fundador de la DC. Don Sturzo afirma: "El Partido Popular ha sido impulsado por aquellos que vivieron la Acción Católica, pero ha nacido como partido no católico aconfesional, como un partido con un fuerte contenido democrático, y que se inspira en la idealidad cristiana, pero que no toma la religión como elemento de diferenciación política".

"La fundación del PPI es recibida con entusiasmo por Antonio Gramsci que apunta a cómo "modernismo significa democracia cristiana" y más en general observa: "la constitución del Partido Popular equivale por importancia a la Reforma Alemana, es la explosión inconsciente irresistible de la Reforma italiana" ("I Popolari", en "L´Ordine Nuovo" 1919-20). "Según algunos historiadores (continúa Domenico Bonvegna) la clase dirigente DC habría tenido la función de inocular en la base católica, por muchas razones refractaria, las ideas "modernas" de la Revolución. Para Marco Invernizzi [1] el movimiento democrático cristiano es considerado como "[...] la lucha de una minoría iluminada contra la inercia del pueblo cristiano, conservador y reaccionario, incapaz de leer los signos de los tiempos". Una "lucha" que ha durado 50 años, que el profesor De Mattei ha sintetizado en el título de uno de sus libros, con la frase "El Centro que nos llevó a la izquierda".

"¿Estamos exagerando? Escuchad lo que ha dicho Ciriaco De Mita [por entonces secretario de la DC y en repetidas ocasiones miembro y jefe del gobierno italiano] el 23/8/1999 al Corriere della Sera: "Cuando los historiadores se ocuparán de los hechos y no solamente de la propaganda explicarán que el gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia. La DC cogía los votos a derecha y los trasladaba en el plano político a izquierda". Esta es la verdadera y grave culpa de la DC: el haber hecho perder y abandonar a Italia, aquellos caracteres religiosos, culturales y civiles que son característica de nuestra identidad histórica. De hecho, "en los últimos cincuenta años este proceso de desnaturalización, por lo tanto también de descristianización, ha sido realizado con la colaboración determinante – en cuanto fuerza política de mayoría relativa – de un partido, que, surgido con el nombre de Partido Popular Italiano, con el de Democracia Cristiana ha de hecho hegemonizado la representación política de los católicos italianos" (Para "un´azione politica umana e cristiana per ricostruire l´identità del popolo italiano", llamamiento de Alleanza Cattolica, 4 octubre de 1993).

"Parece que el episcopado italiano y el mismo Pío XII, inmediatamente después de la caída del Fascismo, eran contrarios a la reedición del PPI, sobre todo con el nombre de "Democracia Cristiana", donde el adjetivo "cristiana" es más comprometedor que "popular" e "italiano". Incluso parece que los cardenales Ottaviani y Tardini hubieran querido fundar un partido "católico y conservador" para oponerlo a la DC; pero el alejamiento en 1947 de los comunistas del gobierno habría impedido la fundación de tal partido".

"De esta forma la DC pudo administrar a solas esa especie de plebiscito anticomunista que fueron las elecciones del 18 de abril de 1948 donde el socialcomunismo en menos de treinta años se vio cerrar el camino del poder. En aquella ocasión se sublevó el verdadero pueblo católico, Massimo Caprara, ex secretario de Togliatti, habló de una auténtica "explosión de la Sublevación espiritual" del pueblo católico. El pueblo católico organizado por los Comités Cívicos del Profesor Luigi Gedda, ganó aquella batalla de civilización".

"Los Comités Cívicos fueron inmediatamente silenciados, molestaban a la DC, que se apoderó de una victoria que no había sido suya. Don Baget Bozzo ha escrito que en la DC había quienes deseaban un resultado más equlibrado para poder volver al gobierno considerado "popular" con la DC, PCI [Partido Comunista] y PSI [Partido Socialista]. Y Luigi Gedda refiriéndose a esta intención escribe: "Desde el triunfal resultado electoral de 1948 la Democracia Cristiana consideraba a regañadientes la existencia de una formación política distinta de la surgida en la época de la liberación con el nombre acuñado por Romolo Murri [...] La victoria del 18 de abril – prosigue Gedda – que otorgaba a la DC la mayoría en las dos Cámaras, como de todos era sabido se debía a la imponente intervención de los Comités Cívicos, los cuales no pretendían ningún privilegio sino únicamente poder vigilar para que el partido siguiera siendo fiel a su identidad cristiana. Esta tarea molestaba a los líderes de la DC, porque cundía en el partido una corriente, liderada por Dossetti, partidaria de una alianza con los comunistas". Es una historia que todavía sigue abierta. El profesor Gedda religiosísimo y muy noble agachó la cabeza, frente a presiones de las que todavía hoy en día no se conoce la fuente".

"Desde 1945 La Democracia Cristiana, en ocasión de su Congreso, se organizó como un auténtico partido moderno bajo la dirección de Fanfani que, en ésto, copiaba del partido comunista. Se organizó la afiliación a volea, se apoderaron de los bancos y de los centros de poder, de la economía... Mientras el PCI se daba por satisfecho con el poder cultural... Los mismos Sturzo y De Gasperi fueron marginados y así nuestro país se dirigió hacia la izquierda".

"Desde aquel momento, exceptuando el paréntesis del efímero experimento del gobierno Tambroni, 1960, inmediatamente fracasado a causa de la violencia desencadenada por los comunistas en Génova, la de la DC puede juzgarse como la historia de los intentos finalizados a la reinserción de los comunistas en el área de gobierno, y para debilitar y anular cualquier reacción a esta reinserción que procediera de la Jerarquía y del pueblo católico. ¿Os maravilláis de estas afirmaciones? ¿Son suposiciones mías? Os leo lo que escribía Alcide De Gasperi: "La Democracia Cristiana [es un] partido de centro escorado a la izquierda, [que] saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas". (Discurso en el III Congreso Nacional de la DC, Venecia 2-3 de junio de 1949; citado en "Famiglia Cristiana", 3/6/1973). Y siempre De Gasperi con anterioridad había dicho: "Nosotros nos hemos definido como un partido de centro que se mueve hacia la izquierda" (Intervención en el Consejo Nacional de la DC del 3 de agosto de 1945, en "Atti e documenti della DC, 1943-1967", edizione Cinque Lune, Roma 1968, pág. 181)".

"Más tarde cuando en la década de los setenta fue evidente el asociacionismo, el "compromiso histórico" en el que se andaban metiendo la dirigencia democristiana y la comunista con los varios Aldo Moro, los Andreotti, los Berlinguer, se habló de "mal menor" y algunos vinieron a decirnos que teníamos que "taparnos la nariz y votar DC".

"Propio durante estos años los jefes democristianos se inclinan cada vez más hacia la izquierda y también explican el por qué, basta con leerse sus propias declaraciones, los informes, que por mucho que estén trufadas de frases evasivas como "convergencias paralelas" o "equilibrios más avanzados", son bastante descifrables, siempre que, por supuesto, se tenga en cuenta el proceso revolucionario que la dirigencia de la DC ha emprendido desde su fundación".

"Comencemos con Flaminio Piccoli: "Aquél gran proceso de transformación – que en Europa ha sido realizado principalmente bajo la hegemonía socialdemócrata o laborista – ha sigo conseguido en Italia bajo la guía de un partido cristiano demócrata: es un gran hecho histórico, si se piensa en el proceso de modernización, en otros lares ensayado por el "espíritu capitalista" originario de la "ética protestante" o por el ilustrado de la revolución francesa y por la socialista, marxista-leninista, de la revolución de octubre, en Italia hunde sus raíces en la tradición cristiana propia de los católicos democráticos" (Flaminio Piccoli, "Una DC più forte per una democrazia piú moderna", comunicación del 2 de mayo de 1982, en "Il POPOLO, 3/5/1982).

"Es un discurso claro para quien quiera entenderlo, el Piccoli dice las mismas cosas que había escrito Gramsci en 1933: "La filosofía de la praxis (nombre con el cual el filósofo indicaba el materialismo dialéctico e histórico, raíz del comunismo) supone todo este pasado cultural, el Renacimiento y la Reforma, la filosofía alemana y la Revolución francesa, el Calvinismo y la economía inglesa, el Liberalismo laico y el historicismo cimiento de toda la concepción moderna de la vida. La filosofía de la praxis es el coronamiento de todo este movimiento de reforma intelectual y moral [...] corresponde a la conexión Reforma Protestante + Revolución francesa [..] (Quaderni dal Carcere edición crítica el Instituto Gramsci, Einaudi, Turín 1975)".

"Llegados a este punto podemos entender la frase que Gramsci profirió ya en 1919 tras la fundación del PPI: "El catolicismo democrático hace lo que el comunismo no podría hacer: amalgama, ordena, vivifica y se suicida" (I Popolari, en L´Ordine Nuovo año I, n. 24, 1/1/1919)".

"Última afirmación de un exponente autorizado de la DC, el expresidente de la República italiana Francesco Cossiga: "La DC tiene méritos históricos grandísimos en haber sabido renunciar a su especifidad ideológica, ideal y programática: las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos" (Francesco Cossiga, "Lettera al quotidiano della DC", en Il POPOLO 24/1/1992)".

"Y en 1978 el mismo Aldo Moro declarará: "En cuanto al aborto la DC se compromete a no obstaculizar la mayoría que aprobará la ley". Por tanto también la "idealidad cristiana" – aunque débil y genérica – del Sturzo de 1919, ha sido ignorada y marginada respecto a la "moderna conciencia pública", a la "unidad política" y a la "cooperación política", unidad que a partir de 1945 había sido rota decenas de veces incluso por razones "baladíes", en esta ocasión, (el aborto) se hubiera roto por una materia sobre la cual la doctrina no puede que ser intransigente".

"Sobre la ley del aborto (ley 194), la DC tiene, en cambio, responsabilidades históricas enormes; no sólo la ha rubricado sino que además ha colaborado activamente a la elaboración de todo su entramado. Los democristianos de la cúpula dirigente no tuvieron titubeos, han elegido estar de la parte del PROGRESO... Mientras que los de la base, los electores, aturdidos y confusos, a menudo, por el lenguaje vago e incierto de sus jefes, fruto del relativismo doctrinal de estos últimos, no han sabido reaccionar a la confusión del referéndum contra el aborto de 1981 y se dividieron: muchos de ellos no fueron a votar, muchos votaron NO, esto es, a favor de aquélla "ley", creyendo incluso que habían cumplido con su deber. Giovanni Cantoni, analizando el referéndum, en el número de mayo-junio de 1981 de la revista "Cristianità" achaca la derrota del mundo católico, no tanto al incremento de las fuerzas revolucionarias, sino a la incapacidad de la dirigencia del mundo católico de mobilitar a la base, que en gran medida se abstuvo de votar".

"El 27 de mayo de 1976 los diputados Giulio Andreotti, Tina Anselmi y Filippo Maria Pandolfi,, los senadores Francesco Bonifacio, Tommaso Morlino y Giovanni Leone – todos democristianos – firmaron la "ley". El diputado Leone algunos meses más tarde, acusado quizás injustamente por los mismos que le obligaron a firmar la "ley", se verá obligado a dimitir; le hubiera venido mejor, y además con la cabeza bien alta, si hubiera dimitido antes de la infausta firma. Cuando algunos acusaban de alta traición a la DC..."

"Algunos de los responsables se defendieron afirmando que la firma era "un acto debido"; en caso contrario hubiera caído el gobierno... Andreotti, contestando a Vittorio Messori, afirmó: "En efecto tuve una crisis de conciencia y me planteé si debería firmar aquella ley. Pero, si yo hubiera dimitido, ningún otro democristiano podía firmarla, en un momento difícil para el país. Una crisis que hubiera creado complicaciones también a nivel internacional" (V. Messori, "Inchiesta sul Cristianesimo", SEI, Turín 1987, págs. 210-211).

1. Éstos son sólo algunos de los frutos de la ya larga historia del modernismo social y doctrinal. He dicho larga historia ya que es necesario recordar que los orígenes de tan nefasta traición de cierto mundo católico al Magisterio de la Iglesia, se remontan a la Revolución francesa, cuando frente a la nueva situación de pluralismo doctrinal y moral surgido del relativismo religioso de la seudoreforma protestante primero, y del liberalismo (2) después, el Catolicismo había pasado de ser la única cosmovisión del hombre europeo a una más entre tantas posibles como eran las variables ideológicas, consecuencia éstas del ímpetu diabólico que había llevado al hombre europeo a absolutizar su ilusión de poder arrebatar, para asumirlo, el atributo legislador de Dios (en fondo el "seréis como dioses" original que sigue actuando en la historia).

Pues bien, en este nuevo contexto de pluralismo doctrinal y moral los católicos asumen tres posturas distintas: La mayoritaria encarnada por el Magisterio de la Iglesia, de rotunda oposición a lo que era a todas luces un intento de refundar la sociedad humana a espaldas y en contra de Dios y de Su Iglesia, acompañada en esta profética y evangelizadora misión de denuncia y restauración de la doctrina, por aquellos filósofos que fieles a las enseñanzas de la Iglesia profundizaron en el estudio de las causas y en el de las consecuencias de la Revolución secularizadora que les atenazaba: se trata de la escuela contrarrevolucionaria de los De Maistre, Donoso Cortés, Balmes y un largo etcétera que sigue vivo en nuestros días; la de los católicos liberales que aceptan pro bono el principio, reinterpretado por la seudoreforma protestante y por el liberalismo, de "libertad"; y por fin la de los democristianos que ven en el fenómeno de la Revolución francesa una intervención "providencial" identificando cristianismo y espíritu revolucionario (2).

El triunfo, pues, de las dos corrientes modernistas en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico dando lugar a lo que podríamos definir como SIDC, esto es, Síndrome de Inmuno Deficencia Cultural.

2. Ha llegado el momento – en conformidad a la obra restauradora de la doctrina católica llevada a cabo por el Sumo Pontífice felizmente reinante Juan Pablo II – de hacer un examen de conciencia, un "Nuremberg espiritual", sobre el nefasto error de desconocer el espíritu anticristiano de la modernidad y su consecuente reinterpretación y relativización del Magisterio pontificio. Es hora también de que se vuelva a dar su verdadero valor profético al tan satanizado Syllabus sobre los errores de la edad moderna del beato Pío IX, augudísima introspección en el fuero interno de las ideologías anticristianas que conformaron la modernidad y la actual postmodernidad; introspección, a su vez, dirigida al futuro para entender los desenlaces de tales ideologías, sabedores que si se pone como cimiento de la cultura de una sociedad una idea equivocada del hombre tarde o temprano la historia demostrará su error como fehacientemente han demostrado los totalitarismos y los horrores de nuestra época.

Asimismo ha llegado también el momento de redescubrir la nómina de pensadores, filósofos e historiadores que han conformado la escuela contrarrevolucionaria, pues en ellos encontramos las categorías teológico-políticas – fruto de su absoluta fidelidad al Magisterio - que nos permiten penetrar en las causas profundas y originarias del proceso secularizador y prever sus posibles y múltiples desenlaces. Me refiero en especial a los ya citados Joseph De Maistre, Donoso Cortés, Balmes, Louis De Bonald, Edmund Burke, anglicano pero de formación católica; a los olvidados Vázquez de Mella, Aparisi y Guijarro, Victor Pradera, Elías de Tejada; hasta llegar a los contemporáneos como Giovanni Cantoni, Gustave Thibon, Russell Kirk, Plinio Corrêa de Oliveira, Miguel Ayuso, Julio César Ycaza Tigerino, Nicolás Gómez Dávila, Alberto Caturelli y a muchos más que podría citar.

Por otro lado resulta evidente que la importancia de estos autores no reside única y principalmente en sus elecciones políticas, institucionales y/o estratégicas (ya que sometidas a los avatares cambiantes de la historia), sino a su capacidad de poner la razón, sin ningún tipo de compromisos y confusiones con los principios anticristianos, al servicio del Magisterio. Son un ejemplo ejemplarizante (valga la redundancia) de cómo una fe inquebrantable y consecuente se hace cultura, elemento este último fundamental para la nueva evangelización. Es por ello que considero nuclear que junto al estudio de todo el Magisterio a la luz de la Tradición de la Iglesia, se vuelva a descubrir (o a encontrar) a estos autores, ya que ellos nos brindan la instrumentación necesaria para dar un contenido auténticamente católico a la unidad de acción en la fe y a la evangelización de la cultura tan certeramente solicitadas con apremio por el Santo Padre. .

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Ángel Expósito Correa

Notas:

  1. Cf. "El movimiento católico en Italia", http://www.iespana.es/revista-arbil/(62)movi.htm
  2. Cf. "Reflexión acerca del problema electoral de los católicos", http://www.iespana.es/revista-arbil/(61)refl.htm

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¿Doctrina católica al estilo protestante?

José María Iraburu Fuente: Infidelidades en la Iglesia http://es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/745/2370/articulo.php?id=22816

Presentamos algunas cuestiones concretas doctrinales y disciplinares, hoy especialmente necesitadas de reorientación y porque la interpretación que actualmente se les da, Se quedan, de hecho, en la enseñanza de Lutero: ninguna ley; sola gratia.

La doctrina de la Iglesia católica


Hoy es urgente aclarar si la enseñanza de la Iglesia ha de ser entendida como una doctrina obligatoria o más bien solamente orientativa. Y en el caso primero, si hay obligación grave de enseñarla y de sancionar a quienes la contrarían en público.

Un Obispo, pues, ha de ver si se conforma con que su Iglesia diocesana se configure al modo de las comunidades protestantes, y corran por ella libremente errores contrarios a la doctrina católica, o si está decidido a que su Iglesia local sea católica. Esta elección es hoy para el Pastor ineludible; y el que trate de evitarla, ya ha elegido por el extremo falso.

La situación doctrinal en algunos Seminarios, Noviciados, Editoriales católicas y Librerías diocesanas y religiosas es a veces realmente una vergüenza. Y es un escándalo perfectamente superable, si se ejercita la autoridad del Obispo sobre ellos; pues hay disidencia, escandalosa o moderada, justamente en la medida en que los Pastores la toleran.

Grandes males exigen grandes remedios. Y si el Prelado no hace cuanto está en su mano para poner los remedios adecuados, él será el principal responsable de los errores y males de la Iglesia.

Pero, por el contrario, esté bien seguro el Pastor de que si pone los poderosos remedios de la autoridad apostólica, pronto en su Iglesia, por obra del Espíritu Santo, florecerán la verdad, la gracia, la unidad, las vocaciones. En efecto, el Espíritu Santo, el único que tiene poder para renovar el mundo y reformar la Iglesia, será el protagonista de su acción purificadora y reformadora.

Vendrán, sin duda, sobre él una avalancha de persecuciones. Cualquier Pastor, para ser Obispo fiel, habrá de ser Obispo mártir. Tendrá, pues, que encomendarse a Dios en este empeño, a la Virgen y a todos los santos –especialmente a santos pastores como Atanasio, Gregorio Magno, Carlos Borromeo, Ezequiel Moreno, Pío IX, Pío X–, y llevar adelante su tarea con la fortaleza propia de la caridad pastoral.

Valga lo dicho sobre la doctrina católica en referencia también a la exégesis de la sagrada Escritura. Cuando la interpretación de los textos bíblicos prescinde del Magisterio apostólico, de las enseñanzas de la Tradición, del sensus Ecclesiæ, y solo se atiene en la práctica a las normas del historicismo y del análisis crítico y filológico, cualquier resultado, y su contrario, es posible. Nos quedamos sin la Biblia. Es la perfecta arbitrariedad. Es la confusión del libre examen, que no tiene por qué tener un lugar en la Iglesia Católica.

«No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios» (Ef 4,30). El Espíritu Santo, que es «el Espíritu de la verdad» (Jn 16,13), se entristece al ver tantos errores dentro de la Iglesia Católica, y quiere que se ponga término eficaz a su difusión, de tal modo que todos los fieles puedan oir con facilidad la voz de Cristo, que «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).

Las leyes de la Iglesia católica

Hoy es igualmente urgente aclarar si las leyes eclesiásticas tienen en realidad un valor preceptivo, obligatorio en conciencia, o si sólo tienen un valor meramente orientativo.

Según esto, los Pastores han de decidir si quieren que su Iglesia local sea católica, y cumpla las leyes de la Iglesia universal, viendo en ellas una ayuda para la unidad y el crecimiento espiritual de los fieles, o si se resignan a que su comunidad eclesial se configure al modo protestante.

Las dos vías son posibles. Y ya se comprende que el Obispo, ineludiblemente, ha de dar una respuesta a este dilema: o sigue en su Iglesia la vía católica o la protestante. No vale que diga elegir la forma católica, si luego realiza la protestante. Tampoco vale que reconozca el valor salvífico de las leyes en la Iglesia, si luego estima siempre que no conviene exigirlas, ni inculcarlas, ni sancionar su incumplimiento.

Si el Obispo, en tantas cuestiones doctrinales o disciplinares, no da el ejemplo primero de obediencia a la Iglesia, y a su vez no urge suficientemente la obediencia a la ley eclesial –en la catequesis, en la predicación, en el gobierno pastoral–, ni sanciona en modo alguno a quienes habitualmente la quebrantan, está claro: elige el modo protestante de comunidad cristiana, y renuncia al modo católico, quizá porque lo considera irrealizable. O posiblemente incluso porque lo estima, en principio, inconveniente.

«Los fieles, decía Pablo VI, se quedarían extrañados con razón si quienes tienen el encargo del episcopado –que significa, desde los primeros tiempos de la Iglesia, vigilancia y unidad–, toleraran abusos manifiestos» (17-IV-1977). Exhortaciones semejantes ha repetido Juan Pablo II muchas veces a los Obispos en visita ad limina.

Lo mismo digamos del párroco, del padre de familia, del superior religioso, de la asociación de laicos, que no respetan la ley de la Iglesia. Se quedan, de hecho, en la enseñanza de Lutero: ninguna ley; sola gratia.

El Espíritu Santo, que es «el Espíritu de la unidad», se entristece al ver tantas desobediencias y divisiones dentro de la Iglesia Católica, y quiere y puede ponerles término eficaz. Unos colaboran con el Espíritu Santo, pero otros le resisten.

Veamos, pues, seguidamente algunas cuestiones concretas doctrinales y disciplinares, hoy especialmente necesitadas de reorientación y reforma en la Iglesia.

Cielo e infierno


Casi siempre que Cristo predica, lo hace con clara referencia a la salvación y a la condenación finales. En muchas Iglesias, sin embargo, esta dimensión soteriológica ha desaparecido prácticamente, tanto de la catequesis como de la predicación. Y ese silencio crónico sobre parte tan central del mensaje de Cristo implica una de las más graves falsificaciones actuales del Evangelio.

El Cardenal Rouco, Arzobispo de Madrid, en una conferencia dada en El Escorial sobre «La salvación del alma», reconoce el hecho: «Probablemente los jóvenes no hayan escuchado nunca hablar de la salvación del alma en las homilías de sus sacerdotes». Y concluye afirmando: «La Iglesia desaparece cuando grupos, comunidades y personas se despreocupan de su misión principal: la salvación de las almas» (30-VII-2004).

Así es. Imposible será, pues, «una nueva evangelización» en tanto no se recupere esa verdad de la fe, que está presente en todo el Evangelio y en la Tradición de la Iglesia.

Cristo quiere en su Iglesia seguir llamando a los pecadores, para que se conviertan y para que no se pierdan ni aquí ni en la vida eterna: «si no os arrepentís, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3.5). O se transmite su llamada a los hombres o se procura silenciarla. No hay más opciones.

Purgatorio


Muchos hoy no creen en la existencia del purgatorio: «nuestro hermano fallecido goza ya de Dios en el cielo». En no pocas catequesis no se enseña el purgatorio, o simplemente se niega.

Gran error. Eso es doctrina protestante, normal en una comunidad protestante. Pero el Obispo que quiera ser católico tendrá que vencer cuanto antes en su Iglesia esa herejía. Que ésta pueda durar y perdurar largo tiempo en parroquias católicas es un gran escándalo. Y el Espíritu Santo quiere eliminar ese error, de tal modo que se predique abiertamente y cuanto antes la fe católica. Creer en la realidad del purgatorio, conocer las grandes penalidades que en él se sufren, y predicar al pueblo esta verdad de la fe es premisa necesaria para la renovación de la Iglesia Católica.

Moral católica


Ya hemos señalado anteriormente la amplia difusión de errores morales entre sacerdotes y laicos. Ahora bien, enseñar la verdadera doctrina, refutar los errores, frenar eficazmente a quienes los difunden e impedir que los fieles les sigan para su perdición, es uno de los deberes principales de los Pastores.

No haría nada de más la Iglesia –o un Obispo particular por su cuenta–, si elaborase un cuestionario sobre temas de fe y costumbres, y antes de conferir las Órdenes sagradas, se asegurase bien de la doctrina católica del candidato en aquellos temas que hoy están más inficionados por el error. Si el candidato no está firme en la fe de la Iglesia, es un grave deber no ordenarlo.

El Espíritu Santo, que «nos guía hacia la verdad completa» (Jn 16,13), quiere que cuanto antes cesen los errores y vuelva a resplandecer en la Iglesia la verdadera moral católica.


Historia de la Iglesia


A las numerosas falsificaciones que en algunas Iglesias corren en materias de fe y moral, ha de añadirse con frecuencia una visión de la historia falsificada, normalmente en clave liberal o marxista. Ello implica una denigración continua de la Iglesia, pues su historia es vista por los ojos de sus enemigos. La denigración, por ejemplo, de la Iglesia acerca de la dignidad de la mujer en ella, aunque puede ser refutada con eficacísimos argumentos y datos históricos, encuentra demasiadas veces dentro de la misma Iglesia una aceptación ignorante y cómplice.

De este modo, a los errores dogmáticos y morales, se añaden los errores históricos. Por ejemplo: la Iglesia solo progresa en la medida en que se seculariza y se asemeja al mundo en todo. La Iglesia es la última que asume los progresos de la humanidad. La Edad Media, en gran medida configurada por la fe cristiana, es una época bárbara y oscurantista, y la verdadera libertad y civilización llegan con la Ilustración, la Revolución Francesa y el liberalismo. En el enfrentamiento del modernismo con el Magisterio de la Iglesia, hubo errores por ambas partes, pero, desde luego, más graves por parte de la Iglesia, que no supo ver... Etc.

Con ocasión del Quinto Centenario de la Evangelización de América se pudo comprobar hasta qué punto en muy amplios campos católicos está falsificada esa historia de la Iglesia en forma peyorativa.

¿En cuántos Seminarios, Noviciados y Facultades, en cuántos centros de catequesis, la historia de la Iglesia –la historia sagrada de la Iglesia– es explicada, concretamente, por agentes del liberalismo?

Pero ninguna posibilidad hay de nueva evangelización sin una recuperación previa de la interpretación verdadera y católica de la historia de la Iglesia y del mundo. ¿Qué fuerza persuasiva pueden tener aquellos evangelizadores que ven en la Iglesia un obstáculo histórico para el desarrollo de la humanidad?

La historia sagrada de Israel no puede ser entendida por ojos profanos,y la misma Biblia es la que nos da las claves de su interpretación verdadera. Pero la historia sagrada ¡no terminó al llegar Cristo!... Por eso, igualmente, la historia sagrada de la Iglesia ha de ser conocida e interpretada a la luz de la razón iluminada por la fe. Es una historia teológica, y las visiones profanas de ella solo alcanzan a falsificarla.

El Espíritu Santo se indigna cuando ve que la historia sagrada de la Iglesia, que Él mismo ha escrito, es falsificada e interpretada según el mundo. Y ayuda con su fuerza poderosa a quienes pretenden recuperar la verdadera historia de la Iglesia.

Misiones y ecumenismo


Cristo nos mandó y nos manda: «id a todo por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

Prædicare (que viene de dicare, derivado de dicere), significa decir, más aún, decir con fuerza, proclamar, decir con autoridad, solemnemente, con insistencia. Por supuesto que los enviados de Cristo también hemos de dialogar con todos, con amor, con paciencia y amabilidad. Pero ante todo hemos sido enviados por Él para predicar el Evangelio a todos los hombres, a todos los pueblos.

Hemos, pues, de predicar a los animistas que hay un solo Dios vivo y verdadero, y que sus ídolos no tienen vida, ni son dioses, ni pueden salvar, ni deben ser adorados. Hemos de predicar a los judíos que no van a salvarse por el cumplimiento de la Ley mosaica, sino por el Mesías salvador, que ya ha venido y que es nuestro Señor Jesucristo. Hemos de predicar a los protestantes que la fe sin obras buenas está muerta y no salva, que Cristo está presente en la eucaristía, que la eucaristía es el mismo sacrificio de la Cruz, que los sacramentos de la salvación son siete, que hay purgatorio, que las Escrituras sagradas, sin la guía de la Tradición y del Magisterio, no son inteligibles, y que la fe, sin obediencia a la autoridad docente de los apóstoles, no es propiamente fe, sino opinión. Hemos de predicar al Islam que en Dios hay tres personas divinas, y que la segunda se hizo hombre, y es el único Salvador del mundo. «Con oportunidad o sin ella», hemos de predicar a toda criatura (2Tim 4,2).

Bueno y prudente es sumar el diálogo y la predicación. Pero aquella Iglesia, en la que el diálogo sustituye a la predicación, y que prácticamente no se atreve ya a predicar el Evangelio a todos los hombres, llamándolos a conversión, desobedece a Cristo, está resistiendo al Espíritu Santo, se irá acabando, no tendrá vocaciones, ni los padres tendrán hijos...

También la Iglesia antigua, tan poderosamente evangelizadora, conocía y practicaba el diálogo, y no se limitaba a la predicación. Pero los antiguos Diálogos, que incluso encontramos por escrito en los comienzos de la Iglesia –en la mitad del siglo II, por ejemplo, el Diálogo con Trifón, de San Justino, o el Diálogo de Jason y Papisco sobre Cristo, escrito por Aristón de Pella – eran en realidad apologías del cristianismo, en las que se pretendía la conversión de los interlocutores y la refutación de sus errores.

La urgencia de la conversión –y de la llamada a la conversión, consiguientemente– es un dato continuo en los escritos del Nuevo Testamento. Llamando a conversión es como comienza tanto la predicación del Bautista como la de Jesús: «convertíos, porque el reino de los cielos está cerca» (Mt 3,2; Mc 1,15). Y así continua la predicación de los apóstoles, como San Pablo:

«Yo te envío para que les abras los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia de los santificados» (Hch 26,18). «Dios, habiendo disimulado los tiempos de la ignorancia, ahora intima a los hombres que todos en todo lugar se arrepientan» (Hch 17,30).

La conversión que el Espíritu Santo pretende operar en los hombres por el ministerio de los apóstoles es meta-noia, es decir, un cambio de mente, antes aún que un cambio de costumbres. Lo que la evangelización procura es que los hombres acepten «los pensamientos y los caminos de Dios», que distan tanto de los humanos, como el cielo de la tierra (Is 55,8). La lógica del Logos divino difiere tanto de la lógica humana como la luz de las tinieblas. Por eso el Apóstol dice a los filipenses:

«hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación perversa y adúltera, vosotros aparecéis como antorchas encendidas, que llevan en alto la Palabra de la vida» (Flp 2,15).

Por eso, «¿qué hay de común entre la luz y las tinieblas?» (2Cor 6,14). En este sentido, la sustitución sistemática de la predicación por el diálogo, y la exclusión en la predicación de toda finalidad de conversión –o como suele decirse, de todo proselitismo– es hoy una gran infidelidad al Evangelio, es una vergüenza, un escándalo.

«Los misioneros no pretendemos la conversión de los paganos. Eso era antes. Cuántas veces ellos, los paganos, sin bautismo y sin misa, son bastante mejores que nosotros. Lo que buscamos, pues, es participar de sus vidas y ayudarles en todo lo que podamos, sabiendo que muchas veces más tenemos nosotros que aprender de ellos que de enseñarles nada».

Así piensan no pocos de los que han sido enviados por Cristo con una clara misión: «enseñad a todas las naciones... en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado» (Mt 28,19-20).

La posición de estos «misioneros» respecto a la evangelización destruye prácticamente la misión apostólica, y necesariamente tiene que ser falsa, pues dista años-luz de la actitud de Cristo, Pablo, Bonifacio, Javier. Nos vemos, pues, en la obligación de asegurar que la disidencia en la doctrina y en la práctica de las misiones respecto de la doctrina de la Iglesia ha ido haciéndose abismal en los últimos años (1965, decreto conciliar Ad gentes; 1975; exhortación apostólica Evangelii nuntiandi; 1990,encíclica Redemptoris missio).

Pero el Espíritu Santo, el «glorificador de Cristo» (Jn 16,14), el «unificador de la Iglesia», quiere eliminar ese falso ecumenismo, y fortalecer el verdadero impulso misionero que busca la verdadera unidad de los cristianos y de los pueblos en la plena verdad de Cristo.

Predicación a los judíos


Si el Señor nos manda predicar el Evangelio a todos los pueblos, tendremos que predicarlo también, evidentemente, a los judíos. Así lo hicieron Cristo, Esteban, Santiago, Pablo... con los resultados que ya conocemos. En este sentido, parece algo especialmente grave que hoy en la Iglesia muchas veces se renuncie, de hecho, a predicar a los judíos el evangelio de la conversión, y que solo se pretenda por el diálogo estar con ellos en relación de agradable amistad. Se diría que evangelizar a los judíos –lo más amoroso y benéfico que se les puede hacer– viene a ser antisemitismo.

¿Como Cristo, Esteban o Pablo, no amaban a su pueblo Hermann Cohen, los hermanos Ratisbonne o los hermanos Lémann, judíos conversos al cristianismo, que predicaron el Evangelio a sus hermanos con toda su alma?

Otros hay que se niegan a evangelizar a los judíos, creyendo que así los estiman y respetan más –y que, de paso, van a ahorrarse así muchos disgustos–. En un coloquio organizado por el International Council of Christians and Jews (8-IX-1997), un Cardenal expone la conferencia «¿El cristianismo tiene necesidad del judaísmo?». Y contesta a esa pregunta:

«Sin dudar respondo que sí, un sí franco y sólido, un sí que expresa una necesidad vital y, diría, visceral... Para mí, el cristianismo no puede pensarse sin el judaísmo, no puede prescindir del judaísmo... Mi fe cristiana tiene necesidad de la fe judía»... .


En la perspectiva del Cardenal, que se declara «lejos de toda teología cristianizante del judaísmo», para afirmar la fe cristiana en Cristo, necesitamos que los judíos nieguen la fe en Cristo, y lo rechacen como el Mesías anunciado por los profetas y esperado como Salvador.

Pero el Espíritu Santo quiere que la predicación del Evangelio a los judíos hecha por Cristo, Esteban, Pablo, o por Cohen, Ratisbonne, Lémann, siga resonando para la gloria de Dios y la salvación de todos.

La Misa dominical


La Iglesia sabe que no hay vida cristiana sin vida eucarística; que la Eucaristía es la fuente y el culmen de toda la vida sobrenatural en Cristo. Que sin Eucaristía –«si no coméis mi carne y bebéis mi sangre»– los fieles no podrán tener vida, estarán muertos. Y por eso establece secularmente con toda firmeza «el precepto», no el consejo, dominical (Código c.1246).

¿Urgen los pastores sagrados –en la catequesis, en la predicación, en la teología– este deber grave de conciencia? ¿Proponen la aceptación o el rechazo de la Eucaristía como algo de «vida o muerte»? ¿Procuran con máximo empeño que el rebaño de Cristo siga congregado en la Eucaristía, donde escucha la voz del Pastor y le recibe como alimento?

No. Muchos otros deberes morales son urgidos en campañas incomparablemente más apremiantes e insistentes. El resultado es que en no pocas Iglesias locales, si hace treinta años iba a Misa un 50 % de los bautizados, hoy va un 20 o un 10% o mucho menos aún. No podemos acostumbrarnos a esta atrocidad, ni menos aún hemos de considerarla irremediable.

En Libro de la sede, editado en España por la Conferencia Episcopal, se pide en una ocasión: «por la multitud incontable de los bautizados que viven al margen de la Iglesia. Roguemos al Señor» (Secretariado Nal. Liturgia, Coeditores Litúrgicos 1988, misa de Pastores). Esta realidad espantosa –que, al menos en las proporciones actuales, no había sido nunca conocida en la historia de la Iglesia–, es hoy vivida por muchos como una realidad normal, o al menos, digamos, aceptable. Piensan que si algo es, de hecho, y perdura tantos decenios en muchas partes de la Iglesia, no puede ser algo monstruoso. Pero lo es.

Ahora bien, los cristianos que, pudiendo asistir a la Misa, no lo hacen durante años, dan la figura canónica del «pecador público». Y de éstos dice el Código: «a los que obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave» no se les debe dar la comunión eucarística (c.915), ni la unción de los enfermos (c.1007), y a veces tampoco las exequias eclesiásticas (c.1184,1,3º). Es evidente que quienes durante años persisten en mantenerse alejados de la Eucaristía cometen, sin duda, al menos objetivamente, un pecado grave y crónico, público y manifiesto.

Y el que sea una incontable multitud no disminuye la gravedad de la materia. Esa gran mayoría de bautizados, que habitualmente no participan eucarísticamente del Misterio Pascual, es uno de los mayores escándalos de la Iglesia actual; es una vergüenza enorme, que en ninguna época se ha conocido en proporciones semejantes. Pero al ser tan frecuente, «ya no escandaliza», se considera hasta cierto punto normal, y a lo más es tomado como un mal irreversible, ante el cual no merece la pena intentar con empeño ningún remedio. Una vez más, se alude a «la secularización de la vida social», etc. Y hasta ahí se llega en el diagnóstico y en la acción.

Es urgente revitalizar en la catequesis y en la predicación el precepto de la Misa dominical, que obliga en conciencia, y que obliga tan gravemente como grave es la necesidad de la Eucaristía para la vida cristiana. No hay vida cristiana verdadera que no sea vida eucarística. Y esto es así con precepto dominical y sin él. Es así.

¿No será un sacrilegio, en el sentido más estricto de la palabra, autorizar el sacramento del matrimonio a personas que no van a Misa, y que tienen la firme determinación de mantenerse alejados de ella habitualmente? De eso modo se autoriza el sacramento del matrimonio a quienes se sabe con certeza moral que lo van a profanar. ¿No tendrá el párroco una obligación grave de comprobar el vínculo habitual de los novios con la Eucaristía, al menos en la intención hacia el futuro, a la hora de autorizar un nuevo matrimonio sacramental?

El Espíritu Santo quiere restaurar la unidad de la Iglesia y la santidad del matrimonio en la unión vivificante de la Eucaristía.

Adoración eucarística


No pocas son las parroquias que, fuera de la Misa, jamás realizan ningún acto de culto a Cristo, realmente presente en la eucaristía. A veces ni tienen custodia. Y si algunos cristianos piden a su párroco actos comunitarios de adoración eucarística, no será raro que reciban un rechazo total, no de una mera negación acerca de su dificultad práctica, sino de principio: «La adoración eucarística... Eso está superado. Es anticonciliar. Es una devoción privada, que la parroquia, como tal, no tiene por qué cultivar».

Es una vergüenza y un escándalo la frecuencia y la impunidad de estas actitudes. El Obispo «debe sancionar» a ministros que así desprecian la doctrina y la disciplina litúrgica de la Iglesia. Si en materia tan grave, y seguramente en otras también, les permite disentir impunemente, no se queje después si la Iglesia local se va desmoronando. Por el contrario, si no hay otro remedio, suspenda al párroco, pues mejor están solas las ovejas que «cuidadas» por un lobo.

El Espíritu Santo aborrece la soberbia y la desobediencia, sobre todo en los Pastores, y quiere que la adoración eucarística, tal como la Iglesia la enseña y la vive, sea acogida dócilmente por todos los sacerdotes y fieles católicos.

Comunión eucarística sin penitencia sacramental


En la edad media y en la época moderna, antes arraigó en la Iglesia la confesión frecuente que la comunión frecuente. La Regla de Santa Clara, por ejemplo, prescribe para cada año doce confesiones y siete comuniones. Sabido es que la comunión eucarística frecuente y aún diaria, después de siglos de dubitación en el tema, es recomendada felizmente por el decreto de San Pío X Sacra Tridentina Synodus (1905).

Pero hoy no se conocen –es decir, no se recuerdan, no se obedecen– las condiciones morales que la Autoridad apostólica exige para que la comunión eucarística, y especialmente la comunión frecuente, venga a ser aconsejable y benéfica (DS 3375-3383).

La comunión eucarística generalizada, sin confesiones sacramentales previas, es uno de los mayores males que afectan a no pocas Iglesias. Es un gran escándalo, un gran sacrilegio, del que muy especialmente habrán de responder los Obispos y párrocos. Así lo entiende el Apóstol: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente... come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y no pocos mueren» (1Cor 11,27-30)

¿Hasta cuándo vamos a seguir así? El Espíritu Santo no quiere en la Iglesia sacrilegios, y menos aún sacrilegios habituales, sino sacramentos celebrados con un corazón humilde y puro.

Absoluciones colectivas


La generalización en algunas Iglesias locales de la absolución colectiva en el sacramento de la reconciliación es también un grave sacrilegio, un abuso pésimo, que pone en duda la misma validez del sacramento. Es un gran escándalo que en no pocas Iglesias y en muchas parroquias haya, de hecho, solo seis sacramentos, y no siete. Y que ese terrible abuso dure decenios.

El Espíritu Santo aborrece los sacrilegios, y llama siempre a conversión, queriendo dar su gracia para ella. Sabemos que «si alguien profana el templo de Dios, Dios le destruirá» (1Cor 3,16).

Pudor y castidad


«Es ya público que reina entre vosotros la fornicación» (1Cor 5,1). Esta afirmación del Apóstol conviene hoy a no pocas Iglesias locales. Concretamente, conviene a todas las Iglesias que se han quedado afónicas para predicar con fuerza el Evangelio del pudor y de la castidad. No tienen suficiente convicción de fe en la necesidad de estas virtudes como para atreverse a predicarlas ni siquiera a los mismos cristianos. Parece increíble, pero así es.

La castidad, ya lo sabemos, perteneciendo a la virtud de la templanza, está en el primer escalón de la escala de las virtudes. Pero si los cristianos tropiezan en él, se verán impedidos para subir todos los otros escalones más elevados. Por eso hizo muy bien la Tradición católica al fomentar con especial empeño esta virtud en los cristianos principiantes –es decir, en la inmensa mayoría–, y al inculcarles gran horror hacia los pecados de lujuria, castigándolos gravemente en su disciplina pastoral.

También el pudor, poco conocido en el mundo greco-romano, fue eficazmente enseñado en la Iglesia primera. Las mujeres cristianas se distinguían claramente de las mundanas por su pudor y su castidad. Recordemos que la defensa de estas virtudes fue en ellas una de las causas más frecuentes para sufrir el martirio.

Quiso Dios que el hombre caído por el pecado experimentara vergüenza de su propia desnudez. Quiso Dios que los vestidos fueran para el hombre y la mujer una sustitución parcial del hábito del que estaban revestidos por la gracia primera. Quiso Dios que la desnudez fuera vista como grave pecado tanto en Israel como en la Iglesia. Y por eso, por obra del Espíritu Santo y de sus santos pastores, la desnudez impúdica desapareció prácticamente en la historia del pueblo cristiano. Es a mediados del siglo XX, cuando se acelera la descristianización y la apostasía, y cuando más crece el alejamiento masivo de la Eucaristía, es decir, de Cristo, cuando va apagándose en la Iglesia tanto la predicación de estas virtudes, como su práctica.

Es extremo el impudor que actualmente se ha generalizado entre los cristianos en las modas del vestir, en las costumbres de los novios y de los esposos, en la aceptación generalizada de playas y piscinas, en los entretenimientos usuales de diarios y revistas, de cine y televisión, que llegan a inficionar a veces hasta las mismas casas religiosas y sacerdotales. Mejor está, sin duda, el pudor entre budistas, hinduistas o en el Islam, que entre cristianos.

Ésta es hoy una de las mayores vergüenzas de la Iglesia –nunca antes conocida–, pues en muchas partes rechaza el Evangelio del pudor y de la castidad, como si fueran éstas unas virtudes añejas, ya superadas. Donde así está la Iglesia, parece dar por perdida la batalla contra el impudor y la lujuria, ya que apenas lucha por ellas con la invencible espada de la Palabra divina, que todo lo salva y transforma.

San Pablo en Corinto, ciudad portuaria, de mucho dinero y mucho vicio, presidida en la Acrópolis por el templo de Afrodita, en el que se ejercitaba la prostitución sagrada, combate con toda su alma contra la lujuria y el impudor, que, por lo que dice, eran generales entre los cristianos corintios recién conversos (1Cor 5,1).

El Apóstol, después de acusarles de ello, les advierte severamente que, si perseveran en esos pecados, se verán excluidos del Reino de los cielos (6,9-11). Pero sobre todo les exhorta, positivamente, a participar de la castidad de Cristo, recordándoles que son miembros suyos santos (6,1-518), y templos del Espíritu Santo, que de ningún modo deben ser profanados (6,19-20).

No permitirá el Espíritu Santo que el Evangelio del pudor y de la castidad siga silenciado en tantas Iglesias. Él, por medio de los apóstoles, quiere «presentarnos a Cristo Esposo como una casta virgen» (2Cor 11,2).

Anticonceptivos


En Seminarios, Facultades, Editoriales católicas, Librerías religiosas, Cursos Prematrimoniales, Grupos de Matrimonios, así como en la práctica del sacramento de la confesión, se ha difundido tanto el error en graves cuestiones de moral conyugal, que hoy en no pocas Iglesias la mayoría de los matrimonios católicos profanan el sacramento con «buena conciencia». Así se enfrentan con Dios y con su Iglesia, usando habitualmente, cuando lo estiman conveniente, de los medios anticonceptivos químicos o mecánicos, que disocian amor y posible transmisión de vida. También esta profanación generalizada del matrimonio cristiano es sin duda una de las mayores vergüenzas de la Iglesia en nuestro tiempo. Es un escándalo.

En noviembre de 2003 el Obispo de San Agustín (Florida, EE.UU.), Mons. Víctor Galeone, publica una pastoral sobre el matrimonio.

En ella se atreve a decir: «La práctica [de la anticoncepción] está tan extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún momento de su matrimonio... Puesto que uno de las principales funciones del obispo es enseñar, os invito a reconsiderar lo que la Iglesia afirma sobre este tema». Recuerda seguidamente la doctrina católica, y añade:

«Me temo que mucho de lo que he dicho parece muy crítico con las parejas que utilizan anticonceptivos. En realidad, no las estoy culpando de lo que ha ocurrido en las últimas décadas. No es un fallo suyo. Con raras excepciones, debido a nuestro silencio, somos los obispos y sacerdotes los culpables».

¿También ésta habrá de ser considerada una batalla perdida, perdida sin lucha? No permitirá el Señor que esta epidemia enferme a su santa Esposa, la Iglesia, indefinidamente. Suscitará Obispos y párrocos, teólogos y laicos santos que, con la fuerza del Espíritu Santo, enfrenten decididamente este error y este pecado, venciéndolo con la verdad de Cristo, y aplicando una disciplina pastoral adecuada.

¿Podrá en adelante ser ordenado un Obispo o un presbítero del que no conste que está firmemente dispuesto a difundir la verdad católica sobre el matrimonio, y a combatir los errores y los falsos doctores que la falsifican?

¿Es lícito seguir recibiendo al matrimonio sacramental a novios que están conscientemente determinados a usar anticonceptivos, es decir, que proyectan disociar tajantemente siempre que les parezca oportuno el amor conyugal y la posible transmisión de vida? ¿O que piensan acudir, llegado el caso, a técnicas reproductivas artificiales?

Al realizar el expediente matrimonial, el párroco hace a los novios media docena de preguntas en los escrutinios privados, para que los novios, respondiéndolas adecuadamente y rubricándolas con su firma, hagan constar que van al matrimonio «queriendo hacer lo que la Iglesia quiere». Pues bien, sería necesario que el expediente matrimonial incluyera dos declaraciones firmadas, una sobre la Misa, otra sobre la anticoncepción, que vinieran a decir lo que sigue:

–«Acepto el precepto de la Iglesia sobre la Misa de los domingos y días festivos, y me propongo firmemente cumplirlo».

–«Me comprometo sinceramente a no hacer uso en el matrimonio de medios anticonceptivos físicos o químicos, y a no acudir en ningún caso a técnicas reproductivas artificiales que la Iglesia prohibe».

Unos novios que no van a Misa y que están decididos a seguir ausentes de ella –es decir, que no quieren vivir en la Iglesia–; unos novios decididos a usar cuando les parezca los medios anticonceptivos o las técnicas artificiales de reproducción, no deben ser pastoralmente autorizados al matrimonio sacramental, pues

–hay certeza moral de que en su vida conyugal lo van a profanar; y

–hay un fundamento grave para dudar de la validez de ese matrimonio.

Si los novios no creen ni quieren lo que la Iglesia cree y manda sobre el matrimonio, no están en condiciones de establecer lícitamente en la Iglesia, ni siquiera válidamente, un matrimonio sacramental. Atentarlo, pues, sería –es– un sacrilegio.

Evidentemente, la cláusulas nuevas que sugerimos para los expedientes matrimoniales, en las que los novios reconocen la inmoralidad absoluta de la anticoncepción y de la concepción artificial, son del todo inaplicables en tanto no haya una recuperación general de la moral católica conyugal en Obispos, párrocos y catequistas. Sin ésta restauración de la doctrina católica, es impensable que los párrocos exijan a los futuros esposos una convicción moral que ellos mismos no tienen. Y del mismo modo, es imposible exigir que los novios se comprometan a cumplir unas normas morales que frecuentemente ven negadas o puestas en duda en la Iglesia, en libros, en cursillos prematrimoniales, etc.

Todavía un Obispo, el 16 de febrero de 2004, se muestra en una conferencia «afligido» por «la distancia entre la Iglesia docente y buena parte de la Iglesia discente» en diversas materias de moral conyugal. «Un número apreciable de moralistas participan también, en un grado y otro, de este malestar e “insinúan sobre estas situaciones un juicio moral más benigno” (Valsecchi, 1973). Convendrá, pues, que los teólogos «profundicen» más en estas cuestiones, ayudando al Magisterio, «de tal manera que se acercaran en estos puntos la “traditio” y la “receptio”».

Está claro, pues, que el saneamiento del matrimonio católico, hoy tan gravemente enfermo, ha de comenzar por los Obispos y sacerdotes. Grandes daños causan a los matrimonios los pastores que consideran la doctrina de la Iglesia Católica poco benigna o menos benigna que la de ciertos moralistas. Entre tanto, mientras el Espíritu Santo logra la unidad de los Pastores en la verdad católica de la moral conyugal, habrá que seguir celebrando, en una condescendencia pastoral patética, matrimonios «sacramentales» que contrarían claramente la verdad del matrimonio cristiano. Y ésta es una situación tan gravemente escandalosa, que no puede durar y perdurar.

El Espíritu Santo no quiere más sacrilegios en el sacramento del matrimonio. Quiere que en la Iglesia de Cristo crea firmemente en la verdad de la moral matrimonial y ponga los medios para que no se sigan cometiendo tantos pecados. No quiere que en el matrimonio sacramental sea sistemáticamente profanado, una y otra vez, el amor conyugal, separando lo que Dios ha unido, esto es, el amor esponsal y la posible transmisión de vida. No quiere, al menos, que se siga cometiendo esta perversión con buena conciencia.

La acción política cristiana


En los países descristianizados de Occidente, los católicos llevamos medio siglo viéndonos en la necesidad de abstenernos en las votaciones políticas o de votar a partidos criminales del Estado liberal, que ni respetan la tradición cristiana, ni guardan las normas más elementales de la ley natural. ¿Hasta cuándo va a durar esta ignominia? ¿Acaso es inevitable, como estiman los católicos liberales?

La Bestial liberal separa al pueblo de su pasado histórico, allí donde éste ha sido netamente cristiano, quitándole así su identidad y su alma: disminuye, falsifica o casi elimina el estudio de la historia nacional. La Bestia liberal, es por un lado extremadamente centralista, pero por otro lado, al quitarle el alma a un pueblo, ocasiona que se divida en trozos, en partidos contrapuestos y en regiones egocéntricas. Degrada la escuela y la Universidad, y sofoca la enseñanza privada. Estimula el divorcio, la pornografía, la homosexualidad, el consumismo, la rebeldía, el antipatriotismo y toda clase de perversiones. Por el aborto despenalizado y gratuito, causa la matanza de los inocentes –en España, la Bestia ha asesinado medio millón de niños no nacidos en los últimos diez años–.

La Bestia liberal es intrínsecamente perversa. El Estado del liberalismo es congénitamente inmoral, pues no sujeta su acción, cada vez más amplia e invasora, a ley alguna, ni divina, ni natural. Es una potencia política sin freno, capaz, y así lo viene demostrando, de producir en la sociedad males enormes. Más que promover el bien común, muchas veces fomenta y procura el mal común.

Mírese, por ejemplo, la acción del Estado liberal hacia la juventud. Hace campañas, ya en los adolescentes, en favor de la promiscuidad: «vive el sexo, pero el sexo seguro»; distribuye gratuitamente preservativos; produce y difunde folletos en los que la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad se presentan, científicamente, como formas igualmente válidas de la sexualidad humana. Subvenciona o difunde series televisivas juveniles en las que sistemáticamente se ridiculiza la virtud, la honradez, el empeño trabajador en los jóvenes, y se estimula en ellos, por el contrario, la desvergüenza, la pereza, la lujuria, la rebeldía contra los padres, contra los profesores, contra todo, en un nihilismo prepotente, falso, absurdo, feo, degradado.

Corruptio optimi pessima. Al poder político le corresponde la altísima misión de procurar el bien común. Por eso, cuando este ministerio óptimo se corrompe y es ejercitado de modo perverso, sin sujetarse a norma moral alguna, se transforma en la fuente mayor de los peores males. Y es, desde luego, la causa principal de la descritianización de los pueblos en Occidente.

Y sin embargo, como se describe en Apocalipsis 13, «la tierra entera seguía maravillada a la Bestia» liberal, a quien el Dragón infernal le da poder para «hacer la guerra a los santos y vencerlos». La mayoría de los cristianos, acobardados unos y fascinados los más, aceptan la marca de esta Bestia mundana «en la mano derecha y en la frente», es decir, en sus conductas y pensamientos. Acceden convencidos al servicio de la Bestia, en buena parte porque saben que quienes no adoren públicamente a la Bestia y no acepten la marca de su sello, «no podrán ni comprar ni vender» en el mundo, quedarán marginados y perdidos, y serán finalmente «exterminados». La voluntad influye en el juicio y lo fuerza al error. No quieren ser mártires. Se creen con derecho a no serlo.

En esta situación, sólamente un resto de fieles mártires resisten a la Bestia y no admiten su marca ni en la frente ni en la mano: son «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17).

El catolicismo liberal siempre ha visto con horror y desprecio el Syllabus del Beato Pío IX (1964). Pero especialmente se ha escandalizado de su último número, el 80, donde el Papa condena la siguiente proposición: «El Romano Pontífice [la Iglesia] puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna» (DS 2980).

Por supuesto que la Iglesia colabora con el progreso científico, técnico, social, etc. ¿Pero qué conciliación cabe entre la Iglesia y una sociedad liberal, herméticamente cerrada a la autoridad de Dios, que en su vida política y cultural ni siquiera reconoce la ley natural, sino que parece complacerse especialmente en pisotearla?

Es obvio que, como dice el Syllabus, entre la Iglesia y la Bestia liberal no puede haber concordia alguna. Siguen, pues, vigentes las palabras del Apóstol: «no os unzáis al mismo yugo con los infieles: ¿qué tiene que ver la rectitud con la maldad?, ¿puede unirse la luz con las tinieblas?, ¿pueden estar de acuerdo Cristo y el diablo?, ¿irán a medias el fiel y el infiel?, ¿son compatibles el templo de Dios y los ídolos?» (2Cor 6,14-16).

Cuando consideramos la actitud pasada de la Iglesia Ortodoxa en la Unión Soviética, nos parece lamentable que no se enfrentase más abiertamente con la Bestia comunista. Los sucesores de los Apóstoles se daban la mano con los Jerarcas soviéticos y se dejaban fotografiar sonrientes con ellos. Los campos de concentración, las arbitrariedades inauditas de la KGB, el ostracismo, la cárcel, los genocidios y las deportaciones masivas, la persecución de sacerdotes y laicos cristianos, la promoción del ateismo y del aborto, no eran suficientes para que se distanciaran totalmente –ateniéndose a las consecuencias– de tantos horrores. Las razones alegadas eran claras: «si no salvamos la propia vida, se apaga totalmente en nuestra patria el Evangelio y cesa la celebración de la Divina Liturgia».

Cuando se considere dentro de unos años la actitud de algunas regiones de la Iglesia Católica, parecerá lamentable que ésta no se enfrentase allí más abiertamente con la Bestia liberal. Dar la mano, la sonrisa y la imagen de concordia a políticos responsables de tan graves crímenes –no pocos de ellos se dicentes cristianos–; establecer con ellos acuerdos, que se declaran «satisfactorios»; no impedir que el voto de los católicos sostenga y haga posible tantas infamias, se verá con pena, vergüenza y lamentación. Y las razones alegadas, «salvar la vida de la Iglesia, el mantenimiento de los sacerdotes y de los templos, la vida litúrgica, asistencial, apostólica», etc., no se estimarán convincentes, sino falsas y cobardes.

El siglo XX, él solo, ha dado, con gran diferencia, más mártires cristianos que todos los siglos precedentes. Pero junto a esta oleada de fidelidad extrema, se ha dado en la Iglesia una oleada de apóstatas, también en proporciones nunca conocidas. La vocación al martirio ha sido rechazada por los innumerables cristianos que han aceptado en su frente y en su mano la marca de la Bestia liberal.

Pero es indudable que la vocación martirial ha sido muy particularmente escasa en la mayoría de los políticos cristianos. No han luchado por la verdad y el bien del pueblo. No se les ven cicatrices, sino prestigio mundano y riqueza. Sin mayores resistencias –pues tienen que «guardar sus vidas», para así continuar sirviendo al Reino de Cristo en el mundo–, han dejado ir adelante políticas perversas con sus silencios o complicidades. Han tolerado agravios a la Iglesia que no habrían permitido contra una minoría islámica, budista o gitana. Se han mostrado incapaces no sólo de guardar en lo posible un orden cristiano –formado durante siglos en naciones, a veces, de gran mayoría cristiana–, sino que ni siquiera han procurado proteger lo más elemental de un orden natural, destrozado más y más por un poder político malvado. E incluso han obrado así también cuando han tenido mayoría parlamentaria, pues no querían perderla.

La Democracia Cristiana de Italia, que ha gobernado durante casi toda la segunda mitad del siglo XX, ha sido sin duda una referencia muy importante para todos los políticos católicos del mundo. Pues bien, viniendo a un caso concreto, en 1994, perdido ya el poder, y siendo presidente de Italia el antiguo democristiano Oscar Luigi Scalfaro, dirige al Congreso un notable discurso en el que aboga por el derecho de los padres a enviar a sus hijos a colegios privados, sin que ello les suponga un gasto adicional.

El valiente alegato de este eminente político fue respondido por una congresista católica, recordándole que, habiendo sido él mismo ministro de Enseñanza, «tendría que explicar a los italianos qué es lo que ha impedido a los ministros del ramo, todos ellos democristianos, haber puesto en marcha esta idea», siendo así que la Democracia Cristiana, sola o con otros, ha gobernado Italia entre 1945 y 1993. En casi cincuenta años, por lo visto, la DC italiana no ha hallado el momento político oportuno para conseguir –para procurar al menos– la ayuda a la enseñanza privada, un derecho natural tan importante.

¿Cómo puede explicarse la inoperancia casi absoluta de los cristianos de hoy en el mundo de la política y de la cultura? Llevamos más de medio siglo elaborando «la teología de las realidades temporales», hablando del ineludible «compromiso político» de los laicos, llamando a éstos a «impregnar de Evangelio todas las realidades del mundo secular». Y sin embargo, nunca en la historia de la Iglesia, al menos después de Constantino, el Evangelio ha tenido menos influjo que hoy en la vida del arte y de la cultura, de las leyes y de las instituciones, de la educación, de la familia y de los medios de comunicación social. ¿Cómo se explica eso?

¿Hasta cuándo esta Bestia liberal será alimentada por los votos de los ciudadanos católicos? La respuesta es simple: esa miseria será inevitable hasta que exista alguna opción política cristiana. ¿Pero y por qué esta opción política cristiana se tiene por imposible o por inconveniente? ¿Es que ha de prolongarse indefinidamente la absoluta impotencia política del pueblo cristiano?

No dejaremos estas preguntas en el aire. Trataremos de darles respuestas verdaderas.

1. El catolicismo liberal es inerte en la política, porque se ha mundanizado completamente en su mentalidad y costumbres. Ignora y desprecia la tradición doctrinal y espiritual católica, asimila las mentiras del mundo, y no tiene nada que dar al mundo secular. En su ambiente no hay ya filósofos ni novelistas, ni tampoco polemistas que entren en liza con las degradaciones mentales y conductuales del mundo actual, por el que se siente admiración y enorme respeto. Los católicos liberales son incapaces de actuar como cristianos en política, en el mundo de la cultura y de la educación, en los medios de comunicación, pues son «sal desvirtuada, que no vale sino para tirarla y que la pise la gente» (Mt 5,13).

Gracias a los católicos liberales, en pueblos de gran mayoría católica ha podido entrar en la vida cívica, sin mayores luchas ni resistencias, y legalizadas por el voto de los católicos, una avalancha de perversiones incontables, contrarias a la ley de Dios y a la ley natural. También el Poder contrario a Dios y a su Iglesia ha podido gobernar durante muchos decenios a pueblos de gran mayoría católica, como México o Polonia, sin que los católicos liberales de todo el mundo se rebelaran por ello mínimamente.

Es obvio: cuando los católicos más ilustrados, clero y laicos, asimilan el liberalismo y asumen la guía del pueblo, cesa completamente la acción política de los fieles.

2. Mientras se evite en principio, como un mal mayor, la confrontación de la Iglesia con el mundo, no es posible que se organice ninguna opción política cristiana. Una acción de los cristianos en el mundo secular, sobre todo si se produce en forma organizada y con medios importantes, es imposible sin que se produzca una cierta confrontación entre la Iglesia y la sociedad actual. Ahora bien, si se exige, como norma indiscutible, que la Iglesia se relacione con el mundo moderno en términos de amistad y concordia; si por encima de todo se pretende evitar cualquier confrontación con el mundo –y, por tanto, dicho sea de paso, cualquier modo de persecución–, entonces es totalmente imposible la acción política de los cristianos en el mundo, y mucho menos en formas organizadas.

Pero esto es, simplemente, horror a la cruz. Esto es una fuga sistemática del martirio por exigencias semipelagianas: «hay que proteger sana y prestigiada ante el mundo “la parte” humana de la Iglesia, para que así pueda transformar la sociedad».

3. Es necesario que los votos católicos se unan para procurar el bien común en la vida política. O dicho en otras palabras: es ya absolutamente intolerable que los votos católicos sigan sosteniendo el poder de la Bestia liberal. Hubo un tiempo en que el Poder político era un bien; más tarde vino a ser un mal menor; actualmente es el mal peor que actúa en las naciones.

Ningún voto de católicos siga, pues, apoyando partidos que sostienen la Bestia liberal y que fomentan el divorcio, el aborto, la eutanasia, la educación laicista y toda clase de atrocidades y perversidades.

Pero para eso a los católicos hay que facilitarles la posibilidad de votar a un partido cristiano o bien a una pluralidad de partidos y asociaciones políticas cristianas, que se unan en coalición electoral.

No basta, pues, de ningún modo, en la situación actual, con decirles a los fieles que «voten», y que «voten en conciencia». Es necesario hacer posible una canalización digna del voto político de los católicos, para que el pueblo fiel se empeñe en la promoción de un bien. Por fin entonces se verá libre de la siniestra necesidad de votar una y otra vez –durante generaciones– siempre males, sean males menores o mayores. ¿Hasta cuando esta ignominia?

La organización del pueblo católico para hacer eficaz y poderosa la acción de la Iglesia en el campo social y político dió lugar en el siglo XIX y comienzos del XX a un gran número de movimientos, asociaciones, partidos. Los Vereine, la Asociación Católica de Alemania, los anuales Katholikentag, el Zentrum, la Association catholique de la jeunesse française, el Movimento Cattolico, la Opera dei Congressi e dei comitati cattolici, la Acción Católica, la Obra de los Círculos Católicos de Obreros, la Catholic Social Guild y tantas otras asociaciones, con mayor o menor acierto, consiguieron a veces importantes victorias, librando batallas a veces muy fuertes y prolongadas. Los partidos laicistas tenían que contar con el voto católico, porque muchas veces sin él ni siquiera podían gobernar.

Pero esa organización es hoy anatematizada por los católicos-liberales, que en el mundo moderno se encuentran como pez en el agua: hablan de regresos al «integrismo», al «ghetto», a la preconciliar confrontación «Iglesia-mundo». Han conseguido, pues, que éste sea un tema tabú: intocable. Mencionarlo siquiera es eclesiásticamente incorrecto. Desde luego, si esa organización del voto católico cristalizara, ellos perderían todas sus prebendas –aunque no; lo más probable es que se adaptarían, incluso de buena fe, a las nuevas organizaciones católicas: son corchos insumergibles–.

La posición de los políticos católicos italianos en la segunda mitad del siglo XX ha sido paradigma para todas las demás naciones de mayoría católica. Por eso nos interesa especialmente considerarla, aunque sea muy brevemente. Ángel Expósito Correa analiza en el artículo La infidelidad de la Democracia Cristiana Italiana al Magisterio de la Iglesia (revista «Arbil», nº 73). No se arriesga en él a formular juicios, quizá temerarios, sobre las intenciones de los jefes históricos de la DC italiana; simplemente reproduce declaraciones de ellos mismos, en las que se ufanan de haber puesto el voto de los católicos al servicio del liberalismo, para configurar una sociedad laica y secularizada. Ciertamente lo han conseguido, propiciando que Italia haya perdido los caracteres religiosos, culturales y civiles –hasta el latín ha perdido–, que constituyen su identidad histórica:

Alcide De Gasperi (1881-1954), político italiano, presidente democristiano del Gobierno (1945-1953): «La Democracia Cristiana es un partido de centro, escorado a la izquierda, que saca casi la mitad de su fuerza electoral de una masa de derechas».

Ciriaco de Mita, ex-secretario de la DC y varias veces miembro del Gobierno y primer ministro (1988-1989): «El gran mérito de la DC ha sido el haber educado un electorado que era naturalmente conservador, cuando no reaccionario, a cooperar en el crecimiento de la democracia [liberal]. La DC tomaba los votos de la derecha y los trasladaba en el plano político a la izquierda».

Francesco Cossiga, presidente de la República (1985-1992): «La DC tiene méritos históricos grandísimos al haber sabido renunciar a su especificidad ideológica, ideal y programática. Las leyes sobre el divorcio y el aborto han sido firmadas todas por jefes de Estado y por ministros democristianos que, acertadamente, en aquel momento, han privilegiado la unidad política a favor de la democracia, de la libertad y de la independencia, para ejercer una gran función nacional de convocación de los ciudadanos».

Toda esa manipulación fraudulenta del electorado católico, para conseguir que apoye lo que no quiere, la secularización de la sociedad a través del Estado liberal, se ha hecho con gran suavidad y eficacia. El fraude se ha consumado a través de fórmulas políticas altamente sofisticadas: la «apertura a la izquierda», el «compromiso histórico», las «convergencias paralelas», los «equilibrios más avanzados», etc. Éstos y muchos otros datos ofrecen, pues, a Expósito fundamento real para afirmar que,

«el triunfo de las dos corrientes modernistas [católicos liberales y democristianos] en el mundo católico es sin lugar a dudas una de las causas principales de la crisis de evangelización de la Iglesia y, por tanto, de la secularización del mundo occidental y cristiano. Lo que innumerables documentos y encíclicas papales denunciaban ser los peligros de las ideologías para la sociedad y la Iglesia, fueron desoídos por estas minorías iluminadas que por una serie de circunstancias y factores acabaron imponiendo sus criterios a una buena parte del mundo católico».

La verdadera realidad de la vida del mundo y de la política es expresada por el Concilio Vaticano II con graves palabras, cuando afirma que «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor [cf. Mt 24,13; 13,24-30 y 36-43], hasta el día final» (GS 37). Lo mismo se dice en el Apocalipsis, el libro más «actual» del Nuevo Testamento. Podemos hoy ignorar esa lucha, hacer como si no existiese; podemos incluso negarla, afirmando la perfecta posibilidad de acuerdo entre la Iglesia y el mundo moderno. Pero la realidad de la verdad permanece, por encima de todas las falsificaciones, ignorancias y mentiras.

–Sólamente en el marco de esta lucha real, políticamente escenificada con toda claridad, entre los hijos de la luz –que respetan la ley de Dios y de la naturaleza– y los hijos de las tinieblas –que pretenden ser como dioses y no respetan ley alguna– surgirán numerosas vocaciones políticas, intelectuales, sociales, periodísticas, etc. Y también sacerdotales y religiosas.

–Sólamente en un histórico escenario político semejante, que hace visible la invisible batalla secular entre los hijos de Dios y las tinieblas, podrán ser aplicadas las preciosas doctrinas de la Iglesia sobre la acción de los laicos en el mundo (Vaticano II, Gaudium et spes, Apostolicam actuositatem; Juan Pablo II, Christifideles laici; etc.). En cambio, negada por principio la conveniencia y la necesidad de esa confrontación, esas doctrinas quedan necesariamente inertes, inaplicadas, inaplicables.

–Sólamente en este planteamiento podrán los Obispos prohibir eficazmente el voto en favor de los partidos inmorales. En otros tiempos se dieron estas prohibiciones y fueron en gran medida obedecidas. Si hoy son prácticamente imposibles, es porque el acuerdo con el mundo es considerado conditio sine qua non para cualquier planteamiento político, social y cultural netamente cristiano. Y así, como hemos dicho, el pueblo católico se ve año tras año inexorablemente obligado o bien a abstenerse o bien a votar en favor del mal, sea éste menor o mayor.

–Sólamente admitiendo a todos los efectos esa confrontación experimentarán Obispos y fieles su inmensa potencia política, al menos en países de mayoría o de grande minoría católica.

¿Qué sucedería si un Obispo publica una pastoral en la que prohibe a sus fieles consumir los productos de una cierta empresa, cuya publicidad es abiertamente pornográfica? «No compre MDMD. Fomentaría usted la pornografía». Con frecuencia las empresas operan con un estrecho margen de viabilidad. Una pequeña y sostenida disminución en las ventas puede llevarles a la quiebra. Lo más probable es que MDMD, pensándolo mejor, suprimiera la sucia publicidad que practica. Y que la ciudad quedara limpia de carteles obscenos. Es lo más probable.

La potencia, hoy en gran medida inhibida, de la Iglesia en cuestiones sociales, culturales y políticas podría ser grandísima; pero ella misma se anula, se cohibe, si a causa de errores doctrinales y complejos históricos, procura por encima de todo evitar cualquier manera de confrontación con el mundo moderno.

–Sólamente también en esos planteamientos renovados podrá resurgir el Magisterio católico sobre la doctrina política, que tuvo formidables desarrollos filosóficos y teológicos en los cien años que van de mediados del siglo XIX a mediados del siglo XX, pero que en la segunda mitad del siglo XX casi ha desaparecido de la enseñanza de la Iglesia.

Esta disminución tan marcada del Magisterio en temas de doctrina política puede apreciarse claramente repasando en obras como la colección de Doctrina Pontificia - Documentos políticos, publicada por la B.A.C. en Madrid, en 1958, los principales documentos políticos del magisterio del Beato Pío IX (1846-1878), de León XIII (1878-1903), de San Pío X (1903-1914), de Benedicto XV (1914-1939), de Pío XI (1922-1939) y de de Pío XII (1939-1958). La obra, en 1.050 páginas, reúne 59 documentos, de los cuales 25 son encíclicas. Documentos, decimos, sobre doctrina política.

Desde entonces, el Magisterio pontificio ha publicado encíclicas importantes sobre temas sociales y económicos (Mater et Magistra, Pacem in terris, Populorum progressio, Octogesima adveniens, Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis, Centesimus annus), pero ha tratado muy escasamente la doctrina propiamente política. En el magisterio de Juan Pablo II cabe destacar los números 44-47 de la encíclica Centessimus annus (1991), así como los 68-72 de la encíclica Evangelium vitæ (1995), y la breve Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, de la Congregación para la Doctrina de la Fe (2002).

En fin, reconocemos que hay no pocos elementos discutibles en los análisis y soluciones que en esta compleja cuestión hemos expuesto brevemente. Pero lo que está claro es que por el camino político de la concordia y de la complicidad con el mundo, propugnado por los católicos liberales, se llega inevitablemente a la corrupción y a la ignominia.

La apertura del Jubileo de los Políticos, celebrado en Roma en 2000, fue significativamente confiada al presidente del Comité de Acogida de este Jubileo, el siete veces primer ministro de Italia y actual senador vitalicio, Giulio Andreotti, paradigma de los políticos cristianos de la segunda mitad del siglo XX. Éste es aquel eminente político católico que, allí mismo, en Roma, en 1978, firma para Italia la ley del aborto, que autoriza a perpetrarlo legalmente durante los noventa primeros días de gestación... Hace pocos años reconocía su grave error: «Espero que Dios me perdone».

El Espíritu Santo está queriendo renovar la faz de la tierra. Está deseando infundir en Pastores y laicos católicos la inmensa fuerza benéfica de Cristo, Rey del universo. Quiere potenciar una gran acción política cristiana, realizadora de grandes bienes para el pueblo, liberadora de terribles cautividades y miserias, suscitadora de entusiastas vocaciones laicales y pastorales.

Vocaciones sacerdotales y religiosas


Otra de las mayores vergüenzas de muchas Iglesias de hoy es que no tengan jóvenes y muchachas en las comunidades cristianas que estén en condición espiritual idónea para escuchar la llamada de Cristo y para seguirle dejándolo todo.

Y ese escándalo, como está sobradamente comprobado, solo desaparece en aquellas Iglesias que se reforman en la ortodoxia y en la ortopraxis, y que se atreven a enfrentarse abiertamente con el mundo en pensamientos y costumbres. Pronto en ellas, por obra del Espíritu Santo, florecen de nuevo las vocaciones, hasta entonces impedidas por errores y abusos, por infidelidades y escándalos.

Pecados materiales y formales, pecados personales y estructurales


En nuestro escrito hemos empleado con alguna frecuencia los términos «grave pecado», «sacrilegio», «pecadores públicos», etc. Pero podrá alegarse, con razón, que muchas veces esos pecados no son formales, sino únicamente materiales, al carecer quienes los cometen de conocimiento y libertad plena.

Una mujer, sin formación moral alguna, muy en contra de su voluntad, puede abortar, en un acto de abnegación y de amor, porque se lo exige su esposo y su familia. Un sacerdote, de conciencia deformada, puede dar ilícita y quizá inválidamente absoluciones colectivas, creyendo sinceramente que con eso ayuda la vida espiritual de su pueblo. Tantos acuden al matrimonio «por la Iglesia» sin ser conscientes de que no realizan un sacramento, sino un sacrilegio.

No entramos, pues –no debemos ni podemos entrar: de internis neque Ecclesia iudicat–, en el juicio de las conciencias subjetivas. Sin embargo, objetivamente considerados, tanto ese aborto, como esa sacrílega absolución colectiva o ese atentado al matrimonio sacramental no dejan de ser enormes males, que habrá que atajar cuanto antes. Son escándalos gravísimos.

Una estructura de pecado dificulta grandemente, de hecho, el conocimiento y la práctica de la virtud. Por eso su destrucción es una tarea urgente, aunque quizá no pocos de quienes la sustenten apenas tengan culpa subjetiva de esa maléfica maldad. Solo entonces vendrá a ser para muchos asequible el conocimiento y el ejercicio del Evangelio que salva.

Entre tanto, los males que producen los pecados, aunque solo sean materiales, son muy grandes. La anticoncepción, por ejemplo, aunque esté practicada con buena conciencia –de eso se encargan ciertos moralistas–, causa objetivamente daños indecibles en la unión conyugal, en la familia, en la educación de los hijos, en la sociedad.

Es, pues, tarea urgente denunciar aquellos pecados que, precisamente por estar generalizados en un lugar y tiempo dados, no son captados ya en su maldad, aunque la culpabilidad moral de quienes los cometen venga atenuada o incluso eliminada, según los casos, por el ambiente. Sólo así, con la gracia del Salvador, podrán ser vencidos aquellos males y crímenes que se han generalizado tanto, que casi se han hecho invisibles.

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Democracia y Religión

Enviado por Javier Custodio el Vie, 2009/08/14 - 10:23. in

En uno de los artículos que inauguraban este blog, en «El trilema de la Revolución Francesa… y de otros», recogí unos graciosos versos satíricos del P. Leonardo Castellani, desmitificadores de lo que ha sido la base doctrinal del Liberalismo político, sobre todo el francés, el más laicista y anticlerical. El asunto viene de molde por la ofensiva laicista y anticatólica, disfrazada de «democraticismo», que padecemos desde hace algunos años. Poco después comenté y enlacé el excelente y esclarecedor ensayo de Vladimir Volkoff «Por qué soy medianamente democrático». La pega de éste es que es una denuncia del estado actual de las cosas, pero no ofrece ninguna alternativa. Y miren por dónde me tropiezo de nuevo con el genio literario y profético argentino en Homilética, comentando el Evangelio del xxvi domingo ordinario del ciclo A: la parábola de los dos hijos. Para los que desconozcan de qué va esa parábola y la lectura del Antiguo Testamento correspondiente a ese domingo, ahí van.

Ezequiel 18, 25-28.

25 Comentáis: «No es justo el proceder del Señor». Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? 26 Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. 27 Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. 28 Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

Mateo 21, 28-32

28 «Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: “Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.” 29 Y él respondió: “No quiero”, pero después se arrepintió y fue. 30 Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: “Voy, Señor”, y no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?». «El primero», le dicen. Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. 32 Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él.

Como fino analista (y detractor) de la modernidad, y también cristiano hasta el tuétano, Castellani da una de cal y otra de arena, la denuncia y la solución, que no es nueva, sino antiquísima, y, en el fondo, aplicable a cualquier sistema político que respete el derecho natural, porque en realidad de lo que se trata es de un problema de corrupción social e individual de origen espiritual; eso sí: con la sorna, humor cascarrabias y brillantez característicos de su pluma.


Los hijos diferentes

(Castellani, Leonardo. Las parábolas de Cristo. Mendoza: Ed. Jauja, 1994.)

La exégesis antigua unánime interpretó esta sencilla parábola del pueblo Gentil y del Judío (excepto el anónimo autor del Opus Imperfectum); que es, cierto, el significado de la Parábola siguiente (los Viñadores Homicidas) en Mateo; mas no de ésta. Pues no se puede mantener esa interpretación y ningún moderno la sostiene. Cristo mismo explicó la comparación aplicándola no a Gentiles y Judíos, sino a dos clases en el mismo pueblo judío; justos y pecadores: no cualesquiera justos sino «los que se tenían a sí mismos por justos» (Lc. xviii, 9); no cualesquiera pecadores, sino los que se arrepentían. Inesperadamente santo Tomás después de proponer la exégesis antigua, introduce una propia de «los Laicos y el Clero», identificando a los laicos con el hijo que primero puteó y al fin hizo el trabajo; y al clero con el que no hizo nada sino buenas palabras. Parece demasiado anticlerical.

Los Santos Padres antiguos estaban demasiado entusiasmados con la construcción de la Cristiandad, en la que los Gentiles habían sido preferidos a los Judíos reprobados, de modo que todas las sobrehumanas promesas proféticas del Antiguo Testamento se trasladaban a ellos mismos, y a nosotros cuitadillos; tanto que para poder acomodarlas a la realidad fáctica de la Iglesia, hacen a veces unas distorsiones alegóricas que ya, ya… Mucha más luz y sobre todo espíritu de sobriedad ha entrado desde entonces, aunque no en todos. Quedan aun escrituristas que continúan aplicando las desmesuradas profecías parusíacas de Isaías por ejemplo al estado actual de la Iglesia: lo cual constituye un grotesco. La devoción de los Doctores antiguos es comprensible ante el medro continuo y los triunfos de la fe creciente en Europa; hoy día ya no es devoción, sino devaneo.

Cristo aplicó por sí mismo la parábola y eso (además de su contexto) excluye toda duda o discusión: «De verdad os digo que los publicanos y meretrices os preceden hacia el Reino de Dios; pues vino a vosotros Juan en el camino de la justicia, y no lo creísteis; mas los publicanos y las meretrices creyeron; y vosotros, ni siquiera después de verlos, os convertisteis a creer…». Al decir «os preceden» no significa que los Príncipes de los sacerdotes (o funcionarios de la Curia) y los mas viejos del Pueblo (o miembros del Sanedrín) también iban por la vía de la justicia aunque un poco más atrás; significa que los pecadores habían entrado (la frase griega dice «hacia», y no «en» el Reino de Dios) y los «justos» no todavía; y eran exhortados a hacerlo con su ejemplo aunque sin esperanza. La expresión griega traducida por «os preceden» equivale a nuestra expresión vulgar: «os han ganado de mano». El contexto confirma todo: la parábola está precedida por la discusión sobre la autoridad del Bautista y de Cristo (Evang. de Jes., pág. 336) y seguida por la terrible parábola de los Viñadores Homicidas en que Cristo concluye solemnemente que «será quitado de vosotros el Reino de Dios y dado a otra gente que haga fruto», por lo cual lo quisieron matar (tercera tentativa de asesinarlo en tumulto), mas se retrajeron de miedo al pueblo «que lo tenía por profeta». Y de hecho allí les hizo una amenaza profética, que se cumplió por cierto: «La piedra que los albañiles desecharon, se hará el sillar angular. Dios lo hizo y es admirable en nuestros ojos. Y el que caiga sobre esta piedra se descalabrará, y al que le caiga la piedra encima, lo hará trizas». Él era la piedra desechada por la Sinagoga: «Petra autem erat Christus», dice san Pablo. Y la Sinagoga fue hecha trizas.

Y las otras piedras con que estaba edificada su Iglesia, también era gente «desechada», e incluso desechos humanos, por regla general. ¿Por qué dice justamente «publicanos y prostitutas»?

Toma los extremos más despreciados, pues de hecho con la predicación de Juan se convertía «toda clase de gente» nos dice el Evangelio; y lo mismo sucedía con la propia, la cual Él no nombra aquí, pero continuaba la de Juan: de hecho el «entrar hacia el Reino de Dios» de esa pobre gente, era ir hacia Él, buscarlo a Él, como les mandaba el Bautista. Cristo no nombró justamente a las prostitutas y publicanos por sentimentalismo morboso: por el romanticismo, resentimiento y demagogia de hoy en día. No existía entonces, ni era propia de Cristo, la tendencia enfermiza actual, creada a mi parecer por los románticos franceses del xix, a preferir la «traviata» a la mujer honrada (como Dumas, Verdi; y también Tolstoy… y Dostoiewsky) o el ladrón y asesino al juez (como Víctor Hugo, Galsworthy y también más inocentemente O. Henry y Steinveck); es decir, a romper los cuadros sociales y los dictámenes de la moral común: eso es «democrassia»: es obra del liberalismo que predicó una «igualdad» imposible y creó la desigualdad mayor que ha existido en la historia del mundo. Hay muchos autores (Sholem, Ludwig) que pintan hoy día a Cristo como un demagogo y un sentimental ruso que andaba recogiendo los desechos de la sociedad por el hecho de ser desechos, no por ser pecadores arrepentidos: y la misma gran cabeza de Nietzsche cayó en esta trampa y denunció con furor la «subversión de la tabla de valores» como obra del Cristianismo y del resentimiento social. Tiene razón en creerla hoy día un hecho; también tiene razón en creerla obra del cristianismo… corrompido. El cristianismo corrompido en los países latinos es el liberalismo con sus secuelas, falsa democracia y comunismo; en los países nórdicos es el protestantismo: el único cristianismo éste que conoció de cerca Nietzsche, descendiente de una fila de «pastores» calvinistas. Nietzsche es a la vez curiosamente un profeta del Anticristo y un profeta del cristianismo puro y profundo, con el cual nunca topó. ¡Y pensar que vivió en Turín cuando andaba por allí Don Bosco! Pero el cabezote alemán andaba entonces ya medio enloquecido.

El liberalismo es una cosa pegajosa y viscosa, como una rana, propia de seres blandengues. Puede que denuncie una degeneración de la raza: a osadas sintomatiza una degeneración de la inteligencia.

Él produjo esta gran confusión y farsa, que es al mismo tiempo una religión (herética) que llaman democrassia. «“Cuá, cuá” cantaba la rana “Cuá, cuá”, debajo del río». «Democracia, democracia y democracia»: el que no repita ese shibolete es «nazi». Sí, yo la repito en todos mis discursos y audiciones radiales; pero hay verdadera y falsa democracia, señor, y yo estoy con la verdadera. —Exactamente; ¿y cual es la falsa? —«La democracia niveladora, aspirando (un gerundio mal usado) al monótono imperio de las medianías iguales, la democracia mal entendida, la que combatió Rodó…». Espléndido, ¿y cual sería la verdadera? ¡Ay, no es fácil de definir, tendría que copiar una página para eso, la que escribí en mi prólogo a la versión española de Los Héroes de Carlyle… Eche y no se derrame: que disponemos de papel y tinta. Ahí va, pues:

«La democracia es ya un hecho vencedor, es algo definitivo y además, bien interpretada, es legítima, es lo que piden el progreso y la justicia; se puede y se debe pues conciliarla con la idea de Carlyle, con la misión providencial del heroísmo impulsando la marcha de la vida. La democracia debe ser: igualdad de condiciones, igualdad de medios para todos, a fin de que la desigualdad que después determina la vida, nazca de la diferencia de las facultades, no del artificio social; de otro modo: la sociedad debe ser igualitaria, pero respetando la obra de la naturaleza que no lo es. Más no se crea que la desigualdad, que después determinan las diferencias de méritos y energías, supone en los privilegiados por la Naturaleza el goce de ventajas egoístas, no: los superiores tienen cura de almas, y su superioridad (cacofonía, “cuá, cuá”) debe significar sacrificio. Los mejores deben predominar para mejor servir a todos…»

«No se puede hacer» —ésa es la brevísima respuesta; y los hechos nos han mostrado que «no se hace»; como apriori se podría predecir. ¿Con qué consigue usted que sus «privilegiados por la naturaleza» se conviertan de golpe en «curas de almas», hambrientos de «sacrificio» con el fin de «mejor servir a todos»? ¿Lo ha visto usted en su pueblo? ¿Lo ha visto en todo el mundo una vez sola, y en toda la extensión de la historia? ¿Es usted así por si acaso? ¿Lo fue Rodó? Esa especie de completa santidad, que el liberalismo llamó «fraternidad», solo lo puede conseguir la más ardiente fe y caridad de Cristo (que usted combate como ateo y anticlerical); sólo lo puede conseguir la santidad heroica y hasta ahora nunca lo consiguió. Ni en sus épocas de más auge y esplendor, el Evangelio pudo hacer de los «privilegiados por la naturaleza» esos sacerdotes del bien común que usted sueña: salieron algunos tipos buenísimos y otros muy malos, Luis ix de Francia por un lado y Ricardo iii por otro. ¡No se puede hacer! Usted ignora la naturaleza humana, ¡incluso la propia! ¡Y la ignora de blandengue que es!

«¡Hermoso ideal!». Un ideal que es irrealizable no es hermoso… ni feo: es nada. El ideal liberal es el ideal de la isla de Jauja, donde se atan los perros con longaniza y las viñas crecen solas y producen el vino ya embotellado, y la uva de mesa en cajones… para los liberales.

Es la idea rusoniana de que «el hombre es naturalmente bueno» y solamente dándole libertad «se vuelven todos buenitos, “iguales” y fraternos». Pero si a mí me dan libertad, si suprimen la policía y la Ley de Dios, le encajo un garrotazo en la cabeza a Rodó que lo hago morir antes de tiempo. Murió en Nápoles el pobre, a los 45 años, tísico y entontecido, un endeble; sobre todo de inteligencia.

Faguet, un liberal más talentudo que estos dos, pero liberal al fin, escribió: «El ideal verdadero del liberalismo es llegar a la Igualdad». Pero si se da Libertad a los hombres, crece la desigualdad; por tanto, tiene que entrar a tallar la «Fraternidad», es decir, esa santidad extraordinaria que ni el cristianismo logró infundir en todos; un supercristianismo. ¿Cómo se crea ese supercristianismo? Diciendo macanas.

Para poner un ejemplo en lo menor. Un viejo político me dijo cuando yo tenía 23 años: «¡Qué manera de robar ahora! Todavía si robaran como en nuestro tiempos, ¡pase!» Yo me reí; pero ahora pienso que tan mala era aquella semilla de hurto y coima que sembraron nuestros gigantes padres, como su actual floración exuberante: la semilla tenía naturalmente que hacerse árbol. Es casi imposible que un gobernante actual se abstenga de robar: lo empujan a ello con una fuerza casi irresistible. ¿Quién lo empuja? Siete motivos que son siete caracteres necesarios de la «democrassia mal entendida», tal como existe entre nosotros. «El gobernante que no roba es un sonso»: este juicio moral que tiene ahora expresión y vigencia en Buenos Aires, a los ojos de Dios será falso, pero a los ojos de los porteños es verdad. Y a mis ojos, que son santafecinos, es semiverdad. A esto nos ha conducido «los superiores que tienen cura de almas, cuya superioridad debe significar sacrificio para mejor servir a todos». La democrassia es un régimen… alimenticio.

Un amigo que es burócrata me dijo cuales eran las siete tentaciones de san Burocracio, a las cuales él heroicamente (aunque con caídas) resistía: 1.ª, no trabajar; 2.ª, charlar de política; 3.ª, chismear; 4.ª, murmurar del jefe; 5.ª, tratar guarangamente al público; 6.ª, coimear; 7.ª y 1.ª, robar. Cuanto más alto esté el burócrata, más fácil satisfacer la tentación; y si está a la cabeza y por encima del organismo burocrático, ayúdeme a pensar. No; la democrassia con su burocrassia, su plutocrassia y su idiosincrassia, (incluso la democrassia «bien entendida») no es el mejor de los regímenes políticos posibles. Es el más flojo… y el más caro. Obras y no palabras, caballeros. Vuestro «ideal» se ha realizado al revés; en vez de gobernar los «mejores» y «sacrificarse» por el «procomún», gobiernan los bueno bueno y no se sacrifican un rábano; por suerte (y porque las leyes morales son inexorables) casi todos acaban mal.

La «verdadera democracia» es la de Cristo, a saber: hacer justicia a todos y decir la verdad a todos, sean sacerdotes o prostitutas; y ayudar a los desechos humanos a volverse seres humanos, sin pintarlos para eso románticamente como seres sobrehumanos. El verdadero demócrata es el hijo que lanzó una puteada cuando su padre lo mandó trabajar, y trabajó; no el otro que desobedeció después de decir: «Con mucho gusto, Papi»; y si me hablan de filosofía política, existe una «democracia buena» —o sea lícita— que es «el peor entre los sistemas buenos y el mejor entre los sistemas malos» —dijo Platón—. A ese yo pertenezco, pues soy republicano (no español) hasta los huesos, puesto que no tengo más remedio. Si hubiese nacido en Inglaterra sería monárquico; y me iría igual de mal que aquí. Pero esa «democracia lícita» que santo Tomás denomina «república» (dejando el nombre técnico «democracia» para la demagogia, o sea, su corrupción) debe ser reforzada para dar un buen gobierno, con elemento aristocrático y elemento monárquico, «régimen mixto» como fue la República Romana, la más exitosa que ha existido. Que es lo que hay que hacer en la Argentina, hoy políticamente invertebrada (o peor, quebrada como culebra tundida); pero yo no lo voy a ver.

Mas esto que tenemos ahora no es ni democracia ni república ni liberalismo siquiera: es una desintegración política, herencia de grandes pecados nacionales que han hecho crisis; la cual Dios puede arreglar pero yo no, anoser que Dios me ayudara con un milagro: pues Dios y yo juntos podemos casi tanto como Dios solo. Los molinos de Dios muelen despacio; Dios castiga pero no con palo; Dios no paga el Sábado sino cuando quiere, y ahora ha querido «pagar» los pecados nuestros y de nuestros padres todos juntos con algo que es indudablemente castigo suyo. No tenemos más remedio que putear un poco, y después ir y hacer su Voluntad.

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(119) Católicos y política –XXIV. ¿Qué debemos hacer?. 11

8.01.11A las 10:33 AM, por José María Iraburu

–Ahora va a resultar que la democracia y los partidos políticos son algo bueno.
–Las síntesis mentales que usted formula son de una simplicidad desoladora. Siga leyendo, por favor.

Los partidos políticos católicos solamente pueden existir si hay hombres intelectual y moralmente capaces de una acción política verdaderamente católica. Es ésta una verdad tan evidente que parece innecesario afirmarla. Pero bien sabemos que a veces las verdades más fundamentales son las más ignoradas. Señalo, pues, las condiciones de esa idoneidad para la acción política católica.

–El político católico debe hoy aceptar en Occidente la democracia, como forma de gobierno. Ya vimos que la Iglesia es neutral a la hora de considerar los diversos regímenes políticos, y que, por supuesto, reconoce la democracia como una forma de gobierno perfectamente legítima (101). Sin embargo, no pocos católicos fervientes, como no han conocido más versiones de la democracia que la democracia liberal-relativista, es decir, una forma degradada de la democracia, rechazan la democracia y los partidos políticos como intrínsecamente perversos. Éstos, por supuesto, no pueden generar partidos políticos católicos.

La Iglesia, por el contrario, acepta la democracia, 1) siempre que no sea liberal-relativista (Pío XII, 1944, radiom. Benignitas et humanitas; Juan Pablo II, 1995, enc. Evangelium vitæ 68-74), y 2) siempre que no se afirme como único régimen lícito de gobierno (San Pío X, 1910, Notre charge apostolique 31). E incluso, en no pocos documentos del último siglo, la Iglesia estima la democracia como un régimen especialmente adaptado a las condiciones de los pueblos, al menos en Occidente, donde la información y la capacidad operativa y asociativa de los ciudadanos es mayor que en otras épocas.

–La aceptación cristiana actual de la democracia se fundamenta en la obediencia a los poderes constituidos, que derivan de Dios, en el sentido ya expuesto de esta afirmación (97-98). Citaré solamente a León XIII, en su encíclica Au milieu des sollicitudes (16-II-1892), especialmente dirigida a aquellos católicos franceses que no aceptaban la República, a causa de los horrores que había generado. Con claridad y energía les recordaba el Papa –y su enseñanza es hoy muy necesaria para ciertos católicos excelentes– que la Iglesia siempre ha enseñado que «de Dios deriva todo poder, y que ha reprobado siempre las doctrinas y ha condenado siempre a los hombres rebeldes a la autoridad legítima» (17).

En cada una de las naciones «el poder civil presenta una forma política particular. Ésta forma política propia procede de un conjunto de circunstancias históricas o nacionales, pero siempre humanas, que han creado en cada nación una legislación propia tradicional y fundamental» (16). Y «cada uno de los ciudadanos tiene la obligación de aceptar los regímenes constituídos, sin intentar nada para destruirlos o para cambiar su forma» (17).

Precisa en seguida esta última frase añadiendo que, sin embargo, una forma de gobierno «de ningún modo puede ser considerada definitiva, como si hubiera de permanecer siempre inmutable» (18). Y hace también una importante distinción entre la constitución política de los Estados y la legislación concreta que de ellos emana. Puede darse un régimen político excelente que produzca una legislación detestable, y otro de forma muy imperfecta que haga una legislación excelente (26). En realidad, «la calidad de las leyes depende más de la calidad moral de los gobernantes que de la forma constituída de gobierno» (27).

En la Francia, concretamente, de aquel tiempo la República había generado leyes tan hostiles al orden natural y a la Iglesia que muchos católicos rechazaban no solamente aquellas leyes, sino el régimen democrático que las producía. El Papa llama, por el contrario, a combatir no tanto la constitución política del Estado, sino la legislación perversa. «He aquí precisamente el terreno en que, prescindiendo de diferencias políticas, deben unirse todos los buenos como un solo hombre para luchar y para suprimir, por todos los medios legales y honestos, los abusos cada vez mayores de la legislación civil. El respeto debido a los poderes constituídos no puede prohibir esta lucha» (31).

–El político católico debe hoy aceptar también la necesidad de partidos políticos católicos –ya precisaré en otro artículo en qué sentido digo «católicos»–. En países dominados por una dictadura o un partido único esta necesidad no estaría vigente porque sería imposible cumplirla. Pero en aquellas naciones donde el bien común es pretendido en el juego político de un conjunto de fuerzas, si los católicos, viendo la corrupción imperante, rehuyen la formación de unos partidos capaces de hacer valer el voto de los católicos, se condenan a un apoliticismo suicida, muy difícilmente conciliable con la doctrina de la Iglesia.

Para promover en concreto ciertos bienes e impedir ciertos males en la vida socio-política, diez políticos verdaderamente católicos pueden ser más eficaces que un millón de manifestantes. Las leyes que enderezan o que pierden a los pueblos son hechas y aplicadas por aquellos hombres políticos que han conseguido una participación en el poder de legislar y gobernar. Manifestaciones y procesiones, novenas y peregrinaciones, congresos, foros, editoriales y tertulias, colaboran ciertamente al bien común: pero son necesarios los partidos políticos que puedan encauzar el voto de los católicos y de aquellos otros ciudadanos que, aunque no tengan la fe cristiana, coinciden con sus normas fundamentales.

Es la doctrina de la Iglesia, es la enseñanza de Juan Pablo II: «Los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política” […] Las acusaciones de arribismo, de idolatría del poder, de egoísmo y corrupción que con frecuencia son dirigidas a los hombres del gobierno, del parlamento, de la clase dominante, del partido político, como también la difundida opinión de que la política sea un lugar de necesario peligro moral, no justifican en lo más mínimo ni la ausencia ni el escepticismo de los cristianos en relación con la cosa pública» (exhort. ap. 1989, Christifidelis laici 42).

Y la verdad de estas exhortaciones de la Iglesia queda confirmada por la enorme degradación de la vida política que se ha producido en aquellas naciones en las que los Obispos y líderes laicos han procurado impedir la formación de grupos políticos católicos. Ésta fue, por ejemplo, en España la dirección señalada por el Cardenal Enrique Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española (1971-1981), en los años de la llamada Transición, y es una línea todavía mantenida o no rectificada por no pocos Obispos.

–Contra la organización política de los católicos hay varias formas de abstención o de rechazo que la hacen imposible. Ya señalé los errores ideológicos principales que explican el actual desfallecimiento político de los católicos (117): amistad con el mundo, eludiendo un enfrentamiento combativo contra él, pelagianismo y semipelagianismo para proteger «la parte humana» que colabora con Dios, consecuente evitación sistemática del martirio, y en fin, catolicismo liberal en alguna de sus variantes.

En contra de la norma que sigo en esta serie de artículos, creo conveniente citar en concreto algunas modalidades de este apoliticismo que se produce concretamente en España, con motivaciones y modalidades bastante diversas entre sí. De otro modo no acabaríamos de entendernos.

La Asociación Católica de Propagandistas, fundada en 1909 por el P. Ángel Ayala, S. J., tuvo por primer presidente al siervo de Dios don Ángel Herrera Oria. Y actualmente, a diferencia de sus fundadores, no pretende la coordinación de las fuerzas católicas en orden a una actividad política concreta. Esta posición puede comprobarse, por ejemplo, en el Manifiesto del XI Congreso Católicos y Vida pública, promovido por la ACdP en 2009. Es la línea que su presidente, Alfredo Dagnino, ha expuesto en diversas ocasiones, como en una larga entrevista reciente (Intereconomía 23-XI-2010) de la que extracto algunas frases:

«Debemos plantear una visión amplia en cuanto a participación en la polis, que no significa necesariamente la directa participación en los partidos»… «En algunos momentos históricos se han promovido partidos de corte más confesional como la democracia cristiana. Pero en principio, los católicos deben estar diseminados en los diferentes partidos»… «Yo pongo el acento en estos momentos en lo prepolítico, para construir de manera sólida y bien anclada el futuro del bien común en España».

Don Ángel Herrera, el primer presidente de la ACdP, no pensaba de ningún modo que en principio deben los políticos católicos diseminarse en los diferentes partidos existentes; y en concreto él consideró necesario coordinar para la acción política las fuerzas de los católicos. Es cierto que las circunstancias y las posibilidades de los católicos por los años 30 del siglo pasado eran diferentes de las actuales. Pero los ataques políticos anti-Cristo y anti-Iglesia no son hoy menos fuertes que en aquellos años. Vicente Alejandro Guillamón escribe en su artículo En los Congresos Católicos y Vida Pública falta algo :

En esos Congresos organizados por la ACdP «vengo echando en falta que no se pase de las palabras a los hechos. Allí se han dicho siempre palabras muy elocuentes y cosas muy incitantes, pero nunca se traducen, me parece a mí, en acciones concretas. Si don Ángel Herrera viviese y todavía no se hubiese ordenado sacerdote, a estas alturas, su inmenso espíritu creador ya hubiese puesto en marcha alguna actividad que permitiera a los católicos su participación real en la vida política, a tenor de las necesidades y circunstancias actuales». Fundador en 1911 de la Editorial Católica, una de las más fuertes de España, y de El Debate, un gran periódico católico, a los pocos días de proclamarse la República en abril de 1931, «reunió a sus colaboradores y puso en marcha rápidamente un partido católico, al que terminó llamando Acción Popular, núcleo aglutinador en torno al cual se creó la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), liderada por José María Gil Robles. Herrera Oria, con las personas valerosas que arrastró tras de sí, plantó cara al vendaval republicano-socialista que se apoderó de España, y sólo dos años y medios después del 14 de abril, ganó ampliamente las elecciones de noviembre de 1933. Y así hubiera seguido de no haberse producido aquella especie de golpe de Estado encubierto en las fraudulentas elecciones de febrero de 1936, marcadas por la feroz violencia de la izquierda».

El Foro de la Familia, continuando la orientación seguida en Occidente por muchos líderes católicos de las últimas décadas, da una primacía tal a la acción social, especialmente en todo lo relativo a matrimonio, familia, defensa de la vida y educación, que prácticamente lleva a una desmovilización política de los católicos. No conozco ninguna explicación del Foro sobre la inconveniencia de unir a la acción social la acción política. Pero estimo que, de hecho, limita la acción política a lo que puedan hacer los católicos que participan en partidos malminoristas. Anula, pues, al menos en el tiempo presente, una posible acción católica organizada y eficaz en la vida política. Y algo semejante, aunque con diferencias considerables, podría decirse de Hazte Oir, E-cristians y otros.

Grandes organizaciones laicales, como, por ejemplo, Opus Dei, Camino Neocatecumenal, Comunión y liberación, Regnum Christi y Focolares, dan a la acción espiritual y apostólica una primacía tal que también puede traer consigo una desmovilización política de los católicos. Siendo asociaciones católicas seculares muy numerosas, cualificadas y fieles a la Iglesia, tienen sin embargo en la vida socio-política de las naciones en las que están presentes un influjo muy escaso, o mucho menor del que podría estimarse previsible si, al menos una parte de sus miembros con vocación para ello, se organizase en las formas adecuadas para actuar públicamente en la vida política. Bruno Moreno, aunque libre de los errores ideológicos antes aludidos, escribía hace poco:

«Los cristianos no podemos olvidar que la solución a los problemas de España o de cualquier otro país no está en las leyes, ni en el Estado, ni en las manifestaciones, ni tampoco en la buena voluntad de las personas. Todas esas cosas son buenas y necesarias, pero pensar que en ellas está la solución a nuestros problemas es como intentar salir del agua tirándonos del pelo. La única respuesta definitiva a los problemas del ser humano está en el Evangelio, en encontrar la mano divina que está tendida hacia nosotros, para sacarnos del pecado en el que estamos metidos hasta el cuello. Nuestra misión más importante, como cristianos, es contribuir a la conversión de los hombres y, ante todo, convertir nuestro propio corazón y volverlo a Dios». En estas palabras –añado yo– parecen resonar aquellas de Cristo: “Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 7,33).

Aun estando de acuerdo con las afirmaciones centrales de ese texto, no puedo ocultar que ese planteamiento puede llevar a una devaluación de la acción política, y a no apreciar suficientemente la importancia enorme que las leyes tienen para facilitar o para obstaculizar la vida virtuosa de los hombres. Recuerdo una vez más que el Vaticano II quiere que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36). La experiencia histórica apoya la convicción de que las leyes perversas ejercen un efecto devastador sobre una gran parte de la ciudadanía. Y que las buenas leyes favorecen mucho al bien común temporal y eterno de los hombres.

–Es verdad que no toda asociación laical ha de tener el carisma de la actividad política. Puede haber, en perfecta docilidad al don de Dios, asociaciones centradas principal o exclusivamente en actividades espirituales, apostólicas, asistenciales, culturales, sin que apenas ninguno de sus miembros se implique directamente en servicios políticos. Esta consideración ha de librarnos, pues, de hacer juicios temerarios sobre esas asociaciones. Pero esa consideración ha de complementarse con otras.

–El apoliticismo de un grupo laical católico

1.–es inaceptable en aquellas asociaciones que no son fieles a su carisma de origen, el que recibieron de Dios por medio de su fundador o fundadores. El Vaticano II, tratando de la renovación de los institutos religiosos, afirma ese principio (Perfectæ caritatis 2), que es también aplicable a las obras laicales.

2.–Tampoco es aceptable cuando no ayuda a otras asociaciones católicas que sí tienen vocación política, sino que más bien procura frenar e imposibilitar su acción. Es muy frecuente en la vida social, incluída la de la Iglesia, que los que no hacen algo, tampoco dejan hacerlo a otros.

3.–Y por otra parte, puede suponerse que una Iglesia local está bajo el influjo de una mala doctrina cuando en ella casi ninguna asociación laical católica se reconoce llamada a la actividad política. Todo hace pensar que en esa Iglesia no se conoce o no se recibe, o al menos no se aplica, la verdadera doctrina política católica. La experiencia nos muestra sobradamente que no es bastante «la diseminación de políticos católicos» en diversos partidos malos o malminoristas, en los que están totalmente neutralizados para la causa de Dios y de la Iglesia. Y cuando así sucede, la degradación política de una nación es inevitable.

–Vamos en la Iglesia hacia una reactivación de la vocación propiamente «política» de los católicos. El fracaso casi absoluto de los cristianos en el campo político durante medio siglo, con sus espantosas consecuencias, así lo está exigiendo. Como ya indiqué, algunos Obispos van apuntando esa necesidad (117 in fine). Y también van en esa dirección las renovadas exhortaciones de la Iglesia, como aquella reciente de Benedicto XVI:

«Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad. Esa presencia no se puede improvisar, sino que es necesaria una formación intelectual y moral que, partiendo de la gran verdad alrededor de Dios, el hombre y el mundo, ofrezca juicios y principios éticos en aras de bien de todos» (mensaje a la Semana Social Italiana, 14-X-2010).

José María Iraburu, sacerdote

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Martin Ellingham

No hay nada más práctico que una buena teoría...

Por que me resulta difícil pensar en una reactivación de la vocación política de los católicos, de la mano de los grandes movimientos laicales, cuando sus mejores "intelectuales" profesan una modalidad de liberalismo católico(vaporosa, atenuada, enmascarada con neologismos) que se considera como una "nueva ortodoxia" (como de costumbre, en nombre del Vaticano II) inspiradora y rectora de la acción política. Porque han destruido el derecho público cristiano, lo han reemplazado por un naturalismo jurídico-político, y han incorporado a sus mentes el "humanismo del bien congénito" (Cfr. L.E. Palacios) como el sucedáneo de la doctrina política de la Iglesia. Como semejantes teorías en el caletre, la praxis está condenada a la esterilidad.

Saludos.

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JMI.- Desde luego, con el equipamiento mental de los líderes católicos que tenemos, es evidente que hacer política católica, la posible, es tan imposible como conseguir lluvia sin nubes. No dan la talla necesaria intelectual y espiritual para una misión hoy tan heroica y difícil.

Un granito de arena para dar la ignorada doctrina política de la Iglesia es lo que vienen a ser estos posts de mi blog.

08/01/11 11:44 AM

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in Te confido

Pater, ¿puede decirnos algún ejemplo de democracia no liberal-relativista donde Dios y la ley natural resguarden el bien y la verdad de la dictadura de la mayoría? Yo no conozco ninguno actual ni tampoco en el pasado.

Muchas gracias.
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JMI.- Así comienza el (118). "Si tenemos en cuenta que hoy en Occidente prácticamente todos los partidos políticos profesan la ideología del liberalismo –todos se fundamentan exclusivamente sobre la libertad humana, exenta de toda sujeción a Dios y al orden natural: liberales, socialistas, nacionalistas, conservadores, etc.–, debemos comenzar por reconocer que actualmente es sumamente difícil constituir un partido católico no-liberal. La presión de los condicionamientos internacionales, culturales y económicos vigentes que enmarcan la vida política, y también los ataques convergentes de los otros partidos y de los medios de comunicación, hacen casi imposible la formación de partidos realmente católicos, es decir, no-liberales. “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque a Dios [y a los que creen en Él] todo le es posible” (Mc 10,27)".
08/01/11 3:26 PM

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Fijo Ð Algo Querido Padre José María:

De todo el 119, lo que más me ha impactado ha sido esta declaración suya:

"Y la verdad de estas exhortaciones de la Iglesia queda confirmada por la enorme degradación de la vida política que se ha producido en aquellas naciones en las que los Obispos y líderes laicos han procurado impedir la formación de grupos políticos católicos. Ésta fue, por ejemplo, en España la dirección señalada por el Cardenal Enrique Tarancón, presidente de la Conferencia Episcopal Española (1971-1981), en los años de la llamada Transición, y es una línea todavía mantenida o no rectificada por no pocos Obispos."

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JMI.- Censurado el resto. Y ya va tomando con esto la medida de lo que cabe o no en mi blog. Un saludo.
08/01/11 7:12 PM

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Bruno In te Confido:

Dice: "¿puede decirnos algún ejemplo de democracia no liberal-relativista donde Dios y la ley natural resguarden el bien y la verdad de la dictadura de la mayoría? Yo no conozco ninguno actual ni tampoco en el pasado".

Por ejemplo, en las órdenes religiosas desde tiempo inmemorial.

En principio, la democracia no tiene por qué ser relativista. Por supuesto, tiene ese peligro, pero también lo tiene, por ejemplo, la monarquía, aunque en otra modalidad: el relativismo del rey absoluto, para quien tampoco hay verdad más allá de su propia voluntad.

Ambas cosas, la democracia relativista o demagogia y el absolutismo monárquico tiránico son degeneraciones de formas perfectamente legítimas de gobernar, como diría Aristóteles.

Saludos.
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JMI.- Gracias, Bruno.

Tengo leído que la Constitución democrática de los Estados Unidos de América tuvo en cuenta como modelo las Constituciones de la Orden de Predicadores, dominicos. Del siglo XIII.

Los Reyes cristianos medievales, al menos en algunos Reinos, jurando la Biblia y los Fueros, y teniendo en cuenta en su Cortes las exigencias de nobles, clero, municipios, gremios, universidades, etc. eran bastante más democráticos que los gobiernos actuales de USA, Francia, etc. Hoy el poder tan grande de los partidos políticos, a merced muchas veces de sus cúpulas, de los Bancos, de las cadenas mundiales de prensa, televisión, cine, etc. apenas permiten que las Democracias occidentales sean realmente democráticas. La condición democrática de los Gobiernos actuales de Occidente es en gran parte una mentira, una ficción.

08/01/11 9:43 PM

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Marìa a "... si hay hombres intelectual y moralmente capaces de una acción política verdaderamente católica."

Padre,
A veces pienso que a muchos les haría bien, gran bien! irse de retiro (desierto) un poco màs de una semana! Un año, por ejemplo. Digo, para arraigar hàbitos y asentar verdades, en oraciòn y contemplaciòn, desapego del mundo. Corregir, reacomodar ciertos criterios que muchas veces son falsos... No porque tengan vocación de contemplativos, sino por tomar distancia un momento ... comtemplación- acción - contemplación.

Pienso en Garcia Moreno que estuvo en el seminario si no me equivoco. O San Luis rey que vivìa muy conciente su vocación de cristiano, o santo Tomàs Moro...

¿Hay, padre actualmente lugares sanos y santos donde pueda acudir un cristiano a formarse intelectual y moralmente así como le cometo...? Tal vez es innecesario lo que pienso.
¿O,cómo se adquiere esa formación necesaria?

Gracias. Rece por todos.

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JMI.- Muy de acuerdo: solo la verdad (oración, estudio, Escritura, Magisterio apostólico, santos) nos hace mental y operativamente libres. Sin ello, imposible un político realmente católico.
Haber sitios donde se enseñe la verdad... es pregunta que no puedo responder: claro que los hay. Y depende de dónde uno viva, etc. que pueda acceder a ellos. 09/01/11 2:34 AM

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Ricardo de Argentina Bruno, ¿debemos inferir de tu respuesta que la verdadera democracia sólo es viable muros adentro de un monasterio?

Padre José María, mi problema con la Democracia (la real, la de todos los días) es que estoy persuadido de que es un invento masónico, sostenido y usufructuado por esa siniestra y omnipresente organización secreta. Al menos en Occidente.
Por consiguiente, la sola idea de colaborar con ella me produce rechazo. ¿Estoy equivocado?
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JMI.- Estimado Ricardo,
le respondo por Bruno: no.

Y por JMI.- ¿O sea que no acepta lo que le dicen León XIII y sus sucesores? Piénselo bien.
Otra cosa es que "usted" no se vea llamado a la acción política. Eso nadie se lo puede discutir. 10/01/11 12:55 AM

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Ricardo de Argentina Ciertamente Padre, antes que contribuir a un gobierno democrático prefiero luchar para instaurar una monarquía electiva, como tiene la Iglesia, donde los electores fuesen los representantes del Saber, del Producir (bienes y servicios), del Defender la Nación y del Dar Culto a Dios.
Este tipo de representación se me hace mucho más real, equilibrada y concreta que la arbitraria de los partidos políticos, y mucho menos instrumentable por las sociedades secretas.
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JMI.- ¿Y cómo va a luchar?
Las boleadoras de gaucho no le servirán en este combate. 10/01/11 4:40 AM

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Virginia Un planteo de los que más he oído de los católicos que forman partidos políticos, es que no se puede hablar pública y formalmente de principios católicos, ya que los partidos son "para todos"...y ahí se empieza a transigir reconociendo voz y voto a masones, liberales extremos "conservadores", etc.etc. Y por allí mete la cola el príncipe de este mundo, alegando luego que se hace lo que se puede. No me cierra, padre. ¿Cuál debería ser el planteo de "partido católico" si ya la sola mención del adjetivo, tal como está el ruedo, es "antidemocrática" para la opinión pública?...
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JMI.- La solución, en los próximos artículos. 10/01/11 3:59 PM

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Ricardo de Argentina Padre, me sorprende usted, no sé a qué viene ese comentario suyo acerca de las "boleadoras".
Tampoco entiendo porqué me ha editado la pregunta que con el debido respeto creo haberle formulado, y cuya respuesta -aún por correo privado - sigo confiadamente esperando.
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JMI.- No tiene mayor misterio la cosa. Cuando ud. me dice que "prefiero luchar para instaurar una monarquía electiva", yo le contesto en broma que esa lucha, tal como están las cosas, me parece imposible. Y de ahí la alusión, que esperaba la resultara simpática, a las boleadoras gauchas. Pero bueno, no pasa nada. 11/01/11 12:40 AM

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Ricardo de Argentina Padre, yo acepto la enseñanza de León XIII y suscribo toda la DSI. Y no me auto excluyo de la acción política, aunque no la ejerza en este momento.

El comentarista pedía ejemplos concretos de legítimo gobierno democrático civil, y Bruno le contestó con un ejemplo de gobierno democrático monástico. De ahí mi pregunta sobre las implicancias de esa particular respuesta.
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JMI.- Yo añadí a la respuesta de Bruno diciéndole que en los Reinos cristianos antiguos había realmente un gobierno con un fuerte componente democrático; muy superior desde luego al de las democracias actuales. El libro de su excelente compatriota, el P. Alfredo Sáenz S.J., La Cristiandad, una realidad histórica, que puede consultar en www.gratisdate.org, lo muestra muy bien.

11/01/11 1:16 AM

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Pedro P. Iraburu, pero, siguiendo un poco la línea de su conversación con Ricardo de Argentina, al mismo tiempo Leon XIII afirma que ningún régimen puede considerarse definitivo, así que bien puede tratar de irselo modificando hacia formas más excelentes. Incluso cambiarlo, en algún momento, de una forma rotunda (como pasar de una democracia a una monarquia).

Y sí, efectivamente, las monarquías medievales eran bastante más democráticas que las democracias actuales. Puede ser un buen ejemplo a seguir la recuperación de los cuerpos intermedios.
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JMI.- Hablar de posibilidades es importante, no es perder el tiempo, no. Pero el movimiento se demuestra andando. A ver dónde están los guapos capaces de lograr hoy para su patria un régimen monárquico realmente cristiano. 11/01/11 11:04 AM

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Virginia Coincido con Pedro sobre todo en la necesidad de recuperar los cuerpos intermedios (en municipios, sindicatos, etc.), tan abandonados por muchos políticos llamados católicos. Creo que son ámbitos concretos desde donde se puede ir haciendo política concreta, generando fuerzas de presión no despreciables, sin la coacción que implica las exigencias liberales que se imponen a los partidos habitualmente.¿Qué sucedería si se lograse una coalición firme de educadores católicos presentando medidas de fuerza políticas, ante la imposición de leyes como las que sufrimos actualmente en este terreno...?
Veo por ese lado aguas más navegables y no tan enrarecidas. No termino de comprender la necesidad de recurrir al régimen de partidos "sine qua non"...
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JMI.- Solamente los partidos dan acceso posible a participar en la autoridad legislativa y gubernativa. Por ej., puede conseguir que una docena de votos católicos impida una ley que pretende obligar, bajo pena de grave sanción, a las farmacias a vender la píldora postcoital. A la hora de evitar males y promover bienes, es un nivel muchísimo más alto que el de un concejal o varios en un municipio, ocupándose de las cuestiones políticas "locales". Por supuesto que esta labor ha de realizarse y apreciarse también. 12/01/11 6:36 AM

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Grego Muy acertado y valiente artículo, padre. Enhorabuena sobre todo por lo segundo.

Para mí lo más esclarecedor que he leído respecto al papel equivocado y/o insuficiente ahora mismo de las asociaciones laicales (especialmente la ACDP), del desentendimiento que los grandes movimientos católicos tienen respecto de la acción política directa y esbozando el poquísimo interés que hay en los grupos laicales para fomentar la acción católica, desinterés ante el que (añado yo) en general no se hace nada (más bien al contrario), desde las estructuras y las jerarquías diocesanas. Con decir que más bien te miran mal por dedicarte a la política aquellos "muy comprometidos" apostólica y/o espiritualmente...

¿Para que sirve ahora la ACDP excepto para que de sus Congresos salgan palabras y conferencias muy bonitas? Creo que si el Cardenal Herrera Oria levantara la cabeza...

Y es que siempre muchos hablan y hablan de lo pre-político y de la acción previa en la sociedad cuando mientras tanto la acción política, dejada de la mano de Dios por católicos verdaderamente coherentes, es tan perversa y netamente anticristiana que va a tal velocidad que se come con patatas toda esa acción prepolítica y configura a mucho más deprisa a la sociedad, en sentido contrario claro está. Lo malo además es que uno sospecha con mucha certeza moral que muchos de los que hablan de lo prepolítico luego se escudan en ello para justificar el trágico malminorismo que ha tumbado muchas conciencias en esta nación.

Esto es para mí lo más relevante respecto a España, y hace muy bien en poner ejemplos nacionales tan concretos. Me extraña que casi ningún comentarista, por lo que he visto, haga referencia a esto.

Pero, terciando en el asunto del régimen político, ya hay algo que me queda menos claro : ¿cómo se conjuga eso de que "la aceptación cristiana actual de la democracia se fundamenta en la obediencia a los poderes constituidos, que derivan de Dios" con la no aceptación de la Iglesia de la democracia si es liberal-relativista o si se autonomina como sistema único de gobierno (condiciones ambas que se cumplen en la democracia actual)? ¿se puede decir en estas condiciones (democracia liberal-relativista y tal) que los poderes del régimen político derivan de Dios? Y entiendo que no es posible ahora cambiar el sistema pero ¿un partido político de inspiración católica no debería hacer referencia a la futura implantación progresiva de una democracia no liberal-relativista?

Muchas gracias.
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JMI.- Son varias preguntas, y algunas que exigirían respuestas largas, distinguiendo en el poder legitimidad de constitución, de ejercicio, etc. Los Apóstoles exigían obediencia a Nerón, angelito. Y León XIII, a la RepFrancesa, otra angelita. Fuera de casos concretos de conciencia: obedecer a Dios antes que a los hombres.
Pero, por supuesto, que los políticos cristianos tienen que trabajar por transformar las constituciones políticas agnósticas y liberales en iusnaturalistas y, si es posible, en cristianas. 13/01/11 1:45 PM

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cristina Padre, no entiendo el siguiente párrafo:
–El Foro de la Familia, continuando la orientación seguida en Occidente por muchos líderes católicos de las últimas décadas, da una primacía tal a la acción social, especialmente en todo lo relativo a matrimonio, familia, defensa de la vida y educación, que prácticamente lleva a una desmovilización política de los católicos.
Gracias, padre, un saludo
cristina
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JMI.- Al tratar de la ACdP vengo a decir lo mismo, pero más largo.
Más explicado. 16/01/11 9:02 PM

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(120) Católicos y política –XXV. ¿Qué debemos hacer?. 12

15.01.11 A las 10:35 AM, por José María Iraburu

–O sea que Benedicto XVI también tiene buenas enseñanzas sobre la vida política.
–Por supuesto. ¿Qué se imaginaba usted? La más alta doctrina política es la que enseña la Iglesia.

La reconquista cristiana del Occidente, invadido actualmente por la fuerzas anti-Cristo, no podrá conseguirse si los cristianos más llamados a procurar el bien común político se limitan a actividades prepolíticas, sociales, apostólicas, o se diseminan en los diferentes partidos políticos existentes, todos ellos anti-Cristo, o se entregan a trabajos municipales y vecinales, de amplitud política muy reducida. Todo eso es valioso y necesario, sin duda. Pero si no hay cristianos que entren de verdad en lo más fuerte de la batalla que desde el comienzo de la humanidad se viene librando entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas, según ya vimos (20-21), si no se organizan y se unen, bien pertrechados intelectual, espiritual y técnicamente, para combatir a vida o muerte contra el Príncipe de este mundo, arriesgando sus personas y fortunas; si no consiguen participar en los poderes legislativos y ejecutivos a través de partidos políticos, los únicos que pueden lograrlo, la invasión anti-Cristo que sufre el Occidente cristiano no irá disminuyendo, sino acrecentándose.

Comentaré unas palabras de Benedicto XVI, que ya cité (119), llenas de vigorosa esperanza: «Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos, personas renovadas interiormente que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad. Esa presencia no se puede improvisar, sino que es necesaria una formación intelectual y moral que, partiendo de la gran verdad alrededor de Dios, el hombre y el mundo, ofrezca juicios y principios éticos en aras del bien de todos» (mensaje a la Semana Social Italiana, 14-X-2010).

Los «hombres de poca fe» en el poder de Cristo Salvador renuncian al combate político, considerando imposible la victoria, o estimando que ésta no podría conseguirse si no es perdiendo mucha sangre en las batallas. Ante este derrotismo, que desmoviliza completamente la actividad política de los cristianos, se alzan las palabras del Papa, confortándonos en la fe. «Lo que para los hombres es imposible, es posible para Dios» (Mt 19,36).

–«Renuevo mi llamamiento». Siendo la actividad política la más alta de las profesiones naturales, al estar ordenada al bien común, ha de tener la Iglesia fuerza espiritual para suscitar entre los católicos vocaciones políticas. Y el Papa llama a ellas: «renuevo mi llamamiento». La Iglesia siempre ha tenido en suma estima el ministerio político en favor del pueblo, como ya vimos (95). Debe, pues, suscitarse en ella la movilización política de los cristianos –dirigida, como es natural, por ciertos lídores especialmente lúcidos y fuertes–, en la predicación, en cartas pastorales, en catequesis, en escuelas, colegios y universidades de la Iglesia, en asociaciones y movimientos laicales. Han de suscitarse Seminarios especiales, Colegios mayores, Institutos de Ciencias Políticas, Asociaciones y Hermandades, Campamentos y Congresos, que susciten y formen estas vocaciones tan necesarias y urgentes. Deben suscitarse estas entidades allí donde no existen; y también donde existen, pero no cumplen su misión.

Es normal que no surjan vocaciones de políticos católicos, cuando los partidos que podrían ser católicos renuncian a su identidad católica y se mimetizan con los partidos agnósticos liberales y relativistas. Lo mismo sucede en los seminarios y conventos, que también se quedan sin vocaciones cuando no pretenden con entusiasmo promover la gloria de Dios y la salvación temporal y eterna de los hombres. ¿Qué atractivo tendrá para los jóvenes cristianos idealistas, sinceramente vocacionados al bien común político, aquel partido de presunta «inspiración cristiana» que obliga a silenciar sistemáticamente el nombre de Dios y que no permite librar grandes batallas, ni siquiera para la afirmación de los valores morales naturales?… ¿Qué jóvenes se alistarán en un ejército que no combate y que lleva acumulando derrotas más de medio siglo, una tras otra? La falta de verdaderas vocaciones políticas combatientes en el nombre de Cristo, esta indecible miseria, tiene causas muy ciertas, y no es un fenómeno histórico irreversible. Mientras tengamos a Cristo Salvador esta situación es perfectamente reversible.

–«Una nueva generación de católicos» . Es patente que la actual generación de políticos católicos es muy deficiente, apenas sirve en nada la causa de Cristo y de su Iglesia. Y esto tanto en Occidente como en otros países de filiación cristiana menos desarrollados. Unos políticos cristianos que se autoprohiben sistemáticamente hasta nombrar a Dios y al orden natural en su vida pública no tienen razón de existir. Como diría Trotsky, por otras razones muy distintas, están condenados «al basurero de la historia». Unos políticos católicos sin las virtudes y la formación necesarias, que optan, en principio, por diseminarse entre los partidos ya existentes, no valen para nada. Son «sal desvirtuada».

Más aún, hacen muy graves males a la Iglesia. Con su presencia en los diferentes partidos malminoristas, atraen a ellos el voto de los católicos, impidiendo que se organicen en lucha verdadera contra el Príncipe de este mundo. Se apoyan en la Iglesia ocasionalmente, y hacen algún gesto cristiano cuando les conviene; pero no la sirven, e incluso obran contra ella cuando servirla les causa perjuicios en su prosperidad personal. No pocos de ellos entran en el favor del mundo, y terminadas sus funciones políticas, pasan a ocupar altos cargos directivos en los grandes Entes nacionales y en las grandes Organizaciones y Empresas internacionales. Vienen, pues, a continuar la lottizzazione, de la que fueron modelo la Democracia Cristiana y sus aliados en la segunda mitad del siglo XX. Y aún así, son a veces considerados como prohombres laicos en la Iglesia de su nación, que les confía altos cargos y misiones, al verlos «muy relacionados» con los poderes del mundo. Ofrecen una buena imagen: ninguno de ellos tiene cicatrices de guerra.

Pero, por otra parte, es completamente normal que actualmente no haya católicos capaces de hacer política verdaderamente católica. Llevan medio siglo oyendo que el Estado confesional es intrínsecamente malo, lo que ya vimos que es falso (105) –otra cosa es que en nuestro tiempo no sea viable ni conveniente–. Llevan medio siglo oyendo incluso que los partidos confesionales son en sí mismos malos, lo que es falso de toda falsedad –como veremos con el favor de Dios en el próximo artículo– y que, en principio, lo que han de hacer los políticos cristianos es diseminarse en los diferentes partidos ya existentes. Llevan medio siglo escandalizados por ejemplos muy malos, como el dado por la Democracia Cristiana italiana y por tantos otros políticos católicos instalados en partidos liberales malminoristas. Llevan cincuenta años o más participando de una convicción común: los católicos hoy no tenemos nada que hacer en política, solamente en acciones prepolíticas y benéficas, espirituales y apostólicas. ¿Cómo van a conducirse en ese ambiente mental falsificado los políticos católicos? ¿Cómo van a surgir en el pueblo cristiano vocaciones políticas? Y si no nacen estas vocaciones ¿cómo puede haber partidos realmente católicos? En las estadísticas que miden el aprecio social por las distintas profesiones, los políticos suelen ocupar el último lugar: tienen una mala fama bien ganada.

–«Personas renovadas interiormente». He de hablar de esto al final del artículo, al aludir el ejemplo medieval de las Órdenes Militares. Me limito aquí a recordar lo que ya expuse sobre las virtudes y cualidades que necesitan los católicos políticos (96): oración, vocación, sacramentos, fidelidad a la doctrina política de la Iglesia, amor a la Cruz, amor a los hombres hasta arriesgar y entregar la vida por su bien, etc.

Y pobreza evangélica. Todos los cristianos necesitan amar la pobreza, pues de otro modo, sirviendo a las riquezas, no podrán servir a Dios (Lc 16,13); «la seducción de las riquezas» ahogará en ellos la fuerza liberadora y vivificante de la Palabra evangélica (Mt 13,22). Es muy difícil al rico entrar en el Reino (19,23); se pierde, pues «atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12,21). «La raíz de todos los males es la avaricia» (1Tim 6,9-10). Nada cierra tanto al amor de Dios y de los prójimos. Por eso, quiera Dios fundar alguna Hermandad de políticos católicos que de algún modo hagan voto de pobreza o de comunidad de bienes. Sería un primer paso decisivo para que, con la gracia de Dios, pudieran libremente servir al bien común político de los hombres.

–«Personas comprometidas en la política sin complejos de inferioridad», es decir, sin miedo al mundo, orgullosos de militar en la Iglesia bajo las banderas de Cristo Rey, sirviendo a Dios y a los hombres. Prontos a confesar el nombre de Jesús, asegurando que es el único en el que las personas y las naciones, y la comunidad de las naciones, pueden hallar salvación temporal y eterna. Cristianos que no dan culto a la Bestia liberal, ni dejan que ella grave su sello en su frente y en sus manos. Que, por el contrario, como San Ignacio de Loyola, en su meditación de las dos banderas, entienden su vocación como una milicia al servicio de Cristo en la batalla inmensa que libra contra el Príncipe de este mundo.

«A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos. Pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo le negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10,33). También esta palabra de Cristo está vigente para los políticos católicos. Ellos han de ser muy conscientes de que un silencio sistemático sobre Dios en la vida pública equivale a una pública negación de su existencia y de su soberanía sobre el mundo.

Los políticos cristianos, para existir y para tener fuerza en la acción, necesitan absolutamente recuperar la posibilidad de pensar y decir al pueblo la verdad, la verdad de Dios, la verdad de la naturaleza. Pensar y decir la verdad «sin complejos de inferioridad», ser capaces de afirmarse en lo «políticamente incorrecto», ha de ser el abc de los políticos católicos. Si no son capaces de eso, dediquense a otra labor.

Oir sus declaraciones, leer sus manifiestos, da a veces vergüenza ajena. Qué miseria. Un ejemplo de hace pocos años. Ante el acoso de partidos que reclaman la ampliación de los supuestos legales para el aborto como «un derecho inalienable de la mujer», la representante en este asunto de un partido malminorista fundamentaba su negativa diciendo: «no hay para ello demanda social suficiente». Increíble. ¿Su partido, de presunta inspiración cristiana, aceptaría una ampliación liberalizadora del aborto «si hubiera para ello suficiente demanda social»?… Ese partido no se atreve a decir en el debate público que el aborto no es en absoluto un derecho de la mujer, y que el derecho a la vida sí es «un derecho inalienable del niño». Tampoco se atreve a unir la palabra homicidio a la palabra aborto. Tiene razón el Papa: la Iglesia necesita «una nueva generación de políticos».

El acobardamiento de los políticos católicos ante el mundo y la agresividad audaz del mundo anti-Cristo crecen al mismo tiempo y en la misma medida. Y es lógico que así sea. Así ha sido. Santa Teresa en un principio sentía temor por los ataques diabólicos, hasta que lo superó al experimentar en sí misma la fuerza de Cristo para ahuyentarlos: ahora «me parecen tan cobardes que, en viendo que los tienen en poco, no les queda fuerza» (Vida 25,21). El mundo anti-Cristo se envalentona cuando ve que los católicos se arrugan ante su poderío, ceden, retroceden y callan.

Hace unos decenios, todavía alguno se atrevía a afirmar la doctrina política de la Iglesia, aunque ya entonces esa afirmación era escandalosa, y no podía realizarse sin espíritu martirial. Pero ya estas confesiones de fe son cada vez más raras. Es penoso comprobar que no pocas veces los adictos a causas tan precarias y ambiguas como las del feminismo, el nacionalismo o la ecología –valores entendidos al modo mundano–, muestran una parresía mucho mayor que la ostentada por políticos católicos, hijos del Reino de la luz. Las excepciones son pocas. Recuerdo el ejemplo «escandaloso» que dió Irene Pivetti, presidenta del Parlamento italiano en 1994.

«Cuando preparé mi discurso de toma de posesión de la presidencia de la Cámara sabía con certeza que una referencia explícita a Dios me iba a acarrear críticas y protestas. No por ello desistí en mi deber de decir la verdad […] Esa alusión significa también confesar la soberanía de Cristo Rey, al que verdaderamente pertenecen los destinos de todos los Estados y de la historia, como siempre enseñó todo catecismo católico; lo cual no impide, naturalmente, con el permiso del Omnipotente, que estos Estados se den una legislación laica, como nuestro país, o incluso antirreligiosa, como en algunos casos ha ocurrido y todavía ocurre en el mundo» (30 Días 1994, nº 80, 11).

Crece día a día la incapacidad del mundo político para conocer la verdad, y aún más para decirla. Los intereses de la voluntad no suelen permitir que el pensamiento del político se atreva a conocer la verdad. Pero aunque llegue al conocimiento de la verdad, cosa rara, normalmente no se atreve a decirla. Y sin embargo todos, como Cristo, hemos venido al mundo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Sin cumplir esa vocación profunda, no somos cristianos, y apenas somos hombres.

Los políticos que asimilan sin capacidad de crítica las «palabras», los modos de hablar, de los adversarios tienen ya perdida la guerra ideológica. También la tienen perdida cuando asumen los usos y abusos del mundo político vigente, sin un sentido crítico libre. Se esperaba que una acción política cristiana tendría que ser evangélica, es decir, re-novadora; pero ellos asumen la política mundana como la encuentran: financiación estatal de los partidos, liderazgos políticos perpetuos, slogans irracionales de campaña, enormes gastos en publicidad vacía, deudas enormes con los Bancos, frecuentemente impagadas, uso habitual de la mentira y del insulto, etc. Ignorando la verdad, se contagian de todos los errores.

–«Católicos que han recibido una especial formación intelectual y moral, que partiendo de la gran verdad sobre Dios, el hombre y el mundo, ofrecen principios éticos para el bien común de todos». Los políticos cristianos han necesitado siempre, pero muy especialmente en tiempos de general apostasía, estar muy fuertes en la sabiduría de la verdad. Platón exigía que fueran los sabios quienes gobernasen al pueblo. El político católico necesita hoy más que nunca estar revestido de «la armadura de Dios, para poder resistir las insidias del diablo» y de los suyos: ha de embrazar el escudo de la fe, tener por yelmo la Palabra divina y esgrimir la espada del Espíritu, orando en todo tiempo y lugar (Ef 6,10-18). No basta, no, al político cristiano con ser listo en los manejos de la vida pública. Necesita sabiduría y prudencia, fortaleza y libertad –libertad y fortaleza casi se identifican–. Si el pensamiento del político católico está mundanizado, es decir, entenebrecido por el influjo diabólico del Padre de la mentira, viene a ser «un ciego que guía a otro ciego [el pueblo]: y ambos caerán en el hoyo» (Mt 15,14).

Es la verdad de Cristo lo que nos hace libres y fuertes. Todo cristiano, y especialmente el dedicado a guiar a su pueblo en la vida política, necesita estar libre del mundo por el conocimiento de la verdad: de la verdad filosófica, de la verdad teológica, de la verdad histórica. Ha de conocer la doctrina social y política de la Iglesia, tantas veces ignorada y menospreciada. Ha de estar libre de pelagianismos y semipelagianismos, que centran su acción en el hombre, y no en Dios, principio y fin de toda acción buena. Ha de estar desengañado de los mil errores vigentes en el mundo, tanto ideológicos como prácticos, y tener facilidad para discernirlos. Ha de conocer bien las tácticas de combate del enemigo, las estrategias empleadas por el mundo diabólico, para saber neutralizarlas y superarlas: conocer, p.e., perfectamente qué pasos promueve el lobby gay, etc. Ha de tener los conocimientos suficientes en las ciencias civiles: derecho, administración, urbanismo, economía, sociología, lenguas, informática, etc., aunque la limitación humana le exija especializarse solo en algunos campos. Pero, sin duda, lo que más necesita es la sabiduría filosófica y teológica, histórica y espiritual. Y todo esto exige, como dice el Papa, «una especial formación intelectual y moral».

–Las Órdenes Militares medievales pueden ser para los políticos católicos de hoy una luz estimulante, aunque en nuestro tiempo habrá de vivirse su espíritu en modalidades muy diversas. En la Edad Media había ciertas necesidades del pueblo, como la protección de los peregrinos a Tierra Santa, la reconquista de España o la redención de cautivos del Islam, que aunque eran propiamente responsabilidad de los poderes civiles, de hecho, estaban muy insuficientemente atendidas. De los Reyes, de los nobles con sus huestes, y de los caballeros católicos, podía esperarse –no sin grandes insistencias, por ejemplo, de los Papas– ciertas intervenciones valientes y abnegadas, pero reducidas en el tiempo y la entrega. Cumplida la misión, la atracción de sus familias y de sus tierras y negocios, les alejaban de los campos más peligrosos y difíciles, que recaían en los abusos y miserias en cuanto ellos se retiraban.

Era, pues, necesario que cristianos elegidos, llamados y enviados por Dios, se entregaran con heroísmo permanente a esos combates y servicios. Así nacieron las Órdenes militares, asociándose con votos de pobreza, obediencia y castidad caballeros cristianos que, sin despojarse de sus armaduras, se despojaban de todo lo demás, para ponerse al servicio de Dios y del pueblo.

La reconquista de España, p. ej., invadida por el Islam, no hubiera podido cumplirse sin la fijeza perseverante y abnegada de las Órdenes militares. Sus frailes-soldados combatían con los ejércitos reunidos por Reyes y nobles, pero después permanecían en la conservación de los territorios conquistados, cuando ya Reyes, nobles y huestes habían regresado a la paz confortable de sus familias y tierras. Permanecían fielmente en sus tareas de defensa territorial y también de la repoblación. Los caballeros de las Órdenes eran célibes, en disponibilidad total de entrega y servicio. Pero también se dió el caso singular de la Orden militar de Santiago, que admitía con ciertas condiciones el matrimonio de sus caballeros. Eran familias asociadas bajo una regla de vida al servicio heroico del bien común (Derek W. Lomax, La Orden de Santiago (1170-1275), CSIC, Madrid 1965, 90-100).

Grandes santos y teólogos medievales promovieron las Órdenes militares, pues comprendían su necesidad. Santo Tomás enseña que «muy bien puede fundarse una Orden religiosa para la vida militar, no con un fin temporal, sino para la defensa del culto divino, de la salud pública o de los pobres y oprimidos» (STh II-II, 188,3). San Bernardo, había dado ya esta misma doctrina en su obra De la excelencia de la Nueva Milicia. Dedicado a los caballeros templarios de Jerusalén (Obras completas, II, BAC 130, Madrid 1955, 853-881). Y las mismas razones que ellos dieron en favor de las Órdenes militares son válidas en nuestro tiempo, invadido por tantas fuerzas anti-Cristo, para fundamentar Hermandades políticas. Hoy, por supuesto, el combate entre la luz y las tinieblas es más en el campo de las ideas que en el de las espadas.

Serían muy deseables en nuestro tiempo ciertas asociaciones de laicos para la vida política, que en el nombre de Cristo y con su poder salvífico entregaran sus vidas por el bien común de las naciones. Célibes y casados, ajustando su vida a cierta regla de vida –en Institutos seculares o en otras formas afines de asociación laical–, se prepararían en común para vivir, ayudándose mutuamente, la vocación de llevar el influjo benéfico de Cristo Salvador a la vida temporal de los pueblos. Así cumplirían esa voluntad de la Iglesia, que hoy apenas se cumple ni se intenta:

que «los laicos coordinen sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado [nunca el mundo ha estado tan endemoniado como hoy], de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (Vat. II, LG 36c). Ellos han de entregar sus vidas para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43), y «para instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7).

Estas comunidades católicas, realmente combatientes en el campo de la política, habrían de sufrir durísimas persecuciones del diablo y de su mundo, y aún más duras quizá dentro de la misma Iglesia. Pero de todas saldrían triunfantes por la gracia de Cristo, si resistieran fuertes en la oración y la cruz, en la verdad católica y ¡en la pobreza!

La Iglesia llama a una nueva generación de políticos dispuestos a combatir a favor de Cristo y contra el mundo y su Príncipe diabólico. Con los actuales políticos no hacemos nada. Hay entre ellos católicos muy buenos, pero cautivos muchos de ellos de planteamientos falsos o deficientes. Siendo casi todos los partidos liberales, es tal el heroismo que una política católica exige de los políticos que éstos, en su inmensa mayoría, desfallecen en el intento, a veces más por falta de conocimiento que de valor. No procuran llevar adelante las causas de Dios y del orden natural, o lo procuran evitando con extrema cautela un enfrentamiento duro con el mundo vigente. No logran victorias porque no combaten. No combaten porque, aunque vieron caer derrotada por Cristo la Bestia comunista, creen imposible derrotar a la Bestia liberal, que ciertamente es más fuerte. Justifican su opción con argumentos falsos. No luchan porque en la vida política han sustituido la idea de combate por la de conciliación negociada, que estiman más cristiana, más evangélica. No presentan batalla porque, mezclados con los adversarios, disfrutando de una situación confortable, no están dispuestos a arriesgarla y a «perder la vida» por la salvación temporal de su pueblo. Nada quieren saber de Poitiers, las Navas de Tolosa o Lepanto. No se trata hoy de batallas armadas, sino de combates ideológicos y espirituales. Pero ellos no quieren combatir de ningún modo, porque se avergüenzan de la Iglesia militante, y en cierto modo también de Cristo, el que dijo «yo he vencido al mundo» (Jn16,33); «no penséis que yo he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada» (Mt 10,34; cf. Ef 6,12).

José María Iraburu, sacerdote

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Maricruz Tasies

Voy atando cabos, padre, ahora entiendo -pensando en la inclinación de mi hermano y yo hacia la política municipal- por qué razón he ido conociendo a líderes católicos de diferentes asociaciones y por qué además me he ido encontrando con algunos otros sumamente comprometidos en asuntos políticos o relacionados con el tema.

Tampoco encuentro extraño ahora el hecho de que todos hallamos mostrado el deseo de reunirnos, cosa que haremos en los próximos días.

Al lado de esto, me surge una duda: qué haremos con los líderes cristianos no-católicos que desean unírsenos para defender a nuestro lado lo que tenemos en común? Existe forma de integrarlos, es oportuno?
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JMI.- En principo, sí, ciertamente. Pero siempre que haya coincidencia en las cuestiones fundamentales. O respeto al menos.

15/01/11 10:51 AM

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Ricardo de Argentina Padre, en posts anteriores usted nos insta a incorporarnos a la lucha política democrática, realidad surgida de un ambiente cultural trabajado intensamente por las logias.
Ahora en cambio propone el ideal de los caballeros medievales, que fueron fruto de un ambiente cultural reciamente católico.
Debo manifestarle mi perplejidad. ¿No le parece que poco y nada puede hacer Don Quijote metido ahora a candidato?
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JMI.- No soy "yo" el que insta a la vida política sino la Iglesia, que sabe perfectamente que la política está maleada como ya he indicado en muchos artículos.

Los caballeros medievales que en las Órdenes militares entregaban su vida combatiendo por el bien común de su nación y de la Iglesia sigue siendo un modelo estimulante (celo por la gloria de Cristo, abnegación, entrega de amor a los hermanos, especialmente a los pobres y oprimidos, aun con riesgo de su vida, sentido del honor, de la fidelidad, etc.), aunque ellos, como dice, vivieran en un ambiente cultural muy distinto al de hoy. Ya digo varias veces que hoy la lucha es muy distinta, más de ideas que de armas. Pero ese espíritu es muy edificante y válido ayer y hoy y siempre. 15/01/11 12:38 PM

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Un ultra.... católico

"A través de los partidos políticos, los únicos que pueden lograrlo"....
Se le ve demasiado el plumero de sus planteamientos, erróneos en su base, P. Iraburu.

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JMI.- Qué cosa. "Erróneos en su base"...
Y yo sin darme cuenta. 15/01/11 1:24 PM

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Eduardo Jariod No voy a criticar, Padre, su apelación a las Órdenes militares medievales cristianas como modelo de la lucha que debemos plantear los católicos en nuestra época. Nadie duda de los valores y virtudes de los integrantes de aquéllas, y que éstos sean siempre benéficos para cualquier persona o colectivo que los posea. Como Vd. muy bien sabe el proceso de secularización (o apostasía, si prefiere) de la sociedad occidental es una realidad con una trayectoria de siglos, al menos desde la Ilustración de modo evidente, y desde el Renacimiento o postrimerías del Medievo en germen, que no se supera con un golpe de timón de "fideísmo pelagiano", valga la expresión. En todo este tiempo, el grado de destrucción llevado a cabo ha sido muy profundo y sistemático, siendo nuestros días la conclusión fatal y necesaria de tal devenir desintegrador. Usted ha denunciado aquí mismo reiteradamente y descrito con gran realismo y exactitud esta devastación. Pero tal devastación no es sólo social, sino también y fundamentalmente del hombre como individuo. Si no hay políticos como los que Vd. y yo queremos que existan es porque ya no existen hombres así, ni tampoco las estructuras sociales, culturales y de poder que los promovían o que ahora pudieran promoverlos. Es cierto que todos los hombres, incluso los más alejados de Dios, sienten de un modo más o menos intenso o preciso la llamada de Dios en sus corazones y la exigencia de vivir de acuerdo a la verdad de su naturaleza inscrita por Él. Y es cierto que es el Señor quien dirige los hilos de la historia humana, considerada tanto en su globalidad como en cada individuo. Pero del mismo modo que criticamos en los apóstatas la idolatría del propio deseo como principio rector de la vida social y personal, hemos de saber reconocer que no podemos sin más imponer nuestro desiderátum para lograr el modelo social que perseguimos.

La revolución que usted propone tiene como fundamento y reto fundamental el anuncio de Cristo a las nuevas generaciones. La tarea evangelizadora no es una actividad prepolítica. A Satanás no sólo se le combate con la espada de la ideología, de la cultura o con la de metal, sino fundamentalmente con un corazón abierto a Dios mediante la fe, la esperanza y la caridad que un otro dona, ofrece a un hermano alejado de Él. Claro que nuestro deseo es vencer a Satanás, pero aún más es que todos conozcan al Señor, pues es Él y sólo Él quien puede vencer al Príncipe de este mundo. ¿De qué nos sirve (ya existen, de hecho) tener partidos políticos católicos en una sociedad masivamente secularizada? Sólo la sociedad podrá vivir en la Verdad si la llega a conocer, y esa tarea es ayer, hoy y mañana, evangelizadora.

Creo que estamos en tiempo de purificación. Dios está permitiendo todo esto. Debemos preguntarnos con humildad por qué. Y la respuesta más evidente, en mi modesta opinión, es porque está esperando a que le volvamos a redescubrir. Lo que debemos plantearnos no es, pues, meramente luchar contraobre todo volver a mostrar se impone es una nueva tarea evangelizadora, objetivo de Roma al menos desde el Vaticano II, que va mucho más allá, en efecto, de una mera gestión pastoral. Estamos en el trance capital de volver a redescubrir a Dios, o (valga el juego de palabras) a desvelar la revelación del Padre a la humanidad, tarea de la máxima gravedad, pues nuestro grado de descomposición moral es de tal calibre que pone en compromiso nuestra propia supervivencia no ya como civilización, sino como meros hombres. El reto está, pues, en encontrar las vías de esta nueva presentación de Dios a los hombres por los creyentes. E insisto, esta es una tarea que desborda por completo perspectivas meramente pastorales, de modernización de técnicas o de gestión de recursos para la comunicación del mensaje. Para volver a mostrar a Dios se necesita un compromiso creyente que desafíe todas las vicisitudes culturales, ideológicas y antropológicas en que todo hombre de nuestro tiempo se ve inmerso e incluso ha sido formado de modo inevitable por este ambiente nocivo. Y para conseguir este compromiso creyente, la experiencia de comunión entre cristianos, de comunidad viva en Dios, en definitiva de Iglesia, sigue siendo fundamental. Sólo así pueden darse esas Órdenes, militares o no, pero siempre de santidad que pongan en marcha esta nueva dinámica evangelizadora que se precisa de modo tan urgente.

Perdone la extensión, D. José María.
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JMI.- "Lo que debemos plantearnos no es, pues, meramente luchar contraobre todo volver a mostrar se impone es una nueva tarea evangelizadora", etc.


El "meramente" lo dice ud., pero yo no, ni de lejos. Llevo 120 artículos.

En el nº 120 hablo de la necesidad de que los católicos vocacionados por Dios a la actividad política respondan, con Su gracia, a ese altísimo llamado, actuando organizada y eficazmente en la vida política, sin dedicarse sólamente a otras actividades, por buenas que sean. No hago sino repetir el llamado del Vat.II y concretamente de Benedicto XVI.

En el nº 13 hablé de la evangelización, de la primacía de las Misiones, del anuncio de Cristo, Dios-hombre, y de su doctrina.

En los nº 110-113 hablé de que para sanar los males muy grande del mundo (y de la Iglesia) la primacía absoluta la tiene la espiritualidad del pueblo cristiano, la oración, la mortificación, etc.

No debe ud., pues, debilitar lo que digo en el 120 --la urgencia de acción política católica organizada y eficaz-- alegando que etc. Ya lo he insistido yo muchas veces, no solo en los nº citados, sino en bastantes otros más de REFORMA O APOSTASÍA.

En cuanto a la expresión "luchar contra", como ud. sabe, está empleada por Cristo y los Apóstoles con una considerable frecuencia en el N.T. (lo señalo muy brevemente en 120 in fine), y por supuesto se refiere a una lucha espiritual, aunque el combate por defender el Reino de Dios en algunos casos (S.Luis de Francia, S.Fernando de Castilla, Órdenes militares, reconquista de España, Poitiers, Navas, Lepanto, etc.), pueda exigir también la lucha armada. En nuestro tiempo ésta no es posible, obviamente. Es "la dura batalla contra el poder de las tinieblas" de que habla el Vat.II (GS 37). Al referirme en 120 a las Órdenes Militares dejo claro qué es lo que hay en ellas de ejemplar también para el tiempo actual.

15/01/11 7:41 PM

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Eduardo Jariod

Parece que ha habido un problema a la hora de subrayar y han resultado truncadas ciertas frases. Por si alguien no ha entendido lo que pretendía expresar, reescribo el texto confuso esta vez completo, sin subrayados (no tentemos a la suerte informática esta vez):

"Lo que debemos plantearnos no es, pues, meramente luchar contra, sino sobre todo volver a mostrar. Lo que se impone es una nueva tarea evangelizadora, objetivo de Roma al menos desde el Vaticano II, que va mucho más allá, en efecto, de una mera gestión pastoral."

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Bueno, no quise utilizar "meramente" en sentido despectivo hacia su labor, sino en cuanto a que no se trata de la actividad preferente a la que deberíamos dedicarnos. Perdone la imprecisión expresiva.

Por otra parte, en cuanto que se anuncia al Señor, ya se lucha de un modo muy profundo contra toda realidad que lo aleja de Él.

Simplemente lo que quería indicar era que el fundamento de aquel movimiento más militante en defensa de la fe, que Vd. con justa razón preconiza, es antes que nada de evangelización. Y que el reto de nuestros tiempos reside aquí, también para luchar contra.

15/01/11 10:01 PM

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Ricardo de Argentina

Creo comprenderlo Padre : bajar a la arena política si es nuestra vocación, imbuidos de los ideales caballerescos. Y jamás como cola de león sino como cabeza de ratón. Esto es, desdeñar pasar por las horcas caudinas de los partidos impíos o farisaicos, sino concentrar las fuerzas en partidos que, aunque pequeños, no ofrezcan ningún lugar a dudas sobre la catolicidad de su doctrina, de sus intenciones y de su praxis.

16/01/11 8:25 PM

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estéfano sobrino Interensante punto de vista. Y más teniendo en cuenta que las órdenes militares no eran órganos políticos.

Quizá lo más parecido hoy en día a esas instituciones sean algunas ONGs de inspiración cristiana, en las que mucha gente colabora, en la medida de sus posibilidades, a solucionar problemas humanos que no resuelve el poder político.

De todos modos, cara a la situación actual de España, la que mejor conozco, con una sociedad 80% no cristiana (en la práctica), creo que una "asociación de cristianos para la vida política" podría convocar a muy pocos políticos, y que su influencia en la política real sería nula.

Me parece que antes es necesario recristianizarnos, empezando por el ámbito familiar y el educativo. Y después (cuando haya cristianos) ya veremos.

No hay que olvidar que en las cuestiones de gobierno y política (¡no hay que confundirlas!) hay un amplio espacio para la libertad, y que puede haber múltiples soluciones compatibles con la dignidad humana, de modo que nunca habrá una única "solución católica", y siempre habrá "múltiples posibilidades".

Un político cristiano puede decidir fundar un partido nuevo, otro intentar cristianizar un partido existente, y otro cambiar a un sistema político sin partidos. Y los tres obrando en conciencia, buscando la gloria de Dios y el bien de sus conciudadanos, y los tres ganarse el cielo buscando metas distintas.

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JMI.- Bien todo, conforme. La necesidad y el valor de todas las acciones que señalas es evidente. PERO lo que no queda tan claro es la necesidad, la posibilidad y la importancia que tiene que algunos católicos respondan a la llamada de Dios y de la Iglesia para "coordinar fuerzas" en orden a una actividad política eficaz, que 1) haga más fuerte el influjo del cristianismo en la configuración de la sociedad y 2) que la libre, al menos en parte, de los horrores que en ella se están produciendo "in crescendo". Esa vocación se está incumpliendo masivamente. Con los resultados visibles.

Dice ud.: nunca habrá una única "solución católica", y siempre habrá "múltiples posibilidades".
Por supuesto. Pero tiene bemoles que se oiga en los parlamentos políticos de Occidente la voz de los verdes o la de los comunistas (que no son multitudes inmensas) y que no se oiga apenas la de los católicos.

Dice ud.: "Un político cristiano puede decidir fundar un partido nuevo, otro intentar cristianizar un partido existente, y otro cambiar a un sistema político sin partidos".
Fundar un partido nuevo: los católicos y las instituciones católicas laicales más fuertes no apoyan ese intento en absoluto, más bien lo frenan; y solo es pretendido por personas que con mínimos apoyos logran mínimos partidos, casi inexistentes.
Cristianizar un partido existente: podría ser, pero apenas conocemos ningún caso real. Se dice pronto cristianizar un partido anti-cristiano, como son los malminoristas. Quizá sea más viable fundar algo nuevo que re-fundar algo ya existente y no-cristiano.
Cambiar el sistema político: sería un buen intento, sin duda, pero no conocemos actualmente ninguna persona y ninguna institución laical importantes y capaces, que lo intenten. Ni una. Sí que sería re-bueno que las hubiere. Por eso escribo este artículo.

Dice ud.: "Me parece que antes es necesario recristianizarnos, empezando por el ámbito familiar y el educativo. Y después (cuando haya cristianos) ya veremos".
En ésas estamos. Cuando recristianicemos la sociedad, entonces procuraremos la acción política. Con el resultado de una degradación social y una apostasía crecientes durante ya muchos años.
Quedará, con el favor de Dios, un Resto del Señor.

17/01/11 12:25 PM

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Grego

Totalmente extraordinario y magnífico artículo, padre. Que completa, corona y envuelve los anteriores sobre católicos y política. Y el primer y último párrafos constituyen un resumen prácticamente inmejorable de la situación política actual, agravada para más "inri" en España.

Desde luego si muchos con influencia en la Iglesia pensasen como usted y lo manifestasen un católica "malminorista" prácticamente no podría serlo sin grave quebrantamiento de su conciencia. Creo que podría haber renacido el catolismo político desde ahí, sin más. Si se hubiera predicado libremente la verdad a diestro y siniestro, como usted hace.

Y coincido con usted en la necesidad de "hermandades políticas" (o algo que se le parezca). Lo que pasa es que los partidos minoritarios a los que usted hace referencia ni siquiera han podido ponerse de acuerdo para hacer coaliciones, anteponiendo intereses particulares. El problema no es sólo que les maltraten en los medios de comunicación y en el sistema socio-político. No sabemos lo que hubiera pasado si al menos estos políticos con unos principios en teoría enteramente católicos se hubiesen unido. De modo que ¿cuántos realmente podrían unirse para formar esas hermandades?

Así que en principio soy pesimista, pues estamos en la oscuridad absoluta incluso para eso. Estamos políticamente muertos los católicos. Pero como "para Dios no hay nada imposible" nuestro deber es rogarle a Él que lo haga posible (esto o algo parecido en algún partido político a partir del cual renazca todo) con fe y con insistencia. Teniendo en cuenta es practicamente una gran resurrección lo que se está pidiendo.

Y no sé si lo habrá dicho en algún post y se me pase o tendrá previsto decirlo en un futuro, pero para completar quizá haría falta una referencia a los principios innegociables que todo partido político (o hermandad) de inspiración cristiana debe respetar.
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JMI.- Eso va en los próximos.

17/01/11 6:06 PM

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Fijo Ð Algo Querido Padre José María, respecto de su afirmación:

"No combaten porque, aunque vieron caer derrotada por Cristo la Bestia comunista, creen imposible derrotar a la Bestia liberal, que ciertamente es más fuerte."

Necesito pruebas. Deseo que me muestre el error donde yo no lo veo. Y se lo reitero : NO LO VEO.
De hecho, veo todo lo contrario. Veo que la bestia liberal ha sido literalmente "fagocitada" por la bestia comunista.

Fíjese bien, que el comunismo, de todo el mundo, fué derrotado únicamente en España. ¿Qué fué un núcleo netamente católico el que lo derrotó mediante batalla ideólogica y espiritual? Por supuesto. Pero no es menos cierto, que dicha victoria se consiguió también presentando batalla física y por la fuerza de las armas.

Ahora bien, usted dice que no. Que no nos preocupemos de la "bestia comunista", que esta ya fué derrotada. Dígame donde, aparte de España, pues yo no tengo noticia.

También dice que la "bestia liberal" es más fuerte que la comunista.

Nuestra Señora en Fátima nos advierte de Rusia y de sus "errores", cuando en 1917 nadie tenía ni idea de lo que se estaba cociendo en Rusia. SS Benedicto XVI, no hace ni un año nos dice que la ola de pedofilia en la Iglesia, es parte del mensaje de Fátima, reafirmado su vigencia aún HOY en día... y usted nos dice que la "Bestia comunista" ha sido "derrotada" por la Divina Providencia. Dígame dónde y dígame cuando.

De lo que si me he enterado...

- La China comunista , es la mayor superpotencia económica mundial actualmente.

- Rusia esta regida por un ex-dirigente de la KGB. No hace ni 2 años amenazó a la católica Polonia con bombardearla nuclearmente. Todo el gobierno polaco cayó fulminado "accidentalmente" en un avión en Rusia recientemente.

-El marxismo hace estragos por toda Hispanoamerica. Es innecesario el poner ejemplos.

- El marxismo asola Africa, sin que nadie lo resista.

- Asia 3/4 de lo mismo.

- La administración Obama es marxista de forma descarada. Y esto en los EEUU.

- En España nos gobiernan marxistas de la peor calaña.

Ejemplos "no tan claros":

- La carta de las Naciones Unidas es una copia de la Constitución Soviética.

- La Unión Europea, otro invento marxista.

Un ejemplo meramente "anecdótico":

-únicamente en España a día de hoy, tenemos un auténtico ejército de 300.000 liberados "sindicales". Para ponerse a temblar.

Y le digo más:

Muy a mi pesar, Grecia YA NO ES una nación soberana. Irlanda YA NO ES una nación soberana. Próximamente Portugal y España dejarán de ser naciones soberanas. Probablemente para antes de que usted llegue al tema 201, 3/4 partes de Europa Occidental dejarán de ser naciones soberanas. Y en extinguiendo las soberanías, se apagará lo poco que nos queda de los patriotismos. A esto hay que unirle la destrucción del patrimonio personal y familiar que genera este paro de proporciones dantescas y de manera global.

Así que ahí le muestro los ingredientes actuales, del rico estofado que se está cocinando, delante de nuestras narices.

Para terminar, que ya me alargo demasiado:

Fué la UNIÓN SOVIÉTICA la que levantó el Telón de Acero, aislándose del resto del Mundo. Fué RUSIA la que apareció de vuelta en escena cuando la Unión Soviética bajó el Telón. Una vez bajado el Telón es Rusia la que esparce sus errores por todo el Mundo porque NO HAY TELON que los contenga.

Le podría dar una lista muy larga de los "errores" que Rusia ha esparcido y esparcirá. Creo que con darle un ejemplo concreto bastará:

Aborto, legalizado por primera vez en Rusia en 1920. Y fíjese que digo Rusia, ya que en 1920 no existía todavía la Unión Soviética. Existía Rusia.

Discúlpeme por la parrafada, pero necesito que usted me clarifique el punto que le he señalado, pues yo tengo por entendido todo lo contrario. Espero que entienda mi estado de alarma pues está bien claro, que antes de presentar batalla hay que identificar al enemigo. Y más si de este formidable enemigo nos ha avisado de antemano la Santísima Vírgen.

TVENSJC
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JMI.- La maldad y peligrosidad del marxismo comunista es muy clara, y que sigue haciendo estragos. Que la Bestia liberal los hace mayores lo expongo en (102) y (103). De todos modos, no hay una regla ni un peso para cuantificar exactamente el daño causado por uno y otro.

18/01/11 9:32 AM

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Fijo Ð Algo

Sí Padre. Pero yo no le discuto que la Bestia liberal haya hecho mayores estragos. Lo que yo le discuto es su afirmación de que la Bestia comunista cayó derrotada por Cristo. Esta afirmación es suya. Como también es suya la de que la Bestia liberal es mas fuerte que la Bestia comunista.

En términos generales, estoy muy de acuerdo con su enfoque teológico en relación a la sociopolitíca de nuestros días y el estado actual del mundo católico.

Sin embargo, no dejan de sorprenderme afirmaciones suyas como las anteriores, simplemente porque en mi opinión, estas contribuyen a confirmar el estado actual de confusión.

En líneas generales, la sociedad occidental está convencida de una mentira:

El comunismo se autodesintegró con la caída del muro de Berlín.

Pero la cruda realidad nos recuerda que la teórica marxista define al socialismo como la etapa intermedia hacia el objetivo final del comunismo global.

Para conseguir este objetivo, que repito, es global, el socialismo necesita destruir varias barreras: la empresa privada como propietaria de los medios de producción, conocido también como el capitalismo; el trabajo asalariado; la propiedad privada y la soberanía de los estados. Pues bien, estas barreras que son los objetivos primordiales en el orden de combate socialista, son los pilares fundamentales que sostienen a la llamada Bestia liberal. Y estas barreras a día de hoy van cayendo como fichas de dominó, una tras otra.

El socialismo para poder dar paso al comunismo, necesita destruir antes al orden liberal. En otras palabras: no puede existir Bestia comunista, si esta no destruye antes a la Bestia liberal.

La última barrera para el desarrollo total del comunismo mundial, es la Iglesia Católica. No hay mas barreras.

18/01/11 8:58 PM

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Emiliana

Fijo D Algo: No se confunda usted con lo que el Padre JMI comenta, pues todas estas ideologias son claramente enemigas de JESUS y los que lo seguimos, lea al Padre Castellani, y verá clarisímo todo.

TEXTUAL:
"Al decir capitalismo no se excluye el designio soviético, ya que el comunismo es un capitalismo de Estado, hijo dilecto del Capitalismo Tecnócrata Liberal, hijo putativo, si se quiere, ya que estamos entre rameras, pero hijo al cabo,".

"En estas Tres Ranas, eruptadas por el Dragón, el Anticristo y el Pseudoprofeta, Castellani cree ver el liberalismo, el comunismo y el modernismo, en cuya conjunción y alianza alcansa su plenitud el viejo naturalismo, que en el fondo es el gran proyecto del Anticristo. Tres herejías que parecen ranas porque son vocingleras, saltarinas, pantanosas y tartamudas dice."

El apocalipsis según Leonardo Castellani. Fundación Gratis Date....
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JMI.- Efectivamente, contraponer Liberalismo y Comunismo es no haber entendido del todo el asunto. Ya en 1937 advierte Pío XI que el socialismo y el comunismo son "hijos natuales" del liberalismo (enc. Divini Redemptoris).

En www.gratisdate.org está el texto de
Alfredo Sáenz, El Apocalipsis según Leonardo Castellani, de donde procede la cita que hace Emiliana. Gracias.

19/01/11 5:53 PM

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(121) Católicos y política –XXVI. ¿Qué debemos hacer?. 13

20.01.11 A las 6:16 PM, por José María Iraburu

–Y ahora, partidos confesionales. Yo creo que lo que usted quiere es provocar.
–Exactamente. Provocar una reforma completa, que implica también una reactivación de la vida política entre los católicos.


Al tratar de los partidos políticos católicos, expuse ya previamente lo que no son, lo que no deben ser; y también su necesidad, que los apolíticos y prepolíticos niegan, al menos en la práctica.


Los partidos confesionales, en nuestro caso de inspiración católica, son convenientes y necesarios. Otra cosa es que en ciertas naciones no haya católicos capaces, en calidad y número, para darles existencia. Pero esto es ya circunstancial, y yo considero el criterio general sobre la cuestión. Hemos de tener en cuenta que aquellos que, en contra de la doctrina de la Iglesia, niegan el Estado confesional como algo intrínsecamente malo (105-106), suelen también a veces negar también la licitud o la conveniencia de los partidos confesionales. Procuran en forma oculta o abierta impedirlos, dejan así la acción política para después de la recristianización de la nación, y establecen que, por principio, los católicos vocacionados por Dios a la política deben diseminarse por los partidos ya existentes. Es decir, los políticos católicos deben anularse y desaparecer. Deben suicidarse políticamente, pues los partidos laicos son laicistas (196).

No es ésa la doctrina de la Iglesia. Es verdad que hoy en Occidente no es viable el Estado confesional. Pero es falso que tampoco convengan los partidos confesionales, pues sin ellos queda el pueblo cristiano sin representación política, y condenado por tanto o a abstenerse del voto o a darlo a partidos malminoristas, lo que en el fondo, ya lo vimos también (100), equivale a alimentar una Bestia liberal, que sin el voto de los católicos, en bastantes naciones no podría seguir viva y poderosa, causando estragos.

Por el contrario, la voluntad de la Iglesia es «que los laicos coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del mundo que incitan al pecado» (Vat. II, LG 36c). Y esto no van a conseguirlo solamente con actividades prepolíticas, culturales y apostólicas, o únicamente con las oraciones de los monasterios contemplativos.

Los partidos de confesionalidad implícita, no confesada, sufren una malformación congénita, pues siendo partidos confesionales, por principio, no-confiesan. Calculan que es suficiente que su partido profese una serie de principios morales y sociales del orden natural, con alguna inspiración del cristianismo, aunque solo sea verbal. Y creen que no es necesario ni conveniente confesar a Dios y a su Cristo abiertamente, pues si se hiciera, el partido perdería el voto de no pocos ciudadanos ajenos al cristianismo, que comparten más o menos sus valores.

Estos partidos de confesionalidad meramente implícita están afectados de varios errores graves:

1.–Niegan el deber de confesar públicamente a Dios y a su enviado Jesucristo «ante los hombres» (Mt 10,32-33), como siempre lo ha enseñado la Iglesia (1885, Immortale Dei; 1925, Quas primas; 1965, Vaticano II, Dignitatis humanæ 1).

2.–Profesan un pelagianismo según el cual los principios cristianos y del orden natural pueden ser vividos por el hombre sin que su naturaleza caída sea auxiliada por la gracia sobre-humana de Cristo, es decir, sin la ayuda de la Revelación y del Magisterio eclesial. En otras palabras, creen posible un cristianismo sin Cristo, un cristianismo que logre una síntesis de principios del orden natural, que de hecho sean aceptables y realizables por los ciudadanos sin la luz y la fuerza de la gracia.

3.–Alegan que un partido explícitamente confesional comprometería necesariamente a la Iglesia; lo que obviamente es falso.

4.–Dan por supuesto que si ese partido alcanzara el poder de gobernar, ciertamente establecería una tiranía religiosa, imponiendo incluso legalmente la moral cristiana a todos los ciudadanos, sin guardar la tolerancia y el respeto que se debe a los no creyentes y a los miembros de otras religiones. También ésta es una previsión falsa.

5.–Estiman también, aunque no lo digan, que el partido confesional no-confesante logrará evitar la persecución del mundo. Mala y vana esperanza, pues solamente podrá ser evitada la persecución si el partido, implícita o explícitamente confesional, renuncia a su propia identidad –deja de ser católico– y está dispuesto a dar culto a la Bestia, como los demás partidos.

Todos estos errores ya han sido previamente denunciados en la exposición de los grandes principios políticos de la Iglesia (97-108), y no es preciso extenderse ahora en su refutación.

Los partidos católicos confesionales deben serlo explícitamente, evitando sin embargo ciertos riesgos, perfectamente evitables. Si cayeran en ellos, quedarían inhabilitados prácticamente para la actividad política.

–Un partido católico debe serlo en la substancia, y no en el nombre. Aunque parezca una contradicción. Concretamente, el canon 216 del Código de la Iglesia asegura que los fieles católicos «tienen derecho a promover y sostener la acción apostólica también con sus propias iniciativas», y lo mismo ha de ser dicho de las actividades políticas; «pero ninguna iniciativa se atribuya el nombre de católica sin contar con el consentimiento de la autoridad eclesiástica competente». Y ningún partido católico confesional conseguirá hoy esa autorización.

Pero hace medio siglo, y anteriormente también, era posible que la consiguiera. Cuentan que en la Italia de mediados del siglo XX unos feligreses consultaron a su párroco a qué partido debían votar. Y el buen cura les dijo que eran plenamente libres para elegir en conciencia entre los diversos partidos, siempre que fuera un partido demócrata y cristiano.

–Un partido católico, aunque no proclame su identidad en el título, ha de confesarla explícitamente en sus Estatutos y programas. En ellos, «sin complejos de inferioridad», como diría Benedicto XVI, el partido confiesa a Dios, a Cristo, a la Iglesia, y profesa abiertamente su propósito de atenerse al orden natural, a la ley de Cristo y a la fidelidad debida al Magisterio eclesial. Lo mismo deben hacer sus diputados y senadores en los discursos políticos, nombrando a Dios y a Cristo, argumentando abiertamente por las exigencias del orden natural, y alegando también las tradiciones cristianas de la nación. Y todo ello sin inhibiciones y con la mayor fuerza persuasiva.

Como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, toda institución social parte de una visión de Dios, del hombre y del mundo (2244), y nada impide que un partido confesional católico publique explícitamente cuáles son sus principios filosóficos y religiosos, a los que quiere atenerse en sus actividades políticas.Y aunque el partido no exija de sus miembros la fe, al menos sí habrá de exigirles el respeto y también el reconocimiento de algunos «principios éticos fundamentales e irrenunciables», de los que trataré en otro artículo.

–Un partido católico que gobierne habrá de aplicar sin duda el principio de la tolerancia y del mal menor, tal como la doctrina tradicional de la Iglesia lo ha enseñado siempre (100). Y como es obvio, no es posible aplicar el principio de la tolerancia sin ejercitar un discernimiento prudencial, que habrá de tener en cuenta a todos los grupos integrantes de la nación y otras circunstancias. Por otra parte, los objetos morales y cívicos diferentes no podrán recibir de ningún modo ante las leyes un mismo trato. Si el aborto, por ejemplo, ha de ser prohibido en absoluto, no necesariamente ha de ser penalizado como lo merece, siendo como es un homicidio. Es posible en cambio que, en una nación, convenga prohibir y penalizar la bigamia y toda forma de poligamia. Del mismo modo habrán de ser gobernadas de modos diversos otras realidades malas, como la prostitución, el divorcio, la eutanasia, la unión de homosexuales, etc., con leyes y medidas administrativas diferentes.

–Un partido católico no debe servirse de la Iglesia, y lo haría, por ejemplo, si invocara su identidad católica para conseguir los votos en las elecciones, sin guardar luego fidelidad a esa identidad en la práctica diaria de la vida política. También se serviría de la Iglesia, por ejemplo, si lograra captar muchos votos de católicos gracias a una política firmemente antiabortista, pero profesara al mismo tiempo un economicismo salvaje, muchas veces condenado por la Iglesia. Un partido católico tiene que ser fiel a todas las enseñanzas de la Iglesia.

–Tampoco los partidos católicos deben estar al servicio de la Iglesia, si entendemos esta expresión en un mal sentido. Los partidos cristianos han de estar al servicio de Dios y del bien común temporal de la sociedad, promoviendo políticamente «el saneamiento de las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36c). Preparan así con su acción los caminos del Evangelio, y si llegan al gobierno, amparan a la Iglesia ya existente en los modos que sean justos y convenientes según su presencia en la nación.

–Los partidos católicos deben ser fieles a los principios políticos que la Iglesia enseña, pero deben proteger al mismo tiempo su autonomía prudencial para elegir entre las acciones concretas que son conciliables con esos principios. Un partido confesional católico no ha de ser el partido de los Obispos o del clero, ni tiene por qué comprometerlos. Los Pastores no deben dirigir sus opciones políticas prudenciales: no tienen gracia de estado para ello. Y cuando incurren en esa tentación, muy frecuentemente se equivocan. Es verdad que esa injerencia de los Pastores en la vida política no suele darse en mandatos formales, entre otras cosas porque no hay entre los mismos Obispos unanimidad de criterio en campos tan variables y complejos. Esa injerencia, cuando se produce, suele darse más bien en encuentros extra-oficiales entre líderes de la Iglesia y de los partidos; o en forma de omisiones patentes del apoyo jerárquico a ciertas iniciativas, que quedan así frenadas o impedidas.

En consecuencia, cuando los políticos católicos resisten estas presiones indebidas, no cometen normalmente una desobediencia, sino que cumplen con su conciencia y responsabilidad. Por eso ha habido Reyes católicos bien santos que en cuestiones políticas muy concretas llegaron hasta enfrentarse con el Papa. Ellos, precisamente porque eran fieles hijos de la Iglesia, sabían defender la autonomía del poder civil de interferencias indebidas del poder religioso.

–En la promoción del bien común temporal uno es el ministerio de los Pastores y otro el de los laicos. Y si no se conoce y respeta suficientemente esa distinción se siguen grandes males, abusos y confusiones. La autoridad se pierde cuando ejercita sus mandatos fuera de su campo propio. Recordemos, pues, en esta importante cuestión la doctrina bien precisa del Concilio Vaticano II:

«Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo. Toca a los Pastores el manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el orden de las realidades temporales.

«Es preciso, sin embargo, que los laicos acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana; el cooperar, como conciudadanos que son de los demás, con su específica pericia y propia responsabilidad, y el buscar en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana y se mantenga adaptado a las variadas circunstancias de lugar, tiempo y nación» (AA 7).

Por el contrario, cuando los Pastores sagrados dan a los laicos la doctrina política de la Iglesia muy escasamente o solo en formas «políticamente correctas», es decir, según el mundo; cuando les prestan un auxilio espiritual insuficiente, y cuando en cambio, por acción o por omisión, les imponen ciertas opciones políticas concretas, hacen justamente en todo ello lo contrario de lo que deben hacer. Y se producen entonces unos efectos que no es necesario describir, porque desde hace medio siglo ya están ante nuestros ojos. Es un desastre.

El clericalismo ha sido generalmente nefasto en la vida política del pueblo cristiano. No tienen autoridad los Obispos para enseñar que, por principio, conviene más que los católicos se diseminen por los diferentes partidos ya existentes, ya que no es ésta la doctrina de la Iglesia. No es tampoco competencia suya discernir si son o no convenientes los partidos confesionales en su nación. Y los laicos no están obligados a seguir esos eventuales discernimientos políticos concretos, pues son ellos quienes deben decidir en estas cuestiones «con su específica pericia y propia responsabilidad». Por otra parte, no todos los laicos coincidirán ni en sus discernimientos, ni en su vocación personal o de grupo.

Una cosa es, como ya dije, que los laicos procuren la aprobación de la Jerarquía cuando pretenden organizar, por ejemplo, una gran manifestación, con asistencia quizá incluso de Obispos en la misma (114-115). Y otra cosa es que hayan de esperar la aprobación de los Obispos, cuando ésta falta, para «coordinar sus fuerzas» en la acción política concreta, tal como lo recomienda la Iglesia (LG 36).

El clericalismo político lleva implícita la convicción de que el orden natural no tiene consistencia propia, y que las opciones políticas deben tomarse con el objetivo directo de favorecer a la Iglesia. Pero la acción política tiene en la procura del bien común temporal una entidad natural propia, que es anterior a la existencia misma de la Iglesia. Debe ser cristianizada, pero no clericalizada. La gracia perfecciona la naturaleza, pero no la suprime, y debe regirse por sus propias leyes.

Por otra parte, Obispos y sacerdotes no suelen tener la preparación necesaria para el gobierno civil de la sociedad. Y además, siendo ministros de la misericordia divina, no siempre, como es comprensible, saben esgrimir las armas de la justicia para lograr el bien común del pueblo. El gobernante civil, en cambio, «es ministro de Dios, que no en vano lleva la espada, para hacer justicia y castigar al que obra el mal» (Rm 13,4).

–Es deseable que los partidos católicos sean varios, y que no se forme un solo gran partido. Ésta es una cuestión importante, que dejo para el próximo artículo.

José María Iraburu, sacerdote

Post post.- En este articulo me ha ayudado especialmente el de Luis María Sandoval, La pluralidad de partidos políticos, en la Revista Arbil nº 69.

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La pluralidad de partidos católicos

por Luis María Sandoval http://www.arbil.org/(69)sand.htm

Revista Arbil nº 69

Arbil cede expresamente el permiso de reproducción bajo premisas de buena fe y buen fin

El artículo se estructura tratando los siguientes contenidos lógicos: El régimen de partidos;
La democracia y los católicos; El error de eludir la política; Partidos confesionales; Riesgos falsos y verdaderos; Autonomía de los partidos católicos; Genuino interés político; Pluralidad de partidos; La larga marcha de los partidos católicos

La pregunta previa a cualquier cuestión sobre los partidos católicos es si los partidos, en sí mismos, son lícitos y buenos.

Porque conviene recordar que la crítica al régimen partitocrático ha sido un elemento continuo de buena parte del pensamiento político católico de los siglos XIX y XX.

Ya fuera por tradicionalismo –entendido como intento de continuidad perfectiva del régimen cristiano subsistente antes de las revoluciones- o por respuesta contrarrevolucionaria -es decir por reacción ante la realidad agresiva que han sido las democracias reales, es decir, las liberales- lo cierto es que buena parte del pensamiento político católico se ha mostrado, durante dos siglos, contrario, o muy reticente, ante los partidos políticos.

También es cierto que a favor del régimen de partidos no sólo han estado los liberales católicos, aquellos que a la hora de la verdad son esencialmente liberales y adjetivamente católicos, sino también los democristianos, en el sentido de aquellos católicos que de buena fe han procurado hacer política aceptando las estructuras existentes.

Una segunda verdad es que, en estos dos siglos, TODOS los grupos católicos sin excepción se han organizado, siempre que han podido, bajo la forma de partidos políticos. Esto último no es de extrañar puesto que la mentalidad cristiana es abierta, nada partidaria del disimulo, lo esotérico y lo conspirativo, y además es realista y reformista por principio, rehuyendo el ideologismo que es la fuente de los maximalismos.

Esas constataciones meramente históricas no prueban de suyo nada, puesto que la doctrina católica no procede del consenso, ni de los usos de pocos o muchos fieles, pero sí son orientativas.

Un análisis de la partitocracia, de sus principios y sus realidades, nos llevaría a desviarnos de nuestro verdadero tema, así que nos limitaremos a resolver estas cuestiones previas sin argumentarlas.

La democracia y los católicos

La doctrina social de la Iglesia acepta todos los regímenes y formas de gobierno, con tal de que sean aptos para procurar el bien común, el cual, en su concreción, también depende de los usos propios de los lugares y de las épocas. Ahora bien: el que varios sistemas y formas de gobierno sean aceptables no significa que sean iguales, como el que no sean óptimos no significa que sean ilícitos. Dentro del margen de lo aceptable sigue siendo opinable cual de ellos sea el mejor, tanto en abstracto como en concreto.

En realidad, con las formas de gobierno sucede que sólo son superiores a las otras en orden a cierto aspecto de las características que convienen a la acción de gobierno... pero a costa de no serlo tanto respecto de otra u otras. Cuál de los elementos precisos para el gobierno se deba primar depende de la tradición, de las necesidades del país, de las ideas corrientes en la época y, en último término, de las preferencias de los legisladores.

La democracia es una forma de gobierno conocida y teorizada desde la antigüedad, que la Iglesia acepta perfectamente, con tal –como todas las demás- que no pretenda ser la única forma de gobierno compatible con la Fe cristiana (esta condición es parte nuclear de la enseñanza de S. Pío X en su encíclica Notre charge apostolique, 1910). Y dentro de las democracias, la de partidos, con todos los defectos de éstos, es hoy la más ensayada.

Desde Pío XII en la Benignitas et humanitas (1944) a Juan Pablo II, la Iglesia se ha mostrado dispuesta a aceptar la democracia con tal de que no sea moralmente relativista, ni se crea –como no debe hacerlo ningún gobierno- fuente de moralidad, pero no ha puesto el requisito negativo de la exclusión de los partidos, ni como aparatos gobernantes, ni aún menos de la existencia legal.

Es concebible un régimen democrático de partidos que se turnan en el gobierno según los resultados de las elecciones y que en su conjunto acepte la soberanía última de Cristo (y eso constituye la confesionalidad del mismo rectamente entendida). No por eso desaparecerían los defectos intrínsecos al régimen de partidos, cierto, pero todo régimen los tiene, y poseería la legitimidad cristiana fundamental.

Permítaseme decir que, hoy en día, la existencia de los medios de comunicación social hace que las cuestiones de gobierno estén tan a la vista de todos que es imposible impedir que se formen opiniones; y hay que admitir que, salvo para los verdaderos especialistas, los conocimientos –no la preparación- sobre los más varios asuntos están más nivelados entre las distintas clases sociales que en otras épocas.

Con lo dicho queda claro que, siendo el régimen de partidos lícito en principio, los católicos pueden participar activamente en él, tanto los que no pretenden alterarlo como los que aspiran a sustituirlo, aunque plantea dudas el que estos últimos, los más politizados, fueran susceptibles de adaptarse personalmente a un régimen, entronizado por ellos mismos, en que la mayor parte de las cuestiones de gobierno se decidiera al margen de la opinión pública, incluida la suya.

Importa mucho hacer una reflexión importante: los puristas que han denunciado más acerbamente el régimen de partidos han sido los primeros en constituirse bajo forma de tales, a pesar de sus enrevesadas disquisiciones de que ‘los movimientos’ no son comparables a los partidos, pese a que es evidente que, llámense como se llamen, participan de las características esenciales de agrupar individuos exclusivamente por motivos ideológicos y de combatir a otros conjuntos análogos de distinta opinión por el poder.

El error de eludir la política

Parece evidente que la idea de cristianizar el orden social (y el mínimo imprescindible de encuadrarlo en el Derecho Natural) no debe hacer excepción con la cabeza política de la sociedad civil, y ello por celo apostólico y por pretensión de eficacia.

A las anteriores afirmaciones conviene añadir una argumentación por reducción: hoy en día la oposición a que los católicos actúen en partidos (todavía no hemos llegado a que constituyan partidos propios) no dejaría a los católicos, en buena lógica, más opciones que éstas:

- buscar la recristianización del orden social exclusivamente por medios subversivos (la fuerza golpista o insurreccional);

- esperar, sin motivo comprensible, que una política efectuada por principio sólo por no católicos o todo lo más por bautizados no consecuentes (puesto que se parte de que lo consecuente es no participar en partidos) termine satisfaciendo -¿por qué milagro?- las elevadas exigencias de una política cristiana;

- o limitarse a padecer, permitiéndose todo lo más alguna lamentación, la política cada vez más inmoral que nos quieran infligir los no católicos y los anticristianos.

En cambio, la que no se sostiene lógicamente, siendo la más cotizada, es la idea de que una acción puramente social, pero que se detiene ante el umbral de la política –que es propia de los partidos-, pueda, no ya cambiar aquélla, sino ni siquiera subsistir, sin ser una y otra vez saboteada y desmontada por el poder político. Debe recomendarse muy vivamente la lectura del artículo de Maurras "Las campanas de Suresnes".

No se conocen ejemplos de mozárabes que hayan subvertido por pura presión social la tiranía mahometana, sino que han descaecido bajo ella. Sólo se conocen casos en que la persecución ha cesado y se ha invertido por obra de una conversión milagrosa, como la de Constantino, aunque el camino natural para la preservación de la vida cristiana ha sido el de Don Pelayo.

¿Acaso nos está prohibido poner medios naturales? ¿y nos es lícito tentar a Dios, forzándole al milagro?

Frente a la utopía meramente ‘social’ debemos denunciar sin tregua la mentalidad, seguramente subconsciente, de estos cristianos que se asustan mucho del desorden social y quieren trabajar por el orden cristiano... pero sin entrar en la política propiamente dicha y en los partidos, que al presente son sus actores.

Sin saberlo, son hijos de la mentalidad ambiental del 68 vestida de escrúpulos cristianos: lo único prohibido es prohibir; no cabe imponer, sólo proponer; ni castigar, sólo amonestar. Afirmaciones éstas cuya verdad depende del campo al que se refieran: en el orden religioso la Fe, ciertamente, no se impone, y aún así el Derecho Canónico, dentro de la Iglesia, castiga; en cuanto al gobierno civil, puede incluso que no deba ser predicador y educador, pero sí debe imponer y castigar conductas, llegado el caso, para no perpetrar la enorme injusticia de proteger el desorden con la impunidad.

Si los católicos a los que aludíamos entran en algún partido ‘corren el riesgo’ de llegar a gobernar, ocasión donde no cabe subterfugio para impedir que se vea prevalecer el criterio del gobernante, ni castigar las transgresiones de las normas por él dictadas (y dictadas por tenerlas por buenas). Como retroceden ante esa posibilidad –que más bien debe ser la aspiración natural de quien actúa en política- se refugian en el apoliticismo, y ésa, y no otra, es la raíz subyacente, de la impotencia cristiana en la política del siglo XXI vestida de espiritualismo.

Con inculcar bien la anterior idea, repitiéndola abundantemente, se justificaría de sobra hoy cualquier artículo.

Sin embargo, conviene seguir presentando las grandes líneas del cómo han de ser los partidos de los católicos, resuelta al cuestión de que la participación en ellos les es lícita.

Nos detendremos en cuatro grandes cualidades. Han de ser confesionales, autónomos, genuinamente políticos y, sobre todo, plurales.

Partidos confesionales

Recientemente un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe, enormemente valioso por otra parte, ha acumulado reticencias sobre la palabra ‘confesional’. En otro lugar nos hemos referido a ello ("Deberes de los católicos en política. Un recordatorio vaticano" en Arbil nº 66 y en "Relanzamiento de la política católica" en Verbo nº 141-142).

Pero la noción, que es lo importante, sigue siendo válida por argumentos de magisterio, de razón y de experiencia.

Cuando el Concilio Vaticano II enseña que "deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo" (Dignitatis Humanae 1,3) el plural de "sociedades" no sólo se refiere a todos los estados del mundo, sino a toda la escala de las sociedades de las más pequeñas a las más grandes.

Para quienes conocen la doctrina de las encíclicas Immortale Dei y Quas primas (de León XIII y Pío XI) la tienen bien presente, y aspiran, naturalmente, a que el Estado español vuelva a ser, como debe, confesionalmente católico, la confesionalidad de los partidos de los católicos es mucho más evidente. Pero para todos deber ser menos objetable, puesto que son asociaciones voluntarias. Cabe entender el falso reparo acerca de la confesionalidad católica del estado, pero no que una agrupación voluntaria de católicos repudie el ser católica.

La colaboración con los no cristianos de buena fe –excusa esgrimida para ello- no debe olvidarse, cierto, pero (con ser caso más teórico que práctico) puede realizarse perfectamente en ámbitos comunes más amplios que salvaguarden la existencia de ambientes puramente católicos, donde los fieles se alienten recíprocamente en vez de correr el peligro de entibiarse y dejar de reconocer, con la práctica de omitir la referencia a Cristo, quién es lo fundamental.

El deber de confesar a Cristo como Señor, de Quien aspira a seguir -a pecadores trompicones- sus enseñanzas, es común a todo cristiano, solo o asociado, en cualquier terreno. Todo en nuestra vida debe hacerse para Gloria de Dios. Y el confesarse públicamente cristiano, individual o socialmente, es un acto de adoración que atrae, a su vez, particulares gracias del Cielo.

Por otra parte, como enseña el Catecismo, la confesionalidad católica es la perfección sobrenatural de un imperativo natural: toda sociedad es, explícita o implícitamente, confesora de un orden de valores al cual se remite (CEC §§ 2244 y 2257).

Finalmente, de la existencia de sociedades que pretenden ser católicas se derivan bienes insustituibles para la Iglesia, los fieles, y las almas en general.

En suma: la confesionalidad de las sociedades es un deber, y para los fieles es un derecho poder organizarse confesionalmente para promover el cumplimiento de ese deber.

Frente a todas estas razones persiste la ‘sapientísima’ receta de organizar (siempre con cristianos como punto de partida) asociaciones, y hasta partidos, que satisfagan las exigencias cristianas pero no confiesen abiertamente su dependencia del Dios del Cielo y Encarnado. Creen que de ese modo atraerán a gente ajena, de otro modo mal predispuesta, aunque más bien parece, en realidad, que sólo pretenden evitar al máximo el atraerse descalificaciones y persecuciones. Ojeriza que, pese a ello, padecen igualmente, por católicos, por mucho que nieguen ser galileos.

Ante esta idea, originalísma y prudentísima, de la confesionalidad implícita, todo recuerdo del deber cristiano de confesar a Cristo socialmente según la doctrina tradicional, toda argumentación de que, a la postre, el derecho natural requiere en nuestro estado de naturaleza caída una guía positiva y negativa externa, la Revelación y el Magisterio, y todas las ventajas inherentes son obviadas. O no se citan, o se conceden de dientes para fuera para centrarse en el acto únicamente en sus desventajas (nunca se pesan en la balanza siquiera ventajas e inconvenientes).

Su argumento nuclear es que un partido confesional compromete a la Iglesia a los ojos de todos, por lo que parará –al parecer indefectiblemente- en mal. Eso sin contar con que conceden igualmente, como si fuera intrínsecamente necesaria, la deriva cesaropapista o hacia la tiranía religiosa de la recta política confesional.

Esta aversión a la confesionalidad, no ya de los estados, sino aun de los propios partidos de los católicos, debe rebatirse no sólo afirmando los argumentos de autoridad y razón, sino redarguyendo con fuerza.

Un partido perfectamente cristiano en su contenido, pero sin la confesión explícita de su Fe es, a más de una fantasía, un cristianismo sin Cristo, es decir, un reconocimiento de que Cristo es superfluo, y la confesión de que el cristianismo es concebido como ideología conjugadora de doctrinas y virtudes benevolentes, a cuyo desarrollo lógico se supedita todo, incluso el dato revelado. Por el contrario, debemos creer –con auténtica Fe- que Cristo sabe muy bien lo que hace, y no vulnera la más perfecta tolerancia cuando exhorta a bautizar a todas las gentes en nombre de la Santísima Trinidad, en vez de conformarse con que cada cual adore lo que quiera, con tal de que sea filantrópico y tolerante.

Los que promueven esa confesionalidad implícita de los partidos no comparten en su alma semejante postura blasfema, aunque sus actitudes externas sólo sean lógicas conclusiones respecto de tal premisa. No meditan mucho sobre ello, y les guía una pasión bastante más superficial.

Cuando afirman que partidos políticos católicos desacreditarían la Iglesia y la Fe, no pueden pensar, sin imprudente injusticia, en que los católicos que en ellos formarían serían necesariamente corruptos, incluso en mayor medida de la que pueda ser considerada usual entre pecadores, bautizados o no.

En el fondo, piensan que todo gobierno, el cual, para regir la sociedad, adopta una línea de pensamiento y urge el cumplimiento de unas normas a tenor del mismo, IMPONE su conciencia a otros y, a la postre, ¡CASTIGA sensiblemente! Y ambas cosas les parecen escandalosamente anticristianas. Retornamos al contagio del espíritu ácrata del 68, firmemente arraigado en la generación nacida entonces y criada en esa atmósfera.

No es tan cierto que rehuyan la responsabilidad del gobierno –y rehuir responsabilidades por principio tampoco es bueno- sino la impopularidad.

Frente a ellos, es preciso recordar que la elección entre posibilidades incompatibles es una necesidad natural, que la persuasión no es suficiente para todos, y que la verdad social es la mejor norma, aunque algunos no la acepten. Suprimir el divorcio –en orden de principio- es un bien según la enseñanza divina, por lo que negarles la posibilidad de divorciarse a los que lo desean, y dicen no ver la natural indisolubilidad del matrimonio, no es infligirles una privación injusta. Claro que hace falta para todo esto un mínimo de sana filosofía y un elevado grado de Santa Fe.

Existe un importantísimo argumento a favor de los partidos confesionales que no se debe omitir.

La estrategia aconfesional se viene ensayando en España desde la transición y es la que ha fracasado y nos ha conducido a la negra situación presente (y sus aún más oscuras perspectivas).

La aconfesionalidad, la confesionalidad implícita, no son novedades maravillosas, sino antiguallas gastadas.

En la época de Tarancón los obispos españoles desdeñaron la importancia de la confesionalidad de la constitución y frenaron positivamente el intento de crear partidos cristianos, incluso de los más tibios democristianos. Las consecuencias visibles son que una mayoría de diputados cristianos alumbró una Constitución que no deja lugar a Dios, pero sí para que el órgano que la propia Constitución prevé para ser interpretada autorizadamente sentencie que en ella cabe el aborto legal.

Y cuando un partido ha llegado sostenido por el voto de los cristianos más practicantes, incluso mostrado como mal menor y bien posible, tras la implantación del aborto, ese partido no tiene ni siquiera una corriente cristiana en su interior, y no ha hecho ni la más mínima intención de hacer retroceder los males morales legalizados, ni de contener los nuevos, sino más bien la de unirse moderadamente a ellos.

La experiencia reciente es una maestra inolvidable de la política. Lo que hemos tenido no ha funcionado. ¿Cuándo llega la hora de permitir que se prueben otras recetas?

Son ya veinticinco años de vida constitucional sin que se prediquen ni respalden partidos confesionales. ¿Cuántos harán falta para reconocer el fracaso de la táctica (además de errónea doctrina) de la confesionalidad innecesaria o implícita? ¿Un siglo entero? Esperemos que baste la desaparición de todos los que fueron sus fautores para que los ojos limpios de los que observen la realidad y la doctrina se orienten sin el prejuicio de sostenella y no enmendalla .

Riesgos falsos y verdaderos

Hay, ciertamente, peligros que evitar. Algunos de modo muy simple.

Que un partido sea constitutivamente católico (y no de católicos, como no es lo mismo un colegio católico que un colegio con profesores y alumnos mayoritariamente católicos) no implica ni requiere que se titule tal en su nombre (a tenor del canon 216 todos los fieles tienen el derecho de promover con iniciativas propias –y las políticas no están excluidas- la actividad apostólica con tal de que no se atribuyan el nombre de católicas).

Por lo demás la confesionalidad es una declaración que admite infinidad de grados, maneras y expresiones. Si en un tiempo la expresión ‘inspiración cristiana’ sirvió para desvirtuar la firmeza del compromiso público con la doctrina cristiana, hoy, en sí misma y en nuestras circunstancias, puede ser signo de compromiso público con la Fe de Cristo, su Doctrina, su Iglesia y su Magisterio.

El otro grave peligro es que un partido oficialmente católico se sirva de la Iglesia en vez de servirla. La rectitud de intención es la que califica aquí el comportamiento de los interesados y sólo Dios la escruta en su intimidad.

Pero externamente, la Congregación para la Doctrina de la Fe nos ha regalado un reciente documento donde nos fija criterios muy claros:

Los legisladores cristianos –políticos surgidos de los partidos- "tienen la «precisa obligación de oponerse» a toda ley que atente contra la vida humana". Esa obligación, para ellos y para todos los fieles, se extiende a no participar en campañas de opinión favorables a semejantes leyes. Por supuesto, "a ninguno de ellos [los legisladores] les está permitido apoyarlas con el propio voto", caso particular del deber que tiene todo católico: "la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral".

Acerca de estos mínimos, negativos y tajantes, cabe notar que si la atención primera de la Santa Sede se sitúa en el ‘evangelio de la vida’, a continuación se añade que las "exigencias éticas fundamentales e irrenunciables" que los motivan no se reducen a ese campo, y tampoco sólo al familiar, con expresa referencia de oposición a "las leyes modernas sobre el divorcio", sino que se extiende a otros puntos fundamentales como la libertad de los padres en materia de enseñanza, la libertad religiosa y la alusión a una economía justa.

Sí se sirven de la Iglesia los políticos que procuran atraerse el voto católico sólo en tiempo de elecciones, pese a un comportamiento legislativo negligente o adverso el resto del cuatrienio. Para justificarse apelaban antes al mal menor y hoy, con más descaro, al bien posible.

En este punto debemos ser muy intransigentes con el lenguaje: el mal menor es un mal, se reconoce como tal, y, por lo tanto, obliga siempre en conciencia a salir de él cuanto antes; el bien posible, en cambio, es ontológicamente un bien, y podemos contentarnos con él aunque aspiráramos a otro mayor.

Es preciso no permitir la confusión: entre el más ínfimo de los males y el más pequeño de todos los bienes pasa la importantísima línea de lo que es grato a los ojos de Dios y lo que no.

La confusión en cuestión se aprovecha de un equívoco del lenguaje: ‘bien’ puede ser sustantivo o adverbio. Como hecho, como situación o como ley, un mal menor no puede confundirse con ningún bien, en tanto que la acción de reducir un mal y sustituirlo por otro menor sí puede ser un comportamiento bueno y meritorio; pero aquí el mérito del agente no puede confundirse con la bondad de la cosa.

Resumamos: un partido católico ha de serlo constitutivamente por el reconocimiento de Cristo y el serio propósito de atenerse a su ley, que la Iglesia nos transmite. En eso consiste ser confesional. Y las dificultades que se presentan contra su existencia no son concluyentes.

Autonomía de los partidos católicos

Aunque el Concilio diera énfasis especial a la afirmación de la autonomía del orden temporal, esa ha sido la doctrina constante de la Iglesia siempre.

Un partido católico no debe ser un partido del clero. Es entonces cuando compromete a la Iglesia de verdad y no cumple su verdadera misión.

Entre los católicos tentados de ‘espiritualismo’ está muy difundida la noción de que un partido católico –¡ése que al mismo tiempo quieren definir como aconfesional!- debe tener por única misión estar al servicio de la Iglesia. No es así.

Un partido católico debe estar al servicio de Dios en lo que es propio a la política, que es el bien común temporal. Debe configurar dicho orden de modo que satisfaga los divinos designios al respecto. Luego, también debe contribuir más directamente a preparar los caminos del Evangelio y amparar y favorecer a la Iglesia, pero después.

El gobierno concreto de las sociedades, que es muy distinto del puro enunciado de sus principios morales rectores, y en particular de sus límites negativos (que sí son de incumbencia de la Iglesia), permite muchas soluciones. No es competencia de los clérigos, que tienen las propias, intervenir en ello, ni corresponde a los laicos permitirlo. Y es una particular indignidad para los mismos reducirlos a ejecutores de las decisiones ajenas, a veces, incluso, responsables para asumir el pasivo de la acción de gobierno, pero no libres para fijar la más mínima decisión de gobierno.

Lo peor del riesgo de clericalismo es que ha sido interiorizado por muchos laicos, sobre todo si piensan que el orden temporal no tiene consistencia propia, ni merece su propia atención amorosa. Si todo se reduce a servir a la Iglesia, es muy fácil pensar que la Iglesia docente debe indicar en cada momento al detalle lo que quiere. Y esto es un error, pues a veces los laicos pueden dar generosamente lo que los clérigos no se atreverían a pedir, y otras deben rechazar por prudencia solicitudes inoportunas.

Conviene ver, incluso, que la preparación espiritual del sacerdote es inadecuada para el gobierno civil.

El sacerdote es ministro de la misericordia divina, y no sólo nos imparte repetidamente su perdón sino que tiene que exhortarnos todo lo posible a la indulgencia recíproca.

En cambio, no siendo la mira específica de la política ni íntima ni eterna, debe trazar límites claros a las conductas que se sancionen con castigos condignos. La justicia humana sin la espada en la mano sería ineficaz objeto de todas las burlas.

No convendrá que un sacerdote sea implacablemente riguroso, pero tampoco que un gobernante sea indulgente por sistema. La necesidad de una energía de tipo disuasorio en la política interior y exterior es otro motivo adicional para la autonomía de los partidos católicos respecto del clero (desde el menor de los predicadores a los obispos y al Papa).

También es inmediato el riesgo de clericalismo cuando se plantea la existencia de un único partido político católico. Por ser único y pretender representar a todo el laicado, es más fácil que la Jerarquía vele sobre sus decisiones tan de cerca, a causa de su trascendencia para toda la Iglesia, que lo convierta en un satélite.

Todos queremos doctos predicadores y santos confesores, pero ni siquiera a ellos les consultaríamos nuestras preferencias legítimas en materia de vivienda o finanzas. Incluso en materias muy delicadas, como la educación de los hijos, resulta inaceptable pensar que la oportunidad concreta de un premio o un castigo, y cual haya de ser, se ponga en manos del sacerdote. Otro tanto puede decirse de muchas otras esferas, política incluida.

Puesto que no podemos delegar nuestra responsabilidad personal, tampoco como gobernantes, mantenemos siempre nuestra libertad, máxime cuando las cuestiones de soluciones concretas, acatados los principios católicos, pueden ser discutibles... porque son libremente opinables.

Los partidos católicos deben atenerse a la Doctrina de la Iglesia, pero dentro de este marco no deben someterse al criterio personal de los clérigos, y ni siquiera a la propia política institucional de la Jerarquía.

Genuino interés político

La política rige la polis. Y la polis deriva de la familia. Y la familia, construida sobre el matrimonio, es una institución natural, anterior al cristianismo y a la Iglesia, aunque Cristo elevara aquel a la dignidad de sacramento.

Del mismo modo, la política es una actividad natural que debe ser cristianizada, pero que posee una entidad anterior a la Encarnación.

Se equivocan quienes piensan que una política debe ser católica por todo contenido, que es mérito para un partido ser ‘sólo’ católico, que basta como programa la Doctrina Social de la Iglesia.

Por el contrario, los partidos católicos deben poseer un genuino interés político, ser manifestación de una pasión política rectamente ordenada.

Es este asunto simple pero muy importante.

La Doctrina Social marca principios y límites, pero no indica contenidos, así que no puede ser un programa. Sin propósitos concretos que orientar, los principios no pueden llegar a manifestarse, y lo más claro que restan son los límites intransgredibles.

Con lo que resulta que un partido sólo católico es el partido del ‘no’ y sólo del ‘no’. No al aborto, no a la reproducción asistida, no a la clonación, no a la eutanasia, no a la juridización de las parejas de hecho, no a los pretendidos matrimonios homosexuales, no al divorcio, no ...

Tal programa no es el de una política, sino el de una oposición. Y no es particularmente atractivo, desde luego.

La Religión católica no ha desdeñado nunca lo natural, que salió valde bona de las manos de Dios. La atracción por una política concreta, por determinada propuesta de medidas, debe ser el elemento natural que contribuya a acrecentar la fuerza de los partidos católicos.

Toda vocación debe estar servida –no dominada- por la pasión correspondiente, para que se lleve a plenitud y no se cumpla decorosa pero fríamente como compromiso (Víd Catecismo de la Iglesia Católica § 1770). La política católica deben encabezarla laicos con pasión política y genuino interés por la política, con tal de que quieran mantenerse dentro de lo que la Ley de Dios pide, aunque, por supuesto, es mejor si desean sobrenaturalizarla haciéndola, en lo que puede, instrumento de evangelización.

Si un partido político existente de identidad marcada (republicano, por poner un ejemplo) decidiera a partir de un momento dado ser y actuar como católico, debería ser recibido con alborozo por todos los hijos de la Iglesia, y no cabría exigirle que renunciara a un pensamiento político discutible pero lícito. ¿Cómo, entonces, rechazar a un partido que nace católico porque sus promotores le dan una identidad opinable determinada? Sólo si se teme la descalificación de los ajenos y no se entiende lo que es la encarnación en el mundo.

Es curioso y tristísimo que para los partidos católicos se desconfíe de los que tienen vocación política de perfiles definidos.

La medicina y la enfermería con profesiones aptísimas para ejercer el apostolado cristiano de la caridad; y sin embargo nadie recomendaría a un chico o chica que desean hacer de su vida un ejercicio particular de caridad y apostolado el hacerse médico o ATS si no manifestara una atracción singular por esa actividad. En orden a constituir la propia familia, el considerar que en ella se comparta la vida religiosa debe ser una prioridad; pero nadie recomendaría iniciar un matrimonio indistintamente con cualquier éste o aquella con tal de que fueran buenos cristianos, sin mayor atracción recíproca.

Sin embargo, perteneciendo la política originariamente al mismo orden natural que la profesión o la familia, eso mismo es lo que se hace cuando quieren promover una política cristiana aquellos que reconocen que sólo les interesa de ella revocar los pecados institucionalizados y servir a la Iglesia (sin darse cuenta de que cosa tan material como una buena política de vivienda coopera a la fundación de matrimonios, y que una justa política de empleo y salarial facilita la natalidad). Esa es la perspectiva en que pueden parar muchas iniciativas políticas nacidas de los movimientos apostólicos.

Por el contrario, lo cierto es que los partidos católicos deben encabezarlos políticos vocacionales y poseer identidades definidas, cada una de las cuales supondrá un factor de atracción natural de cierta categoría de gentes para una postura católica.

Que los partidos católicos posean su propia identidad puramente política, y una visión de conjunto de la cosa pública no es sólo conveniente y debido, sino ineludible.

No basta definirse con posturas sobre cuestiones sectoriales, por importantes que sean: antes o después los partidos existentes, incluso cuando no gobiernen, habrán de apoyar o rechazar iniciativas ajenas a esos campos. El ejemplo de los ‘verdes’, que de intereses puramente parciales se han convertido en algunos países en opciones de conjunto no refuta cuanto decimos, sino que lo confirma: los verdes han recurrido al fondo izquierdista (y sobre todo de sus ‘antis’) del que procedían sus integrantes.

Los partidos que niegan poseer una visión de conjunto enmarcable en determinada escuela no dejan de tenerla realmente. Lo lamentable es que esa visión, sobre ser inconsciente, es la que dominaba –máximamente vulgarizada- en la infancia de sus gobernantes. No sólo se maneja sin conocimiento pleno, sino que está anticuada y falta de rigor.

Un partido político católico meramente sectorial, sin posiciones políticas de conjunto definidas, las tiene implícitas, pero al mismo tiempo devaluadas y hurtadas a la crítica. Y así, puede darse el caso de que un partido que sólo exija rechazar el aborto y otros atentados contra la vida, diciendo no hacer distinciones de procedencia religiosa o política, termine considerando como causa de exclusión de su seno la aprobación de la Constitución de 1978.

La identidad política es necesaria e ineludible. Mejor es que sea pública y bien perfilada.

Pluralidad de partidos

Llegamos al punto fundamental, a inculcar hoy en día, repitiéndolo hasta crear un ambiente: la pluralidad de partidos católicos.

Cada vez que alguien sugiera lo mal que está el orden político en orden a la vida cristiana debemos decirle "hacen falta partidos católicos", y cada vez que alguien diga "haría falta un partido católico" debemos corregirle sin demora "harían falta partidos católicos". Unas veces debe dejarse dicho de paso, otras debe marcarse la corrección, y otras detenerse en ella con todo tipo de argumentos, pero esta insistencia en el plural es capital para que el renacer que se anuncia no se frustre.

No tenemos ninguno y ya queremos varios. ¿No es eso dividir por anticipado? De ningún modo, es pensar en lo verdadero y a lo grande. Y evitar peligros ciertos.

El partido católico único es el que verdaderamente queda identificado con la Iglesia ante los ojos del público, por lo que mueve a los Pastores a controlar hasta sus pasos más modestos. Un partido católico único sí que compromete a la Iglesia y sí que tiende al clericalismo.

Con un partido católico único se acaba la libertad política de los católicos. Para estar abierto a todos debe ser poco definido, no fundarse en una identidad sugestiva sino en mínimos, ser el partido unido en las negaciones.

Los católicos con propósitos políticos positivos –naturalmente diferentes y divergentes- serían todos por igual sometidos a los católicos sin vocación política, a sus ideas pobres, a su falta de pasión, y a su escasa aptitud para la maniobra y el combate.

Parece que un partido único es malo si es ‘fascista’ pero es buenísimo y obligado para los buenos católicos. Idea demasiado sospechosa de poco democrática y poco cristiana.

El partido único coarta la libertad en lo opinable para siempre. Antes del triunfo porque hay que unirse para conquistar el gobierno, y después porque si nos dividimos lo perderemos.

Y ¿quién imperará en ese partido para siempre? La táctica de los que primero hayan levantado la bandera de un partido ‘sólo católico’, si antes no hemos conseguido divulgar la noción de pluralidad de partidos confesionales pero con identidades políticas diferenciadas.

Un partido único cristiano es un canonizador de las estructuras presentes: siempre será extremismo intentar cambiarlas, lo común es aceptar lo existente como punto de partida. Y si un católico discrepa de las autonomías, del bicameralismo o de esta monarquía, por ser católico habrá de renunciar a ello.

La unidad necesaria ante algunas leyes inicuas (que no para todo) o para las campañas electorales puede conseguirse por medio de alianzas. En ese aspecto nos vemos favorecidos por un sistema electoral bastante proporcional que no impone inexorablemente el bipartidismo o la bicandidatura (en cambio la existencia de listas cerradas es contraria a los partidos monotemáticos). La pluralidad de partidos políticos católicos puede generar el beneficioso efecto para la democracia de auténticas primarias para la composición de listas de coalición, en vez de la reproducción indefinida de la cúpula partitocrática.

Anotemos también que la unidad de disciplina es una exigencia marcial de tiempos de guerra. Es la que reclamaron –infructuosamente- los obispos de Vitoria y Pamplona a los católicos del PNV cuando estalló la Cruzada. Pero no es lícito regir permanentemente una sociedad –en este caso los partidos católicos- bajo una permanente ley marcial.

Pero sobre todo cuando no se conduce una confrontación, sino el apaciguamiento por sistema. Es vergonzoso apelar a la ley marcial y negar que se está en guerra, reprimiendo a los que desean obrar en consecuencia con la existencia de abiertos enemigos de la cristiandad en el orden de la política.

La pluralidad de partidos católicos respeta las legítimas opciones concretas de los fieles en cuanto ciudadanos. Depura la participación política de los cristianos de aquellos líderes y tácticas que pierden apoyo. Y permite presentar una imagen anticipada de lo que sería un régimen democrático cristiano: aquel en el que hubiera diversidad de partidos, turnantes según los votos obtenidos dentro de un marco moral intangible, el de los mínimos de la confesionalidad católica.

Lo que se exige para que lleguemos a ver esto es la insistencia machacona en el plural: partidos políticos cristianos. Y la concepción de que debe existir un marco de reconocimiento y entendimiento mutuo entre esos partidos que debe auspiciar la Jerarquía. No se trata de primar a los más numerosos, ni de mimar a los menos comprometedores, sino de que todo el que sea confesionalmente católico, por pobre o discrepante en lo opinable que sea, sea reconocido y tratado como partido hermano.

¿Reconocería su partido como católico a otro minoritario? ¿o le impondría la absorción?

¿Y a otro programáticamente republicano? ¿sería eso provocador en nuestra España o muestra de apertura a la izquierda?

¿Y a un partido tradicionalista o de estirpe franquista? ¿o éstos, aunque sean católicos, deben ser proscritos para no contaminar, pese a que nunca han dejado de promover todo el mínimo –y mucho más- del Evangelio de la vida y la familia, mientras otros aún no habían despertado a la necesidad de custodiar el orden social natural y cristiano desde la política?

Ante esas preguntas podemos encontrarnos quienes de hecho añaden requisitos puramente humanos (y muy discutibles) a los de la Ley de Dios para reconocer a sus hermanos cristianos en política. Lo peor es que desde la concepción de un partido católico único, los que no formen en él no serán buenos católicos. Lo cierto es que el partido católico aconfesional y apolítico ha sido siempre sumamente intolerante para con los católicos que en política eran confesionales y predicaban opciones definidas.

La larga marcha de los partidos católicos

Desde luego, esta doctrina frustra por anticipado la visión de los que creen que algún día todos los que van a Misa, movidos por todos los párrocos, votarán a un mismo partido. De ese modo se hacen unas felicísimas cuentas de la lechera. Sueñan. Y sueñan por no sufrir enfrentándose a la verdad del ascenso penoso, peldaño a peldaño.

Y es que implícitamente se añade subrepticiamente al concepto de partido católico una nota espúrea: ha de ser un partido de inmediatas posibilidades de triunfo, cuyo voto sea útil desde un principio, un partido que se hurte a las leyes de la naturaleza política y que no haya de afrontar la lenta implantación y la dura travesía del desierto.

Uno de los motivos del énfasis en la unidad de partido católico, aparte de los errores ya mencionados, es el miedo a la soledad y a lo arduo; y unos promotores medrosos no son los mejores caudillos.

Concluyamos:

- hemos de predicar cuanto antes la pluralidad de partidos confesionalmente católicos

- se han de fomentar nuevas iniciativas, así como relanzar las de quienes no dejaron nunca de pensar en política cristiana

- y hemos de empezar a sondear relaciones de fraternidad y alianzas.

De otro modo el futuro de los católicos españoles, tras una ausencia global de veinticinco años de la política, se delinea con mucha probabilidad tras algún partido meramente sectorial, no político ni confesional, que primero se ponga a hacer campaña en los ambientes católicos (¡tan reafirmado en ser aconfesional como en presentarse como voto católico!); que será, mientras dominen las erróneas nociones de partido sólo católico y aconfesional el que recomienden los sacerdotes y movimientos a los fieles que se interesen por un partido al que votar que no sea al PP; y que será el que conduzca a los cristianos a todos los atolladeros de la política aconfesional, conducente a una política a medias y una satisfacción de nuestra religión a medias.

Es esta una cuestión que reclama ya que se abra un franco debate en los medios católicos. Por lo mismo que ha de ser la nuestra una larga marcha debe planearse bien y debe comenzarse ahora mismo.

·- ·-· -··· ·· ·-··
Luis María Sandoval

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Ricardo de Argentina

Bueno Padre, es éste un final a toda orquesta. ¿O no es el final todavía?

Reconozco que me ha sorprendido, su propuesta es realmente revolucionaria, de tan obvia que es.
Me parece que vivimos tan confundidos que lo obvio pasa por delante de nuestras narices y no lo percibimos.

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JMI.- No, hijo, no. No es el final.
Y yo que pensaba dedicar en REFORMA O APOSTASÍA no más de 2 o 3 artículos a la necesidad de reactivar la misión política de los católicos... Y ya ve usted.
Por lo visto, es que me cuesta explicarme. 20/01/11 7:28 PM

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Eduardo Jariod

Mientras vivamos en (o padezcamos) una sociedad profundamente descristianizada como la actual, y siendo ésta la que elige democráticamente a sus representantes, poco se va a poder lograr por medio de los partidos políticos confesionales. Occidente no es el Islam fundamentalista. Es un pueblo secularizado o apóstata quiene elige a sus líderes; este es el hecho del que debemos partir para analizar la situación actual. Lo demás son desarrollos doctrinales tan hermosos como irreales e irrealizables. Y ni lo irreal ni lo irrealizable es el terreno de la política. O no lo debería ser. 20/01/11 9:29 PM

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Alejandro

Todo esto que Vd. explica necesita de un tiempo muy largo para ponerse en práctica, y ya no queda tanto tiempo, porque se están dando los signos de los últimos tiempos, previos a la Parusía, como son: Apostasía general y pronto veremos al anticristo sentado en el trono sagrado. No lo digo sin motivo.
Nª. Madre nos ha dado casi cuatrocientos mensajes en el Escorial y entre ellos se encuentran algunos que hablan del anticristo: "Hija mia el anticristo se encuentra muy cerca de mi Vicario y le hace mucho de sufrir. Pronto se va a desenmascarar y quiere sentarse en el trono sagrado". Despues de saber esto, me atrevo a decir que "vamos a vivir la Parusía", como bien nos explicó en su homilía el Padre José Ignacio en la Misa celebrada en el Valle de los Caídos el dia 12-12-2010.
Un saludo.
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JMI.- El fin del mundo inminente ha sido anunciado a lo largo de los siglos de la Iglesia muchas veces, y en ocasiones por santos. San Vicente de Ferrer, por ejemplo, hacia 1400.

"De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre" (Mt 24,36). 20/01/11 10:01 PM

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Ricardo de Argentina

Eduardo, permíteme dos acotaciones a tu comentario:
Primera, que si se logra poco como dices, eso no obsta la propuesta del Padre. Él no asegura que se logre mucho, ni falta que hace, nuestro es el bregar, de Dios el triunfo, El da la victoria. Si quiere y aún contra las previsiones humanas más confiables.
Segunda, que no es el pueblo quien elige a sus líderes. Ni tampoco sus líderes son sus líderes, sino meros gerentes. Es el Partido quien los elige, y la ciudadanía OPTA entre las pocas propuestas viables que se le ofrecen. Y opta por gerentes, por gente manejable, generalmente con algún pasado que esconder, por lo cual son más dóciles todavía.

Ahí está la esencia del sistema democrático, ahí está la trampa : sólo te permiten optar por los malos elegidos por los partidos. Cosa que ellos cínicamente confirman cuando se autodefinen como "el menos malo de los sistemas". Pues sí, el malminorismo es ley y es norma en democracia : te ofrecen dos malos, elige!

Por eso la propuesta del Padre es revolucionaria, porque rompe este esquema ofreciendo a la ciudadanía una o más opciones BUENAS. Pues eso es algo nunca visto en la democracia. 21/01/11 12:10 AM

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Martin Ellingham

P. Iraburu:

Acaba usted de dar meter el bisturí en el núcleo de un viejo problema: la distinción entre confesionalidad formal y sunstancial. Ojalá tuviera tiempo para explicarme más y mejor, pero sólo puedo decir lo siguiente: la distinción es útil se se quiere evitar partidos "decorativamente" católicos; es nefasta si se emplea para suprimir, o banalizar, la dimensión formal de la confesionalidad católica, y olvidar que hay de deber de confesar públicamente a Cristo tanto en un plano individual como comunitario.

La distinción que mencionó, se utilizó para tergiversar el Magisterio, y desmontar la confesionalidad de un Estado; se dijo que sólo importaba la inspiración cristiana pero no el culto público. Luego se redujo la inspiración cristiana a derecho natural, suprimiendo lo divino-positivo. Y así llegamos a la tragedia actual.

También acierta Ud. al señalar el efecto anestésico de conciencias que tiene el liberalismo católico: es muy cómo
do no entrar en colusión con el mundo, y disfrutar de los beneficios de una clase parasitaria pagando peaje doctrinal.

Felicitaciones. Porque la verdad no depende del número, mal que le pese a la "neo ortodoxia" dominante...

Saludos.


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JMI.- Añado en negritas un par de sílabas que, me parece, se lo despistaron. 21/01/11 12:10 AM

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Fijo Ð Algo

Me pregunto yo,(si no es mucho preguntar), si usted Padre ha tenido en cuenta en todo este asunto de los partidos confesionales, a la labor de los "hijos de las tinieblas", que harán su parte.

Digo esto, porque ya han existido, y me consta que existen hoy por hoy, partidos confesionalmente católicos, en Occidente.

Ahora bien, los hijos de las tinieblas (sean estos hijos del liberalismo, del socialismo, del comunismo o simplemente de la viuda), como buenos cucos astutos que son, tienden a plantar sus propios huevos en los nidos de los partidos confesionales, para que una vez que despunten los otros "huevos", estos polluelos "cucos", deboren a sus "hermanos" nada mas salir del cascarón, neutralizando efectivamente al partido confesional desde sus adentros y desde sus inicios.

Es así, y en mi opinión, como no hay partido confesional que prospere y que haya prosperado a día de hoy.

No sé si a usted, le parecerá una teoría conspiranoica o no. El caso es que ahí lo dejo, en caso de que tenga que decir algo al respecto.

TVENSJC 21/01/11 8:55 AM

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Alejandro

No me he metido con sus articulos que me parecen católicos al cien%, me refería a los que han de asimilar tales ideas en sus cerebros, porque para poder aceptar la doctrina, en primer lugar han de convertirse, sino es imposible. Antes aceptarán cualquier otra que venga del anticristo.
Y referente al fin del mundo que Vd. menciona, yo no lo he mencionado para nada. De todas formas tambien en la Biblia nos avisa de tales hechos y es anterior a 1.400. ¿Es que no se están dando tales signos?
Y estoy de acuerdo con que nadie sabe ni el dia ni la hora del fin del mundo. Lo que si digo es que el reinado del anticristo lo tenemos encima.
Deberia revisar los conceptos Parusía y Fin del mundo, porque son dos acontecimientos muy diferentes y distantes entre si en el tiempo. 21/01/11 9:45 AM

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santodomingo

Padre, estoy de acuerdo con lo que dice sobre la necesidad de la confesionalidad en la política. Yo estoy en la lucha pro-vida y veo una preocupante obsesión entre mis compañeros por disimular su condición de católicos. Por ejemplo, me prohiben ir a institutos a dar charlas porque saben que hablo explícitamente de Dios y la moral de la Iglesia. En nuestros actos en la ciudad está prohibido rezar. Parece que les da vergüenza ser lo que son.

Varias veces les he argumentado que si nosotros mismos nos censuramos, no debemos sorprendernos de que los poderosos nos quiten la libertad de expresión y de culto.
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JMI.- En varios artículos anteriores (22-27 ss) hablé bastante a fondo de la debilitación enorme del lenguaje católico tanto hablando a la gente mundana como dentro mismo de la Iglesia. 21/01/11 9:52 AM

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Martin Ellingham

Pater:

Agradecido por las correcciones.

Parafraseando a T. Jiménez Urresti, la confesionalidad explícita requiere: dar a la Iglesia no sólo un reconocimiento especial por motivos históricos y/o sociológicos, sino el reconocimiento de sociedad pública religiosa, de derecho divino positivo, y por títulos divinos. El motivo formal del reconocimiento: la Iglesia es la única institución religiosa positivamente querida por Dios, en la que se encuentra la única religión verdadera.

Lo que no se exige que el partido se denomine "partido católico" o "movimiento político Virgen del Pilar".

Saludos.
21/01/11 12:20 PM

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Eduardo Jariod

Ricardo de Argentina

De acuerdo con tus dos observaciones, Ricardo. Pocas cosas me gustaría más que la existencia de fuertes partidos verdaderamente confesionales con gran implantación en la ciudadanía y que la partitocracia no existiera, y sí una democracia en el más genuino sentido del término: separación real de poderes, cámaras que representaran en verdad al electorado, y prosecución del bien común por la clase política, entendido aquél bajo una visión antropológica de la humanidad respetuosa con la ley natural. Pero todo esto no forma parte, en ninguno de sus aspectos, de la realidad sociopolítica que vivimos en Occidente (menos aún en España). Es más una meta a alcanzar que una hipótesis de trabajo.

Toda mi confianza está puesta en la propia naturaleza humana iluminada por Dios. El nihilismo y el relativismo que nos venden machaconamente por todos lados lleva de forma indefectible a la más sórdida de las tragedias humanas. En el vacío, en la nada, en el puro placer sensual compensatorio, nadie puede aguantar mucho tiempo sin caer en la desesperanza más invalidante, cuando no en la más autodestructiva desesperación. Y cuando ello ocurre, (y ocurre con una frecuencia desoladora en nuestros días) sólo hay dos caminos: el triunfo de la muerte o volver a descubrirse, a descubrirnos. Y ese proceso lleva a Dios de un modo u otro, si avanzamos suficientemente en ese viraje interior.

Esa vuelta a Dios quizá no sea en muchos casos explícita en estos momentos, pero sí se da la recuperación y el respeto por los viejos valores morales o virtudes y por las instituciones en los que se enseñaban y aprendían: la familia, el matrimonio, la vida afectiva ordenada al compromiso de una relación de amor en fidelidad, en un proyecto de compartir una vida con otro para siempre.

En el corazón humano, donde reside Dios como su lugar natural, tengo puesta toda mi esperanza. Y esto tiene unas implicaciones morales, políticas y sociales formidables. Aún vence la ceguera y la fascinación por el abismo que se disfraza de una falsa felicidad. Pero esa vuelta a Dios, implícita o explícita, acabará produciéndose. De lo contrario, nos extinguiremos como los dinosaurios; a ellos les mató el cambio de clima y a nosotros nos aniquilaría nuestra propia mentira acerca de nosotros mismos.

De esa vuelta a Dios surgirán los verdaderos líderes y un verdadero pueblo. Pero ese proceso empezará desde abajo. Y aunque muy incipiente todavía, ya comienza tímidamente a vislumbrarse. 21/01/11 3:52 PM

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(122) Católicos y política –XXVII. ¿Qué debemos hacer?. 14

27.01.11 A las 11:56 AM, por José María Iraburu

–¿Cómo es eso? No tenemos bien afirmado ningún partido católico y ya está usted exigiendo que sean varios.
–Es mejor que sean varios; pero a una mala nos conformaríamos con uno.

–Es deseable que los partidos católicos sean varios, y que no se forme un solo partido. Éste principio es aparentemente paradójico, pues prefiere que sean partidos varios los que, sin embargo, deben actuar unidos, tanto en unos mismos principios doctrinales, como en coaliciones electorales y posibles coaliciones de gobierno. Pero ésa es la verdad. Siendo de suyo el campo de lo político tan complejo e indeterminado, han de formar los católicos diversas organizaciones políticas que no tienen por qué coincidir en todo, sino solo en los grandes principios fundamentales.

La unicidad de partido católico puede convenir en circunstancias excepcionales: después de una gran guerra, o en un pequeño país de gran homogeneidad entre los católicos, o si de hecho no hay más que uno –no hay más cera que la que arde–. Y por supuesto la unión de todas las fuerzas católicas es imprescindible, tanto en las elecciones como en la acción política, si ha de lograrse que el pueblo cristiano pueda actuar eficazmente en la vida política.

–Puede haber graves inconvenientes cuando en un país se establece un partido católico único, según ya vimos (118). El primer peligro es el clericalismo. Los Pastores, que han de mantener unido al pueblo cristiano bajo su autoridad, tienden a veces también a unificarlo bajo su dirección en la vida política, y especialmente lo procuran cuando se trata de un grande y único partido católico. Es comprensible que, a causa de sus repercusiones en la vida de todo el pueblo cristiano, la Jerarquía pretenda controlarlo y dirigirlo en sus acciones concretas. Pero invade así, normalmente con malas consecuencias, un campo de responsabilidades que es propio de los laicos.

El partido católico único puede traer no pocos males: –puede comprometer a la Iglesia en sus actuaciones, –puede unificar opciones políticas que normalmente son diversas, suprimiendo en la práctica las alternativas, –anular los políticos católicos disidentes de esa unicidad, –caer fácilmente en el clericalismo, pues cuando hay un gran partido católico único, la tentación que sufren los Pastores de controlarlo suele ser excesiva; –canonizar el sistema político vigente, al que se ha ido ligando con miles de compromisos concretos; –generar clientelismo, –complicidades crecientes con banca, empresarios, medios y organismos internacionales, casi inevitables en un gran partido, sobre todo si perdura en el gobierno, –perder progresivamente la identidad católica, –dar permanencia interminable a sus líderes, –caer en prepotencia, –corrupción y –extinción.

–Hay unos principios no negociables en la política, que deben ser profesados por todos los partidos católicos y también por todos los hombres de buena voluntad. El Papa Benedicto XVI los expuso en un congreso que el Partido Popular Europeo celebró en Roma (30-III-2006):

«Cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las conciencias, para que las personas puedan actuar libre y responsablemente, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal». Tres de estos principios son los fundamentales:

1. Vida: «la protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural».

2. Familia: «el reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión, que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su función social insustituible».

3. Educación: «la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos».

«Estos principios no son verdades de fe», pues «aunque quedan iluminados y confirmados por la fe, están inscritos en la naturaleza humana, y son por lo tanto comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa».

–Como los partido políticos de Occidente impugnan esos valores, es urgente la necesidad de partidos confesionales católicos que los afirmen y defiendan. Esos valores fundamentales son actualmente combatidos en Occidente en forma sistemática, y se crean uno tras otro eficacísimos condicionamientos legales para impedirlos y destruirlos. Tanto la vida, como la familia y la edudación son objeto de agresiones gravísimas. Por eso, no solo los cristianos, también los hombres de buena voluntad que no han llegado a la fe, necesitan cauces políticos para promover y defender esos principios morales.

–Los partidos católicos han de coincidir no sólo en esos principios fundamentales, sino también en la doctrina social y política de la Iglesia. En los artículos que dediqué a exponer esta doctrina, la reduje a siete principios (97-106): sobre el origen de la autoridad civil, las actitudes debidas ante las leyes injustas, los modos de entender la tolerancia y el mal menor, la neutralidad de la Iglesia ante los diversos regímenes políticos, el principio de subsidiariedad, y la obligación de confesar públicamente a Cristo como Rey de las naciones.

Allí pudimos comprobar hasta qué punto la doctrina liberal ha sido asimilada por la mayoría de los católicos, al ser hoy la única «políticamente correcta», ignorando o rechazando consiguientemente esos principios fundamentales de la doctrina católica. Ahora bien, si el pensamiento político de los católicos está hoy generalmente falseado, se comprende perfectamente que no puedan llegar a formar partidos confesionales, y que incluso nieguen la misma licitud de su existencia. Ya señalé que son muchos los católicos, también Obispos, que no admiten hoy la conveniencia, más aún, la necesidad de que «los laicos coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del mundo que incitan al pecado» (LG 36).

–La aceptación común de la doctrina social y política de la Iglesia no causa ni exige entre los posibles partidos católicos la coincidencia de sus programas. La doctrina de la Iglesia afirma solamente principios políticos, pero no suministra contenidos concretos. Esos principios serán unas veces afirmativos, y otras veces negativos. Los partidos católicos habrán de coincidir en todas las negaciones: al aborto, a la eutanasia, a la desfiguración de la familia, a la supresión de las iniciativas privadas en la educación y en el conjunto de la vida social, etc. porque son negaciones que obligan moralmente semper et pro semper.

Pero los partidos confesionales no han de ser simplemente los partidos del no: no a esto, a aquello, a lo otro… Al mismo tiempo que esas negaciones necesarias, los partidos católicos han de establecer programas positivos de acciones políticas concretas. Y en ese campo habrá necesariamente entre ellos discernimientos diversos en cuanto a modos y fases de realización. Los católicos llamados por Dios a la vida política con especial vocación han de sentir juntamente el atractivo de combatir los males sociales presentes y de promover un conjunto de bienes ausentes, que se proponen como objetivos en programas políticos atrayentes.

–Un partido político católico debe incluir en su programa, como uno de los principales objetivos, combatir contra la democracia liberal de partidos, promoviendo reformas constitucionales muy amplias. Y siendo la partitocracia liberal la fórmula política más frecuente en las democracias de Occidente, no podrá librar ese combate sin tener las ideas muy claras y sin estar libre de todo «complejo de inferioridad» (Benedicto XVI) respecto de lo que se presenta comúnmente como pensamiento único. Francis Fukuyama, por ejemplo, en su obra El fin de la historia y el último hombre (1992), estima que la lucha desarrollada entre las ideologías políticas a lo largo de la historia humana debe considerarse concluída, cuando la humanidad ha llegado a entender que la única opción viable es el liberalismo democrático, consagrado ya como único pensamiento correcto.

La sacralización de la democracia liberal de partidos es una superstición diabólica, porque es mentira y engaña a las naciones, y porque es homicida, como se comprueba en la aprobación general del aborto y de otras atrocidades. Pensar que el desarrollo político de la humanidad, después de conocer muchas formas de anarquías o de autoritarismos tiránicos y oligárquicos, ha llegado a su modalidad más alta y perfecta en la democracia liberal de partidos, es simplemente una superstición. Quienes sacralizan la democracia de partidos reconocen en ella la Idea política en su expresión prototípica. En adelante las formas de gobierno serán lícitas y benéficas en la media en que se identifiquen o aproximen a esa Idea sagrada.

Es ésta una visión muy ingenua. En Roma consideraron un progreso pasar de la república al imperio. Antes de la II Guerra Mundial los Estados corporativos, en la línea hegeliana de la organicidad única de la nación, se consideraban una superación moderna de las vetustas y estériles democracias liberales de partidos. Hacia 1930, propugnaron en España formas de democracia orgánica Giner de los Ríos, el de la Institución libre de la enseñanza; socialistas, como Fernando de los Ríos; conservadores, como Salvador de Madariaga. Y el primer anteproyecto de Constitución en la II República, que finalmente no fue aprobado (1931), diseñaba un Senado que había de representar en forma orgánica los intereses sociales de la nación: provincias y municipios, patronos, obreros y agrarios, industrias y comercio, universidades, religiones, profesiones liberales, etc.

Pues bien, así como aquellos que sacralizaban el comunismo, atribuían los errores y horrores que causaba, por ejemplo, en la Unión Soviética, no al mismo comunismo marxista, sino a la falsificación que de él había cometido Stalin, del mismo modo, los idólatras que dan culto supersticioso a la democracia liberal de partidos –es una religión– reconocen generosamente que en ella se dan a veces desviaciones y abusos, pero no los estiman procedentes de ella, sino de su falsificación… Ver hoy a tantos católicos, también Obispos, participando de esta superstición, causa espanto. Y es ésta una de las principales causas de la total desmovilización política de los católicos.

La partitocracia es una corrupción de la democracia, es una dictadura de partidos políticos alternantes o aliados, que anula prácticamente la contribución real del pueblo (demos) a la «res publica». Y hoy es la forma de democracia más frecuente en Occidente, aunque en unas naciones se da más acusadamente que en otras. No ha de confundirse, por supuesto, con las dictaduras de partido único, pues aunque a veces se atrevan éstas a conservar el nombre de democracias populares, no son evidentemente una democracia.

Hago aquí una crítica de la partitocracia partiendo de la ortodoxia democrática, y la condeno porque sus políticos no escuchan la vox populi, sino que manipulan la opinión del pueblo y la contrarían impunemente cuando les conviene. Pero, por supuesto, mucho más grave pecado en la partitocracia liberal es que comienza por no escuchar la vox Dei, expresada en el libro de la Creación (razón-naturaleza) y en el libro de la Revelación (fe-gracia).

La partitocracia es, pues, una Bestia diabólica que, bajo formas aparentemente democráticas, se apodera de una nación, obrando en ella con una arbitrariedad que tiene muy escasos límites. Y aunque parezca increíble, ésta es, para los devotos creyentes en ella, la única forma legítima de democracia, siendo todas las demás espúreas y puramente formales. Por el contrario, cualquier ciudadano mentalmente sano entiende que la democracia en sus formas actuales elimina prácticamente en la vida política la participación democrática de los ciudadanos, reduciéndola a la emisión periódica del voto.

Ya se han escrito muchos estudios sobre los pésimos males de las democracias partitocráticas, que secuestrando la libertad política de los ciudadanos, llegan a constituir con toda naturalidad auténticas mafias políticas. Podemos recordar, por ejemplo, de un lado, a Gonzalo Fernández de la Mora (La partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, 2ª ed.) y de otro lado, antagónicamente opuesto, a Gustavo Bueno (Panfleto contra la democracia realmente existente, La Esfera de los Libros, Madrid 2004, 2ª ed.).

España es hoy quizá una de las democracias más acusadamente partitocráticas de Occidente. La Constitución de 1978, como reacción a la situación precedente, entrega todo el poder político a los partidos (art. 6), como «instrumento fundamental [mejor se diría único] para la participación política». Los partidos gobernantes controlan todos los poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Ellos deciden la composición del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional, de la Fiscalía General del Estado y de otros organismos de la mayor importancia.

Y aunque la Constitución establece que en los partidos «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos» (art. 6), no hay en ellos apenas democracia interna alguna, sobre todo cuando están en el poder. Solo serán incluidos en las «listas cerradas» de las elecciones aquellos miembros del partido que sigan al Jefe con absoluta lealtad. Y una vez constituidos diputados o senadores, únicamente responden ante las autoridades del partido, pero no tienen en cuenta para nada a los electores, que no dieron sus votos a sus personas sino al partido.

Siendo los partidos maquinarias para conseguir el poder político, cuando lo consiguen, lo ocupan en forma invasora, tratando de mantenerlo por todos los medios. La actualidad política, en un espectáculo vergonzoso, es la continua pelea de unos partidos contra los otros, que no son considerados co-laboradores en la producción del bien común, sino enemigos. De este modo los partidos parten la nación en partidos contrapuestos. Emplean con gran frecuencia el insulto y la calumnia, la mentira y el ocultamiento, y en sus continuas disputas apenas es posible hallar un mínimo de logos, de argumentos racionales, que haga posible el dia-logo.

Por otra parte, controlando los medios de la comunicación y de la educación, producen en la ciudadanía convicciones y estados de ánimo que hacen posibles las leyes criminales que pretenden. Administrando más de la mitad de la riqueza nacional, financian con parcialidad los grupos e instituciones, establecen con personas afines fundaciones y organizaciones no gubernamentales, que subvencionan luego abundantemente. Reparten cargos, becas y ayudas económicas, orientan y financian congresos y celebraciones que les favorecen, distribuyen licencias para emisoras de radio y televisión, privilegian según su conveniencia a empresas, artistas, profesores, productoras de cine y televisión. Distribuyen los altos cargos de las principales empresas y entidades nacionales, y eligen también los representantes en las organizaciones internacionales. Reciben de los bancos, especialmente en las campañas electorales, cuantiosos créditos, que si después no pueden o quieren reintegrar, les serán condonados por los mismos bancos, que siempre saben bien lo que les conviene. Aumentan más y más los cargos de libre designación, blindando a veces los contratos como buenos previsores del porvenir. Multiplican indefinidamente los departamentos, secretariados, comisiones y entidades estatales, colocando en ellos a innumerables amigos, afines y parientes, estableciendo así muchos cientos de altos cargos, y miles y miles de funcionarios. Como dice y documenta Juan Varela, «las cifras son apabullantes» (Partitocracia).

Esto es lo que más o menos está ocurriendo en muchas naciones sedicentes «democráticas». Yo no entiendo demasiado de estas cosas, y por eso me cuesta escribir sobre ellas. Pero no hace falta ser doctor en medicina para comprobar que un cadáver de varios días huele a podrido que apesta. La partitocracia es imposible sin grandes corrupciones mentales y prácticas. Los políticos partitocráticos tienen podrido el nous, y no son conscientes de su propia degradación. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Y en la medida en que los católicos, Pastores y fieles, no «dan el testimonio de la verdad», y no denuncian la corrupción de estas realidades políticas indignantes, incurren activa o pasivamente en complicidad.

Los Reinos cristianos eran mucho más democráticos que las partitocracias actuales. El origen de los absolutismos monárquicos o partitocráticos habrá de buscarse en los maquiavelismos renacentistas, en los autoritarismos hegalianos o ilustrados o donde sea, pero no en el cristianismo.

La historia nos demuestra en los Reinos cristianos que, comparados con las partitocracias actuales, era mucho más democrática la participación de todo el Reino, p. ej., en las Cortes de León (1118) –rey, nobles, clero, representantes de ciudades y villas–, o en la Carta Magna inglesa (1215), o en la Cámara de los Comunes, paralela a la Cámara de los Lores (1258), o en las Cortes de Toledo (1480).

La partitocracia es hoy una dictadura de partidos, en la que el poder político, gobernado a su vez ocultamente por fuerzas económicas y centros ideológicos internacionales, se hace omnipresente, quebrantando sistemáticamente el principio de subsidiariedad, tan central en la doctrina política de la Iglesia. La partitocracia legisla, reglamenta, prohíbe, exige, regulando hasta las parcelas más individuales de la vida humana, al mismo tiempo que para ello crea una burocracia innumerable de políticos –nacionales, federales, autonómicos, internacionales–, que desarrollan una actividad política imparable, en una ingeniería social incesante, que los sufridos ciudadanos financian como meros espectadores.

–La pésima situación de la política moderna no debe llevar a los católicos a un distanciamiento cauteloso y egoísta, sino justamente a lo contrario: a una participación abnegada, crucificada y redentora, se entiende, de aquellos que reciben de Dios esa vocación. Si no es de ellos, es decir, de Cristo y de la Iglesia, de ninguna parte va a venir hoy la salvación a ese mundo político corrompido.

Cuando en la plenitud de los tiempos, el Verbo eterno divino se encarna propter nos homines et propter nostram salutem, sabe perfectamente que entra «en el pecado del mundo», en una gusanera pestilente, que acabará rechazándole violenta e ignominiosamente. Y entra en el mundo, a través de la Virgen María. Entra en el mundo el Hijo eterno de Dios, introduciendo en la humanidad fuerzas sobrenaturales, sobrehumanas, divinas, celestiales de salvación; de salvación misericordiosa, venida como gracia de lo alto, sin ninguna necesidad de venir. Sólo movida por un amor compasivo y salvador.

El amor de Cristo es el único capaz de suscitar hoy católicos políticos, portadores del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra. «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «El que tenga oídos para oir, que oiga» (Mt 13,9).

José María Iraburu, sacerdote

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domingo, septiembre 13, 2009 http://periodistas21.blogspot.com/2009/09/partitocracia.html

Partitocracia

La partitocracia es una pandemia crónica en España, como bien dice Emilio Lledó en un atinado artículo en El País. Es difícil encontrar otro país donde una democracia tan burocratizada y profesionalizada como la nuestra cuente con tantos recursos para sostener su poder.
Y crecen.
Por eso no es una sorpresa ver cómo una mayoría de políticos mantienen silencio sobre la reducción de los cargos políticos y de libre designación. Callan también sobre una necesaria reducción del gasto político: el empleado en objetivos, acciones y personal ajenos a la gobernación. Gastos cuyos fines son la propaganda y el tejido de un sistema clientelar y burocrático que justifica una gran parte del personal y gastos de la abultada administración pública (estatal, autonómica y local).
Un sistema defendido con uñas y dientes por todos en un reparto de cargos y prebendas muy pocas veces cuestionado y que crea absurdos pactos y discusiones como las protagonizadas por los sillones senatoriales de las dos portavoces del PSOE, Leire Pajín, y el PP, María Dolores de Cospedal. Sillones con abultada retribución y poca responsabilidad para dedicarse a sus cargos en los partidos. Vergonzoso.
Las cifras son apabullantes.


La Administración del Estado cuenta con 409 altos cargos y más de 6.100 empleados que no son funcionarios ni personal laboral, categoría donde se ubican la mayoría de puestos de libre designacion. Casi el 3% de sus empleados.
Pero la cifra, como cualquiera que conozca la administración y el tejido clientelar español, es ridícula si se compara con el 23% del personal de las autonomías ocupado por eventuales, interinos, contratados y demás puestos y cargos que dependen de la decisión política.

Son más de 307.000 personas de los 1,33 millones de empleados por las autonomías. A la cabeza en el ránking de personal no laboral está Andalucía, con un 25% de sus empleados autonómicos; la Comunidad Valenciana, con más del 23%; seguidos por Cataluña y Madrid, con ambas superando el 22%, según datos del Ministerio de Política Territorial.
Pero la partitocracia no acaba ahí. Esas cuentas no incluyen los altos cargos de los gobiernos autonómicos y los municipales. Junto a los más de 409 altos cargos del Estado hay que sumar promedios de un centenar de puestos en cada una de las autonomías menos pobladas y cifras de entre 300 y 550 en las más grandes y poderosas, según los datos de cada autonomía.
Y pocos gobiernos han reducido ese número en estos años de crisis.
La poltrona sigue siendo un mal hereditario retratado reiteradamente en la literatura española desde la era de la alternancia bipartidista decimonónica.
Y seguimos, con la única incorporación de los partidos nacionalistas a la nómina.
Una gran parte de los males de la vida pública española vienen de esta situación. Además de la
corrupción económica que desde hace meses llena los titulares de los periódicos, lo peor, como dice Lledó, es la "corrupción de la mente, de la conciencia, de la sensibilidad, y del compadreo para defender los intereses casi siempre oligárquicos".
Esa corrupción infecta a muchos políticos, gestores de subvenciones y adjudicaciones, pero también de la propaganda y la mentira. Se extiende entre sus partidarios, por clientelismo o adoctrinamiento. Una ojeada a los comentarios de la mayoría de los diarios digitales es suficiente para ver los síntomas del mal en la ciudadanía.
La partitocracia deteriora además terriblemente la política porque encuentra en la discusión y el debate ideológico la materia adecuada para su podredumbre.
El resultado es la nefasta falta de ideas de la política actual, el mito de la centralidad que expulsa todo lo incómodo y arriesgado del debate político y la explotación demagógica de ciertas causas, las más poderosos para crear filiaciones en los ciudadanos con objetivo de sostener la falsedad partitocrática.
Todo para encubrir la lucha por el mantenimiento del poder burocratizado.
Cómplices: los medios de comunicación. Primero los públicos, manipulados y utilizados como herramientas de poder. Pero también la gran mayoría del resto, atrapados en la tiranía de una escala de valores y una jerarquía informativa que depende más de lo que se dice y de quién lo dice, que de lo que se hace, para qué y con qué resultados.
El problema no es sólo la investigación de la corrupción, sino ese ensimismamiento en lo convencional, lo políticamente correcto. Esa esfera de poder y dominación que la política y las instituciones (incluidas las grandes empresas) marcan. Una masa informe de dominación que se difunde como una epidemia en un tejido social y ciudadano mucho más pasivo y dependiente del poder político y su poder económico y discrecional de lo que muchos quisieran.

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Ricardo de Argentina

Padre, fuerza es reconocer que la ausencia de partidos confesionales, además de significar un inaceptable acatamiento de la orden liberal: "¡Católicos, a la sacristía!", da a entender que los católicos no tenemos nada que hacer ni que decir en la vida ciudadana, que lo nuestro ya "fue", que la visión católica no sirve para la hora actual y que está "superada" para la solución de las cuestiones acuciantes y cotidianas.
Si esto es creído por los propios católicos, pues ya tenemos la explicación del famoso "complejo de inferioridad".

A mí me parece que con el fundamento de sus artículos, éste en especial y también los anteriores, hay "combustible" suficiente para emprender la aventura de irrumpir en el coto partidocrático clavando una pica con el estandarte de Cristo.

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JMI.- Como en las Cruzadas: ¡Dios lo quiere!

Deus lo volt! 27/01/11 12:55 PM

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JMI.- Si animo a los católicos a hacer uno o varios partidos, está claro que no pretendo dar un golpe de Estado. Espero en Dios que unos pocos puedan hacer de fermento transformador de una masa parlamentaria maleada. O que al menos moderen con sus votos (a veces una minoría puede mucho) alguna de las atrocidades de la mayoría.

"El RdeCielos es como grano de mostaza, que" etc.
"Lo que no es posible para los hombres es posible para Dios"
"Si tuviérais fe podría mover las montañas".
Etc.

Le recomiendo, por lo demás, que deje sus ironías para mejor ocasión.

27/01/11 5:35 PM

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FZalacaín

Sin embargo la doctrina liberal defiende una serie de instituciones y principios que la partitocracia anula. Me refiero a los siguientes:
.- Separación de poderes.
.- Estado de Derecho e imperio de la ley.
.- Interdición de la arbitrariedad.
.- Libertades de: expresión, pensamiento, prensa, educaciòn, de culto, ...
.- Derecho a: la tutela judicial, creación de medios de comunicación, creación de centros de enseñanza,, ...

No alcanzo a comprender como el P. Iraburu califica de liberal un sistema tan antiliberal como el español. Es tanto como calificar de liberales al PP o al PSOE. No veo dónde mora la bestia liberal en España.
Si se emprendieran reformas pòlítica que aseguraran la independencia judical y del T.C., las listas abiertas, las democracia interna de los partidos, el cheque escolar, la igualdad de todos los españoles, etc, etc; el P. Iraburu estaría de acuerdo con ellas y sin embargo serían reformas liberales.

Quizás sea un problema terminológico


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JMI.- Quizá.
Pero en arts. precedentes he definido un montón de veces lo que entiende la Iglesia por liberalismo, citando numerosos documentos. El liberalismo afirma una autonomía absoluta de la libertad humana, que no debe sujeción alguna a Dios ni a un presunto orden de la naturaleza. Yo entiendo el "liberalismo" según viene definido en los documentos de la Iglesia que tratan de él. Aplica los principios del liberalismo el nazi que suprime judíos, gitanos y discapacitados, para mejorar la raza humana. O los progresismos socialistas o liberales que "deciden" que la unión homosexual es tan natural como el matrimonio hombre-mujer, y debe tener consecuentemente el mismísimo trato en las leyes. Están todos en lo mismo: "seréis como dioses, y decidiréis lo que es bueno y lo malo". No hay más dios que el hombre. La soberanía de la humanidad no reconoce ninguna autoridad superior: es absoluta. Ése es el liberalismo.

"Hijos naturales" del liberalismo son no solamente la democracia liberal, sino también el socialismo y el comunismo (cf. Pío XI, enc. Divini Redemptoris 1937). Y el nazismo, y el fascismo y todo sistema que prescinda de Dios y del orden natural. Son todos fieles a los principios del liberalismo, pero luego cada uno sale por su lado, y con frecuencia por lados antagónicos.

Dice Ud.: "No alcanzo a comprender como el P. Iraburu califica de liberal" etc. Si lee el (97) hacia el medio, alcanzará a comprenderlo. La idea la he desarrollado en una docena de arts., pero ahí la tiene expresada en síntesis.

27/01/11 8:24 PM

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JMI.- Es curioso que en las tres primeros siglos de persecuciones los cristianos aguantaron cada uno en su ciudad o su pueblo. El éxodo de muchos monjes al desierto se produjo en el siglo IV, cuando cesaron las persecuciones sangrientas, y la seducción del mundo secular le hizo más peligroso para las almas que los tres primeros siglos.

27/01/11 10:50 PM

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JMI.-
1. Todos los partidos que hoy son grandes, al principio eran cuatro gatos.

2. Partidos pequeños pueden tener un poder grande, sin tener ni de lejos el 2/3 de los votos. Pueden "exigir" ciertas cosas y "vetar" otras con gran eficacia. Lo sabemos en España por experiencias actuales. Lo saben en Israel, p.ej., los pequeños partidos "religiosos", mínimos, pero muy eficaces, al menos en algunos asuntos concretos graves.

3. Animar a políticos católicos a que entren a "sanear" partidos existentes... los partidos que ya conocemos, me parece inducirles al suicidio. Y eso es grave pecado. Llevamos medio siglo comprobando que esa esperanza es totalmente estéril.

4. Lo de la "inicitiva popular" me suena bien, lo único malo es que no tengo idea del cómo podría armarse ese artefacto y hacerlo operativo. Ni idea. No puedo discernir su verosimilitud.

28/01/11 12:47 PM

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JMI.- Estimado don Estéfano, yo creo que no: que no es bastante con recoger apoyos en la web. Aquí en España tenemos varias webs como Hazteoir, Forum-libertas y varias más, que trabajan mucho y muy bien. Y que en modo alguno logran detener la avalancha de leyes criminales que están haciendo estragos. Un pequeño partido con presencia en el Congreso tendría sin duda mucha más fuerza para frenarlas. Y para promover ciertas causas buenas, en vida-familia-educación y otros temas vitales.

30/01/11 7:28 PM

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Fijo Ð Algo

Querido Padre José María:

Supongo yo, que el mensaje "subliminal" de la imagen con los votantes, y con el texto: "esto es todo lo que podemos hacer en política -mucho no es-", en referencia a que todo lo que podemos hacer los católicos, en relación a la política, sea precisamente votar, supongo, que no lo dirá usted en serio.

Si usted lo dice en serio, yo discrepo, en base a que no es necesario votar, y ni siquiera inmiscuirse en asociaciones políticas, para ejercer efectiva y diligentemente opciones políticas oportunas.

Y esto es, lo que los católicos de hoy precisamente, NO SABEMOS HACER. Curiosamente los no católicos, lo saben hacer a las mil maravillas. Así nos luce el pelo.
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JMI.- Dentro del campo estrictamente político, aquel que pretende o consigue el poder gobernar y legislar, en el que se mueven los partidos, tenemos muy muy poquito que hacer: votar y punto, casi.

En actividades parapolíticas, foros, plataformas en internet, etc., sí que podemos hacer, y de hecho hay organizaciones muy eficientes y activas; también para promover manifestaciones públicas. Pero pueden muy poco en la configuración política y legal de la nación. Y así nos luce el pelo.

01/02/11 8:25 AM

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Fijo Ð Algo

Estimado Padre:

Mucho me temo que se equivoca. Y como el movimiento se demuestra andando le mostraré un ejemplo de hoy en día, que muestra lo errado de su opinión.

En España, actualmente, tenemos cerca de millón y medio de musulmanes. A día de hoy, no tienen representación política; y además creo que les importa un comino. Son minoría, y lo saben. Pero también saben, que con el vientre de sus mujeres, y de forma silenciosa conquistarán a la sociedad española en menos de medio siglo: pues sus mujeres paren 6 ó mas hijos; las nuestras, las occidentales, sean estas apóstatas, católicas o lo que sean no llegan a parir ni los 2.

Las políticas de nuestra sociedad civil no valen para nada. Están podridas y secas. Tan secas como el vientre de nuestras mujeres. Y así nos luce el pelo.

Puedo ponerle abundantes mas ejemplos como este. El último, el de Egipto, en donde una sociedad asqueada y hambrienta, esta mandando a hacer gárgaras a su estamento legislativo y ejecutivo. Y no precisamente con votos. Así que ya ve. No solo de votos vive la política; sino de acciones puntuales, individuales, precisas y concisas.

Reciba un cordial saludo.


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JMI.- Efectivamente, no estamos de acuerdo. No hay más que leer mi artículo y los anteriores, donde se rechaza su planteamiento y se argumenta la necesidad de la acción política, tal como la manda-recomienda el Magisterio apostólico, y el Vaticano II en concreto, sin que eso quite que también es necesaria la acción social, cultural, la natalidad de los matrimonios cristianos, etc. Todo junto es necesario.

Y eliminar la acción política y sugerir la algarada masiva popular, tipo Túnez, Egipto... es pasarse tres pueblos.

01/02/11 9:52 AM

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Fijo Ð Algo

No entiendo porque en el hecho de sublevarse contra la tiranía, nos podemos pasar 3 pueblos. ¿Qué dice el magisterio apostólico? ¿Se han hecho las sociedades para los gobiernos, o los gobiernos para las sociedades? ¿Qué ocurre cuando un sistema de gobierno pierde la legitimidad como consecuencia de su propia corrupción?

Si la democracia, como sistema de gobierno es válido para servir a la sociedad, tengamos democracia. Ahora bien: en el momento que esta se corrompe, y no es una forma viable para el bien común de la sociedad,¿qué problema hay en prescindir de ella como forma de gobierno? ¿es qué el solo sugirir esta posibilidad es pasarse "tres pueblos"?

Usted sin ir mas lejos nos advierte en este mismo artículo de la sacralización de la democracia liberal de partidos, insistiendo precisamente, que "es una superstición diabólica".

Entonces...¿qué otro modelo nos propone? ¿y como llegar a él? ¿únicamente mediante la asistencia a las urnas una vez cada cuatro años?

Porque siendo sinceros, y tratando de llegar al meollo de la cuestión: llegados a este punto, en que nos encontramos con democracias corrompidas hasta la médula, dirigidas por unas tiranías partitocráticas, ¿cual es la solución que nos propone?: -Creación de nuevos partidos confesionales.-

¿Es esta su única solución?
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JMI.- No, no es "mi" única solución.
Los lectores de mi blog saben de sobra que no es eso lo que he escrito.

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(123) Católicos y política –XXVIII. ¿Qué debemos hacer?. 15

5.02.11A las 10:33 AM, por José María Iraburu

–Muchas repeticiones. Esto se va pareciendo al Bolero de Ravel.
–Si su cultura musical no fuera tan limitada, habría reconocido al fondo de esta serie de artículos las Variaciones Goldberg, aria con 30 variaciones, para clavicémbalo, de Juan Sebastián Bach (BWV 988, 1741-1742). De todos modos, ya falta menos para el final de la serie.

–El Espíritu Santo quiere y puede renovar la faz de la tierra, pero el Padre de la mentira se empeña en paralizar en la Iglesia las misiones, la educación, la pastoral y la actividad política de los católicos. Las misiones, dejando la evangelización, la missio, derivarán al diálogo interreligioso y la acción benéfica filantrópica (13). La educación católica se irá apagando en la mayoría de colegios, escuelas y universidades católicas, perdiendo fuerza evangelizadora y apologética. La acción pastoral alcanzará solo a una décima parte de los bautizados, y en forma muy débilmente evangelizadora. Y en ese mismo cuadro de situación espiritual, la acción política de los católicos también desfallecerá, hasta desaparecer prácticamente en Occidente, de tal modo que las Iglesias locales, sin apenas lucha, permitirán que sean los hijos de las tinieblas quienes gobiernen y configuren legalmente las naciones antes cristianas, ahora mayoritariamente apóstatas.

Va todo unido. Es un desfallecimiento de Pastores y fieles en la fe, la esperanza y la caridad (104, 109, 117). Una Iglesia creciente confiesa a Cristo: «nosotros creemos, y por eso hablamos» (2Cor 4,13), pues de «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Una Iglesia decreciente, por el contrario, apenas lo confiesa: «nosotros dejamos de creer, y por eso dejamos de hablar»… Reforma o apostasía.

–Cometen un grave error los Pastores y laicos que procuran mantener la desmovilización política de los católicos. No hablo de aquellas personas, congregaciones y grupos que no están llamados por Dios a una acción política directa (119). Hablo de quienes positivamente frenan la acción política organizada y confesional de los católicos. Ya sabemos que muchos de quienes así obran, Pastores y laicos, son buenos cristianos. Pero también sabemos que en materia política piensan más según el mundo que según la doctrina política de la Iglesia. A causa de la sobreabundante ideología falsa difundida durante el postConcilio y contra el Concilio, están errados, y en no pocos casos su desvarío es una ignorancia invencible.

La Iglesia ha enseñado siempre, sobre todo en los últimos dos siglos, también en el Vaticano II, que los laicos –los llamados a ello– deben coordinar eficazmente sus fuerzas para actuar en la vida política (LG 36), de tal modo que, guiados por su pericia y bajo su responsabilidad, han de entregar sus vidas para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43; cf. AA 7). Es un ideal formidable: traer la salvación de Cristo al mismo orden temporal presente. Y la verdad de este Magisterio apostólico se ve comprobada, sensu contrario, por la experiencia histórica de los últimos decenios, en los que a causa principalmente de la mala doctrina vienen siendo continuos los avances de los hijos de las tinieblas y los retrocesos de los hijos de la luz.

Si un ejército del Enemigo asedia la ciudad y el Rey cristiano llama a las armas, traiciona a su Rey el pueblo si no acude, alegando que la acción armada enemiga no tiene por qué ser resistida y superada por otra acción armada, sino que basta con luchar con las armas de la espiritualidad, la oración y las actividades sociales y culturales. Ese pacifismo suicida equivale a entregar el dominio de la ciudad al Enemigo, y al mismo tiempo condena al Rey al exilio o a la muerte.

Objetivamente, colaboran con el Enemigo, aunque no lo pretendan, aunque sean eclesiásticos y laicos excelentes, aquellos que durante decenios, transformando la hipótesis coyuntural en tesis doctrinal,

–enseñan que los políticos cristianos, en principio, deben en nuestro tiempo diseminarse entre los partidos seculares ya existentes, causando así su dispersión y anulación total (119);

–aquellos que orientan en política al pueblo cristiano hacia un malminorismo crónico, que puede durar muchos años, un época, hasta llegar al peor malmayorismo (100);

–igualmente aquellos que propugnan en la Iglesia un apoliticismo sistemático (119), y excluyen los partidos confesionales (121), afirmando que hoy en Occidente solo es posible y conveniente, en el combate contra las fuerzas del Mal, la acción apostólica y orante, prepolítica, social y cultural, pero no la acción directamente política de los cristianos, organizada y militante.

–El catolicismo liberal no quiere que las fuerzas católicas se organicen para un directo combate político con el mundo. No quiere en modo alguno enfrentarse con el mundo actual, «con la civilización moderna» (Syllabus, prop. 80, Bto. Pío IX, 1864), pues más o menos se identifica con ella. Pastores y laicos, unidos en un mismo error, no quieren combatir en política con los hijos de las tinieblas. Como si reconocieran su derecho a gobernar las naciones, dirigidos por el Príncipe de este mundo, y no por Cristo Rey, el Salvador del mundo.

Si Pastores y laicos en una nación no quieren arriesgar sus vidas en un combate frontal contra el mundo laicista, entonces no es posible librar ese combate. Pero no posible precisamente porque no lo quieren. Es muy duro entrar en batalla, sufrir persecuciones y golpes, bajar de situación económica, contraponerse con el mundo vigente, y a veces con una buena parte de la misma Iglesia. Es mejor aceptar la derrota, sin presentar batalla. Y mejor aún es entender la derrota como victoria, como superación de épocas anteriores oscurantistas, marcadas por el enfrentamiento entre el Reino y el mundo. Se avergüenzan del mismo término Iglesia militante. Estiman, pues, que si alguno convoca al combate, es más prudente no acudir a la guerra: «¡todo el que sienta celo por la Ley y quiera mantener la Alianza, que me siga! Y huyeron él y sus hijos a los montes, abandonando cuanto tenían en la ciudad» (1Mac 2,27-28). No, no están por la labor.

La justificación ideológica de ese pacifismo cobarde, que traiciona a Cristo Rey, vendrá después necesariamente. De elaborarla se encargarán el liberalismo y sus variaciones modernistas y progresistas. Así lo advierte Francisco Canals Vidal:

«Los equívocos, tal vez consentidos o encubiertos más o menos conscientemente, entre el pensamiento político-social “moderno” y la doctrina católica sobre lo que León XIII llamaba “la constitución cristiana de los Estados”, ha contribuido al debilitamiento gradual, y cada vez más acelerado, de cualquier actitud coherente con el imperativo de que puedan regir en la vida pública y en la privada “las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo” […]

«Desde los comienzos de la corriente católico-liberal, se ha dado reiteradamente la paradoja de que, invocando que “el catolicismo no se puede identificar con un partido político”, se ha llegado a la conclusión de la práctica obligatoriedad de la actitud liberal y demócrata-cristiana […] El trágico abuso del Concilio Vaticano II, que se ha invocado para negar todo lo que no se ha sabido leer en él, y desde luego todo el Magisterio anterior [en estas materias], ha servido de acelerador de la espantosa decadencia de la doctrina ortodoxa en la teología y de la seriedad y vigor moral en las costumbres privadas, familiares y políticas […]

«El fruto más amargo de aquel abuso gravísimo del Concilio Vaticano II, por el que no sólo se ha tomado el nombre de Dios en vano, sino que se le ha invocado sacrílegamente para hacer olvidar a grandes multitudes de fieles principios inamovibles que habían sido reiterada y enérgicamente afirmados en el Magisterio Pontificio, y que nunca han sido, no podían ser, contradichos o deformados, ha sido esta generalizada pérdida de energías cristianas.

«La falta de atención a principios obligatorios para la conducta práctica católica en la vida social y política ha privado a los cristianos de la virtud de la fortaleza, virtud necesaria en los “confesores de la fe” y en los mártires o testigos de la fe […Debemos] apoyarnos en la intercesión de los mártires españoles de la gran persecución religiosa que se inició en 1934 y duró hasta 1939, para que se vea firme en nosotros la confianza en el Sagrado Corazón de Jesús, y se renueve con eficiencia práctica en nuestra vida la esperanza en su reinado en España y en el mundo» (Reflexión teológica sobre la situación contemporánea, revista Verbo nº 371-372, ener-febr. 1999).

–Los partidos malminoristas de falsa inspiración cristiana exigen el apoyo de los católicos, invocando el principio del «voto útil». Los católicos malminoristas piensan y dicen que votar por aquellos mínimos partidos que hoy en Occidente mantienen realmente los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia sería «inútil», como depositar el voto en la basura. Ellos quieren votar por un partido que, solo o en coalición con fuerzas del Enemigo, tenga próximas posibilidades de triunfo. De ningún modo quieren estar en la oposición, es decir, en el desvalimiento de los grandes poderes mediáticos, económicos e internacionales. Ellos elaboran programas políticos que sean capaces de captar a las mayorías, y para conseguirlo incluyen la producción o el mantenimiento de leyes como la del aborto. Por nada del mundo quieren quedarse en el sehol de la oposición.

Y cuando el pueblo sigue esa orientación perversa es cuando realmente deposita su voto en la basura. Cae así en la tentación diabólica que fue vencida por Cristo, y que con su gracia debe ser vencida por todos los cristianos. El diablo le dijo a Jesús en el desierto, «mostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos: “todo esto te lo daré si, postrado en tierra, me adoras”» (Jt 4,8-9). Y el Salvador, con la fuerza de la palabra divina, lo ahuyentó como a un perro.

El único «voto útil» es aquel que se da a Cristo y a su Reino. Ignoran los católicos liberales malminoristas que el voto realmente depositado en la basura es el suyo. Ignoran que, como decía Henry David Thoreau (+1862), allí donde sistemáticamente se está pisoteando el bien común, el lugar de los políticos honestos es la cárcel o al menos la oposición. Y como esta verdad ignoran también otras muchas.

–Ignoran que muchos de los grandes partidos actuales comenzaron siendo cuatro gatos. «El reino de los cielos es semejante a un grano de mostaza, que toma uno y lo siembra en su campo, y con ser la más pequeña de todas las semillas, cuando ha crecido es la más grande de todas las hortalizas y llega a hacerse un árbol, de suerte que las aves del cielo vienen a anidar en sus ramas» (Mt 13,31-32). La salvación, también política, viene de Dios, y «para el Dios del cielo no hay diferencia entre salvar con muchos o con pocos» (1Mac 3,18).

Pero no, los católicos malminoristas quieren el triunfo social-político ahora mismo, sin atravesar el desierto, sin salir de Egipto en un éxodo que quizá dure cuarenta años, hasta llegar a la Tierra prometida. Tienen miedo entre tanto a la soledad, a la pobreza, a la marginación social, a la falta de medios para actuar en la vida pública, a la vida escondida con Cristo en Dios, sin prestigios mundanos y riquezas. No saben que es imposible ganar la vida sin perderla, ni seguir a Cristo sin tomar la cruz. Es decir, no han recibido el Evangelio.

–Ignoran que el criterio fundamental para discernir el voto ha de ser la conciencia, mucho más que el cálculo de oportunidades, mucho más que el «voto útil». Al menos en forma habitual y crónica, no puede darse en conciencia el voto a partidos malminoristas, aliados con la Bestia política mundana y asociados a sus crímenes. El voto, como tantas veces han exhortado los Pastores sagrados, ha de darse «en conciencia». Por tanto, lea usted los programas de los diversos partidos, y entregue usted su voto sin vacilaciones a alguno de aquellos que son fieles al orden natural, a la soberanía de Dios, a la doctrina política de la Iglesia. Y si esa decisión viene a situarle con la oposición, o ni siquiera eso, con la nada política, siga votando a ese partido con humildad y confianza. Siga votándole en conciencia.

–Ignoran que muchos partidos pequeños han tenido un poder político grande, aunque para saberlo no es necesaria la fe; basta con el conocimiento de la historia y del presente. En Alemania, Reino Unido, Italia, también en la España actual y en tantos otros países, como en Israel los mínimos partidos religiosos, el peso escaso de partidos pequeños ha llegado a marcar a veces decisivamente la política nacional en graves cuestiones.

–Benedicto XVI: «Renuevo mi llamamiento para que surja una nueva generación de católicos», Pastores y laicos, cada uno cumpliendo su propia vocación, «que se comprometan en la política sin complejos de inferioridad», personas renovadas interiormente (meta-nous), católicos que, libres de los pensamientos y caminos del mundo, abran sus mentes al Magisterio apostólico sobre la doctrina política, que hoy muchos, en todos los gremios de la Iglesia, ignoran, más aún, falsifican y rechazan.

Reforma o apostasía.

José María Iraburu, sacerdote

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JMI.- Tengo, sí, idea de publicar la serie como un libro.
Y otras series, como las que dediqué a Gracia-libertad.

05/02/11 7:04 PM

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santodomingo Padre, creo que ha dado en el clavo cuando habla de los católicos liberales que se avergüenzan del término "Iglesia Militante".

Hoy mismo, hablando con uno de ellos, me dice algo así: "a mí no me gusta esa actitud de estar siempre en guerra contra el mal, contra las herejías, contra tantos enemigos. Prefiero una Iglesia donde se está a gusto simplemente, cada uno buscando a Dios."

Le he contestado que el cristiano tiene que estar en guerra permanente contra el pecado. Si tenemos pecado dentro de nosotros, también es evidente que hay pecado a nuestro alrededor. Si no lo combatimos significa que aceptamos que ya nos hemos rendido, y quiera o no, nos dominará.

Siempre ha sido así, pero resulta que hoy en Occidente la cosa está peor que nunca, por lo que nuestra beligerancia en teoría debería ir en aumento. Sin embargo, vemos que cada vez más gente se ha dejado conformar al mundo, como dice San Pablo. La gente no quiere sufrir ni luchar por Cristo. Quiere vivir cómodamente, sin complicaciones. Hay que explicarles que esa actitud desde luego no es cristiana.
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JMI.- Esos cristianos se avergüenzan del Evangelio, bueno, y de Cristo: "Yo he vencido al mundo"... será porque lo ha combatido ¿no? "Ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera"... ¿por las buenas, indicándole la puerta y diciéndole que la cierre por fuera?

No acabaría yo de citar al NT. Y el Apocalipsis está todo concebido como una batalla inmensa, continua, entre los hijos de la luz y los de las tinieblas (lo mismo Vat.II, Gaudium et spes 37), sujetos a la Bestia, fortalecida ella por el Dragón infernal...

Es increíble, con qué paz estos cristianos ignoran lo que tan claro está en Biblia, Tradición, Magisterio, Catecismo... y se quedan tan anchos.

Oremos, oremos, oremos.
Y hablemos claro y fuerte, como lo hacía Cristo.

05/02/11 8:34 PM

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(60 -2) Son teólogos que han perdido la fe

12.02.11 A las 11:22 AM, por José María Iraburu

–O sea que después del (123) publica usted el (60 -2). Lo que faltaba. ¿No convendría que le vieran?
–Una serie de artículos puede ordenarse por la cronología o por los temas tratados, como lo hago yo esta vez. ¿Pasa algo?

«Kirche 2011. Ein notwendiger Aufbruch» (Iglesia 2011. Una salida necesaria) es un manifiesto firmado por unos 150 profesores de teología de Alemania, Suiza y Austria, publicado en el diario Süddeutsche Zeitung hace un año, el 4 de febrero de 2011, y hace unos días difundido ampliamente, quizá con motivo de la próxima visita del Papa a Alemania, para ir preparando el ambiente.

El escrito, aprovechando que el río Pisuerga pasa por Valladolid, parte de «los abusos sexuales a niños y jóvenes cometidos en el Colegio Canisio de Berlín por sacerdotes y miembros de órdenes religiosas». Aquel horror ha sumido desde hace un año a la Iglesia Católica en Alemania «en una crisis sin precedentes», ocasionando en muchos cristianos el convencimiento de que «son necesarias reformas profundas». Como «no se vislumbran apenas reformas que miren al futuro», éstas que los firmantes proponen son tan necesarias y urgentes que, si no fueran acogidas, «un silencio sepulcral echaría por tierra las últimas esperanzas», y «no significaría más que la calma de la tumba». Tremenda situación.

¿Y cuáles son esas reformas «profundas» tan urgentes? ¿Reafirmar la divinidad de Jesucristo, su condición única de Salvador, la virginidad de María, la fe en la Iglesia como «sacramento universal de salvación», la distinción real entre sacerdocio ministerial y común? ¿O se intenta recuperar la misa dominical, la oración y los sacramentos, especialmente el de la penitencia, casi extinguido? Etc.

No. La salvación de la Iglesia exige absoluta y urgentemente «la renovación de las estructuras eclesiales». Es imprescindible que haya «más estructuras sinodales en todos los niveles de la Iglesia». Es absolutamente necesario afirmar con más fuerza la libertad de conciencia, la opción por la justicia y los pobres, la participación de los fieles en la elección de Obispos y párrocos, el reconocimiento de que «la Iglesia necesita también sacerdotes casados y mujeres en dignidades eclesiásticas», la no exclusión (se entiende, de la Eucaristía) de las parejas adúlteras o de las parejas homosexuales. Todo metido en un mismo saco.

Manifiestos como éste ha habido docenas desde hace medio siglo. La Kirche 2011 es una continuación de la Declaración de Colonia, firmada en 1989 por 220 «teólogos» y con-firmada entonces por 62 «teólogos» de España. Continúa también la iniciativa Somos Iglesia de 1995, y está en la línea de otras muchas. Por falta de Declaraciones y abajofirmantes no queda. En España, la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII las producen anualmente.

Y es notable que los apologistas católicos que hoy salen al frente de los errores anti-católicos y de estos manifiestos-basura suelen ser muchas veces laicos. En tiempos eran algunos Obispos y teólogos –Ireneo, Agustín, Belarmino– quienes con más fuerza y autoridad salían a defender públicamente la fe y la disciplina de la Iglesia. Hoy cumple esa misión el Papa, pero más bien suelen con él ser laicos, como Messori, Caturelli, Weigel, Michael O’Brien, quienes con más fuerza «combaten los buenos combates por la fe» (1Tim 6,13). Son excepciones poco frecuentes escritos como aquel de Mons. Demetrio Fernández, actual Obispo de Córdoba, sobre el Jesús de Pagola, o artículos como el de Mons. Schneider, Obispo auxiliar de Karaganda, Necesitamos un nuevo Syllabus.

En InfoCatólica, concretamente, la Kirche 2011 ha sido enérgicamente rechazada por los laicos Luis Fernando Pérez Bustamante y por Bruno Moreno, éste primero en clave jocosa, y después en serio. También ha sido muy fuerte la crítica del escritor alemán Peter Seewald, el entrevistador del Cardenal Ratzinger y del Papa Benedicto XVI. Considera a los firmantes «ramas podridas» del árbol de la Iglesia, y ve en este nuevo bodrio teológico «una acción concertada de fuerzas neoliberales que hacen presión para conseguir transformaciones que tendrían por resultado despojar a la Iglesia Católica de su mismo ser, y por tanto de su espíritu y de su fuerza». Pide finalmente la dimisión del portavoz de la Conferencia Episcopal alemana, P. Hans Langendörfe, S. J., que acogió el documento como una contribución positiva de los firmantes al diálogo con los Obispos.

Han perdido la fe. No son católicos… En su crítica llega Bruno Moreno a una conclusión terrible: «muestran claramente que no tienen fe. Les da igual la doctrina de la Iglesia. Es triste decirlo, pero no son católicos»… Esta afirmación puede parecer excesiva, pero si consideramos, aunque sea brevemente, la doctrina católica, se hace necesario reconocer que es una afirmación exacta.

La Escritura afirma que la Esposa de Cristo, «la Iglesia de Dios vivo, es el fundamento y la columna de la verdad» (1Tim 3,15). Es la Iglesia la que con Dios genera las Escrituras y la única que tiene autoridad infalible para interpretarla. Creemos en los cuatro Evangelios canónicos, y no en los apócrifos, porque la Iglesia así lo enseña. Creemos luego en una y otra verdad revelada en los Evangelios porque así lo entiende la Iglesia, no según el parecer individual de cada uno. El Vaticano II enseña que «Tradición, Escritura y Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros» (DV 10).

Los Padres de la Iglesia enseñaban que los herejes solamente de nombre son cristianos, porque no reconociendo la infalibilidad docente de la Iglesia, no teniéndola por Madre y Maestra, aceptando unas verdades y rechazando otras, no tienen la fe teologal. San Agustín decía que «los que en el Evangelio creéis lo que queréis, creéis más que en el Evangelio en vosotros mismos» (Contra Faustum 17,3).

La teología enseña igualmente que quien no acepta todas las verdades de fe enseñadas por la Iglesia es un hereje, pues deja de creer en su autoridad docente apostólica e infalible, y al apartarse del credo in Ecclesiam, destruye en sí mismo la virtud teologal de la fe. Y en este sentido, para caer en la herejía viene a ser lo mismo negar una o muchas de las verdades de la fe católica.

Podrá, sin duda, haber herejes –protestantes, por ejemplo– en absoluta buena fe, que por error invencible, creyendo sinceramente que no es necesaria la mediación de la Iglesia para poder prestar adhesión plena a la Escritura revelada, incurren así en herejía no formal, sino puramente material, y llegan a tener fe divina, aunque no fe divina católica. Pero resulta casi imposible admitir que tan grave error pueda ser invencible en católicos especialmente formados. Si el Catecismo de la Iglesia Católica confiesa, por ejemplo, que la existencia de los ángeles «es una verdad de fe» (328), son ciertamente herejes el párroco, el teólogo o el catequista que niegan esa existencia o la ponen en duda. ¿Qué ganamos con silenciar esta verdad? Son católicos que han perdido la fe. Y que, con el fervor de conversos, hacen todo lo posible para que también otros la pierdan.

Santo Tomás de Aquino enseña que para caer en la herejía basta con negar una sola de las verdades de la fe católica (STh II-II,5, 3). Ateniéndose a la tradición patrística, lo argumenta así:

«El hereje que rechaza un artículo de fe no tiene el hábito [la virtud] de la fe, ni formada ni informe… El objeto formal de la fe es la Verdad primera, manifestada en las sagradas Escrituras y en la doctrina de la Iglesia. Por lo tanto, quien no se conforma ni se adhiere, como a regla infalible y divina, a la doctrina de la Iglesia, que procede de la Verdad primera, manifestada en las Escrituras, no posee el hábito de la fe, sino que las cosas de fe las retiene por otro medio diferente». Puede un hombre que no tiene fe reconocer, p. ej., a Dios como Creador único, sin llegar a ese conocimiento por la fe, sino por la sola razón (cf. Rom 1). No tiene fe, aunque afirma una verdad de fe.

«Por eso es evidente que quien presta su adhesión a la doctrina de la Iglesia, como regla infalible, asiente a todo lo que ella enseña. Por el contrario, si de las cosas que sostiene la Iglesia admite unas y rechaza otras libremente, entonces no da su adhesión a la doctrina de la Iglesia como a regla infalible, sino a su propia voluntad» y juicio.

«El hereje, pues, que pertinazmente rechaza un artículo [de la fe] no se halla dispuesto para seguir en todo la doctrina de la Iglesia –aunque no sería hereje, sino solo un equivocado, si no lo hiciera con pertinacia–. Consiguientemente, queda manifiesto que el hereje que niega un solo artículo no tiene “fe” de los otros artículos, sino únicamente “opinión” según su propia voluntad». Por el libre examen se abandona la fe teologal y se pasa a la opinión personal.

Y en el Ad secundum del mismo lugar: «a todos los artículos revelados asiente la fe por un único medio, cual es la Verdad primera, como se nos propone en las Escrituras interpretadas según la sana doctrina de la Iglesia. Por tanto, quien se aparta de este medio [la autoridad docente de la Iglesia] pierde totalmente la fe (totaliter fide caret)».

Es un error grave y muy difundido estimar que alguien es ortodoxo y tiene la fe católica en casi todo su pensamiento, aunque se desvíe en unas pocas cuestiones de fe y costumbres. En realidad, no tiene la fe católica si no admite toda la doctrina de la Iglesia.

Así es como la Iglesia entiende la naturaleza de la herejía y del cisma: «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad (una) que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma; apostasía es el rechazo total de la fe cristiana; cisma, el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos» (Código Dº Canónico 751; Catecismo 2089). Y «el apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión “latæ sententiæ”» (Código 1364,1).

Según esto, muchos teólogos católicos actuales son herejes y están excomulgados, pues niegan con pertinacia una o más verdades de la fe católica, como, por ejemplo, la intrínseca y grave maldad del adulterio o de la unión estable homosexual. Son muchos, como digo, los teólogos católicos que niegan alguna, varias o todas las verdades que refiero ahora a modo de ejemplo: la preexistencia divina del Verbo, la historicidad objetiva de los Evangelios, y concretamente de la resurrección de Jesús, la condición única de Cristo como Salvador de los hombres, la virginidad perpetua de María, la realidad verdadera de la Presencia eucarística, la naturaleza y transmisión del pecado original, la existencia del purgatorio, de los ángeles, de los demonios, la posibilidad de una condenación eterna, la necesidad del sacramento de la penitencia, la condición sacrílega e inválida de una «Eucaristía» celebrada por fieles no ordenados, la necesidad de la fe y de las misiones, y como éstas, otras muchas verdades de la fe.

–No son católicos, sino solo de nombre. Han perdido la fe, y trabajan cuanto pueden para que otros cristianos, cuantos más mejor, también la pierdan. Hoy yo querría para los predicadores apostólicos el celo que muestran los predicadores anti-apostólicos.

–Están excomulgados, aunque no se haya dictado por parte de la autoridad de la Iglesia ninguna sentencia de excomunión: incurren en ella latæ sententiæ. Y si son sacerdotes y, estando excomulgados, celebran la Eucaristía y los sacramentos cometen sacrilegios.

–En aquellos casos en que ciertos teólogos son «herejes» es una vergüenza hablar de ellos como teólogos «disidentes». Los eufemismos no son cristianos, nada tienen que ver con el modo de hablar de Cristo y de los Apóstoles, como ya vimos (24-26). Solamente valen para expresar una realidad horrible con unas palabras débiles, suavizantes, que les quitan gravedad. Solo consiguen revestir una realidad pésima con una apariencia respetable, impidiendo así su corrección y sanación. El lenguaje eufemístico desde hace medio siglo hace estragos en la ortodoxia eclesial, y especialmente en el campo del ecumenismo.

–Muchos teólogos, siendo herejes y excomulgados, han enseñado y están enseñando durante varios decenios en Seminarios y Facultades católicas de teología, en noviciados y parroquias, en catequesis y ciclos de conferencias, y a través también de numerosas publicaciones, ampliamente difundidas por Librerías católicas, algunas de ellas diocesanas. Todo esto son hechos innegables.

Cuando en la formidable instrucción pastoral Teología y secularización (30-III-2006) la Conferencia Episcopal Española, en su LXXXVI Asamblea Plenaria, en el 40º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, expone y refuta un amplio elenco de graves errores contra la fe y la moral, expone y refuta lo que se ha estado enseñando durante 40 años, y en buena parte se sigue enseñando, en muchos de los centros y lugares que acabo de aludir. José Ortega y Gasset solía decir que no es infrecuente el predicador que «desde el púlpito, finge un maniqueo absurdo para darse el gusto de refutar al maniqueo». En este caso la Conferencia Episcopal no fingía errores y herejías, sino que hacía un exacto retrato del natural.

–Son muchos los que han enseñado y siguen enseñando impunemente durante decenios dentro de la Iglesia verdaderas herejías. Esto lo sabe cualquier católico medianamente enterado. No se les aplica la norma establecida por la Ley de la Iglesia: «debe ser castigado con una pena justa: 1.-quien enseña una doctrina condenada por el Romano Pontífice o por un Concilio ecuménico… y amonestado por la Sede Apostólica o por el Ordinario, no se retracta» (Código 1371,1). Más aún, algunos de ellos han sido promovidos a altas funciones eclesiásticas.

Orate, fratres. Oremos, hermanos, por la conversión de los herejes, especialmente por aquellos que se consideran y son tenidos por católicos. Corruptio optimi pessima. Oremos al Señor para que nuestra propia conversión ayude a la de ellos. Oremos por el pueblo cristiano y fiel, para que las herejías internas, que tantas veces lo confunden y desvían, sean superadas en la Iglesia de Cristo, «fundamento y columna de la verdad», por la doctrina ortodoxa.

José María Iraburu, sacerdote

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Carlos Freile

Un conocido periodista de opinión ecuatoriano, sacerdote secularizado y casado, escribe lo siguiente en su columna de este día: "El 9 de febrero de 1970, un par de meses antes de cumplir los 43 de edad, el padre Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, firmó una carta dirigida a la Conferencia Episcopal Alemana, en la que cuestionaba el celibato de los sacerdotes. También firmaron la carta ocho teólogos de lengua alemana. Algunos mundialmente famosos en el campo de la teología católica como Karl Rahner, Otto Semmelroth, Karl Lehmann y Walter Kasper".
¿Sería tan amable en informarnos de manera objetiva sobre este asunto? Siempre he respetado su opinión y sus conocimientos. Gracias.

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JMI.- No tengo información exacta sobre ese asunto. No le puedo decir.
En todo caso no está en juego ahí una cuestión doctrinal, que afecte a la fe, sino una cuestión que es de prudencia. La doctrina de la Iglesia, en cambio, es combatida por quienes piden -exigen- sacerdocio femenino, admisión en la eucaristía de parejas adúlteras o de parejas homosexuales, etc. Es asunto muy diverso.

Por otra parte conviene recordar que el Sínodo Episcopal III (oct-nov. 1971), que estudió a fondo el sacerdocio ministerial, atendiendo algunos pedidos y sugerencias, trató ampliamente del celibato sacerdotal y de la ordenación de hombres casados, y reafirmó la enseñanza y disciplina de la Iglesia latina, expresándolo así en el documento final con firmeza y claridad (nº 4, a-f). Los eclesiásticos aludidos aceptaron el dictamen.

13/02/11 12:36 AM

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Luis Fernando

Yo a veces me pregunto: ¿De qué le vale a la Iglesia ser columna y baluarte de la verdad si permite pastoralmente que la mentira y la herejía campe a sus anchas en su seno?

Si se proclama la verdad pero no se combate la mentira, se está a un paso de aceptar que verdad y mentira son la misma cosa.

Jamás en la historia de la Iglesia hemos estado en una situación como la actual. Hubo tiempos de permisividad contra situaciones escandalosas de pecado, corrupción, etc. Pero nunca como ahora la herejía ha vivido tan a gusto dentro de la propia Iglesia. Por eso el título de este blog, "Reforma o apostasía", no es un eslogan. Es una necesidad apremiante. O esto cambia, y mucho, o tendremos que pensar que estamos ante la anunciada gran apostasía anterior a los últimos tiempos. Y conste que sólo puede apostatar quien alguna vez ha tenido fe verdadera. Es decir, hablar de la apostasía del mundo es una solemne estupidez. Sólo apostatan los cristianos. Y más concretamente los católicos. Lo tenemos delante de nuestras narices.
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JMI.- Bueno, pero respondiendo a lo primero, unos monofisitas pueden estar en su herejía cristológica hasta el fin del mundo, permanecer en ella. La Iglesia Católica no. Puede difundirse en ella de modo invasor, p.ej., el arrianismo. Pero en sí misma tiene el ESanto, y más pronto o más tarde recupera la verdad católica: no puede en lla "instalarse" un error por tiempo indefinido. ELLA ES la columna y el fundamento de la verdad: la sostiene el ESanto enviado por Cristo desde el Padre. 13/02/11 1:21 PM

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Gonzalo.Chile Sr. Iraburu

Estos teólogos pueden y de hecho lo hacen, pensar muy distinto a lo que usted estima una correcta hermeneutica eclesiologia.Pero usted no tiene NINGUN derecho a afirmar PUBLICAMENTE que ellos han perdido su fe.Eso es un abuso.Diga que piensa distinto a ellos, creo que en eso no hay problema pero usted no tiene derecho a meterse en la conciencia de Nadie, Sr. Iraburu.
Que su porfiada defensa de algunas "tradiciones" de la Iglesia (con t minúscula distinta de la gran Tradición)no le haga caer en graves faltas a la caridad, mire que con los discipulos que usted ha formado y que se creen periodistas,y directores de webs pseudo-católicas como ésta, deja haaaaarto que desear
Hasta luego
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JMI.- Ignora usted los argumentos que doy, como si no los diera. Una persona que niega pertinazmente una doctrina que la Iglesia presenta como verdad de fe (p.ej., la existencia de los ángeles), es hereje. Así lo asegura la Iglesia, cuando define al hereje, como ya he documentado en el artículo. Y los teólogos que incurran en esas negaciones de verdades católicas de fe son herejes. Yo no digo MÁS de lo que la Iglesia dice.

Y en esto no entra para nada que "piensen muy distinto de lo que usted"... Se sale usted completamente de la cuestión. Elude el planteamiento sencillo y realista que hago del tema.

14/02/11 4:40 PM

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Martin Ellingham

El artículo del P. Iraburu se refiere a herejías externas y públicas, no al fuero interno de unos teólogos que se desconoce.

De poco sirve replicarle argumentando que alude al fuero interno, y al mismo tiempo suponer que en todos los casos mencionados hay ignorancia invencible, lo que pertenece al fuero interno.

Tampoco es consistente hablar de falta de caridad, porque la caridad cristiana está al servicio de la Verdad, y es obra de exquisita caridad eclesial predicar la verdad y denunciar el error. Caridad social, caridad eclesial, que se preocupa por el bien común de la pacífica posesión de la fe.

Saludos 15/02/11 1:17 PM

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Pedro... Pero es que usted no se limita a decir que en tal o tal punto se apartan del catecismo. Usted lo que dice en el título de su blog de forma absoluta es que "son teologos que han perdido la fe". Ya no son hombres de fe, ya han dejado de creer. Pues incluso con todos los puntos que mencionan en su escrito no se apartan ni en un solo punto del Credo de la Iglesia Católica que recitamos en la Eucaristía. Es decir que lo que dicen no está contenido en ese Credo y va usted y dice que han perdido la fe. Y se queda tan pancho. Puede usted recriminarles si quiere que se apartan de tal cuestión contenida en el catecismo (del 1256 o del 1678 o del que usted quiera. Pero titular así: Han perdido la fe. ¡Por favor!
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JMI.- Tengo que salir de casa ahora, y trato de responderle a mi regreso. Hasta luego, Pedro.

15/02/11 3:49 PM

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José María Iraburu

Pedro,
ya estoy de vuelta. Lo malo es que tengo que volver a salir. Si uno tuviera únicamente el trabajo del blog, podría atenderlo mejor. Pero.

Dice usted: ... «no se apartan ni en un solo punto del Credo de la Iglesia Católica que recitamos en la Eucaristía».

No pertenecen a la fe católica solamente las verdades incluídas en el Credo (el dogma, p.ej., de la Inmaculada no está en el Credo), ni solo las que han sido objeto de una definición dogmática. Una verdad que en materia de fe y costumbres ha sido enseñada en la Iglesia siempre y en todo lugar es una verdad de fe. Y negarla es herejía.

Kirche 2011 hace muy graves acusaciones a la Iglesia acerca de varias graves cuestiones. Entre otras acusaciones, por ejemplo, el manifiesto afirma que la Iglesia se ha hecho culpable de una «perversión del mensaje libertador de la Biblia en una moral rigorista sin misericordia» o que debería reconocer en los fieles «la libertad de conciencia», como si ésta estuviera oprimida por la doctrina y la disciplina de la Iglesia. Son frases heréticas, inconciliables con el credo in Ecclesiam, que sí está formulado en el Credo. Pero como se ve son frases que por su vaguedad no permiten una evaluación precisa y exacta. Y son muchas. No entro ni a señalarlas ni a refutarlas.

Parejas adúlteras y parejas homosexuales. Kirche 2011 exige que la Iglesia no «excluya» a las parejas que viven establemente su amor casadas después de un divorcio o en unión homosexual. Se entiende, que no las excluya de ciertos sacramentos, y concretamente de la comunión eucarística (ver Juan Pablo II, enc. Familiaris consortio, 1981, al final, sobre las uniones irregulares). Pero esta prohibición no es una cuestión meramente disciplinar de la Iglesia, que podría ser quitada mañana, sino una norma fundamentada en la misma fe católica y enseñada por la Iglesia siempre y en todo lugar. «No os engañéis... ni los adúlteros, ni los invertidos, ni los sodomitas»... (1Cor 6). Afirmar que la Iglesia tiene en caridad una obligación de recibir en la comunión eucarística, sin excluirlas, a las parejas adúlteras y a las homosexuales va contra la fe de la Iglesia. Es una doctrina herética.

En otro rato, en cuanto pueda, veo el tema del sacerdocio ministerial femenino que Kirche 2011 considera «necesario».

15/02/11 8:08 PM

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Pedro... ¿Eran también herejes los que en los años cincuenta afirmaban la existencia del principio de libertad religiosa, principio que venía negando la Iglesia desde hacía bastante tiempo?

PD. No pretendo con estas cuestiones darle la razón en todo a los teólogos estos. No es esa mi intención, sino discutir unas afirmaciones que considero discutibles.
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JMI.- Sobre la libertad religiosa trataremos, quién sabe, en otra ocasión, si el Señor nos lo concede. Alguna tarde que estemos aburridos, sin saber de qué hablar.

15/02/11 8:53 PM

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José María Iraburu

Pedro, sigo.

Sacerdotes casados y ¿sacerdocio femenino?. Kirche 2011 dictamina: «Die Kirche braucht auch verheiratete Priester und Frauen im kirchlichen Amt». «La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes casados y de»... lo que sigue son palabras de significado ambiguo, ministerio de Iglesia, funciones... Algunas páginas-webs de lengua hispana, tal como está el patio, han traducido simplemente «ministerio ordenado».

Sobre el celibato sacerdotal en la Iglesia latina se pronunció el Concilio Vaticano II (Presbyterorum ordinis, 1965), Pablo VI en la encíclica Sacerdotalis coelibatus (1967), también lo hizo con gran firmeza y amplitud el III Sínodo de los Obispos (1977). Y todavía ha sido reafirmada esa doctrina y disciplina en varias ocasiones más. Discutir una y otra vez esta norma de la tradición, enérgica y claramente reafirmada por la Autoridad apostólica de los últimos tiempos, diciendo que es "necesario" cambiarla, es muy difícilmente conciliable con el credo in Ecclesiam.

Y sobre el sacerdocio ministerial femenino, que algunos lo ven también exigido, aunque en formulación cautelosa, por Kirche 2011, le copio por si acaso (por si acaso lo exigen) algunos párrafos de la carta apostólica de Juan Pablo II Ordinatio sacerdotalis (1994). Argumenta el Papa, con numerosos datos de Escritura y de Tradición apostólica, esa norma enseñada y vivida por la Iglesia católica siempre y en todo lugar. Cita el documento de la Congregación de la Fe elaborado en el mismo sentido por mandato de Pablo VI (Inter insigniores, rescripto al Arzobispo de Canterbury, 1975), y concluye diciendo:

«Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia».

A pesar de la fuerza y claridad de esta carta apostólica, fue resistida por algunos, y un Dubium fue enviado entonces a la Congregación de la Fe:

«Preg.- Si la doctrina, según la cual la Iglesia no tiene facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, propuesta en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis como dictamen que debe considerarse definitivo, se ha de entender como perteneciente al depósito de la fe.
«Resp.: Afirmativa».


Y con el favor de Dios, aún le añadiré en otro rato, estimado Pedro, una última observación.

15/02/11 9:05 PM

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José María Iraburu

Pedro, por último.

–«Son teólogos que han perdido la fe». El título de mi artículo es un latigazo, como ciertas expresiones de Cristo: «Raza de víboras. Sepulcros blanqueados, limpitos por fuera, llenos de podredumbre por dentro», etc. Procuro seguir a mi Maestro incluso en los modos de hablar, según conviene. Mi artículo parte del Kirche 2011, pero ya por la mitad, llegando a la cita larga de Sto. Tomás, da otro paso y trata de los teólogos disidentes en general, que muchas veces no son meramente «disidentes», sino «herejes». Y a éstos es a quienes el artículo aplica derechamente su título. Copio y pego de mi texto:

«Según esto, muchos teólogos católicos actuales son herejes y están excomulgados, pues niegan con pertinacia una o más verdades de la fe católica, como, por ejemplo, la intrínseca y grave maldad del adulterio o de la unión estable homosexual. Son muchos, como digo, los teólogos católicos que niegan alguna, varias o todas las verdades que refiero ahora a modo de ejemplo: la preexistencia divina del Verbo, la historicidad objetiva de los Evangelios, y concretamente de la resurrección de Jesús, la condición única de Cristo como Salvador de los hombres, la virginidad perpetua de María, la realidad verdadera de la Presencia eucarística, la naturaleza y transmisión del pecado original, la existencia del purgatorio, de los ángeles, de los demonios, la posibilidad de una condenación eterna, la necesidad del sacramento de la penitencia, la condición sacrílega e inválida de una "Eucaristía" celebrada por fieles no ordenados, la necesidad de la fe y de las misiones, y como éstas, otras muchas verdades de la fe.
«No son católicos, sino solo de nombre. Han perdido la fe», etc.

En Alemania, Austria y Suiza esos y otros errores doctrinales graves, lamentablemente, se dan con relativa frecuencia, como también en Holanda y en otros países. Y de ese campo es de donde nace la Kirche 2011.

16/02/11 9:38 AM

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Pedro...
Estimado Dr. Regis, por el tono de sus respuestas creo que no le vendría mal leer el siguiente texto (y conste que me refiero a su forma de expresarse y no a las verdades de la Santa Madre Iglesia).

"Hay gente que habla de Dios como si hubiera estado desayunando con él esta mañana...no es lo mismo certeza que seguridad. Yo tengo certeza en mis convicciones más firmes. Pero, sobre esas convicciones, no puedo tener la certeza que me da una ecuación matemática pura. Yo estoy convencido de que mi madre me quiso mucho. Pero sobre esa convicción no tengo la seguridad que tengo cuando digo que dos y dos son cuatro.
Es lamentable que muchas personas, por ignorancia de los principios más básicos de la hermenéutica, se aferren a una seguridad que les hace daño a ellos. Y desde la que pueden hacer daño a otros. Todo acceso a la realidad es, por eso mismo, una interpretación de la realidad. Y mucho más cuando hablamos de una realidad que nos trasciende...
El que piensa que él ve la realidad “tal cual es” y que, por tanto, las cosas son “como él las ve”, lo que en realidad está pensando es que todo el que no ve las cosas como él las ve, está equivocado. Una persona que piensa así y se aferra a semejante seguridad, aunque no se dé cuanta de lo que le pasa, es una persona que se ve superior a los demás. Y que, por tanto, piensa que los demás tienen que aprender de él, en tanto que él está llamado a enseñar. Y no tiene por qué modificar sus criterios, sus puntos de vista, sus propias seguridades. De una postura así, al fundamentalismo o incluso al fanatismo, hay sólo un paso."

16/02/11 4:50 PM

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Dr. Regis

Sigue usted sin responder al asunto... si la herejía es lo que he dicho, y lo que han afirmado los teólogos es contrario a la fe... no veo el problema...
A menos que usted no esté de acuerdo en que lo que ellos han dicho es contrario a la fe... en cuyo caso, no estaríamos hablando de "mi modo de expresarme" sino "de las verdades de la Santa Madre Iglesia" ¿No?

16/02/11 11:13 PM

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naftul

Dn José Mª: Hoy germinans nos ofrece un artículo "interesante" "Porqué necesitamos Democracia Cristiana" con mayuscula "y no partidos políticos" o algo así más o menos. Me parece que va a tener trabajo extra. saludo.
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JMI.- El título es un tanto equívoco, pero como al final del artículo dice (continuará) esperemos a dónde llegan las ideas que expondrá. Y esperemos que sean buenas y verdaderas. 17/02/11 9:21 AM

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Javivi

Qué tendran las palabras del padre Iraburu que tanto ofenden a algunos. En mi caso causan el efecto contrario, apaciguan por completo mi alma y me ayudan a crecer en la fe. Para gustos los colores, ya ven. Si irá bien encaminado el título del artículo que algunos malvados cavernícolas ya llaman a estos abajofirmantes "ateólogos" en vez de teólogos. Cosicas.
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JMI.- Pues sí, efectivamente. Eso hace ver hasta qué punto hay verdades olvidadas, más aún rechazadas por convicciones contrarias, influidas por el mundo vigente.

Esta afirmación es difícilmente discutible, pues no dice más que lo afirmado explícitamente por la Iglesia (Catecismo, Código): "Los teólogos católicos que enseñan en forma incompatible con alguna verdad enseñada por la Iglesia como de fe católica, no son disidentes meramente, son herejes y por ello están excomulgados".

Algunos se retuercen en las tinieblas ante esta luz de verdad:

"No tiene usted caridad, debería avergonzarse, no es discípulo de Cristo"

"Usted no es nadie para juzgar la conciencia íntima de" etc.

Es una pena.
Pero refuerza en uno la convicción de que afirmar estas verdades es hoy enormemente necesario y urgente.

17/02/11 10:07 AM

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Luis Fernando

Voy a ver si consigo expresar una idea que tengo en mente. Quienes creen que son teólogos católicos aquellos que, por sus evidentes heterodoxias, no lo son, por lo general son personas a las que se podría aplicar perfectamente lo mismo que a dichos teólogos.

Es decir, no puede ser católico aquel que lee a un Queiruga cualquiera soltando herejías sobre la resurrección de Cristo y aun así le considera como teólogo católico.

17/02/11 8:55 PM

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Martin Ellingham

Hay que reconocer que desde el pontificado de Juan XXIII se ha operado un progresivo cambio en el rigor con el que se aplica la disciplina eclesiástica protectora de las verdades que enseña el Magisterio. Lo que hoy presenciamos con gran sorpresa, hubiera sido impensable en tiempos de Pío XII y del Cardenal Ottaviani. Para muchos, la tolerancia de la autoridad eclesiástica respecto de las opiniones heterodoxas, es un indicio fuerte de que no se trata de errores serios.

Saludos.

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JMI.- Pero como ud. bien sabe, lo son muchas veces. Son exactamente herejías.

17/02/11 11:24 PM

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miguel

Estimado Padre Iraburu
Podría tal vez aclarar criterios sobre la FSSPX .Muchos laicos estamos conbfundidos. Son ellos cismáticos o simp`lemente Ms Lefebre actuó en situación de emergencia y por lo tanto estarían de hecho en el seno de la Iglesia.Creo que sus seminarios se hallan atiborrados de postulantes y se hallan en las antítipodas de este grupo de teologos que Ud menciona.
Le gradecería sus conceptos y claras ideas al respecto
Gracias
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JMI.- Los comentarios han de versar sobre el artículo que comentan.

17/02/11 11:25 PM

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Un hereje de los que suscribe el memorando

No suelo comentar aquí por eso de que ya me sé qué me van a responder. Pero no puedo evitarme el gustazo de dar dos datos:

Fueron 143 al principio, ahora son 254 y sigue subiendo (más que en la Declaración de Colonia, por lo que la bonita comparación para decir que son menos ya no cuenta)

Ya hay miles de adhesiones, incluyendo la mía. Bueno, queridos martillos de herejes, ya tienen una bonita lista para empezar a excomulgar. Y digo excomulgar, porque yo no me voy a ir voluntariamente, así que a menos que nos echen, aquí nos quedaremos, y no vamos a callarnos...

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JMI.- De acuerdo, quito el "ahora son 144".

En todo caso, si lee mi "Reforma o apostasía", podrá comprobar que en muchos artículos afirmo que son MUCHOS los que se mantienen sociológicamente, incluso con sueldo, dentro de la Iglesia, habiendo perdido sin embargo la fe católica. Los "miles" esos a los que ud. alude triunfalmente los estoy aludiendo yo cada dos por tres: ninguna sorpresa. Confirma ud. lo que yo vengo diciendo hasta el cansancio. Que hay Iglesias locales en el Occidente descristianizado con más agujeros de herejías que un queso de Gruyère. En algunas (al menos en los niveles más ilustrados e influyentes) a veces son más los herejes que los ortodoxos. Éstos están arrinconados por aquéllos. Es un hecho.

18/02/11 4:13 PM

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Ignorante

Qué tipo de sanción reciben estos teólogos? A quién le correspondería sancionarlos?
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JMI.- En este mismo artículo se cita el Código, canon 1371,1.

18/02/11 8:24 PM

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José Manuel

LO OBJETIVO CONTRA LO SUBJETIVO o RELATIVO. Me parece que aquí el problema es distinguir entre lo objetivo y lo subjetivo. Qué es cada cosa. Para los adheridos a la Fe Católica, en su totalidad, es materia, son datos objetivos que se creen sobre hechos igualmente reales, objetivos. ¿Se puede considerar como objetivo algo que no se percibe por los sentidos, materialmente, física, visualmente??? Los creyentes decimos SÍ. La existencia de todos nuestros objetos en la Fe (ángeles, demonios, etc.) y los hechos-acontecimientos aceptados en nuestra Fe (Resurrección, Virginidad de María, etc.) son tan objetivos como algo concreto y material o visible que tocamos, aunque no los "sintamos", no los percibamos, no los veamos, no los comprendamos subjetivamente. Existen cosas objetivas concretas y también existen cosas objetivas abstractas, ejemplos de estas últimas son el bien, lo bueno, lo moral, lo santo, justo, los valores, mandamientos, virtudes, cosas abstractas pero ,objetivamente, buenas que las tomamos como tales, según nos las ha enseñado la Santa Iglesia, y para todos los creyentes que no han caído en el relativismo moral. Verdades de fe y moral claramente establecidas y definidas por la Iglesia. Uno puede adherirse o rechazarlas. Tomas la Fe o la dejas, pero eso es "lo que hay". Por tanto no hay que confundir la Fe con mi modo personal de figurarme, de representar, dibujar, imaginar en mi mente o interpretar ciertas verdades objetivas. Además incluso existen realidades objetivas invisibles tan concretas y reales como las que tocamos, aunque no las toquemos. No son abstracciones sino que tienen existencia real, objetiva, concreta p. ej. nuestra alma, la Santísima Trinidad - Dios y otros seres espirituales que no son Dios, tan reales y objetivos en su clase como el cuerpo que está aquí escribiendo.
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JMI.- Bueno, ya se entiende lo que quiere decir, pero alguna frase no es admisible.
"Para los adheridos a la Fe Católica, en su totalidad, es materia, son datos objetivos que se creen sobre hechos igualmente reales, objetivos".
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(124) Católicos y política –XXIX. ¿Qué debemos hacer?. 16

18.02.11 A las 4:21 PM, por José María Iraburu

–Bueno ¿terminamos o no?
–Oyéndole a usted, le viene a uno la imagen de un rinoceronte, con su piel áspera y su cuerno único.

Sí, vamos terminando esta serie sobre Católicos y política. Pero un par de artículos más, por lo menos, van a ser inevitables. Trataré de indicar los trazos principales que deben configurar los partidos católicos. Y recordemos en esto las palabras de Benedicto XVI, varias veces citadas (120): necesitamos «una nueva generación de católicos», «personas renovadas interiormente» en el pensamiento y en la conducta, que sean capaces de «comprometerse en la política sin complejos de inferioridad», etc.

–Quiénes somos (about us). Si es necesaria y urgente la existencia de partidos católicos confesionales (121), es conveniente que confiesen su fe abiertamente. Los miembros de un partido político católico, teniendo unas convicciones fundamentales comunes, deben manifestarlas explícitamente en sus Estatutos, y no esconderlas. La identificación política, sin disfraces ni vaguedades, debería ser algo obligado en la presentación pública de un partido, reconociendo así que los ciudadanos electores son seres racionales. Por lo demás, el que esconde su identidad doctrinal no por eso deja de profesarla. Es evidente que todos los partidos tienen más o menos unas coordenadas mentales y operativas comunes.

Pues bien, el mismo Credo de la Iglesia puede expresar los principios de un partido católico: la fe en Dios, en Cristo, en la razón, en el orden natural de una creación producida por el mismo Dios: «Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra… Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Creemos en la Iglesia y en todas sus doctrinas… Creemos en la vida eterna», etc.

Esta profesión de la fe en un partido confesional no tiene ningún inconveniente y tiene todas las ventajas. Y la mayor de éstas es que confiesa a Dios, a su Cristo y a su Iglesia allí donde, siendo quizá mayoría la población cristiana, ningún partido lo hace, siendo así que el silencio absoluto y sistemático de una verdad equivale a su negación. Por otra parte, esta declaración de los principios fundamentales del partido debe hacerse con toda sinceridad, sin eufemismos atenuantes, sin fórmulas meramente alusivas a una «inspiración» o a un «humanismo cristiano», o remitiendo solamente a las puras «raíces cristianas históricas» que identifican el alma de la nación. No, debe ser una simple confesión de lo que piensan y creen los integrantes del partido. Hacen así públicamente una profesión de fe, que los ciudadanos católicos deben a Dios y a su enviado Jesucristo.

Los Estatutos deben declarar también en su articulado fundamental

1.-que el partido acepta la Constitución, aclarando, eso sí, que la soberanía política radica en el pueblo en cuanto procedente de Dios Creador, que se la dió desde el principio: «dominad la tierra» (Gén 1,27ss); y que en la plenitud de los tiempos en que vivimos, esa soberanía procede precisamente de Cristo Rey, a quien ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18);

2.-que pueden afiliarse al partido miembros no-creyentes, siempre que acepten los valores fundamentales del cristianismo;

3.-que acepta íntegramente la doctrina política de la Iglesia, al mismo tiempo que afirma, conforme a la enseñanza de la misma Iglesia, la autonomía laical respecto de los Obispos en todas las cuestiones políticas prudenciales (121);

4.-que el partido profesa el principio de la tolerancia, en los términos en que la Iglesia lo entiende como necesario y conveniente (100), y que excluye, por tanto, toda pretensión de imponer por la violencia o la coacción política autoritaria la fe y las normas conductuales que de ella se derivan.

–Qué pretendemos (what we want). Es justo, equitativo y saludable que los miembros de un partido católico expresen sus fines del modo más claro posible. Digan abiertamente que pretenden «coordinar sus fuerzas para sanear aquellas estructuras y ambientes del mundo» que inciten a la inmoralidad y la injusticia, de manera que todas estas cosas «se conformen a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (Vaticano II, LG 36). Esto es lo que pretenden y éste es el intento que declaran.

Declaren que ellos quieren trabajar con todo empeño para «lograr que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43), y «para instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7). Precisen también, obviamente, que todo ello lo pretenden conseguir respetando las leyes vigentes, siempre que no sean contrarias a la ley de Dios, y en colaboración o en combate político con los demás partidos de la nación.

Estos cristianos, reunidos en un partido político, manifiesten con toda claridad, y en lo posible con frecuencia, que la vida presente es camino hacia una vida eterna. No se avergüencen en absoluto de pensar y de decir aquello de Jorge Manrique (1440-79). «Este mundo bueno fue / si bien usásemos dél / como debemos / porque, según nuestra fe, / es para ganar aquél / que atendemos» (Coplas a la muerte de su padre). ¿Por qué habrían de avergonzarse de pensar y de decir esta verdad? ¿Ellos, cristianos políticos, no están llamados también, y más aún que sus hermanos, a «dar testimonio de la verdad», concretamente en la vida pública (Jn 18,37)?

Sé perfectamente que en Occidente descristianizado estos planteamientos doctrinales y prácticos son compartidos por muy pocos grupos católicos. Más aún, les parecerán escandalosos. Y eso se debe a que actualmente la mayoría de los católicos ha asimilado en los principios fundamentales de la política el pensamiento de los enemigos de Cristo y de la Iglesia. Es lo que hemos ido comprobando al exponer los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia (97-105). Ayer, por ejemplo, recibía yo un e-mail de uno de mis lectores, alumno en la Facultad de Teología de una Universidad católica probadamente ortodoxa:

«Deseo acercarle lo sucedido en la clase de Moral política de esta mañana. El profesor, N. N., ha dicho textualmente que “no se debe cristianizar desde la política” y ha censurado el hecho de que Felipe II, en el lecho de muerte, aconsejara a su hijo que el primer objetivo de un gobernante es mantener la fe de sus súbditos. Creo que ha quedado claro, según el profesor, que el político debe separar de su actividad política todo lo que suene a Cristianismo… se supone que para no herir a los que no lo son… Esto con buena voluntad se puede entender bien, pero, dado el ambiente secularista en que nos movemos, a mí me ha sonado fatal y totalmente antipedagógico para los futuros formadores de la sociedad».

A través de un mensaje tan breve no es posible conocer exactamente el pensamiento del citado profesor de Moral política, un honrado y docto sacerdote. También es probable que ni él mismo sepa exactamente lo que piensa. En todo caso, podemos afirmar con toda seguridad que enseña exactamente lo contrario de la doctrina política de la Iglesia y que se escandaliza de los políticos cristianos reconocidos como santos.

En la Liturgia de las Horas, ese profesor y cuantos rezan el Oficio de lectura, conmemoran con devoción las vidas de San Fernando de Castilla, San Enrique de Alemania, Santa Isabel de Portugal, San Esteban de Hungría, San Luis de Francia, San Wenceslao de Bohemia, Santa Margarita de Escocia, Santa Isabel de Hungría, que buscaron con empeño servir fielmente a su pueblo sirviendo al Señor con toda fidelidad, y que buscaron el bien común de su nación en el respeto de las leyes divinas y naturales. Así lo manifiestan ellos mismos en sus cartas y testamentos, y sus hagiógrafos lo testifican. Por el contrario, el citado profesor de Moral política, y con él tantos otros profesores, sacerdotes, líderes laicos, teólogos e incluso Obispos, rechazan estos ejemplos, no aprenden nada de ellos. Piensan que aquellos eran tiempos de Cristiandad, otros tiempos. Y que no son ejemplares para quienes vivimos hoy.

La libertad de pensamiento y de palabra, una libertad exenta de todo complejo de inferioridad, ha de afirmarse claramente en un partido católico, tanto en sus Estatutos como en las acciones públicas o privadas de sus miembros. Un político que, por ejemplo, en una intervención parlamentaria se autoprohibe mencionar el nombre de Dios y de Cristo o inhibe en su lenguaje toda referencia a las exigencias morales absolutas de la propia naturaleza, abandona públicamente su condición de político católico. La virtud de la fortaleza, ejercitada con prudencia y valor, son absolutamente necesarias para un político católico digno de ese nombre. Una concesión sistemática al eufemismo, una ocultación crónica de los argumentos principales, los más fundados en Dios y en la naturaleza de la realidad, condena al político católico a una esterilidad completa: es sal desvirtuada, que no sirve más que para tirarla y que la pise la gente (Mt 5,13). Un partido que en la batalla del lenguaje es vencido, está ya derrotado en la lucha política.

Un político católico, por ejemplo, ha de combatir cierta ley del aborto afirmando simplemente que «es un homicidio», y que las leyes deben prohibir crímenes tan graves. Si alega sólamente que «no hay demanda social suficiente» para esa ley, está perdido: no vale para nada. Haría mejor en retirarse. Otro ejemplo. Un partido político y sus representantes tienen que afirmar con insistencia que considerar en las leyes y en las consejerías de educación que el matrimonio y la unión homosexual son igualmente naturales constituye una ofensa gravísima a la razón, un atropello a la verdad de la naturaleza. Deben sus políticos ridiculizar, y si es necesario con palabras malsonantes, que dan para los diarios buenos titulares, la pretensión de que es igualmente natural la unión sexual entre hombre y mujer –perfecta en su adecuación anatómica y fisiológica, sana, buena, bella, capaz de transmitir vida humana– y la unión homosexual –insana, fea, violenta, morbosa, estéril, capaz eso sí de transmitir enfermedades–. Deben acorralar implacablemente a los políticos adversarios, usando si conviene legislaciones comparadas, estadísticas e informes científicos, hasta avergonzarlos y confundirlos, como hacía Cristo con los enemigos de la verdad: hasta dejarlos sin palabras, hasta que les salgan los colores en la cara, y busquen desesperadamente cambiar de tema.

Un partido católico debe tener plena libertad para «dar testimonio de la verdad». No ha de respetar en modo alguno los tabúes ideológicos o verbales impuestos por la cultura anticristiana. Ha de saber que, perdida la batalla del lenguaje, está perdido el combate político. El político católico ha de combatir el buen combate en favor de la verdad de las palabras y de la verdad de las realidades. Ha de tener poderosas armas mentales y verbales para destruir con una fuerza dialéctica contundente todas las mentiras y los eufemismos falsos que tan eficazmente son esgrimidos por los adversarios (interrupción voluntaria del embarazo, exploraciones del cuerpo propio y ajeno, igualdad de género, etc.).

Dicen que algunas mafias criminales no reciben como miembro de pleno derecho a quien no haya cometido algún crimen verdaderamente respetable, un asesinato, un secuestro, un atraco a mano armada. En un partido católico no deberían confiarse cargos de importancia sino a aquellos miembros que hayan dado pruebas claras de su valentía mental y verbal, por ejemplo, nombrando a Dios, a Cristo, a la Iglesia, al orden de la naturaleza, en la sala de conferencias de un sindicato o de una residencia universitaria. Solamente los sin-vergüenzas, es decir, los que han perdido todo respeto humano, pueden militar dignamente en un partido católico. Los buenistas, sujetos en las férreas mallas de lo políticamente correcto –muchos de los cuales acaban pensando que lo políticamente correcto es lo correcto políticamente–, deben considerarse como perdidos para la civilización cristiana y para toda acción política, y conviene orientarles hacia otras posibles dedicaciones honradas como, por ejemplo, la jardinería, la filatelia o la caza del conejo.

Un partido católico debe presentarse hoy en el Occidente liberal y anticristiano como un partido antisistema, que acepta la Constitución de su nación por imperativo legal, y con todas las restricciones mentales que vengan exigidas por su texto. Pero que en los mismos Estatutos manifiesta claramente sus intenciones políticas. Posteriormente, Deo adiuvante, un trabajo político inteligente y atrevido podrá conseguir poco a poco, o rápidamente, ciertos cambios en el articulado de la Constitución, o ciertas interpretaciones de las altas Magistraturas, que saneen aquellas leyes que venían siendo aplicadas en forma inconveniente o criminal.

Un partido confesional católico debe combatir abiertamente contra la partitocracia vigente, el Estatismo totalitario, arrasador de las entidades intermedias, el atropello sistemático del principio de subsidiariedad, el antipatriotismo, la falsificación de la historia, de la cultura, del matrimonio y de la mujer; debe combatir el aborto y el divorcio, el egoísmo profesado unánimemente hacia las naciones pobres, la sujeción de la educación, de la judicatura, de las costumbres sociales a los dictámenes del poder político ejecutivo, etc. Y debe promover simétricamente una gran número de causas buenas y estimulantes. Solo un partido católico así podrá suscitar verdaderas vocaciones políticas católicas. Deo adiuvante.

Pero de éstos y otros temas trataré en el próximo artículo, con el favor de Dios.

José María Iraburu, sacerdote

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Urbaneta

Y dale. El día que los católicos, empezando por el P. Iraburu, se enteren de que la "representación popular" a través de partidos, es decir, la partitocracia, es intrínsecamente perversa, habremos dado un paso decisivo para resolver el problema de una genuina actuación de los católicos en política. Y además, algunos se ahorrarán el inútil esfuerzo de escribir interminables y aburridos seriales "los católicos y la política".
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JMI.- Hay cientos, miles de blogs y págs-webs católicas. No entiendo para qué viene ud. a sufrir en mi modesto blog.

DRAE.- "Masoquismo": Cualquier complacencia en sentirse maltratado o humillado.

JMI.- Un artículo muy bueno contra la partitocracia (le da más que a un pandero) tiene el P. Iraburu en este mismo blog (122). Se lo recomiendo; pero si le hace sufrir, déjelo, que bastantes penas tiene la vida.
18/02/11 7:01 PM

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Nelson Medina

Mi inquietud es otra, basada en la experiencia de lo sucedido al Partido Conservador en Colombia.

Sin llegar a afirmar que este Partido cumpliera todo lo que planteas. P. Iraburu, sí es cierto que la identificación entre este Partido y la Iglesia provocó un efecto secundario detestable: el que no estuviera de acuerdo con los Conservadores--por cualquier razón que fuera--tenía que sentirse excluido de la Iglesia.

Dicho de otro modo: ¿cómo puede la Iglesia identificarse tanto con un partido, el que sea, sin que los demás partidos sientan que la Iglesia es automáticamente su enemiga?
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JMI.- En los artículos (121-122) yo creo que se exponen bastante claros los principios que, bien aplicados, evitan esos graves inconvenientes que indicas. Lo que toca a los Pastores sagrados es... Lo que corresponde a los laicos... Y como señalo, mucho mejor que no sea "un solo" partido católico, porque aumenta el peligro de identificación Iglesia-partido, por los razones que allí indico. 18/02/11 9:33 PM

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Luis Fernando

Fray Nelson, tienes razón pero, aparte de lo que te responde el P. Iraburu, creo que conviene tener en cuenta que un partido católico de alguna manera habría de llevar también en su programa una cierta fidelidad a la doctrina social de la Iglesia, que no suele ser precisamente muy compatible con las políticas neoliberales que suelen aplicar los partidos conservadores.

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Fray Nelson + Luis Fernando
Y hay otra. Que en un país puede haber cuatro partidos, por ejemplo: tres son abortistas, anti-Iglesia, etc. y uno, mal que bien, anti-abortista, pro-Iglesia... y en algunos temas, eso sí, no del todo aceptable para un sector de católicos. ¿Qué tendrán que hacer éstos? Votar a esa única posibilidad católica que se les ofrece, pues aunque quizá cojee un poco, votar a los otros o abstenerse sería peor.
"No hay más cera que la que arde".
"Con estos bueyes hay que arar"
¡Que formen los católicos descontentos "otro partido católico" que sea plenamente conforme a sus convicciones!
Y que discretamente y desde fuera, apoye la Jerarquía episcopal esa pluralidad de partidos católicos.

19/02/11 10:18 AM

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Luis Fernando

El apoyo de la Jerarquía habría de ser, como bien dice usted, discreto y desde fuera. De hecho, podría valer con algunas de las notas que suelen sacar los obispos antes de las elecciones, señalando qué tipo de propuestas no deben recibir apoyo de los católicos y, esto sí sería novedoso, cuáles sí merecen dicho apoyo.
Si hubiera más de partido católico, ese apoyo discreto sería más difícil de identificarlo con una sola fuerza política.

De toda formas, veo altísimamente improbable que la Conferencia Episcopal Española optara por hacer algo así. Y no parece que sean muchos los obispos dispuestos a salirse de lo marcado por Añastro.
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JMI.- Con decir qué partidos deben no-ser-votados, por la carga criminal que llevan sus programas (o las intenciones expresadas por sus líderes), ya sería bastante. ¿Entonces?, pregunta el votante... Saque ud. mismo las consecuencias.

Yo escribo el blog en España, pero no pensando solo en ella, sino exponiendo doctrinas de la Iglesia y reflexiones mías hechas a su luz que pretenden ser válidas en diversidad de naciones. En España es claro que la opinión predominante en Jerarquía, en obras seglares y en líderes laicos principales, va por "diseminar" católicos en los partidos, es decir, en que no haya actividad política católica.

19/02/11 9:03 PM

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GMoreno

Con relación al comentario de Ricardo respecto a Argentin, habría que decir que quiénes en Argentina predican la abstención, voto en blanco o anulado, lo hacen por cuanto manifiestan su oposición al régimen de partidos politicos. Consideran que "en esta democracia" no se puede ni debe participar. Además, en el caso de Patria Argentina -mas allá de los meritos que en algunos informes tiene esa publicación-influye la perspectiva ideológica tradicional del nacionalismo. En fin, coincido en general con el P. Iraburu -mas allá de algunas cuestiones que no es del caso aquí- en cuanto a la obligación y el deber de participar de los católicos con vocación política. Justamente, sin dudar de la buena fe de muchos que promueven la abstención, queda claro tal conducta no ha llevado ni llevará a ninguna cosa positiva. Creo que sólo ha servido para que el secularismo mas extremo domine absolutamente todo el campo politico y social, mientras desde publicaciones marginales se lo cuestiona con planteos utópicos, como son en este momento el pretender una eventual caída del régimen democratico. Es mas, le diría a quiénes tanto reclaman la desaparición de ese régimen que ponderen que --en este ambiente cultural y politico-- sólo puede venir algo peor. Es necesario que los catolicos utilicemos, sin mas quejas, las pocas o muchas libertades que todavía podemos ejercer para promover el Reinado de Cristo también en el ámbito politico y social.
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JMI.- De acuerdo. Solo precisar la frase "caída del régimen democrático" liberal. El régimen democrático en sí mismo es perfectamente lícito, en principio, como el monárquico o el aristocrático.

Muy atinado lo de "aprovechar las libertades que"... San Agustín decía: "También nosotros, los cristianos, los ciudadanos de la ciudad celeste, usamos de la paz de Babilonia" (Ciudad de Dios).
20/02/11 9:06 PM

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Claravall Soy un político español de segunda fila. Aquí tanto la política como las finanzas están controladas por la masonería. ¿Que debo hacer, quedarme o irme a mi casa?
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JMI.- No le puedo decir. No tengo ni idea. Un discernimiento prudencial en una cuestión así requiere considerar cientos de datos: salud, situación familiar, circunstancias de trabajo, de partido, del cargo que tiene, capacidad espiritual para aguantar y hacer algo positivo, competencia técnica, si la esposa apoya o no, posibilidades concretas de hacer en otra función algo más positivo por el Reino, etc. etc. etc. etc. etc. 21/02/11 1:27 PM

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Manuel_RH

¿Hacia el reino de Dios por la política?...No, me parece que esto no está en el evangelio. ¿Hacia el Reino de Dios por el poder?... tampoco. Perdonen, no quisiera ofender a nadie pero estas son ideas de mentes calenturientas. Mejor releer el evangelio, despacio.
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JMI.- Hacia el Reino de Dios por oración, liturgia, virtudes, familia, arte, filosofía, ciencia, técnica, música, política, agricultura, física y química, etc. etc. etc.

Así lo entiende la Doctrina política de la Iglesia, de la que citado ya tropecientos documentos. ¿Usted entiende el Evangelio de otro modo? Mal asunto. Le recomiendo que lo entienda como lo enseña la Iglesia Católica, Mater et Magistra. 22/02/11 11:30 AM

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Luis Fernando

Sugiero que cuando acabe usted con esta serie, le envíe con urgencia una copia de todos sus artículos al nuevo presidente de la ACdP. Le hace mucha falta. Muchísima:
http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=8498

Carlos Romera:

–Hablamos del católico en su vida cotidiana, ¿pero en la escena pública es usted partidario de la creación de un partido político católico?

–Pienso que no debería haber un partido político católico. Los católicos tienen que estar en la política, pero tienen que estar en todos los partidos políticos: católicos convencidos, practicantes. Eso sería mucho mejor. Evitaríamos los radicalismos y conseguiríamos unas leyes adecuadas en las que todos los ciudadanos, católicos y no católicos, podrían convivir

22/02/11 9:20 AM.

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JMI.- Todo se andará.
Con el favor de Dios. 22/02/11 1:12 PM

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Martin Ellingham Me permito felicitar a INFOCATOLICA por hacer de los posts del P. Iraburu sobre el tema "Católicos y política" su postura editorial. No sólo porque expresan verdades muchas veces negadas por los progresaurios de siempre; sino porque además, compensan el silencio, la trivialización y la difusión de errores y ambigüedades, porte de individuos, instituciones y portales católicos, que hacen de una forma de (neo) liberalismo católico, modelo de "ortodoxia".

Saludos. 23/02/11 2:46 PM

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curiosidad

¿Diría el blogger que Fuerza Nueva constituye un buen ejemplo del partido católico que propone, o en todo caso, lo más cercano a ello, con alguna significación electoral, que ha habido en España desde la muerte de Franco?
Lo digo porque parece cumplir todas sus condiciones, incluida la de mentar a Dios y la Ley Natural tres veces por minuto. Y de los partidos españoles que podrían cumplirlas, es el único que pasó del nivel político 'testimonial'.
Se lo pregunto al blogger por si acaso su respuesta fuera negativa, y deseara aclarar que no está proponiendo resucitar a Fuerza Nueva sino que su propuesta presenta alguna diferencia esencial con la de don Blas (diferencia intrínseca quiero decir, no del tipo de que a este 'partido católico' lo apoyarían los obispos, mientras que a don Blas lo dejaron solo, casi cayendo en brazos de Lefebvre, ni ornamental, como que le pondría menos camisas azules y brazos en alto).
Un saludo amistoso.
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JMI.- Mis treinta artículos sobre "Católicos y vida pública" viene a ser un tratadito de la Doctrina política de la Iglesia, escrito ante todo para el mundo católico de habla hispana, que, por cierto, viene a ser hoy un 50% de la Iglesia Católica. No analiza ni hace discernimientos sobre "un" partido de "una" nación. 25/02/11 5:01 PM

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(125) Católicos y política –y XXX. Ya vale

26.02.11 A las 11:33 AM, por José María Iraburu

–Si no lo veo, no lo creo.
–Hombre de poca fe. Todas las cosas de este mundo tienen un final.

Termino ya la serie Católicos y política. Cuando la inicié, pensaba dedicar unos tres artículos de Reforma o apostasía a la Política, un campo en el que apenas había entrado yo anteriormente en mis estudios y escritos. Y han salido treinta. Quizá los lectores se pregunten: «¿y qué pecado hemos cometido nosotros para merecerlo?»… Me visto de saco, me cubro de ceniza, y pido perdón. No lo haré más.

Confieso que aún pensaba escribir algunos artículos más sobre este amplio tema, configurando un poco las líneas principales de un partido político, recordando las causas más preciosas y urgentes que están esperando la acción política de políticos católicos combatientes (educación, objeción de conciencia, aborto, familia, medios de comunicación, lucha contra la partitocracia y el totalitarismo de Estado, defensa de la subsidieriedad, superación del antipatriotismo, etc.). Pero finalmente ha prevalecido mi compasión por los lectores. Ya vale. Me limitaré a trazar un resumen de los 30 artículos de esta serie.

Dentro de las Reformas necesarias en la Iglesia, quizá una de las más urgentes sea la reforma de la actitud mental y práctica de los católicos en relación a la política. Hace unos días comentaba uno en este blog: «¿pero es que la política tiene algo que ver con el Evangelio?». El comentarista, ya se ve, está más perdido que un perro en Misa. Pero no es un caso aislado; es signo de una perdición mental que hoy en las Iglesias descristianizadas es bastante frecuente.

La política, que pretende el bien común, es la más alta de las profesiones seculares, y lo sigue siendo en el mundo de la gracia. Por eso mismo, los mayores males del mundo actual proceden de los poderes políticos: corruptio optimi pessima. De hecho, el Príncipe de este mundo está feliz de la absoluta inoperancia política de los católicos, paralizados en este campo por las falsas doctrinas. Dejan el mundo secular a merced del diablo.

Sin embargo, nunca se ha encarecido tanto en la Iglesia la dignidad y la necesidad de la acción política de los cristianos, y nunca ésta ha sido más débil (95). Incluso un apoliticismo piadoso se ha impuesto ideológicamente –contra la doctrina de la Iglesia– en casi todos los grupos laicales católicos del Occidente descristianizado (119). Pero, sin duda, también hay que tener en cuenta que la actividad política exige muy grandes virtudes, y que si éstas faltan, se paraliza o se corrompe (96). Reforma o apostasía.

La doctrina política de la Iglesia es muy abundante y preciosa, y sin embargo hoy es amplamente ignorada por los católicos. No solamente los laicos, también los Pastores parecen a veces ignorarla, pues hablan y actúan con frecuencia en contra de ella. Por eso en los primeros artículos de esta serie recordamos en síntesis sus principios fundamentales:

1.-La autoridad viene de Dios. Si la Constitución política de la nación afirma la soberanía del pueblo, un político cristiano solo podrá jurarla si confiesa claramente –en declaración bien explícita– que esa soberanía popular procede de Dios Creador, que dijo a los hombres desde su creación: «dominad la tierra» (Gén 1,27ss), y que en la plenitud de los tiempos procede de Cristo Rey, «a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).

2.-Las leyes civiles positivas han de fundarse en la ley natural establecida por Dios. Pero el liberalismo relativista y laicista, hoy vigente, afirma en todas sus versiones políticas la autonomía absoluta de la libertad humana. Y lo afirma con la frecuente complicidad activa o pasiva de los católicos liberales (97).

3.-Las leyes injustas deben ser desobedecidas, pero también deben ser eficazmente combatidas (98). No podemos los cristianos rendirnos a su vigencia degradante, como si fuera inevitable y necesaria.

4.-El principio de la tolerancia y del mal menor es muy valioso en la vida política, pero está pervertido por los políticos anti-cristianos –derecho al aborto, al matrimonio homosexual, a la eutanasia, al divorcio express, etc.–, y también por aquellos políticos malminoristas, que aseguran su existencia en buena parte secuestrando el voto católico, y que hacen del mal menor su estrategia política permanente (100).

5.-La Iglesia es neutral en cuanto a la forma de los regímenes políticos, que suelen integrar en proporciones diversas los poderes monárquicos, aristocráticos y democráticos. Por eso la Iglesia, fiel a su doctrina, no debe ligarse a ningún régimen concreto, aunque con prudencia podrá apoyar a aquél que en una circunstancia histórica concreta se muestra como el más conveniente o el único posible.

6.-El principio de subsidiariedad ha de afirmarse hoy con todo empeño contra el totalitarismo característico de la Bestia estatal moderna en cualquiera de sus versiones. Hoy en Occidente la Bestia política es para los cristianos más totalitaria y opresiva que en la antigüedad o en la Edad media. Hoy el Estado totalitario –liberal, socialista, marxista– impone leyes en todos los campos de la vida social humana: por ejemplo, determina en algunas naciones que la enseñanza ha de ser mixta, y prohibe a escuelas y colegios formar comunidades masculinas y femeninas separadas. Obliga, pues, por ley a los ciudadanos en cuestiones ciertamente discutibles, imponiéndoles su ideología. Y así seguirá haciéndolo, si no hay una acción política católica con fuerza eficaz para impedirlo (102-103).

7.-Nuestro Señor Jesucristo es el Rey de todos los reyes de la tierra, y los hombres y las naciones solamente pueden hallar salvación temporal y eterna recibiendo su influjo benéfico, aceptando «sus pensamientos y caminos», que distan de los pensamientos y caminos mundanos tanco como el cielo de la tierra (Is 55,8-9). Los ateos y los cristianos pelagiano-liberales rechazan este principio (104), y –contra la doctrina de la Iglesia– estiman que un Estado confesional es malo de suyo, es malo semper et ubique (105). El Estado ha de ser laico.

Ahora bien, los Estados laicos nunca son neutrales, son todos laicistas, anti-cristianos (106). Una inmensa batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas se libra en todos los siglos de la humanidad, y en los últimos siglos, impulsada por el diablo, ha arreciado hasta extremos antes no conocidos, y está dirigida por poderes mundiales ocultos y por los grandes organismos internacionales. Y son muchos los cristianos que se niegan a entrar en combate con el mundo, que incluso consideran ese combate ilícito, inmoral, incluso lo declaran inexistente, mientras profesan pacíficamente su colaboracionismo con el mundo moderno. El mundo avanza tanto como el Reino de Cristo retrocede, y estos cristianos mundanos consideran ese avance como un progreso. No hay duda, «ellos son del mundo; por eso hablan el lenguaje del mundo, y el mundo los escucha» (1Jn 4,5). E incluso les confía altos cargos nacionales e internacionales, prestigiosos y bien pagados (107-108).

¿Qué debemos hacer hoy en política los católicos? En primer lugar, debemos ser conscientes de que la única Autoridad mundial posible y benéfica es la de Cristo, Rey de las naciones. Cualquier otra Autoridad mundial, como las ya diseñadas hoy en los grandes organismos internacionales, si no es cristiana, solo podrá encarnar al Anti-Cristo, «que ya está en acción» (2Tes 2,7) (109). En segundo lugar, hemos de confiar a la oración la vanguardia absoluta de toda acción cristiana, también de las actividades políticas. Así lo ha entendido siempre la Iglesia y lo ha expresado en su liturgia (111-113). Pero además de ese reconocimiento de la primacía de Cristo Rey y de la oración ¿qué debemos hacer los cristianos en el campo mismo de la vida política?

Los partidos confesionales católicos son hoy necesarios, pues es evidente que en el mundo político actual de Occidente todos los partidos, en uno u otro grado, son laico-laicistas, liberales, relativistas, naturalistas, cerrados a la ley divina, a la ley natural y a la esperanza de la vida eterna. Sin embargo, los mismos que condenan –contra la doctrina de la Iglesia– la posible existencia de un Estado confesional, hoy ciertamente imposible y por eso mismo inconveniente, van más lejos, y condenan incluso –contra la doctrina de la Iglesia– la existencia misma de partidos confesionales católicos. Han hecho y hacen todo lo que posible –y pueden mucho– para abortar sus nacimientos o para asfixiarlos en su vida incipiente.

Ahora bien, es cierto que un partido católico-liberal, como lo fue la Democracia cristiana en Italia, no vale de nada, es sal desvirtuada, y causa graves daños a la vida natural y sobrenatural de los ciudadanos (118). Pero pasar de ahí a un apoliticismo cerrado es inadmisible. Ésta es, sin embargo, la actitud mental y práctica que ha prevalecido ampliamente en el mundo católico del Occidente descristianizado. Los católicos llamados por Dios a la vocación política o no la oyen o la rechazan o «se diseminan» entre los partidos laicistas ya existentes, que tienen posibilidades de gobierno. Y permaneciendo en ellos, paralizan la misión propia de los políticos católicos, pues la hacen imposible (119).

Por eso Benedicto XVI renueva hoy el llamamiento que el Señor y la Iglesia hacen a los fieles, para que surja una «nueva generación de católicos», que «renovados interiormente» en el pensamiento y en la virtud, se «comprometan en la política sin complejos de inferioridad». Incluso, tal como están las cosas, serían hoy deseables ciertas Hermandades laicales especialmente llamadas al excelso ministerio de la política. Como las antiguas Órdenes militares, con el mismo espíritu, aunque con medios muy diversos, habrían de combatir los buenos combates de la fe bajo las banderas de Cristo, quebrantando al Príncipe de este mundo, hoy tan débilmente resistido (121).

Los partidos confesionales católicos no tienen por qué ser únicos en una nación, aunque a veces pueda ser conveniente. Mejor es en principio que sean varios, pues diversas son las maneras que hay de realizar la única doctrina política de la Iglesia, en la que todos han de coincidir. Y todos esos partidos también han de ser capaces aliarse en formaciones políticas mayores, especialmente en orden a las elecciones, pero también en el curso ordinario de la vida política.

Hoy el Padre de la mentira, Príncipe de este mundo, logra casi paralizar en algunas Iglesias las actividades pastorales y misioneras, educativas y políticas, apoderándose cada vez más de la cultura y de todo el mundo social y político (123). –La vida pastoral es en esas Iglesias débilmente evangelizadora, y con frecuencia la inmensa mayoría de los bautizados están en ellas dispersos, pues no se congregan en las comunidades parroquiales ni tampoco en otras. –En las misiones la missio por antonomasia, la evangelización, cede con frecuencia al diálogo interreligioso, si es que de verdad llega a él, y a una dedicación predominante a la beneficencia temporal. –Escuelas, colegios y universidades que se denominan católicos han decaído notablemente en su capacidad apostólica para dar una formación cristiana a sus alumnos. –En este desfallecimiento general, y en un grado quizá más acusado, ha de enmarcarse y entenderse el desistimiento casi absoluto de la actividad política de los católicos, aunque posteriormente esta dimisión haya sido ideologizada en doctrinas que, ciertamente, son inconciliables con la doctrina política de la Iglesia. En consecuencia los católicos, desde hace ya mucho tiempo, se ven obligados en las elecciones a elegir entre la abstención o el voto útil concedido a partidos malminoristas-laicistas. Pero el único voto útil es el que se da a Cristo y a su Reino. Reforma o apostasía.

Pero el Espíritu Santo quiere y puede renovar la faz de la tierra. Como enseña la Iglesia católica, Él quiere que los laicos «coordinen sus fuerzas para sanear aquellas estructuras y ambientes del mundo» que incitan a la inmoralidad y la injusticia, de modo que todas las cosas «se conformen a las normas de la justicia y más favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes» (LG 36). Él quiere que a través de su acción política se «logre que la ley divina quede grabada en la ciudad terrena» (GS 43). Él quiere, con su colaboración inteligente y abnegada, «instaurar el orden temporal de forma que se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana» (AA 7). Para construir grandes asilos para ancianos, hacen falta instituciones, arquitectos y albañiles. Para construir hospitales son necesarios médicos y enfermeras. Y la realización de esas obras no saldrá adelante solamente por la actividad de evangelizadores, científicos, familias cristianas, agricultores, párrocos y religiosos de vida activa o contemplativa. Esas y otras obras necesitan ser realizadas por sus obreros propios. Del mismo modo, la edificación de la ciudad tempral según Dios necesita absolutamente la actividad de los políticos católicos.

Y ya vale.

Deo gratias!

José María Iraburu, sacerdote

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Ricardo de Argentina

Padre, yo le agradezco inmensamente esta serie, que me ha abierto los ojos y me ha permitido descubrir algunas trampillas en las que he caído.
Siempre sentí inclinación por la política, pero por ignorancia entré una y otra vez en diferentes agrupaciones que si bien parecían alternativas, eran todas de esencia liberal. Hasta que llegué a asquearme y por natural reacción, me hice partidario del abstencionismo electoral más radical.
El cual es otra trampa que usted señala muy sagazmente, pues así se consigue la desmovilización política del sector de opinión mayoritario de las naciones que provienen de la Cristiandad.
Y así estamos : unos alejados y otros "sembrados" inorgánicamente dentro de las entrañas de los partidos liberales. Y la participación política católica, absolutamente débil como lógica consecuencia.
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JMI.- Bendigamos al Señor.
De él viene toda luz y toda palabra verdadera.
Me ha costado mucho escribir la serie, pues eran temas que yo nunca había tratado a fondo, no tenía un esquema desde el comienzo para ir tratando los temas con orden, y carecía también en parte del mismo lenguaje para expresar mi pensamiento.
Pero el Señor me ayudó. Me ayudó para mi bien y el bien de ustedes.
Dios les bendiga.

26/02/11 1:43 PM

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Luis Fernando

La virtud que tienen esta serie de artículos del P. Iraburu es que difícilmente nadie en toda la Iglesia puede producir una serie similar desmintiendo los puntos aquí expuestos. Es decir, podrán ignorarlos, que es lo que harán, pero no rebatirlos.

26/02/11 5:15 PM

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